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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

De repente el verano pasado

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A veces se miente para exorcizar una realidad cruel. Y sin embargo, borrar el pasado no es igual a reconciliarse con el pasado. ¿Podría nuestra verdad tener el mismo valor para los demás?

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En los años cincuenta, los desórdenes mentales podían tratarse con una rápida intervención en el cerebro: con la ayuda de un martillo, una sólida barra de acero de más de ocho centímetros de largo era incrustada en la frente del anestesiado paciente, a fin de cercenarle los nervios del lóbulo frontal.
           
Se creía que en esa zona se encontraba el origen de todos los males psicológicos.
           
Cinco o diez minutos de un concienzudo raspado con esa barreta y el doctor podía dar por terminado su trabajo.
           
Y en efecto, el tratamiento realmente calmaba a los pacientes. Sobre todo si sufrían esas enfermedades ─esquizofrenia, epilepsia o trastornos bipolares─ que eventualmente podían exigir demasiada actividad física y mucho desorden. Porque quien se levantaba de la camilla después de esa operación ya no era un individuo sino un zombie: alguien que si bien podía caminar o mover los brazos, no podía hacer nada a voluntad, como hablar con relativa claridad o controlar los esfínteres o leer un periódico o masticar o coger algo sin que se le resbalara de las manos.
           
La lobotomía era lo más cercano a una cura: sojuzgaba en seco los comportamientos considerados hostiles.
           
Esos que incluso requerían una camisa de fuerza.
            
Se consideró un método tan exitoso ─más aún que el electroshock─ que el doctor que la popularizó recibió un premio Nobel dado que se trataba de un procedimiento no muy costoso ─apenas unos cuantos cientos de dólares─ a diferencia de lo que podía significar un sanatorio mental o medicinas de por vida: en Estados Unidos, en solo una década, cerca de doscientas mil cortezas cerebrales fueron atravesadas con ese punzón de metal.
            
De hecho, se consideró tan eficaz que pronto se empezó a utilizar en niños inquietos y en adolescentes diagnosticados como «rebeldes» o con inclinaciones sexuales escandalosas.
           
Solo se necesitaba que sus padres o tutores aprobaran y pagaran el procedimiento.
           
Por supuesto, en ese contexto de implacable corrección mental, no faltaban quienes proponían esa alternativa para avasallar, enmudecer o asesinar en vida a sus enemigos o a los que suponían los podían delatar con detalles de una realidad en común que preferían se ignorase.
           
Y eso es lo que precisamente está por ocurrirle a la joven protagonista de esta historia quien, tras haber presenciado un crimen e insistir en relatarlo tal como sucedió, es amenazada de ser sometida a una rigurosa lobotomía que borre sus recuerdos.
            
Y con ellos, el pasado.
           
Y con ello, la verdad.

                                                     *****

─De repente el verano pasado te hace pensar si el ser humano realmente quiere vivir a partir de la verdad ─dice Alberto Ísola, el director del montaje.
           
─La obra te habla de la común aceptación y manipulación que solemos darle a las verdades ─dice la actriz Cécica Bernasconi.
           
─En el escenario no vemos tanto una negación de la realidad como una pugna entre dos verdades ─dice la actriz Lucía Irurita.
           
─Y provoca que, una vez que nos hayamos decidido por la verdad, nos preguntemos: ¿Y qué es la verdad entonces? ─dice Alberto Ísola─. Porque la verdad suele estar matizada con tantas cosas que al final solo tenemos una aproximación parcial de ella.
           
En la historia, una dama de la aristocracia norteamericana ─protagonizada por Lucía Irurita─ pierde a su apuesto hijo soltero y cuarentón en un confuso incidente durante un viaje por playas latinoamericanas. La única persona que lo acompañaba en ese instante era una joven prima ─en la obra, Cécica Bernasconi─ de quien la señora desconfía por su espontaneidad y sinceridad: cree que esos son los rasgos típicos de las mujeres vulgares y oportunistas. El odio de la primera se acentúa cuando la muchacha insiste en contar a la familia lo que la policía y los investigadores privados ya sospechan: que el apuesto hijo soltero y cuarentón era homosexual y fue asesinado por unos amantes indigentes casi niños.
           
Ninguna de esas palabras le hace bien a la exaltada imagen que la señora mantiene de su hijo: como una manera de resarcir lo que considera el daño a su honor, ordena que la joven sea ingresada en un manicomio. Sin embargo, cuando tras un año de internamiento y una larga serie de inyecciones de suero de la verdad la supuesta demente continúa con su única versión de los hechos, la aristócrata contrata a un reputado neurólogo para que le practique una lobotomía que ayude a exorcizar esa realidad tan insoportable.
           
El único inconveniente es que el doctor, antes de recurrir al definitivo método de silenciamiento, quiere escuchar lo que la joven tiene que decir delante de la misma señora. Y permitirse dudar de las dos versiones.

                                                     *****

─En esta obra se refleja muchísimo la vida de Tennessee Williams: él tuvo una hermana con rasgos de esquizofrenia a quien los padres practicaron una lobotomía aprovechando un viaje suyo. Williams, horrorizado y apenado, nunca se los perdonó ─dice Cécica Bernasconi─. A raíz de esa intervención la hermana quedó en estado vegetal, y se comenta que en ese momento comenzaron los tan conocidos cuadros de alcoholismo y drogadicción del autor.
           
A eso se suma que el dramaturgo norteamericano también era gay, en una época en la que la homosexualidad era considerada una enfermedad.
           
─Muchas de las obras de Tennessee Williams hablaban de homosexualismo sin jamás pronunciar la palabra ─dice Alberto Ísola─. Esa sutileza denota la manera cómo el autor abordaba su propia sexualidad: la podía vivir de manera muy abierta en privado, pero era un tema del que no gustaba hablar, que le incomodaba, porque sabía que eso lo hacía un bicho raro ante los demás.
           
No es de extrañar, entonces, que en sus historias ─muchas llevadas al cine, como esta de De repente el verano pasado interpretada en 1958 por Elizabeth Taylor y Katharine Hepburn o Un tranvía llamado deseo con Marlon Brando o La gata sobre el tejado de zinc caliente con Paul Newman─ abundaran las referencias a personajes desadaptados o marginales.
            
Personajes que, además, insistían en referencias femeninas aun cuando fueran hombres.
           
Lucía Irurita y Cécica Bernasconi coinciden en que nunca vieron la película, sobre todo luego de que el director les dijera que la interpretación teatral sería distinta.
           
─Es curioso, pero en su momento el dramaturgo rechazó la cinta, a pesar de que reescribiera el guión junto a Gore Vidal, otro escritor gay ─dice Cécica Bernasconi.
           
─Y es que se trataba de una película de cine B en blanco y negro, una suerte de mezcla de Hitchcock con escenas muy raras y confusas que nunca me llegó a convencer ─dice Alberto Ísola.
           
Solo así se entiende por qué este montaje ─descarnado y turbador─ se aleja bastante de aquella interpretación pasteurizada y efectista de Hollywood.

                                                     *****

Sobre el escenario, la madre recuerda al hijo y narra cómo este disfrutaba de ir a una playa en un día en particular de los veranos: cuando unas pequeñísimas tortugas de mar rompían sus cascarones semienterrados en la arena y, casi a ciegas y de manera instintiva, buscaban dirigirse hacia las olas del mar en busca de una madre ausente.
           
Era todo un espectáculo observar a decenas y decenas de tortugas recién nacidas que se arrastraban por la orilla.
           
Y más todavía cuando de pronto también aparecían decenas de gaviotas que se arrojaban sobre ellas y con su pico las volteaban vientre arriba para luego despedazarlas y devorar sus partes más tiernas y blandas.
           
En esos momentos el hijo afirmaba estar viendo la realidad y la vida tal como eran: en su profunda crudeza. Y era allí cuando sentía que se reafirmaba el odio de Dios.
           
Años después, la imagen de estas aves que destrozan a las tortugas se convertiría en la metáfora perfecta del asalto y crimen del aristócrata seductor: casi una profecía.
           
─Esa era la idea que Tennessee Williams tenía de la realidad: una donde todo aquel que era frágil podía desaparecer con facilidad, donde todo tenía un precio, una realidad en la que, si realmente existía Dios, era alguien que permitía que sus criaturas se devorasen unas a otras ─dice Alberto Ísola.
           
─El personaje menciona a Dios porque era muy católico y quería creer ─dice Lucía Irurita─. Y sin embargo, al no encontrarlo cuestiona su existencia o lo asume como una divinidad a la que no le interesa mostrarse ni escuchar nada.
           
Seres humanos como animales arrojados al azar a la vida.
           
─El hombre siente que envejece, que sigue muy dependiente de la madre, y cree que le falta algo más ─dice la veterana actriz─. Por eso se aleja a ese mundo: quería probar otra cosa, algo distinto.
           
─Así tuviera que autodestruirse o inmolarse en ello ─agrega Cécica Bernasconi.
           
─Creo que esa visión resume lo que le pasó al mismo Tennessee Williams al final de sus días: tuvo mucho éxito y sin embargo ese éxito acabó convirtiéndolo en una parodia de sí mismo ─dice el director─ Porque más allá de la sociedad, también lo devoraron sus propios fantasmas.
           
Y luego explica que no es casualidad que el personaje en la historia ─al igual que el dramaturgo en la vida real─ buscara su propia destrucción.
           
─Porque se odiaban profundamente: eran homosexuales y aunque se asumían como tales, se odiaban por eso mismo. Porque la idea de la «anormalidad» de su sexo los había marcado y los alteraba. Su muerte fue más un castigo que se impusieron.

                                                     *****

Alguna vez alguien dijo que solo los muy tontos o los muy poderosos podían permitirse ser sinceros y decir la verdad. Y otro más comentó que las mentiras son el lubricante de cualquier relación social y que son imprescindibles para la convivencia entre las personas.
            
Hasta el mismo Poncio Pilatos, en una escena clave de la Biblia, le preguntó a Jesús: ¿Y qué es la verdad?
           
Y nunca se llega a saber si realmente estaba siendo cínico.
            
─Yo creo que la verdad genera responsabilidades, y las personas no queremos asumir más responsabilidades de las que ya tenemos: por tanto, no asumimos la verdad ─dice Alberto Ísola.
           
Y agrega:
           
─No es fácil aceptar que no vivimos en la verdad: al contrario, vivimos más en la negación de la verdad. Es por eso que muchas veces callamos o fingimos ignorar ciertas situaciones. Y sin embargo, llega un momento en que te percatas de que no puedes seguir viviendo así, pretendiendo negar lo que ves.
           
Quizá por eso en el día a día las verdades se construyen con la misma facilidad con la que se expresa una mera opinión o percepción: sin mayores fundamentos o argumentos.
            
Las pruebas dirían otra cosa de una realidad que no se quiere evidenciar.
           
El director vuelve a decir:
           
─Lo reafirmo: no sé qué tanto seamos realmente capaces de enfrentar una verdad. Y aún así, yo creo que si tú no enfrentas una verdad, entonces no puedes vivir: que así te duela muchísimo y te cueste y confunda y no te gane amigos, no hay vida si no consideras la verdad antes que nada.
           
─La razón por la que la joven se empeña tanto en contar la verdad aún a costa de su vida es esta: porque se libera como ser humano y se despoja de lo que lleva dentro, de esa especie de dolor y rabia que tiene por lo sucedido ─dice Cécica Bernasconi.
            
Y finaliza:
           
─Solo así, pase lo que pase, queda tranquila su conciencia: ya mostró su historia, ya se liberó de su peso, ya dejó tranquilo su pasado: se libera a través de la palabra.


           
De repente el verano pasado de Tennessee Williams.
           
Dirección: Alberto Ísola.
           
Codirección: Norma Berrade.
            
Elenco: Lucía Irurita, Mirna Bracamonte, Cécica Bernasconi, José Miguel Arbulú, Irene Eyzaguirre, Braulio Chappell y María Pasamar.
            
Lugar: Teatro de Lucía (Bellavista 512, Miraflores).
           
Funciones: De jueves a lunes a las 8 p.m. y domingos a las 7 p.m.
           
Entradas: Teleticket (de Wong y Metro) y boletería del teatro. Lunes populares.
           
Temporada: Del 18 de abril al 3 de junio de 2013.

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