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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Rosa de dos aromas

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¿Puede la curiosidad femenina ser más fuerte que la constatación de una infidelidad (y la rivalidad con la amante)?

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«Dos mujeres juntas ni difuntas» dice el viejo proverbio sobre eso de que el peor enemigo de una mujer es otra mujer: nadie como ellas para saber qué es lo que más duele ─lo más vulnerable─ entre el género femenino.
           
Y es posible que ese potencial aumente entre dos mujeres que se conocen para enterarse de que son engañadas por el mismo hombre.
            
Porque de descubrirse una situación así, lo mínimo que se esperaría de ellas es que se odiasen con equivalente intensidad o, cuando menos, que evitaran encontrarse: cada una no sería más que el recordatorio de la traición de su amor.
            
Pero también es posible que ocurra lo contrario.
           
Por ejemplo, que las mujeres sientan curiosidad por saber cómo era la amante: al fin y al cabo, necesitan saber en qué consistía esa seducción que arriesgaba sus propias relaciones. Y que lo que en un principio parece ser una insana indagación pronto se convierta en una certeza: que ellas tienen mucho más en común que el solo hecho de haber compartido cama con el mismo hombre y tener hijos suyos.
           
Y más: que en su desgracia, ambas mujeres terminen solidarizándose y apoyándose de forma mutua, convirtiéndose en íntimas amigas al punto de llegar a compartir sus propios vestidos y tramar una serie de venganzas en contra de su adorado adúltero.
           
Y que, incluso, cada una se vuelva lo suficientemente desprendida como para pretender dejarle su hombre a la otra. Y que se lo prometan con estas palabras: «Si el amor es un esfuerzo de la voluntad, la amistad también lo es pero sin la parte triste».

                                                               *****

Rosa de dos aromas es una comedia muy clara con la historia que narra ─dice Carlos Mesta, el director─. Y sin embargo, lo curioso es que las dos mujeres no se percatan del maltrato al que han estado sometidas sistemáticamente hasta después de un buen tiempo.
            
Y agrega:
            
─Dime si eso no te produce, no sé cómo decirlo, compasión.
           
Las mujeres ─los dos únicos personajes de la obra─ se enteran de que su hombre ─el esposo de una, el novio de otra─ acaba de ingresar a la cárcel por un incidente que él no les ha comentado muy claramente ─el atropello de una joven para una, el intento de seducción de una adolescente para otra─.
           
Ambas acuden para socorrerlo y es allí cuando por casualidad se conocen y descubren que las dos han sido el secreto mejor guardado de su hombre-en-problemas.
            
Y es en ese momento cuando nace el dilema para las mujeres: a la luz de las evidencias, ¿deberían dejarlo encerrado en su celda o deberían sacarlo pagándole una fianza bastante costosa?
            
La esposa ─una recatada traductora de mediana edad y de clase media alta─ duda por un instante: aun cuando el esposo ya liberado se termine yendo con la otra, sus hijos necesitan un padre, aunque sea de manera nominal.
            
Uno que no esté en la cárcel y dañe la reputación familiar.
            
La novia ─una desenfadada peluquera de mediana edad y de extracción popular─ también duda por un instante: aun cuando el amante ya liberado se termine yendo con la otra, su cuerpo no puede olvidar el arte de sus caricias.
           
Un arte que en la cárcel, tarde o temprano, terminará dirigido al placer de otros hombres.
           
Entonces las mujeres deciden arreglárselas y pagar su fianza.

                                                               *****

─Yo creo que sí hay mujeres que mantienen relaciones con sus esposos solo por los hijos ─dice Montserrat Brugué, la peluquera en la obra─. Es un tema muy delicado, porque el ser madre te hace percatarte de lo importante que es la figura paterna dentro de la familia, y eso, a veces, está por encima de un amor ya acabado, inexistente.
           
─Las mujeres vivimos pendientes de los prejuicios, de lo que dictamina la sociedad ─dice la actriz Sandra Bernasconi─. Es más: aún cuando decides encararlo, los hombres siempre se encargan de recordártelo, como cuando en la calle, si manejas mal, te dicen «tenías que ser mujer» o como cuando, si levantas la voz por alguna razón, te dicen «te falta marido».
           
En la obra su personaje llega a decir: «Ser soltera es una vergüenza, ser casada ya sabemos cómo te va, ser divorciada es como para que digan qué terrible serás en la intimidad, ser una arrejuntada no, ni hablar. Lo mejor es ser viuda: ahí sí eres respetable, nadie te puede decir nada».
           
─No es broma: aún cuando en esta época se hable mucho de la autonomía de la mujer, en el Perú todavía persiste el pensamiento conservador: quizá en Lima haya más mujeres con la nueva mentalidad, pero en provincias no, allí esos estereotipos siguen siendo vigentes ─dice Montserrat Brugué─. Yo he vivido algún tiempo en Cusco y he podido notar todo eso.
            
Y luego continúa:
            
─Creo que la mujer es machista por su propio pie: somos nosotras mismas las que nos imponemos ese machismo. Quizá sea la necesidad de protección del macho, quizá solo una cuestión de instinto.

                                                                 *****

En el tiempo, y mientras se las ingenian para conseguir el dinero que implica la fianza del esposo/amante, las dos mujeres se hacen amigas.
           
Eso, tras organizar una junta entre las vecinas, tras realizar una subasta de cuadros entre amigas y familiares, y tras vender sus computadoras y sus máquinas de peluquería en tiempo récord.
           
En medio de esos trajines, y pese a ser tan distintas, las mujeres empiezan a hacerse confesiones de sí mismas.
           
Y de sus vidas en pareja.
            
─La amistad nace porque en el fondo se reconocen como dos buenas mujeres: en algún momento ellas entienden que en otras circunstancias ninguna de las dos le habría quitado el hombre a la otra mujer ─dice Carlos Mesta.
            
─Llegan a sentirse identificadas con lo que les está pasando ─dice Montserrat Brugué─. Las dos están atravesando el mismo proceso: la misma traición, la misma burla, el mismo descubrimiento, el mismo dolor.
           
Una es el espejo de la otra.
           
─Si este hombre ha escogido a ambas mujeres para tenerlas y engañarlas al mismo tiempo, es porque algo tienen en común ─dice Sandra Bernasconi─. Y en el transcurso de la obra se van dando cuenta de que no son mezquinas, sino más bien generosas y comprensivas.
            
Y emprendedoras y solidarias y apasionadas y laboriosas y creativas.
            
Inteligentes, en resumen.
            
─Sí, es verdad, yo creo que ambas mujeres son muy atractivas cada una en su estilo: impulsiva una, intelectual la otra ─dice Carlos Mesta─. Solo así explico a ese hombre que se siente tan atraído por los dos tipos de mujeres al punto que no termina por decidirse a quién quiere más.

                                                                *****

Emilio Carballido, el dramaturgo mexicano que escribió esta obra en los años ochenta y que en Perú ya ha tenido hasta cuatro versiones distintas, mencionó alguna vez: «El teatro es para divertirse: es la capacidad para ser diverso. Eso es divertirse: vivir destinos ajenos. No es cosa de cosquillas ni de carcajearse. En ese sentido, el teatro resulta didáctico: refleja a la sociedad. Muestra sus valores».
            
─Es notorio: Rosa de dos aromas te habla de la empatía, de la revaloración, de la voluntad, de la amistad ─dice Carlos Mesta.
           
─La obra es una alegoría a la amistad porque habla de dos mujeres que se unen en circunstancias muy tristes y difíciles ─dice Sandra Bernasconi─. Mujeres que sienten que ya no están en una etapa inmadura de celos o desconfianzas u odios, sino más bien en una que les permite canalizar para bien lo que les sucede.
           
Mucho más que un simple mensaje feminista.
           
─Yo diría que la obra piensa más en la mujer antes que en ser pro-mujer ─explica Montserrat Brugué─. Se basa en la valoración de la amistad, en los miedos de la mujer y en el salir adelante antes que en tratar de dejar mal parado al hombre.
           
O quizá porque lo escribió un hombre ─y lo dirige un hombre─ es que, efectivamente, esta obra parece escrita más para hombres: una historia femenina que los incluye hasta hacer que se identifiquen con las mujeres y las entiendan un poco más, les muestre cómo sienten, se sonrían con ellas y las valore de otro modo.
            
Quizá como una forma positiva del machismo.
           
─Me enfoqué en esta obra porque era una mirada a través de la cual podía exorcizar una memoria colectiva de siglos de abuso de los hombres ─dice Carlos Mesta─. Era ver ese maltrato al que yo alguna vez sometí a quienes estuvieron cerca a mí, y era también sentirme algo de padre, amigo y amante de estas dos mujeres para que se puedan revalorar. Y hasta vengar.

                                                               *****

            La actriz empieza a recordar y dice que en una época de su vida en la que no tenía pareja disfrutaba de la compañía de sus amigas: que se contaban cosas del trabajo, de los chicos ─y de la falta de chicos─, y que se divertían tanto que al regresar a casa se sentía intensa: renovada, escuchada, acogida.
           
Valorada.
           
─Se ha tergiversado eso de que las mujeres pueden ser potenciales enemigas de sí mismas. Debe ser el pensamiento primitivo de cuando se creía que las mujeres se quedaban en las cuevas a la salida del cazador y se daban consejos entre ellas ─dice Sandra Bernasconi─. Yo creo que entre mujeres podemos darnos mucha fuerza.
           
Y sin embargo, la pregunta: ¿acaso no es verdad que entre ellas siempre existe una cierta curiosidad por conocer detalles sobre la ex mujer de sus hombres?
           
Los hombres nunca insistirían en saber cómo era el anterior hombre de sus amadas.
            
Montserrat Brugué se sonríe y responde:
           
─Lo reconozco. Y es que es una manera de conocer más a tu hombre. O quizá para compararte. Porque sí, esa curiosidad siempre está: quieres saber si tú eres más simpática que ella. Tal vez para sentirte con más poder.
           
─Si lo vemos por ese lado, la salvación del hombre en la cárcel de la obra no será más que el pretexto para que estas dos mujeres curioseen en la vida de la otra ─dice Carlos Mesta─. Pero aún así, el hecho de que se afanen en estas indagaciones, nos demuestra que ellas son muy profundas: que quieren saber más por una cuestión de supervivencia, de convivencia pacífica.
           
Y explica:
           
─Recuerda que en los tiempos primitivos, cuando el hombre salía de la cueva a cazar y las mujeres se quedaban conversando entre ellas, intercambiaban mucha información: por eso ahora saben convivir mejor, tienen mejores estrategias.
            
Y luego, entre risas, el director agrega:
           
─Pero, por favor, trata de que nuestra conversación no parezca demasiado machista.



           
Rosa de dos aromas de Emilio Carballido Fentanes.
           
Dirección: Carlos Mesta.
           
Codirección: Norma Berrade.
            
Elenco: Sandra Bernasconi y Montserrat Brugué.
           
Lugar: Teatro de Lucía (Calle Bellavista 512, Miraflores).
           
Funciones: De jueves a lunes a las 8 p.m. y domingos a las 7 p.m.
            
Entradas: S/. 50 (general), S/. 30 (lunes popular y jubilados) y S/. 25 (estudiantes) en Teleticket y boletería.
            
Temporada: Del 16 de febrero al 8 de abril de 2013.

1 comentarios

La circunstancia de un hombre con dos mujeres que se conocen y coexisten sin mayores asperezas en el mismo sitio, no es tan rara que digamos. Y no nos referimos a la poligamia como costumbre establecida (el harem de un musulmán, por ejemplo) sino a nuestro mundo. Pero a donde quiero llegar es a esas nombradas mujeres primitivas en la cueva: ellas tenían que bregar contra las fieras invasoras y es machista suponer que se quedaban protegidas como niñas fuera de peligro. Las mujeres son el verdadero sexo fuerte, las preparadas por la naturaleza para parir. ¿A cuántos vigorosos machos no le ganaría Serena Williams una extenuante partida de tenis?

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