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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

La picadura del escorpión [pt. 2]

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                                                  ***** Continúa Parte 1 *****

Usted dice que en Perú mercados como el de Gamarra o el de la gastronomía tienen tanta importancia como el mismo sector minero...
            
En los últimos diez años el país ha crecido porque se ha desarrollado la minería, la pesca y la agricultura. Pero en esa misma década también ha crecido la gastronomía, las empresas de confecciones ─el caso Gamarra─, y las microfinanzas ─por esos miles de pequeños bancos y cajas rurales que atienden a cientos de miles de microempresas─. Es más, toda una región del país, San Martín, ha crecido sin necesidad de la minería y el canon: solo a partir de productos como el café, el cacao, la palma aceitera y el palmito.
            
Son casos que demuestran que otro modelo económico es posible...
           
Son los típicos casos de un desarrollo de «abajo hacia arriba», lo opuesto al chorreo, y nos indican que sí es efectivo. Entonces, si colocas minería-pesca-agro versus Gamarra-San Martín-gastronomía, quizá estos últimos resulten ser más fuertes y dinámicos que los primeros, y de pronto el crecimiento del Perú se deba no solo a las grandes inversiones sino también a las pequeñas empresas.
           
Quizá por eso encontramos en los medios de comunicación tantas frases tipo «forme usted su propia empresa» o «hágase emprendedor»...
            
Exacto. Desde mi perspectiva, MiBanco es el banco de los que mueven el país, de los que generan empleo en el país. Un ejemplo: el centro comercial de mayor venta en todo el Perú es el MegaPlaza del cono norte. Pregúntale a su público donde trabaja. Te responderá que no son empleados de alguna minera o trasnacional: que son empresarios emergentes de la zona o del centro de Lima o de Gamarra o de la avenida Wilson. Ese es nuestro gran mercado interno.
           
¿No importa que ese mercado interno sea informal?
            
Esa es aún la gran irresponsabilidad del Estado. Y su tarea es ser eficiente, honesto y ayudar a la formalización de la pequeña empresa. La mejor manera de formalizar es ayudándolas a crecer: que pasen de micro a pequeñas y medianas empresas.
            
Las pequeñas y medianas empresas no son tan inocentes: las mypes son las que más explotan a sus trabajadores, no les reconocen sus derechos laborales...
            
Así es, pero es que una buena parte de esas mypes son microempresas de supervivencia, con una productividad tan baja que no pueden pagar bien a sus empleados: el propio dueño vive a duras penas en una casa sin muchas comodidades, y trabaja de catorce a quince horas. Por lo general ese es su contexto en lugares precarios.
           
Pues en pleno San Isidro conocí una empresa ─una que editaba una conocida revista de crónicas─ cuyos gerentes solían advertir a sus empleados que, de aparecer los inspectores del Ministerio de Trabajo, negaran que laborasen allí: que dijeran que solo eran visitas...
           
Pero de seguro era una empresa pequeña. Mientras tengas pocos trabajadores puedes hacer eso, pero cuando trabajas con más de veinte empleados y vienen los camiones para abastecerte de materia prima o llevarse tu producto, todos se enteran de que allí funciona una empresa grande y no la puedes esconder: estás en la obligación de formalizarte.

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¿Cómo se les denomina a los millones de jóvenes desempleados en el mundo?
           
En Túnez, hittistes: «los que se recuestan contra las paredes».
           
En China, hormigas: los que se apiñan en minihabitaciones de las periferias.
            
En España, mileuristas: los que ganan menos de mil euros mensuales.
            
En Inglaterra, NEET's: ni educados ni empleados ni en entrenamiento.
            
En Japón, freeters: los que a duras penas sobreviven como freelances.
           
En Estados Unidos, boomerang generation: jóvenes que no pueden independizarse y regresan a vivir a la casa de sus padres.
            
Fernando Villarán, citando a Robert B. Reich ─ex ministro de Trabajo del gobierno de Clinton y ahora asesor económico de Obama─, refiere que, al menos en Estados Unidos, la base del desempleo estructural es la distribución desigual de la riqueza: precisamente aquella promovida por el modelo neoliberal.
            
Más aún, el economista señala que hay dos postulados de la teoría económica neoclásica que han posibilitado esta situación.
           
El primero, la creencia de que el aumento de la producción aumenta de modo automático el empleo. Esto explica por qué la obsesión de los gobiernos son solo las cifras del PBI, con lo que quedan de lado las políticas de fomento de empleo.
            
El segundo postulado: el reemplazo interesado del concepto de fuerza de trabajo por el de servicios de trabajo. «Ya no se habla más de trabajadores de carne y hueso sino de horas de trabajo que se entregan a las empresas ─dice el autor─. Con este contrabando ideológico se produce un efecto perverso: la demanda de empleo de trabajadores concretos ya no es responsabilidad de las empresas sino de ellos mismos que buscan empleo en el mercado laboral. Las empresas solo se limitarían a ofrecer trabajo».
            
Y continúa:
            
«Así, las empresas y los hombres de negocio se desentienden de su responsabilidad en la generación de trabajo y se la trasladan al trabajador que, con su dosis de culpa y vergüenza, es incapaz de encontrar un empleo. De este modo se le da carta libre a esas teorías que atribuyen la causa del desempleo a que los trabajadores no están lo suficientemente calificados, no se esmeran lo suficiente para conseguir trabajo, a que son ociosos, etcétera. Esta es la gran traición de los economistas y la economía convencional contra la población de todos los países del mundo».

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Si el desempleo asegura mano de obra barata y disponible, ¿para qué querrían las empresas que se resuelva?
            
Si hace un par de años le hubieras preguntado a un ciudadano español si podía imaginar su país en la crisis económica y de desempleo en la que ahora está sumida, te habría dicho que no, que eso era imposible en el primer mundo. Hoy hazle esa misma pregunta a un padre de familia en Perú: «¿Me podría asegurar que su hijo nunca va a sufrir desempleo?». No te podrá asegurar nada.
           
¿Cuál es el mensaje?
            
Que mejor empieces a preocuparte ahora mismo: empieza a cambiar la realidad desde ya y no aceptes todo lo que te dicen.
            
¿Y los empresarios lo entenderán así?
            
La preocupación elemental de toda empresa es vender más, obtener mayores ganancias, contar con personal calificado, organizarse bien y reducir costos: su función no es generar empleo. Si la empresa genera empleo es porque con sus trabajadores obtiene ventas y utilidades.
           
¿Y entonces quién debería preocuparse en que la población tenga empleo?
            
El Estado. El Estado es el que representa el interés general. Desde el punto de vista de los ciudadanos, esa es una consigna válida que hasta la recogió John Maynard Keynes en 1929 pero que luego los neoliberales estigmatizaron cuando tildaron al Estado de botarate, de despreocupado del déficit fiscal, de hacer caso de los parásitos pobres, de endeudarse...
           
Todo ciudadano necesita empleo...
           
Todo gobierno que se precie de representar democráticamente a un país debería considerar la generación de empleo como su objetivo principal: eso antes que programas sociales que regalen cosas. Lo que la población quiere, siempre, es trabajo.
            
Pero lo primero que los gobernantes peruanos suelen hacer es «regalar» empleo a sus electores en el sector público...
           
Y no debería ser así. En otros países, el sector público siempre fluctúa entre el 10% y el 20% de la población económicamente activa: el 80% o el 90% del empleo lo brinda el sector privado.
            
Entonces, ¿qué camino concreto podría seguir el Estado en el tema?
           
Propiciar un sector privado lo suficientemente dinámico y competitivo y al mismo tiempo generador de empleo como para que la población tenga trabajo. Ese fue el objetivo de Keynes, y es una medida sumamente compleja que hay que resolver: no por difícil la abandonas. Por eso hablo de la «traición de los economistas»: ¿cómo vas a abandonar un objetivo que es en beneficio de las grandes mayorías? Es responsabilidad de ellos: a través de la economía logras el pleno empleo, utilizas los engranajes adecuados con el uso de tecnología, el apoyo a la pequeña empresa y el fortalecimiento del emprendedorismo.

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            Si los ciudadanos son quienes eligen a sus gobernantes, les exigen y critican a través de los medios de comunicación ─a veces hasta destituirlos─, y si los ciudadanos son quienes eligen y adquieren los productos y servicios de las empresas, y son capaces de percatarse de cuándo estas los estafan o les venden algo sin calidad ─y dejan de comprar─, ¿acaso esa ciudadanía no tiene un poder real en sus manos capaz de alterar la situación política y el mercado de todo un país?
            
Lo tiene pero no siempre es consciente de él.
            
Fernando Villarán escribe: «La gran pregunta es: ¿por qué la mayoría de la población no ejerce ese poder? Quizá tenga que ver con dos hechos: por un lado, la pésima calidad de la educación para las mayorías. Por el otro, el control de los medios de comunicación por intereses corporativos».
           
Y luego explica que el crecimiento económico no necesariamente asegura calidad en la cultura y la educación. Y que, por el contrario, los valores del neoliberalismo ─individualismo, egoísmo, competencia depredadora, acumulación ilimitada─ sumados a la mala educación y el control interesado de los medios de comunicación ─que, por lo general, son igualmente incultos y violentos─, promueven una forma de pensar letal para cualquier sociedad.
           
Una que, además, nos lleva a invisibilizar las necesidades de una buena parte de la población.

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Tener más dinero no nos hace mejores ciudadanos, ¿verdad?
           
Es una falacia creer que porque hay mejores ingresos ya estamos bien. Definitivamente el puro progreso económico no te lo garantiza. Pongo ejemplos: Finlandia u Holanda son naciones con muy altos ingresos pero sus poblaciones son también muy educadas y cultas. Por tanto, son homogéneas y estables, sin conflictos sociales ni protestas. Son países que no tienen ultramillonarios ni ultrapobres: casi todos son de clase media.
            
¿Y Estados Unidos?
            
Su caso es lo contrario: se trata de toda una nación muy mal educada y con muy baja cultura: no hay correspondencia en el hecho de que sea un país con un ingreso per cápita de 45 mil dólares anuales y sin embargo casi nadie sepa dónde queda Perú. Hablamos de una población que observa televisión durante cinco horas al día...
           
¿Y esa contradicción cultural cómo se explica?
            
En realidad es un problema mundial. Los ciudadanos han permitido que uno de los poderes ─el económico─ absorba a la mayoría de los medios de los comunicación, cuando estos se supone deberían analizar y criticar por igual tanto al Estado como al sector privado. Ahora muchos medios se han convertido en portavoces del sector privado.
            
Esa escasa educación también afecta la manera de trabajar: por no perder el empleo, uno acepta que abusen de sus derechos laborales...
           
En Perú los sindicatos se desactivaron en los años noventa porque hacían muy rígido el mercado laboral. Eso no significa que la sindicalización sea mala por sí misma. Veamos el caso de Mercedes Benz en Alemania, que ante la crisis reciente se vio obligada a reducir su producción y dialogar con su sindicato: «Tenemos esta situación y solo dos alternativas: o despedimos al 30% de los trabajadores de la compañía, o reducimos las horas de trabajo y, por ende, los sueldos. ¿Qué deciden?». El sindicato se pronunció: «Que no se despida a nadie: bajemos los sueldos de todos». Y listo, así se pactó y nadie perdió. ¿Cómo está ahora Alemania con ese tipo de acuerdos? Solo tiene un 4% de desempleo, mientras que Estados Unidos un 10%. Y mira quién es el país que ahora dirige Europa: Alemania.
           
¿Reducir el sueldo no afectó la calidad de vida de esos trabajadores?
            
Sí, claro, pero fue una medida voluntaria, donde tanto empleados como empleadores se percataron de lo difícil de la situación. ¿Qué nos dice ese ejemplo? Uno, de la madurez de la empresa. Dos, de la madurez del empleado. Ahora pregúntate: ¿tú crees que en Perú un agremiado de la CGTP aceptaría un acuerdo así?
           
Los sindicatos que han sobrevivido en el Perú son arcaicos, inservibles...
            
Obsérvalo así: tienes un modelo arcaico por el lado empresarial y un modelo arcaico por el lado sindical. Entonces, el extremismo empresarial obliga a que también haya un extremismo de trabajadores.

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            «En todo el Perú la debilidad del Estado es notoria a nivel social, ambiental, de seguridad ciudadana y promoción del desarrollo, y persisten problemas antiguos y estructurales como el narcotráfico, la informalidad y la corrupción ─anota el autor─. Debilitar aún más al Estado peruano, como siguen pretendiendo algunos neoliberales, es suicida: es no haber aprendido las lecciones de la crisis de 2008».
            
Fernando Villarán sostiene en su ensayo que la solución no está en la extrema confianza depositada en las grandes empresas. Y que lo ideal es lograr un desarrollo más equilibrado donde las grandes empresas puedan coexistir ─sin absorber o eliminar─ con las pequeñas y medianas, incluso considerando cooperativas y comunidades indígenas.
            
Un tanto como Gastón Acurio ha demostrado puede ser posible.
            
Porque en vez de preocuparnos por las actividades extractivas que generan poco empleo y valor agregado, podríamos hacerlo por fomentar las actividades productivas, que sí ofrecen valor agregado e innovación.
            
En el planeta somos el país número 113 en innovación, el factor más importante para toda competitividad, según el World Economic Forum de 2012.
            
De hecho, Perú invierte al año solo el 0.1% de su PBI en investigación y desarrollo: uno de los más bajos porcentajes en todo el mundo.
            
El ex ministro indica: «Si el país no corrige la situación, todos los logros macroeconómicos corren el riesgo de perderse. Es una contradicción: el Perú se acerca rápidamente al primer mundo en lo económico y financiero, pero se mantiene en el cuarto mundo en lo que es ciencia, tecnología e innovación. Si no se hace nada, no saldremos del atraso, la exclusión, los conflictos sociales y la inseguridad».

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¿Cuál es el riesgo de perpetuar el modelo económico neoliberal?
           
El modelo tiene una fragilidad implícita concreta: ahora que caerá mucho más la demanda externa en los siguientes meses, ya deberíamos haber utilizado nuestros recursos en inversión en ciencia y tecnología en lo que estamos muy atrasados. La nueva oleada de la crisis mundial nos puede hacer pasar un mal momento.
            
Pero todavía se habla de la economía peruana en tono triunfalista...
           
Sí, aunque ya cayeron las exportaciones, ya cayeron los precios de la materia prima, y ahora solo nos sostenemos con la demanda interna. Pero eso tiene un límite. Y ese límite podría ser estar en los próximos seis o doce meses. La crisis mundial de todas maneras nos tocará.
            
¿Crisis en 2013?
            
Nouriel Roubini, uno de los más importantes economistas norteamericanos que anticipó la crisis mundial de 2008, dice que en estos momentos se están generando las condiciones propicias para que en 2013 se desate la crisis perfecta. Y creo que en nuestro caso también tendrá razón.
            
¿Pero ese crecimiento económico no ayudaría a neutralizar la crisis?
           
El Perú puede permitirse un programa de reactivación y mitigación de la crisis para defenderse, algo que ya hicimos en 2009. Pero seamos sinceros: pese a esa política, el crecimiento del país cayó bastante. En el año 2008, el Perú creció 9.8%, pero en 2009 solo creció 1%: la caída económica total en un año fue de casi 9 puntos.
            
¿Eso impidió la crisis en ese entonces?
            
Técnicamente no hubo recesión porque no llegamos al 0% ni entramos en la zona en rojo, pero la desaceleración es inocultable: ahora mismo estamos en 6% de crecimiento. Si volvemos a caer otros 9 puntos estaremos ya en -3%, es decir, en terreno de pérdidas, y ese escenario es perfectamente posible para el año 2013.
            
¿Y en ese contexto podríamos darnos el lujo de cambiar de modelo económico?
            
Lo que fue virtuoso hasta hoy no necesariamente lo seguirá siendo a futuro: requiere de cambios y ajustes. Porque no se trata de cambiar el modelo al cien por ciento: quizá un cincuenta o un sesenta por ciento, y mantener lo que nos hizo bien.
            


            
Libro: La picadura del escorpión. ¿Nos hemos librado de la crisis económica mundial?
            
Autor: Fernando Villarán.
            
Editorial: Planeta.
            
Precio sugerido: S/. 45.

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