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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

El último fuego

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Aunque suene extraño, se dice que la parte azul del fuego nunca quema: solo lo hace la parte roja, la luminosa. ¿Será esto una metáfora de lo que es la vida y no saber dónde empieza y termina nuestro mundo?

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¿Qué clase de montaje podría aturdir incluso a los mismos actores que actúan en él?
            
Patricia Pereyra, por ejemplo, dice:
           
─Lloré. Cuando leí el guión por primera vez, lloré. Para mí ha sido un desgaste emocional muy fuerte, siento que me ha golpeado. No ha sido muy fácil: por las mañanas hasta me levanto cansada y algo pensativa.
           
Y no parece ser la única persona. Según el mismo director, la obra ha resultado devastadora para todos los demás intérpretes.
           
─Siento que a todos nos ha estrujado por dentro. Y es que su naturaleza es muy visceral e inquietante, es distinta a todas las historias que yo había hecho hasta ahora ─dice Jorge Villanueva, pensando un tanto en los repentinos cambios de comportamiento de los actores de El último fuego.
           
─Yo todavía sigo perplejo: no logro comprender la obra a cabalidad por toda la simbología que tiene ─dice Carlos Mesta, otro de los actores─. Son muchos niveles superpuestos que te ofrecen múltiples interpretaciones, y solo te queda fabular para completarla.
            
En todo caso, el único que podría decirse sale remotamente bien librado de este espectáculo es Adrián Du Bois, el niño de gafas de ocho años que, tras cumplir su pequeño papel al principio, coge su pelota de escenografía y se marcha a casa porque se le tiene prohibido ver la obra completa.
           
Los demás ─espectadores incluidos─ quedan marcados después de cada función.

                                                                *****

            El niño jugaba fuera de casa con su pelota. Solo. No llegaba a los diez años. De pronto, un hombre con casaca, pantalón y botas de militar aparece por su vereda. El niño le pasa la pelota para jugar. El desconocido, algo enternecido por la oferta, acepta. Y así están hasta que aparecen dos vehículos a toda velocidad. Uno persigue al otro. El primero, conducido por un adolescente drogadicto, se estrella contra una pared de esa misma calle. El segundo, conducido por una policía, no desacelera a tiempo y arrolla al niño que, asustado, corría en busca de su madre. Todo en cuestión de segundos.
            
El soldado, en silencio, camina los varios metros que lo separan del niño que ahora yace en la calle, se inclina y dibuja con tiza el contorno de su deshecho cuerpecito, como si quisiera bosquejar una escena de crimen.
            
Luego alquila una habitación precisamente en la calle del accidente y, durante una noche y una mañana entera, con una enorme lima industrial se refriega las uñas de los dedos hasta llegar al hueso blanquecino. Tras ello, los vecinos nunca olvidarán los gritos de dolor ahogados con un pañuelo en la boca.
           
Eso, digamos, es solo la introducción de la obra.
           
Todavía faltan un homicidio, un atentado terrorista, un par de suicidios, una anciana con Alzheimer, hogares infestados de pulgas, un joven que se encierra de por vida en su habitación y una profesora de arte que utiliza senos de plástico para reemplazar los que perdió por una enfermedad que le provocaba vómitos delante de sus alumnos y que tiene sexo con hombres fetichistas por las prótesis.
            
Y aún así, se trata de una historia de amor. Y de esperanza.

                                                                           *****

            ─Sé que la primera percepción sobre la obra es que todo resulta demasiado trágico ─dice Jorge Villanueva─. Pero hay elementos que hacen que uno comprenda que lo que realmente nos salva como seres humanos son los vínculos: el amor, la confianza, la lealtad. Eso es lo único que nos convierte en personas.
             
En El último fuego alguien se rocía alcohol sobre el cuerpo y se convierte en una antorcha viviente solo para salvar a su pareja.
            
De sí misma.
            
─Hay individuos a las que la convivencia con el ser amado provoca que sientan esperanzas de suprimir o reprimir ese monstruo que saben llevan dentro ─dice el actor Carlos Mesta─. Ese monstruo que siempre pugna por salir y dañar a cualquiera.
           
─Yo considero que prenderse fuego es una especie de harakiri: un gesto de nobleza que de algún modo busca la redención ─dice Patricia Pereyra sobre el acto que da nombre a la historia.
            
Y agrega:
           
─Y es que tú no puedes destruir a quien más quieres. De lo contrario, ¿qué te quedaría? ¿Qué serías tú?
           
De hecho, una parte de la obra parece decir que para llegar a esa idea del sacrificio tampoco es necesario sentir la clásica pasión de las parejas sentimentales: también es posible desde la amistad. O desde el compromiso. O la piedad.
            
Como el compañero de correrías del adolescente drogadicto que, ante su clausura atemporal como intento de fuga de la realidad, se lamenta: «Alguien no puede olvidar la voz de un amigo por más que haya sido separado de él».
           
Pero eso es solo una parte de la obra.

                                                                *****

En la historia no son necesarios los eternos personajes con poder ─el político, el empresario, el militar, el sacerdote─ para hablar de egoísmo y corrupción. Aquí aparecen profesores, policías, escolares, amas de casa: individuos que uno se encuentra en la calle todo el tiempo.
            
Incluso el padre que intenta consolarse sobre la muerte de sus hijos con esta excusa: «Preferimos depender de la casualidad».
           
O la madre que se burla de su familia porque siente que ya nada queda de ella. Sobre todo cuando está en brazos de su amante y desde la ventana observa su propio hogar.
            
O la anciana que empieza a olvidar todo lo que aprendió en su vida, pero que en unos cuantos segundos de lucidez es capaz de llorar la muerte del niño.
           
Y luego le compra un juguete para la próxima vez que el nieto vaya a visitarla.
           
─La obra mezcla muchos planos ─dice Jorge Villanueva─. A diferencia de lo que ocurre con las historias de Roland Schimmelpfennig, aquí se utiliza la narración, los pensamientos verbalizados, el habla en tercera persona, el desdoblaje, entre otras técnicas, lo que la hace muy compleja de montar.
           
Y eso es decir poco.
           
Muchas de estas historias están hechas solo para ser completadas por la propia cabeza del espectador: dejan una angustiante sensación de algo inconcluso y truncado como para que uno lo llene con lo mejor o lo peor de sus expectativas.
             
A eso se suma el ritmo general de la obra, por momentos disperso, que provoca instantes congelados o, cuando menos, lo suficientemente serenos como para dejar al público en el vacío. Luego todo vuelve a su turbulencia habitual.
            
Como si el espanto y el horror se hicieran coherentes.
            
─Por la gran cantidad de pequeñas historias y preguntas que la entrecruzan, El último fuego es una obra que no se puede delimitar ni encuadrar desde una sola perspectiva ─dice el director sobre esta obra para la que se ha preparado por años─. Tiene demasiada profundidad para eso.
            
O demasiados abismos, para ser más exactos.

                                                                 *****

Qiu Shihua es un pintor abstracto chino que un buen día decidió abandonar un trabajo estable a los cuarenta años y dedicarse solo al arte en lugares muy apartados de la civilización: sus cuadros, minimalistas, son solo penumbra: apenas dejan ver trazos tenues y fantasmales.
            
Son esos mismos cuadros los que se muestran en la obra mientras alguien susurra que lo ideal es esbozar un paisaje tan transparente donde quien lo contemple se sienta desaparecer en esas profundidades donde todo es luz.
            
Es decir, esa vastedad ─los occidentales lo llamarían vacío─ que para el budismo representa la muerte.
            
─Para mí esos lienzos son la clave de la obra tanto como la frase que inicia el guión de la dramaturga ─dice Patricia Pereyra.
            
Y la actriz recita una cita de Tsunetomo Yamamoto, el autor del Hagakure, el código de honor de los antiguos samuráis: «Cuando mi vida haya concluido, recibe este amor devorador que siento por ti: del humo que se eleve cuando arda mi cuerpo».
            
─Ese pintor chino ─casi un asceta en pleno siglo XXI─ y ese verso del siglo XVII me hablan de seres aislados, marginales, excluidos, de individuos que nunca llegan a pertenecer a algún lado, y que viven toda su vida así.
            
Y entonces uno puede pensar en el militar que aparece de la nada para presenciar la muerte del niño. Pero también en la profesora cuya enfermedad de pronto la convierte en un ser distinto y poco grato ─apartada de su empleo por su propio mal─. O en la agente que de tanto perseguir criminales se convierte en uno de ellos, o el joven desempleado cuyo mayor orgullo es un perro con apariencia de ferocidad.
            
Es decir, individuos que uno se encuentra en la calle todo el tiempo.

                                                                             *****

 ─El último fuego... La verdad es que ya no sé que es ─dice un abatido Carlos Mesta.
            
─El último fuego es siempre el primer fuego ─responde un críptico Jorge Villanueva.
            
Siempre el final de algo es el principio de algo. Eso es el último fuego ─dice Patricia Pereyra─. En todo caso, es lo que debería ser. Porque para volver a comenzar siempre hay que terminar un proceso.
           
Y agrega:
            
─Y yo creo que siempre estamos volviendo a empezar, una y otra vez, porque nada en este mundo deja de modificarse y diluirse. Si pensamos lo contrario, perdemos la dimensión de las cosas.
           
─Mi esperanza es que estos personajes, en el segundo plano ─imaginario, porque en el primero muchos de ellos ya están muertos─, la próxima vez que se reencuentren se conozcan un poco más ─dice Jorge Villanueva─. Porque reconocen su propia historia, una historia hecha trizas que se ha reconstruido para identificarse mejor y estar al tanto de lo que sucedió. 
            
En ese sentido, explica el director, la obra es un canto a la memoria porque enfrenta la historia por muy trágica que esta haya sido. Y que no es casual que la dramaturga ─Dea Loher, alemana─ lo proponga en su país para recordar el holocausto nazi y las guerras mundiales y utilice personajes reales ─en especial, de Japón y China─ para proponer alguna forma de equilibrio espiritual.
            
─Nos vendría bien a los peruanos aprender a respetar la memoria colectiva. Mira lo que nos pasa como sociedad: sin mirar o queriendo mirar lo que nos ha sucedido, sin apelar a la historia, jamás nos vamos a reconciliar. Por lo mismo, para poder salir de esa historia trágica y comenzar de nuevo debemos partir por reconocernos y saber por qué pasó lo que pasó.
            
Y cuando dice eso, agrega, no solo se refiere al terrorismo sino también a políticas de Estado como las esterilizaciones forzadas: genocidios por uno y otro lado.
           
De allí que sobre el escenario uno de los personajes diga: «Vivir sin memoria es ser menos que un animal».
            Y lo dice con desesperación.


           
El último fuego de Dea Loher.
           
Co-Producción: Grupo Ópalo y Goethe-Institut Lima.
           
Dirección: Jorge Villanueva.
            
Elenco: Patricia Pereyra, Marcello Rivera, Sonia Seminario, Carlos Mesta, Laura Aramburú, Carolina Barrantes, Stefano Salvini y Claudio Calmet.
            
Lugar: Goethe-Institut Lima (Jirón Nasca 722, Jesús María).
           
Funciones: De miércoles a sábado, a las 8 p.m.
            
Entradas: S/.35 (general), S/.25 (jubilados), S/.20 (estudiantes), y S/.25 (miércoles populares). De venta en Teleticket (de Wong y Metro) y en la boletería del Teatro.
            
Temporada: Del 09 de noviembre al 14 de diciembre de 2012.

1 comentarios

Hola que buena publicacion muy inteersante

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