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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

T.R.U.C.O.

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Hoy en día abundan los magos: en realidad, artistas que utilizan la magia en sus espectáculos. Sin embargo, son pocos quienes dirían la verdad: que la magia solo es posible cuando existe un oculto deseo de engañarse a sí mismo.

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¿Puede haber algo semejante a un mago honesto?
           
¿Puede existir un mago que en los primeros minutos de su espectáculo te advierta que no es más que un estafador a quien tú ayudas todo el tiempo?
           
¿Puede ser que un mago te diga cómo hace sus trucos sobre el escenario y se burle de sí mismo y de su capacidad para sorprenderte?
            
¿Y puede uno contarte que el público peruano es muy dado a creer en la magia solo porque busca distraerse y confiar en que todo se resolverá por misteriosas fuerzas sobrenaturales?
            
Puede. Y ese es el mago Plomo.

                                                               *****

─A mí me sorprende que alguien pueda pensar que existe un poder detrás de un acto de magia. Por eso me gusta explicarlo cuando se inicia la función: que esto es un juego y una trampa: una artimaña absolutamente terrenal.
            Ese es el discurso de
 Ernesto Carpio-Tirado (a) Plomo en su espectáculo T.R.U.C.O.: Tonto Recursero Único con Opinión. Y entiéndase recursero no solo como alguien que en cierto momento estudió infructuosamente cuatro carreras universitarias y buscó ganarse la vida entre apuestas de póker, actos de magia en mesas de restaurantes y las cabinas de radio como locutor, sino también como alguien que aprendió su oficio observando a otros magos y comprendiendo que gran parte del éxito se debía a la sorprendente credulidad de los espectadores: por esas ganas tan humanas de querer aferrarse a algo no humano: omnipotente.
            
─Es curioso: cuando tú le preguntas a la gente qué fue lo que vio en un acto de magia te narra un truco completamente distinto a la manera cómo lo hice ─dice Plomo.
             
Y pone el ejemplo de esa situación en la que hace subir al escenario a alguien del público y le comenta que va a sacar una baraja invisible para que la lea.
            
─Entonces el público me dice que, efectivamente, yo llegué a sacar una baraja invisible que el espectador leyó. Por supuesto que eso es imposible, es falso, nunca ocurrió, yo no podría hacer algo así. ¿Pero qué nos dice esa reacción? Que eso es lo que la gente quiere ver y sentir.
            
En esos casos ni siquiera sirven las advertencias que Plomo hace al comienzo de su espectáculo: que todas las maravillas que se han de ver a continuación no son más que un truco, un engaño y una traición.
           
Una traición a nuestros propios ojos.

                                                               *****

La magia siempre ha seducido porque está precisamente en los límites de la realidad y la ficción.
           
No es casualidad que desde siempre se la haya relacionado con la religión.
           
Y aún así, no son lo mismo. Porque mientras que las religiones son creencias ─historias que por lo general no tienen argumentos racionales─, la magia no es más que una cierta práctica ritual con la cual ─se supone─ se puede canalizar las energías de este y otros mundos: eso es lo que podría decir hoy cualquier hechicero o chamán. Pero en la historia de la humanidad nunca faltó un grupo de personas que logró beneficiarse de la confusión de ambos conceptos y se apropió de esa natural inclinación hacia lo sobrenatural ─¿tal vez las ansias por superar la muerte?─ para provocar la admiración, primero, y luego el temor.
            
En la historia no fueron pocos los reyes conocidos por sus poderes mágicos.
           
─Esto lo digo con mucho respeto por los espectadores que puedan ser creyentes, pero entre nosotros, los magos, se dice que Jesucristo pudo haber sido un gran ilusionista que supo mostrar sus tretas como si fueran milagros ─dice Plomo.
           
La sangre que se transforma en vino.
            
La cesta vacía que de pronto se carga de peces.
           
El hijo de dios que camina sobre las aguas.
            
Quizá muchas religiones necesitaron siempre de la magia pero, en contraste, la magia nunca necesitó ser explicada por religión alguna: de antemano ya tenía asegurada su halo de espectáculo.
            
Tampoco es casual que, en el mundo actual en el que todo es espectáculo, la magia se haya convertido en un entretenimiento más.

                                                               *****

─Cualquiera puede aprender esta magia.
           
Plomo ─quien debe su apelativo a su padre, el antiguo «plomo» de sonido de los Traffic Sound─, explica que lo único que se necesita es tener ciertas habilidades manuales y ser muy observador.
            
─Uno debe ser capaz de ver los juegos de manos y saber cómo se hace. A mí me ayudó el hecho de ser muy hábil desde niño: era el que abría puertas con ganzúas o las puertas del auto cuando este se quedaba cerrado con las llaves puestas.
            
Admirador de los trucos de la dupla norteamericana Penn y Teller, el prestidigitador peruano dice que para la magia tampoco es necesario la solemnidad: ni en el discurso ni en la vestimenta.
            
─Alguna vez los magos utilizaban trajes de vestir porque podían guardar muchas cosas en los bolsillos interiores de los sacos, pero ahora ya no es así. Es un mito eso del chaleco, la capa y el sombrero. Es más un look.
            
Quizá por eso Plomo calza zapatillas y viste falsos puños de camisa: nada de eso le ayuda o le impide verter líquido en un embudo de papel sin que se derrame o de improviso hacer aparecer bolas de espuma en las manos del público. De hecho, en su afán de demostrar que él no es como los demás magos, utiliza naipes tamaño jumbo, esos extra-grandes que difícilmente se podrían ocultar en el revés de una mano.
            
En su espectáculo, algunas personas elegidas al azar por un payaso de resortes pueden elegir ciertas palabras ─cada una más difícil y rebuscada que la otra─ y ver aparecer esas mismas palabras dentro de un globo inflado que nunca fue manipulado.
            
─El truco, en todos estos casos, consiste simplemente en elegir información del público: eso me servirá para hacer una predicción y saber cómo van a responder a lo que yo les muestre. Siempre aprovecho cada detalle y, para ello, debo estar concentrado: todo servirá, sea para sorprender como para hacer reír ─dice Plomo─. Por eso es que todas mis funciones son distintas: nunca se repiten.
           
Es decir, aunque un mago tenga altísimas probabilidades de equivocarse, rara vez el público notará su error: este seguirá creyendo que es parte del show.
           
En ese sentido, un mago nunca pierde.
            
Pero hay algo más que todo espectador ignora y que ─eso sí─ ya no parece de este mundo:
           
─La matemática y la magia van de la mano ─dice Plomo─. Hay muchos trucos que se basan en números como los de cartas, por ejemplo. Allí influye la teoría de la mezcla: al haber 52 cartas existen muchas combinaciones posibles, pero si yo barajo no necesariamente todo se desordena.
           
Y agrega:
           
─Porque hay ciertas cosas que, a pesar de ser revueltas en un aparente caos, se pueden mantener en orden.

                                                               *****

Parte del espectáculo de Plomo está dedicado a desmitificar algunos de los trucos de magia más conocidos: los desmonta y enseña sus procedimientos.
           
No le importa si con eso arruina el negocio a otros magos.
            
─Es simple: si yo hago un truco y paso a otro y así, asombraré al espectador pero este nunca sabrá cómo se hizo ni diferenciará los actos: todo perderá sentido.
            
Sorprender una y otra vez también tiene su riesgo: aturde, y por ende, cansa.
           
Pero hay otra razón para el prestidigitador peruano. Quizá la más importante: demostrar sus habilidades con trucos más complejos y diferenciarse de una competencia que promueve la charlatanería: una que se traduce en facilismos por pereza o inexperiencia de los mismos magos. La misma que ha hecho que los espectáculos de magia en el Perú sigan pareciendo los mismos que en los años setenta.
            
A estas alturas todavía hay gente que pide varitas mágicas y conejos.
           
Y ni qué decir de la música o la vestimenta.
            
─Lo mío son las cartas, el stand up y la improvisación. A cambio, no desaparezco nada ni hago volar algo ni parto un cuerpo en dos ni leo la mente de nadie: no me gustan, son trucos trillados por lo fáciles que son ─dice Plomo.
           
Algo sí reconoce el mago: que en sus presentaciones por Latinoamérica, Estados Unidos o Europa, rara vez alguien del público ha intentado delatarlo ante los demás: sabe que hay malintencionados, pero siempre ha tenido suerte de no encontrárselos.
           
─El público peruano es un buen público. El norteamericano, en cambio, es el que más molesta: porque quiere creer que el mago tiene poder y es un místico, y porque siempre quiere más espectáculo, te exige que hagas actos cada vez más difíciles. En ese sentido, es como empujarte a un punto al cual ya no puedas convencer.
            
¿Y por qué el público peruano es diferente?
           
─Porque por lo general al espectador peruano no le importa si logra descubrir el secreto de un acto de magia: solo le interesa pasarla bien, divertirse.
           
Y luego dice:
           
─El mago le resulta mucho más importante que el truco mismo.


            
T.R.U.C.O. de Ernesto Carpio-Tirado.
            
Producción: Plan 9.
            
Asistencia en Escena: Stephanie Koechlin.
            
Lugar: Teatro Larco (Av. Larco 1036, Miraflores).
            
Horario: Martes 6 y miércoles 7 de noviembre a las 8 p.m. (últimas funciones).
           
Entrada: S/. 40 (general) y S/. 20 (estudiantes). De venta en boletería del teatro y en Teleticket (de Wong y Metro).

 

 

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