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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Los cuatro puntos cardinales

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¿Qué es lo que debe coincidir en determinado momento y en determinado lugar para que sigamos con vida?

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─Mi hermano, un administrador de empresas, fanático del fútbol y muy poco dado al teatro, vio esta obra y no pudo evitar compararla con El dragón de oro, también del mismo Schimmelpfennig ─dice Carlos Casella─. Me dijo: «Este autor está loco, ¿no? En sus obras siempre hay animales, alguien muere, hay sexo y sucede algo asqueroso».
           
Por asqueroso entiéndase que mientras en El dragón de oro una mujer saborea un sanguinolento diente ajeno, en Los cuatro puntos cardinales el protagonista extrae de una bolsa de tela la cabeza de una mujer con los ojos desorbitados.
            
La cabeza de su amada.
           
Puede ser casualidad. O también causalidad. Porque si uno se fija en el eje específico de esta obra aparece la insistente pregunta sin respuesta: ¿Qué elementos han debido conjugarse para que de pronto tú seas el individuo elegido entre millones para quedar convertido en nada?
            
Y en este punto el azar, Dios o el destino no son consuelos.
            
No sirve de nada evocarlos cuando el reflejo de tu rostro frente al espejo te dice que vas a morir dentro de unos días.
            
De alguna manera, esas fueron las preguntas que se planteó hace un par de años el dramaturgo alemán Roland Schimmelpfennig: la enfermedad terminal de un amigo le hizo pensar en cuántas decisiones y hechos se habían encadenado en todo el universo para que ahora  su cuerpo ─precisamente ese cuerpo─ estuviera irremediablemente condenado a la degeneración.
           
El resultado de esa reflexión es la historia de una ineludible cuenta regresiva en la vida de muchas personas que aparecen vinculadas casi sin saberlo ni haberlo deseado nunca.
           
Una cuenta regresiva que, simulando el capricho de esa fuerza rapaz e indeterminada, entremezcla el orden de los números como una baraja de cartas solo para llegar al mismo camino: 52 escenas cortas que se sobreponen unas sobre otras para narrar una historia que podría resumirse en tres líneas pero que intuye ─de manera misteriosa─ ese vacío sobre el cual los seres humanos edifican su realidad.
            
Lo cierto es que resultaría insoportable comprobar que lo que se atribuye a la casualidad no es más que un producto de la causalidad: que no controlamos nada.

                                                              *****

─Es causalidad más que casualidad.
            
Carlos Casella, el actor que interpreta al protagonista de las dos lenguas, dice:
            
─La obra plantea una concepción distinta al destino. Sabemos que normalmente las cosas se van definiendo a partir de las decisiones que uno toma. Y sin embargo, en este mundo existe una especie de fuerza mayor que, cual dominó, hace que vayan sucediendo las cosas.
           
Un mundo donde el hecho más insignificante y despreciable termina generando otro enorme y definitivo: el mismo estado de cosas que hace que con frecuencia nos digamos que si esto no hubiese sucedido aquí, lo otro no habría sucedido allá.
            
Como si estuviéramos inmersos en el engranaje de algo tan vasto que no podemos concebir ni nombrar.
           
─Creo que en el fondo de nosotros sabemos que realmente no manejamos nuestros destinos. La vida puede cambiar en un segundo: en una decisión que tomaste ya cambió todo o te convertiste en otra persona, como si lo imposible pudiera ser posible en solo un instante ─dice el director Jorge Villanueva.
           
Como el interrumpido vuelo de avión que de pronto te deja sin familia o la pequeña piedra que se desprende del barranco para atravesar el parabrisas de tu auto.
           
La moral aquí no influye en lo absoluto.
            
Y el azar, Dios o el destino no bastan para explicarlo. Al menos, no cuando tú eres el blanco.
            
El director agrega:
            
─A sabiendas de todo eso, vivimos de espaldas a esa posibilidad, creyendo que nada va cambiar, que podemos controlarlo todo. Insistiendo en ignorar que basta apenas un soplo...

                                                              *****

            Cual fichas de rompecabezas, 52 escenas se van alternando, inmovilizando y complementando sin ningún orden aparente hasta formar una historia de amor que a la vez es una historia de traición que a la vez es una historia de esperanzas que a la vez es una historia de tragedias que a la vez es una historia de ilusiones que a la vez es una historia de culpas.
            
Eso es Los cuatro puntos cardinales: una historia de casualidades que al mismo tiempo es una historia de causalidades.
            
En todo caso, la repetición y el caos ─la volatilidad del tiempo─ son su única forma de concatenar lo que sucede. Nada es lineal.
            
─La repetición provoca suspenso: en cada escena se te va contando un dato más, y luego otro, y otro más, hasta que te involucras y estás pendiente del siguiente detalle que falta para completar el todo ─dice la actriz Mariana Figallo.
           
─Schimmelpfennig propone una relación de escenas que, por ejemplo, arrancan desde la mitad de una pelea ─el punto medio de la obra─ y luego salta hacia el inicio, cuando nada hacía presagiar el enfrentamiento, y entonces en tu cabeza se queda fija esa imagen como para que la recompongas una y otra vez ─dice Erika Najerra, otra actriz─. Y en el medio, la parte coral que genera un ambiente de sueño, misterio y mucha tensión.
            
Como una suerte de cuadro cubista en el que uno puede ver distintas referencias de una misma historia solo dependiendo del ángulo desde el que se enfoca.
            
Ninguna de las reiteraciones es igual a la otra. Todas varían en algo. La escena 43 y la 15 comparten la misma trama pero a la vez son distintas: el golpe que uno de los personajes recibe en la primera no aparece en la segunda, por ejemplo.
            
─La manera como está narrada la obra ─la forma cómo está desestructurada─ sirve para potenciar cada escena ─dice Carlos Casella─. Y es que la repetición implica un efecto determinado: si no, recordemos las oraciones budistas en las que un mantra se reza tantas veces que termina produciendo un cierto estado espiritual.
            
Como cuando te percatas de que existe un engranaje con trabas y desperfectos que, de todas maneras, te ha de llevar hacia un mismo punto.
            
Y que sus trabas y desperfectos son aquello que tú llamas voluntad.

                                                               *****

«Hoy día alguien se irá para siempre», dice la adivina que lee las estrellas y presagia absolutamente todo salvo lo que ocurrirá en su propia vida.
            
Se refiere a lo que sucederá luego de que dos hombres se encuentren en un bar y se enfrenten por el amor de una mujer de rizos que le da igual decidir nada porque sabe que otro tipo de rizos está creciendo mortalmente dentro de su cabeza. El primer hombre es el ilusionista de dos lenguas ─una roja y otra azul─, y el segundo un camionero acostumbrado a resolverlo todo por la fuerza. Cada uno proviene de un lugar distinto al igual que la mujer de los rizos y la adivina ─desde los cuatro puntos cardinales─, y se entrecruzarán en un momento definitivo.
            
Sobre todo para quien debe morir.
           
─Es una cuestión de cómo la gente se va juntando, a veces desde tan lejos, y produce una repercusión en la vida de los demás, en lo que hacen los otros ─dice Mariana Figallo─. Sí, podría haber un futuro y un destino. Pero también están las posibilidades, y con ellas todo en tu vida se va completando y modificando dependiendo de las acciones que tomes.
            
Y agrega:
            
─Y aún así, es como si siempre hubiera algo que nos ganase.
           
Quizá porque el simple hecho de estar tan interrelacionados ─mucho más de lo que suponemos─ nos hace perder toda perspectiva y, paradójicamente, nos presenta un enorme vacío que suele resolverse con la religión.
            
─O con la magia ─dice la actriz─. Es como un mundo de anexos donde las cosas van ocurriendo de a poco y lo consuman.
            
Por causalidad o casualidad.

                                                                *****

─Llevamos vidas fragmentadas. Así vivimos ─dice Jorge Villanueva─. Por eso la obra es así: porque somos una sociedad diluida que ya no obedece a ninguna estructura.
           
No es gratuito el lenguaje fraccionado de esta historia para hablar de una sociedad fraccionada. De allí su constante ruptura: para rearmarse una y otra vez, en distintas posibilidades, como edificándose todo el tiempo incluso desde atrás: desde el final mismo.
            
─Ese juego de desestructurarlo todo también ayuda a entender las incoherencias de nuestras decisiones. Y se refuerza con el coro y las preguntas constantes de los personajes: ¿por qué dejaste que eso ocurriera? ¿Por qué elegiste ese camino? ¿Por qué te fuiste de esa manera?
            
Algo similar a esa escena del roedor a punto de morir envenenado mientras lo sobrevuela un cuervo: el ave ni siquiera sospecha que también está destinado a morir intoxicado con la carne misma del roedor.
            
Nunca tendrán tiempo para pensar si lo que les sucedió fue por azar.
           
─Siento que estamos en un mundo al que queremos darle mucho color y muchas fantasías y generar mucho consumismo a su alrededor, pero todo eso se sostiene con estructuras completamente frágiles.
            
El director continúa:
           
─En realidad, vivimos al borde de un abismo. Basta que nos pongamos a pensar en cuántos niños sin nombre existen, en cuántas guerras se producen por todas partes, y lo fácil que es que todo eso ocurra en simultáneo.

                                                               *****

Con Los cuatro puntos cardinales se gradúa toda una promoción de ocho jóvenes alumnos de la escuela de Teatro de la Universidad Católica (TUC): esa también será la última obra del espacio, que pasará a convertirse en la nueva facultad de Artes Escénicas de la PUCP.
            
Jorge Villanueva, uno de los profesores de esta clase, quiso que la despedida fuera histórica. Y la propuso con una obra contemporánea tan compleja y original ─con tanta exigencia en la interpretación y en el nivel de detalle y precisión─ que antes de empezar el ciclo regular decidió preparar un taller de dos semanas: deseaba saber si los noveles actores tendrían la suficiente química entre ellos como para semejante aventura.
            
La tuvieron.
           
Por causalidad. O por casualidad.
            
─Uno percibe cuándo un grupo canaliza su energía en intereses distintos, lo que impide una conexión real ─dice el director─. Pero en ese pequeño taller comprobé que este no era un grupo cualquiera: creo que de allí saldrán actores que en el tiempo se harán muy conocidos.
            
Y entonces uno de sus discípulos recuerda una frase de la obra:
           
«En este mundo todos venden algo, todos tienen algo qué vender. ¿Pero qué sucede cuando en realidad no tienes nada qué vender? En ese caso vendes tus habilidades, tu experiencia, tu fuerza, tu miedo, tu parte no tangible, algo que al final no es nada. Porque hay hombres que venden aire».
           
─Esa frase me hace recordar que en la vida también haces cosas de la nada. Porque en principio de la nada surges y te haces ─finaliza Carlos Casella─. Es como en el teatro: siempre moldeas la nada y la conviertes en una realidad sobre el escenario. Es más: lo que vendemos tampoco es tangible pero es muy valioso: la emoción y los sentimientos para conmover y sobrecoger. Porque le damos a los espectadores algo que no podrán llevar en un bolsillo o una cartera.
           
Y dice:
           
─Solo lo llevarán dentro de sí mismos.


           
Los cuatro puntos cardinales de Roland Schimmelpfennig.
           
Producción: Teatro de la Universidad Católica (TUC).
            
Dirección: Jorge Villanueva.
            
Elenco: Mariana Figallo, Andrea Meza, Erika Najarro, Úrsula Palomino, María Fernanda Risco, Mariajosé Vega, Nayarit Wiener, Marco Antonio Huachaca (actor invitado) y Carlos Casella.
            
Lugar: Centro Cultural El Olivar de San Isidro (Calle La República 455, El Olivar, San Isidro).
            
Funciones: De jueves a domingo a las 8 p.m.
           
Entradas: S/. 20 (general) y S/. 10 (estudiantes y jubilados).
           
Temporada: Del 8 de noviembre al 2 de diciembre de 2012.

1 comentarios

Hola me gusta la historia que nos cuentas la coincidencia entre un evento y otro, a veces pasa

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