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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Buenas noches, mamá

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¿Qué pasaría si de pronto los suicidas decidieran confesar sus intenciones minutos antes de su muerte y terminasen convenciendo de sus razones? La respuesta está en la obra ganadora del XI Festival de Teatro Peruano-Norteamericano del ICPNA.

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Como quien dice que va a salir a comprar el pan, la sobria y meticulosa hija le comenta a su madre que va a matarse esa misma noche, exactamente en menos de dos horas. Y lo hace luego de explicarle dónde están guardadas las toallas del baño y en qué repisa están los dulces de coco que tanto le gustan y qué repostero debe abrir para hallar las cacerolas con las que prepara ese delicioso chocolate con leche que por desgracia ya no podrá saborear nunca más.
           
De hecho, para cuando le enfatiza que no olvide pagar los próximos recibos de luz y teléfono, ya está limpiando el arma de su padre con el que piensa descerrajarse un tiro en la cabeza.
           
A la madre, por supuesto, le cuesta trabajo creer ese anuncio. Pero conforme pasan los minutos, se percata de que la hija le está hablando muy en serio. Sobre todo cuando le prohíbe que intente ingresar a su habitación después del disparo y se aferre al teléfono pidiendo auxilio.
           
Le dice que no pierda el tiempo llamando a una ambulancia. Que mejor se preocupe en avisar a sus hermanos.
           
Así es como la madre, poco a poco, va tomando conciencia de que si no hace algo para detener esa amenaza, pronto estará condenada a una de las peores desdichas que existen en este mundo: a presenciar la muerte de un hijo.

                                                                *****

─Con todo lo bueno y lo malo que hay sobre la existencia, ¿realmente vale la pena vivir?
           
Pablo Luna, el director de Buenas noches mamá, explica el dilema de esta obra que, casualmente, es el dilema de todo ser humano.
           
─Por un lado vemos una determinación por querer matarse pero por el otro también vemos una determinación por preservar la vida, lo cual nos hace pensar por qué no logramos encontrar una sola respuesta a ese cuestionamiento. O más aún: que así como hay personas que desean vivir con muchas ganas, hay otras que prefieren morir, y ambas pueden ser elecciones válidas desde el punto de vista de quien las defiende.
            
En especial si luego de cruzado cierto umbral ya no hay arrepentimientos que valgan.
            
La paradoja de la muerte como una alternativa (de vida).
           
─A veces no te percatas de las imposiciones a las que te somete la sociedad. Si tienes una familia católica, y creces bajo sus preceptos, creerás que hay cosas que son normales sufrirlas. Sin embargo, al otro lado del mundo se pueden tener creencias contrarias y son también muy válidas porque hay gente que cree en ellas ─dice Ana Rosa Liendo, la actriz que interpreta a la hija suicida─. Entonces, puede ocurrir que si algo es normal para ti pero no para los demás, no significa que seas anormal: es solo que lo que para algunos se ajusta a una creencia, para ti no necesariamente debe serlo.
           
Luego agrega:
           
─Lo que quiero decir es que el suicidio puede ser una opción válida que la sociedad ha condenado sin entenderla.
           
Al fin y al cabo, cada ser humano tiene una cierta experiencia en este mundo, y eso es lo que le hará asumir una postura respecto a lo que le rodea y lo que le ocurre.
           
Porque sí, es cierto: para algunos el futuro puede ser una amenaza.

                                                                *****

En un momento de la historia, la hija intenta convencer a su madre:
           
«Tú puedes subirte a un bus del que, aunque haga mucho ruido y esté lleno de gente y te asfixie, no bajarás porque aún te faltan cincuenta manzanas por recorrer y llegar a tu destino. En cambio yo no siento lo mismo. Yo he decidido bajarme ahora mismo del bus porque aún si me faltaran cincuenta manzanas o cien años para llegar a mi destino, siempre arribaré al mismo lugar y ya no me gusta lo que encuentro».
            
La mujer sufre de epilepsia, su esposo la ha abandonado por otra, y su hijo adolescente se ha convertido en un ladrón que se gasta el dinero en drogas: en el fondo, una persona que todos los días se va a dormir con un desconsuelo terrible en el pecho y piensa en cómo liberarse de ello.
           
Por lo demás, nada que otras personas tampoco sufran en la vida real.
           
─Conversando con varios psicólogos para entender la lógica de mi personaje, descubrí que a diferencia de lo que se cree, los suicidas nunca se matan en el estado más angustiante o deprimente de sus vidas: por el contrario, lo hacen en el más lúcido, cuando están muy serenos y apacibles ─dice Ana Rosa Liendo─. Y es que los suicidas siempre buscan los instantes en los que están más conscientes de su realidad.
            
Solo así pueden explicar, justificar y convencerse de su determinación en el momento decisivo.
            
─La hija siente que ya no tiene sentido luchar por nada, que ya no hay satisfacciones ni deseos que la hagan sentirse viva, y que nunca ha logrado hacer algo por sí misma, para ella ─dice Lilly Urbina, la actriz que interpreta a la madre─. Por eso la salida más fácil que tiene es la de acabar con todo.
           
Es más: llega un punto en que la madre parece entender sus motivaciones y se dice: «Mi hija ya no me quiere más: ya no quiere estar aquí».
           
La actriz agrega:
           
─Pero hay algo esencial que nos diferencia: la madre está convencida de que la vida sí vale la pena ─aún cuando no sepa explicarse para qué─, y va a seguir viviendo incluso con todo el dolor que le cause la hija si es que llega a cumplir su amenaza.

                                                                *****

Vestida enteramente de blanco ─casi como los auxiliares de enfermería que la atenderían en la morgue─, la hija incluso se da tiempo para hacerle a su madre ciertas preguntas que siempre la atormentaron: ¿de verdad amó a su difunto padre? ¿En serio se puede vivir al lado de alguien a quien no se quiere?
            
─Esas dudas podrían interpretarse como una trampa para torturar o manipular a la madre para que evite su muerte ─dice Ana Rosa Liendo─. Pero también podrían ser simple curiosidad: es la noche en la que ella quiere disipar sus dudas.
           
Su última noche.
           
─No pretendo ser psicologista, pero creo que su problema radica en una profunda sensibilidad que provoca que todo le afecte, que le causa fuertes heridas en su interior: porque hay gente que sufre lo mismo pero lo sublima y transforma en actos o creaciones muy hermosas ─dice Pablo Luna.
           
Desde esta perspectiva, la hija pertenecería a esa clase de personas que no pueden canalizar su hipersensibilidad y se quedan sumidas en la angustia.
            
Una angustia que ─otra paradoja─ hace que su única ilusión sea el día de su muerte.
            
─Esto también me lo dijeron los psicólogos cuando intentaba explicarme las preguntas a la madre. Y es que, cuando un niño se da cuenta de que no hay amor entre sus padres, él crece creyendo que es un producto del desamor, y por lo tanto, es nada: que en realidad no tiene un lugar en ese hogar ─dice Ana Rosa Liendo─. Y entonces es natural que se pregunte: «¿Qué hago acá si no soy nada para nadie?».
           
Y dice que esas cosas se incuban en la cabeza desde pequeños y que, llegados a cierta edad, maduran.

                                                                *****

Marsha Norman, la dramaturga norteamericana que escribió esta historia, trabajó un tiempo como voluntaria en un hospital psiquiátrico. Allí se relacionó con pacientes que en algún momento intentaron suicidarse: toda esa experiencia acumulada sería la que luego llevaría a la obra.
           
Eso, y el hecho de que en algún momento también fuera periodista de un pequeño diario de su localidad en Louisville, Kentucky.
            
Lo cierto es que en 1983 recibió el premio Pulitzer por Buenas noches, mamá.
           
─Aunque su decisión suene terrible e injusto para muchos, la hija ya ha encontrado la justificación para no seguir viviendo ─dice Pablo Luna─. Y lo más irónico es que siente que por primera vez en su vida ha tomado una decisión sobre sí misma.
            
En ello reposaría el eje de la obra: en el convencimiento genuino de alguien ante su propia verdad, aún cuando esta fuese muy cuestionable.
           
O que ni siquiera es necesario sufrir una enfermedad o estar embargado por un gran dolor como para decidir saltar hacia el final del juego: el hastío a una vida que no se eligió pueden ser una justificación suficiente.
            O q
ue alguna gran esperanza puede haber para quien observa transcurrir su vida como un sueño frustrado: cansado de ver que las expectativas de que todo salga mal sigan latentes.
            
Cansancio y aburrimiento antes que cobardía y debilidad.
            
De allí quizá el guiño de esa escenografía donde cada mueble reposa sobre una zona delimitada con cinta blanca: como personas que también se descubren atrapadas en sus propios cuerpos.
           
Objetos enmarcados en el espacio: un tanto como todos nosotros.

                                                               *****

─Yo creo que un hijo que se suicida lleva al padre o la madre un poco a la muerte ─dice Lilly Urbina─. El suicidio es un acto de egoísmo absoluto. Porque claro, la hija se libera de sí misma pero no solo deja a solas a su madre, sino también a un hijo adolescente.
           
─Yo no sé si la hija piense mucho en ello ─dice Ana Rosa Liendo─. Simplemente no quiere sufrir ni hacer sufrir a los demás: ella solo busca tranquilidad. Para la hija, morir es no volver a sentir nada nunca más: es silencio y paz.
           
Y agrega:
            
─La muerte debe ser como apagar la radio.
           
─Sí, es extraño, porque por primera vez que la hija toma las riendas de su vida y decide hacer algo con ella, resulta que está siendo insoportablemente egoísta ─dice Pablo Luna.
            Y a
sí es como aparece ─una vez más─ otra paradoja: ¿Es mejor pedirle a un ser humano de carne y hueso que sufre que siga haciéndolo solo para que nosotros no nos sintamos solos o evitemos creer que hemos fracasado trayendo a la vida a alguien que nunca lo quiso?
            
Pero entonces Lilly Urbina ─madre en la vida ficticia y real─ vuelve a la carga y remata:
           
─Claro que es un dilema moral. La hija suicida solo piensa en ella y nadie más. Olvida que los hijos deberían entender que tienen una gran responsabilidad para con sus padres y es esta: que no pueden asesinar en vida a una persona.
           
Mientras tanto, el reloj sigue su curso sobre el escenario.



           
Buenas noches, mamá de Marsha Norman.
           
Dirección: Pablo Luna.
           
Elenco: Ana Rosa Liendo y Lilly Urbina.
           
Lugar: Teatro del ICPNA de Miraflores (Av. Angamos Oeste 120).
            
Funciones: Breve temporada. Del jueves 1 de noviembre al domingo 4 de noviembre, a las 7:30 p.m.
           
Entradas: S/. 30 y S/. 20. De venta en la boletería del teatro.

 

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