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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Depresión urbana

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Enfrentándose a guardias de seguridad, un artista plástico recorrió el centro histórico de Lima con un lienzo en blanco bajo el brazo durante seis meses. Su motivación: retratar viejas casonas y plazas para captar la esencia de una arquitectura que hoy parece desaparecer.

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            ─Dime: ¿cómo haces para que un miembro del Serenazgo sepa que lo que estás pintando en la calle es una obra de arte?
           
Sentado en el centro mismo de la galería donde se inaugurará su exposición en menos de dos horas, Luis Angulo Alegría hace gestos con el rostro y las manos para expresar su desacuerdo con esos municipales agentes del orden que solo creían estar haciendo su trabajo cada vez que le llamaban la atención por colocar un caballete y un lienzo en blanco en ─por ejemplo─ una de las veredas de la plaza San Martín, en el Centro Histórico de Lima.
           
Los serenos creían que ese hombre era un desempleado más que, cual vendedor ambulante, luego trataría de vender sus cuadros al paso.
           
─Hasta se inventaron ordenanzas y se ponían a hablar por sus radios y no hacían más que interrumpirme ─dice─. Por supuesto, yo me había leído todas las ordenanzas y no había encontrado nada que prohibiese pintar en la calle.
           
El artista plástico permaneció impasible durante los seis meses que le tomó pintar la docena de cuadros de esta muestra: ni las huelgas de todo tipo ni las recurrentes marchas de protesta ni los mirones ni los niños ni el humo de los vehículos pudieron romper su concentración casi budista en el caótico corazón de la ciudad.
           
Aunque sí, recuerda, sí había algo que lo perturbaba: los camiones de construcción que, en medio del fenomenal y tan celebrado boom inmobiliario, últimamente buscan abrirse paso a bocinazo limpio por las avenidas capitalinas.
           
─Me joden, me joden esos camiones cuyos choferes ahora tocan el claxon para anunciarse como si fueran trenes, los muy putas.
            
Quizá por todo eso y en un momento dado, ante los recuerdos de los intentos de censura de su imaginación y el ruido infernal de Lima, este artista plástico, hijo de padre arquitecto y madre bailarina de ballet, viajero compulsivo por el mundo, alguna vez candidato a la alcaldía de Magdalena del Mar y eterno discípulo agradecido de la Escuela de Bellas Artes de Lima, en un momento dado se levanta algo fastidiado de su silla y se dirige al distraído portero de la galería que está hablando por su walkie talkie y le dice amablemente que se calle o apague el aparato porque lo desconcentra durante la entrevista.
            
Y le cierra la puerta de vidrio.

                                                                *****

─Empecé esto de los paisajes urbanos a principios de los años noventa. Mi primera exposición fue en 1994 por encargo del ICPNA para celebrar el aniversario de Lima ─dice Luis Angulo─. Yo aún era alumno en Bellas Artes. ¿Sabes lo que significa que te entrevisten los medios cuando aún estás en la mitad de tu carrera?
            
Dieciocho años después, dice:
            
─Yo no quise estudiar en la facultad de artes de la Universidad Católica. ¿Por qué había de hacerlo? Para cuando tuve que tomar la decisión, yo ya había viajado mucho, y sabía que en el mundo las bellas artes siempre se estudian en Bellas Artes. No porque la Escuela esté ubicada en el centro de Lima y haya gente de todo el Perú, tú vas a decir «ay, cholos, no quiero estar allí». ¡Pero si todos somos peruanos, el país entero es de cholos! Uno no va a una universidad para cholear a los demás.
           
Tiempo después, el artista plástico fue expulsado de la Escuela: no supo quedarse callado ante lo políticamente incorrecto de su alma máter.
            
Entonces viajó. Se fue a vivir a China, Australia, Argentina y Estados Unidos. Siempre pintando y buscando empleos ocasionales para vivir y enviar dinero a su pequeña hija en Lima.
           
─En Australia, yo he sido el primer peruano en ser reconocido por la comunidad peruana de ese país ─dice─. Hasta ese momento, los peruanos en general era conocidos solo como ladrones ─y mira que se supone que Australia está lejos─, pero cuando me entrevistaron en los medios de comunicación de allá por mi trabajo como artista plástico, el presidente de la comunidad peruana me buscó para agradecerme por cambiar la imagen del Perú.
            
En otro momento, ya en Los Ángeles, se percató de que las estrellas de Hollywood siempre almorzaban en un restaurante específico: el Ivy. La pareja de moda de aquella época, Brad Pitt y Jennifer Aniston, solía acudir allí, por ejemplo. Luis Angulo decidió plantarse en la vereda de enfrente y comenzó a pintar lo que veía. Los celebrities, extrañados, cruzaban la pista para preguntarle por qué retrataba esos barrios de la ciudad. Kelly Preston, la esposa de John Travolta, le compró algunos cuadros. Y lo mismo sucedió con otros desconcertados actores de cine. Por un tiempo logró conseguir algo de notoriedad ante esa exitosa farándula norteamericana.
            
─Con estas manos ─recuerda ahora Luis Angulo mientras muestra sus palmas de artista y ajusta los dedos índice y pulgar─ he apretado las mejillas de Tom Hanks.

                                                                   *****

Una sola pintura horizontal de siete metros de largo está compuesta por otras series de pequeños cuadros a manera de rompecabezas: aún cuando son elaborados en distintos momentos, las proporciones de la imagen final nunca se ven afectadas: los trazos entre uno y otro cuadro no pierden firmeza.
            
Es el caso del políptico de la Plaza San Martín o la escena del interior de una vieja casona del jirón Cailloma.
            
Luis Angulo explica que prefiere pintar en formatos grandes porque disfruta el action painting. Y que siempre ha visto todo en perspectivas, desde muy niño. Que quizá influyera el hecho de que su padre fuera arquitecto y que por eso ahora elabora cuadros por fragmentos: porque tiene la perspectiva asumida de antemano en el lienzo en blanco.
           
Todo sin necesidad de copiar fotografías o proyectar slides o apelar a los transfers.
            
Su cabeza divide en cuadrículas cualquier cosa que tenga por delante.
            
─Cuando me fui de Bellas Artes ya había aprendido lo que necesitaba saber: el arte clásico. A partir de ese conocimiento podía sustentar todo lo que hiciera en adelante, ya podía iniciar mi propia búsqueda personal ─dice el artista.
           
Luego agrega:
           
─¿Sabes por qué te enseñan a pintar bodegones en las escuelas? Porque allí aprendes a pintar todas las gamas e intensidades de colores de la porcelana, la madera, el bronce. Y con eso aprendes a sentir. Porque solo cuando sientes algo es cuando puedes empezar a transmitir algo: sensaciones, emociones.
            
«Para comprender la pintura de Angulo Alegría hay que volver a las fuentes del arte expresionista donde todo se confunde, todo se reúne, todo se metamorfosea», anota el crítico de arte Jorge Bernuy en un ensayo escrito a propósito de la exposición.
            
Y aunque podría sonar terrorífico agregarle más expresionismo a la realidad limeña, el resultado es todo lo contrario: una relajación de las formas que, sin embargo, conserva los sentimientos encontrados que todo caminante puede tener cuando circula por el Jirón de la Unión o la Plaza Dos de Mayo o se adentra en la Casa Rímac o El Buque de Barrios Altos.
            
Sentimientos que, en una escala cromática casi musical, van del amarillo y el naranja intenso al azul y el negro más profundos que puedan existir: eso es lo que provocó en Luis Angulo el observar a los humildes personajes que viven en esos espacios, cuando no durmientes borrachines recostados en sus puertas y escaleras o hasta víctimas desangrándose por algún delincuencial cuchillazo.
            
El contagio de una decadencia. El declive de una etapa de esplendor.
            
Bernuy continúa: «Su tenacidad por sobrepasar el estilo figurativo transforma en líneas la sensación de lo sufrido. De la superficie de la tela surgen formas, similitudes más verídicas que la mera descripción, y sobre todo expresivas porque están impregnadas de la sensibilidad del autor».
            
─Mis cuadros no muestran seres humanos porque solo me interesa captar los gestos de la arquitectura misma ─dice el artista plástico─. Yo no proyecto, yo percibo. Si voy personalmente a esos lugares, si me estaciono allí afuera, es porque quiero absorber la psicología de esos espacios como personajes en sí.
           
Y dice:
            
─Los lugares siempre me dictan sus propios colores.

                                                                *****

─¿Por qué mi muestra se llama Depresión urbana? Es por lo que veo en las calles. Porque quizá haya un avance económico en el país pero la cultura ─de la gente, de nuestras autoridades─ es pésima. Y si la cultura es pésima, ni qué decir del civismo, de los códigos elementales de respeto del uno con el otro.
            
Y entonces menciona el ejemplo de lo que ocurre si él encuentra a un sujeto miccionando en plena calle y recurre a un policía para que llame su atención.
           
─Si hago eso, si me dirijo al policía y le pregunto que por qué no hace nada con ese individuo, por qué no lo multa, el policía solo me quedará mirando como preguntándose «¿Y este, ¿de qué época ha salido?», y luego me dirá que él no puede hacer nada, que no está para esas cosas.
           
¿Cómo no va a estar para esas cosas?, se pregunta el artista. ¿Y entonces quién sí lo está?
            
Es como lo que ocurre con esos aplaudidos procesos de restauración que en el fondo solo encubren una apropiación.
            
─O sea, el proyecto municipal repara las casonas y las deja lindas, pero luego ya no puedes ingresar a ellas porque ahora el municipio o algún ministerio ha puesto allí sus oficinas ─dice─. ¿Entonces para qué las restauran? ¿Para privatizarlas? ¿Para que solo ingresen los funcionarios del Congreso y ya no cualquier persona?
           
Y agrega:
           
─Que mejor digan: «Estamos refaccionando estos espacios para nosotros».
           
A decir del artista plástico, eso es lo que le sucedió con la Casa Canevaro, por ejemplo. O con la antigua Caja de Ahorros de Lima Metropolitana. Y eso es negar el disfrute de una población. Porque la arquitectura de una ciudad también es parte del imaginario colectivo de los limeños y estos, como tales, tienen todo el derecho a explorar y conocer sobre los personajes que allí vivieron y las sucesivas etapas que han transcurrido hasta hoy.
            
Porque en eso consiste el placer de sentir el espíritu interior de esos espacios: en reconocer lo que está impregnado en esas paredes y se impregna ─también─ en nosotros.
           
─El entorno es muy rico, el entorno es capaz de afectarte para bien y para mal, y sin embargo, no te percatas de ello, ni siquiera lo defiendes ─dice Luis Angulo─. Y esa indiferencia, más que deprimirme o apenarme, me provoca rabia: porque esta arquitectura ─única, que no he vuelto a encontrar en ninguna otra parte del mundo, ni siquiera en Europa o Sudamérica─ significa una forma de cultura, y nadie reacciona para defenderla de verdad.
            
De allí que no le sorprendiera la reacción de los miembros del Serenazgo ante su labor: sabía que ellos no podían entender sus motivaciones, al igual que muchos peatones y autoridades y empresarios en general.
           
─Entonces, cuando los serenos se ponían amenazantes, yo les respondía: «El arte no es un trabajo: es una expresión. ¿Y acaso en este país no hay libertad de expresión?».



            
Depresión urbana de Luis Angulo Alegría.
           
Lugar: Galería ICPNA de Miraflores (Av. Angamos Oeste 160).
            
Horario: De martes a domingo de 11 de la mañana a 8 de la noche.
            
Ingreso libre.
           
Temporada: Del 27 de setiembre al 28 de octubre de 2012.

1 comentarios

Me encantó la entrevista, sobretodo las dos últimas líneas.
─Entonces, cuando los serenos se ponían amenazantes, yo les respondía: «El arte no es un trabajo: es una expresión. ¿Y acaso en este país no hay libertad de expresión?».
Iré a su exposición. Gracias por publicar esto.

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