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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Un verso pasajero

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Un joven ejecutivo sufre un accidente y entra en estado de coma. Angustiados, sus padres y hermanos le narran sus secretos más íntimos. ¿Acaso es necesaria una tragedia para que una familia se reencuentre consigo misma?

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Hay quienes creen que una persona en coma puede escuchar, desde el fondo de su conciencia, lo que se le dice desde el mundo exterior.
           
Otros dicen que solo pueden sentir las emociones de quienes los rodean: el cariño, la ternura, la preocupación.
            
Y están también los que piensan que una persona en coma es poco más que un objeto en trance de extinción.
           
Un individuo vivo que al mismo tiempo no lo está.
            
Alguien enfermo de muerte.
            
Estando así las cosas con un familiar tuyo muy cercano ─quizá un padre, un hijo o un hermano─ postrado en cama, ¿podrías contarle tus secretos más inquietantes sin arrepentirte?
           
Y más aún: por mucho que lo quieras y te apene su situación, ¿tendrías corazón para pedirle que mejor termine por expirar?

                                                                   *****

─Cuando escribí esta obra, mis familiares se sorprendieron y dijeron: «Has proyectado lo que tú crees es nuestra familia» ─dice el dramaturgo Gonzalo Rodríguez Risco.
            
Como si la familia ─esa suma arbitraria de personalidades diversas que no necesariamente se tienen confianza─ a veces precisara de una pequeña dosis de drama para poder hablar.
            
─Y es que muchas veces somos unos perfectos desconocidos dentro de la familia ─dice la actriz Vera Castaño─. Porque por mucho que uno tenga contacto con sus familiares, siempre habrá cosas inquietantes que no se les cuenta. Quizá para no preocuparlos.
            
En Un verso pasajero, el joven y exitoso ejecutivo, empleado modelo en cualquier empresa que lo contratase, simpático e intachable, soltero refinado y apuesto, de cómoda posición económica y dueño de una envidiable camioneta, no dudó en conducir aturdido de alcohol a toda velocidad por la carretera hasta estrellarse contra otro vehículo y quedar postrado, inconsciente y por meses, en la cama de una clínica.
           
A decir de Carlos Mesta, su padre en la obra, el joven y exitoso ejecutivo solo intentaba escapar de esa vida perfecta. Ansiaba matarse.
            
Uno de esos deseos ocultos y casi irracionales que no contarías un domingo cualquiera durante un almuerzo familiar.
            
Ahora su cuerpo estaba allí pero nadie podía decir adónde se había ido todo lo demás: aquello que lo hacía entrañable.
            
Eso no fue obstáculo para que sus familiares se turnaran para hacerle confesiones que quizá en otras circunstancias hubiese preferido no escuchar. Por ejemplo, que su padre se sentía derrotado: como hombre y como padre. Que su madre le contara de un aborto clandestino que no podía olvidar, y su adolescente hermana de cómo perdió la virginidad recientemente. O que su hermano menor le revelase que era homosexual y lo odiaba profundamente cuando él hacía bromas sobre los maricones.
            
«Nunca te hicimos nada», le llega a decir a su barbado rostro imperturbable.
            
Ninguno sabe que el joven ejecutivo los escucha desde lo más hondo de sí mismo.

                                                                     *****

─¿Por qué se narran todas esas cosas tan delicadas a un paciente que está en ese estado? ─se pregunta Carlos Mesta─. Creo que no importa quién recibe toda esa carga: puede ser un paciente, puede ser la cama, puede ser un objeto sagrado.
            
Y agrega:
            
─En realidad, quien está en la cama es uno mismo. Y la revelación que cada personaje hace es, más bien, una autorrevelación. Es un ritual para decirse en voz alta qué es lo que está ocurriendo con su vida.
           
He allí el éxito de la cruz católica.
           
Y del psicoanálisis.
            
De sacerdotes y terapeutas en general.
            
El joven en coma convertido en una suerte de tótem: en un espejo que no solo es capaz de reflejarte, sino que al mismo tiempo te dice que ni siquiera los mejores deseos y las mejores intenciones y acciones pueden asegurarte que no terminarás así, en el límite de este mundo.
           
«Es muy fácil contarle tus cosas a alguien que te escucha y no te juzga», dice la hermana-adolescente-hecha-mujer en un momento dado.
            
─Él es un espacio de desahogo, no tanto como un acto egoísta como sí de supervivencia ─dice Vera Castaño.
           
─El hermano en coma es tomado por sus familiares como una válvula de escape a todo lo que les atormenta. Él es su terapia ─dice Luis Alberto Urrutia sobre su protagonista─. Además, con él hay un nivel de confianza: es como el hermano a quien siempre le quisiste contar tus cosas pero te dio vergüenza. Y ahora que no te puede decir nada, se lo sueltas.
           
─Sí, definitivamente el pobre personaje recibe una carga muy fuerte pero, ¿quién no sabe si es precisamente esa carga la que lo haga despertar? ─agrega Vera Castaño─. Esas noticias son como un par de bofetadas que necesitas para despertar.

                                                                           *****

«Morir es dormir. Y tal vez soñar», solía decir Shakespeare.
            
En los instantes previos al estado del coma, el protagonista le aprieta la mano a su madre y le susurra que no lo deje dormir.
            
─Que un pariente se pase en coma por meses tiene un profundo impacto en la familia: implica un desgaste enorme ─dice Gonzalo Rodríguez Risco─. Además, le puede ocurrir a cualquiera en cualquier momento.
            
Científicamente, a nadie le consta que un paciente en coma pueda escuchar y recordar lo que se le dice. Con todo, la gente que alguna vez ha visto agonizar así  a un abuelo o un padre prefiere creer que algo entendían. O al menos, que sentían la compañía al borde de la cama, el contacto, el roce de palabras suaves que ya perdieron sentido para un cerebro aislado.
            
En el caso específico de Un verso pasajero, la conciencia del personaje ─y todo lo que sufre y se atormenta de pensar ante lo que escucha─ es el público.
            
─Yo no estoy muy seguro de que no se escuche algo ─dice Luis Alberto Urrutia─. Estuve leyendo y sé que cuando alguien está en coma, hay momentos en los que escucha y otros en los que no.
           
Desde esta perspectiva, los pacientes por instantes se sumergen en sueños, en un estado onírico normal, y por instantes están atrapados en su coma.
           
Mientras tanto, en la obra el protagonista dice: «Yo me imaginé un coma como algo donde todo era blanco. Estaba equivocado: los comas no son blancos, están llenos de colores, colores sin paz, de zozobra, estoy rodeado de sentimientos que no puedo comprender, me agobian los sonidos vacíos. Esto no es blanco. Mis colores no tienen color, no tienen textura, son pura energía.
           
A veces quisiera un poco de blanco. Un poco de paz».
           
Y entonces Urrutia, el actor, agrega:
           
─En todo caso, debe llegar un punto donde uno, estando en coma, se cuestiona si lo correcto será salir de ese estado tan frustrante.

                                                                        *****

─Creo que nos sentimos más capaces de contar nuestros secretos a los amigos antes que a los propios familiares ─dice el dramaturgo.
            
Es el caso de ese hermano menor que se encuentra en un dilema ante la posibilidad de que sus padres se enteren de que es gay.
           
¿Dirán que está enfermo? ¿Lo botarán de casa?
            
─Por más que tu familia te quiera y esté muy cerca a ti, son también el primer juez que uno tiene ─dice Gonzalo Rodríguez Risco─. Porque siempre vas a querer que tu madre y tu padre piensen bien de ti mismo. No puedes pretender jugar tu propia imagen ante ellos.
            
No son como esos individuos ante los cuales sueltas algo y luego te vas.
           
Vives con estas personas. En el mismo espacio.
           
─No es posible existir en un estado de confesiones mutuas cotidianas. La convivencia sería imposible ─dice Carlos Mesta─. Uno no quiere perder la mirada del otro porque esta mirada es la que te termina de construir, y más si comparten sus vidas contigo. Quizá no sea una mirada destructiva pero sí que nos desestructuraría.
            
─Pero en realidad es algo muy común: familias que muestran la apariencia de una familia perfecta aún cuando detrás de esa fachada cada uno sufra una terrible falta de contacto ─dice Luis Alberto Urrutia─. Y no me extraña: entre los miembros de una familia siempre habrá diferencias generacionales y de creencias.
           
A esto se suma que a cualquiera le costaría trabajo exteriorizar deseos inconfesables y temores inconfesables ante los de mayor edad.
           
─Hay algo más por lo cual uno se queda callado, y es el hecho de que aún no terminas de procesar tus experiencias ─dice Carlos Mesta─. Uno no puede contar algo que acaba de pasar: no lo entiende, no lo termina de asimilar, está en proceso de comprensión.
             
Porque es más fácil contar lo que pasó cuando ya tomaste cierta distancia de ello.

                                                                        *****

 En un momento dado, el padre se acerca a la cama de su hijo en coma y le dice que su situación es insostenible y que lo mejor será que se despierte o se muera.
            
Que se despierte o se muera, pero que no los deje así.
            
─Ese es el momento más humano y paradójico: que un padre ame tanto a su hijo que finalmente le desee que fallezca ─dice Vera Castaño.
           
Y agrega:
            
─Porque por mucho que el padre ame a su hijo, no puede evitar hacer un balance con el resto de su familia. Y sabe que esta postración lo consume demasiado y lo imposibilita emocional, moral y económicamente ante los demás.
            
La muerte como desenlace final de una situación insostenible.
           
La desesperación ante la incertidumbre.
            
─En esas situaciones, uno tiene instantes de rebeldías donde te dices que esto debe detenerse ─dice Gonzalo Rodríguez Risco─. Que tu familiar se despierte o se muera, pero que no te deje en mitad del camino donde no se sabe nada.
           
─Y mira por dónde es más un acto de fe ─dice Carlos Mesta─. El padre llega a creer, fervientemente, de que pasado el umbral de la muerte habrá algo mejor para su hijo.
            
Y esa lógica, dice, es absolutamente común. Ocurre todos los días, con todo.
            
Incluso cuando, en un momento dado, el paciente tenga la posibilidad de despertar: de empezar de nuevo.
            
Porque en ese momento es cuando aparece la gran duda: ¿valdrá la pena volver a vivir recordando todo lo que sabe ahora?



           
Un verso pasajero de Gonzalo Rodríguez Risco.
           
Producción: Quinta Pared.
            
Dirección: Carlos Acosta.
            
Elenco: Luis Alberto Urrutia, Vera Castaño, Carlos Mesta, Lilly Urbina y Willy Guerra.
            
Lugar: Centro Cultural El Olivar (Calle La República 455, San Isidro).
            
Funciones: De jueves a domingo a las 8 p.m.
            
Entradas: S/. 30 (general), S/.20 (jueves populares) y S/.15 (estudiantes). De venta en Tu Entrada (de Plaza Vea y Vivanda) y boletería.
            
Temporada: Del 23 de agosto al 30 de setiembre de 2012.

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