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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Cenando entre amigos

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En un intento por llenar sus vidas, muchas parejas llegan al matrimonio. Pero en una sociedad obsesionada con los estímulos inmediatos y placenteros, pronto surge la crisis amorosa: ¿qué es preferible, la estabilidad o la intensidad?

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«Uno nunca sabe cómo es la vida en solitario de las parejas», dice el personaje y resume, en una sola línea, toda la obra.
            
Y resume también años y años y años de matrimonio y sueños del departamento propio, besos en la oscuridad, bebés recién nacidos, arbitrios nunca pagados a tiempo, juguetes sobre las alfombras, almuerzos de aniversario, platos en el lavadero, críticas sorpresivamente hirientes, sexo en la sala, mascotas dormidas bajo la cama, televisión por la noche, y niños pequeños gritando desde el baño por un poco de ayuda.
            
La ilusión de toda una vida compartida.
           
Aunque te hagas la idea de que el matrimonio es algo soportable siempre y cuando puedas tener tus salidas ocasionales con otras personas. O te divorcies por alguien mucho más joven que te ofrece el sexo intenso que por años no tuviste. O te aferres aún más a tu pareja y niegues todo lo rutinario y destructivo de la relación solo para sentir que no has fallado en tu orgullo. O resuelvas estar casado solo hasta que aparezcan los primeros conflictos.
           
O aunque decidas fingir entusiasmo por tu pareja hasta el final de tus días.
            
La ilusión convertida en simulación.

                                                                *****

─Se supone que cuando dos personas se casan lo hacen sabiendo que en los sentimientos no hay certezas: que se trata de un estado que debe trabajarse permanentemente ─dice la actriz Vanessa Vizcarra─. Es igual con una pareja que decide no casarse y solo convivir: sabe que debe esforzarse para mantener la relación.
            
Se supone. Y ni siquiera toda esa dosis de voluntad garantiza nada.
           
Ese es el punto de partida de Cenando entre amigos, una obra de título inofensivo que esconde un argumento potencialmente contraproducente y tormentoso: el de las relaciones humanas.
            
Tanto desde el matrimonio como desde la soltería.
            
Dos parejas de amigos comparten la mesa y detalles de su matrimonio durante muchos años: los hombres y las mujeres son los típicos amigos de universidad que no se pierden de vista y que siempre encuentran algo nuevo qué compartir: la vida hogareña, los viajes al extranjero, los embarazos, las excursiones a la playa, los juegos de los hijos, y las comidas y bebidas en restaurantes de moda.
            
El problema aparece cuando una de las parejas comparte algo más que solo la noticia de su divorcio: la incertidumbre y la duda por todo lo vivido. Y entonces las dos parejas ─la felizmente casada y la felizmente separada─ se preguntan si de verdad quisieron lo que decidieron antes de llegar a esa situación.
            
Y si en realidad vale la pena todo lo que han pasado y lo que habrán de pasar.
            
Se preguntan si lo suyo ─su matrimonio─ no fue más que una fórmula consentida de sexo y amistad.
            
─Uno no se da cuenta: casi sin saberlo caes en un modelo del que, en algún momento, empezarás a preguntarte si realmente eso era lo que querías ─dice Sandra Bernasconi, otra de las actrices─. Entonces te enfrentas al dilema de salir o quedarte allí mismo.
            
─En esta obra se cuestiona el aceptar cierto estado solo porque así lo dicta la sociedad o te han enseñado desde pequeño ─dice Vanessa Vizcarra─. De lo que se trata, más bien, es de entender que las personas siempre estamos en constante cambio.
            
Y agrega:
           
─Pero sobre todo, que debemos estar muy atentos sobre en qué basamos nuestra felicidad personal.

                                                                 *****

Que la mujer sienta resentimiento por la infidelidad del esposo no es un obstáculo para que se entregue a él como nunca antes lo había hecho.
           
«El sexo es más intenso desde que se acabó la relación», llega a confesarse el aturdido esposo tras un momento de cama, y se pregunta por qué en medio de tanta confusión, dolor y rabia.
            Igual e
l divorcio sigue siendo la única posibilidad para ambos.
            
─Eso es algo tan común ─dice el actor Fabrizio Aguilar─. Es como desear aún sentirse importante para la otra persona o demostrar una potencia agresiva para seguir provocando emociones. 
            Como
una falsa recuperación del cuerpo antiguamente deseado y conocido que se disuelve apenas llegados al orgasmo: cuando la realidad vuelve con fuerza y les hace recordar por qué están así.
            
─El miedo, el rencor y la desconfianza a veces son sentimientos mucho más intensos de lo que alguna vez fueron el amor y el cariño que los juntó ─dice Vanessa Vizcarra.
           
─Pero también puede ocurrir porque a la pareja ya no le interesa mantener un orden de cama ─dice Sandra Bernasconi.
            Y agrega que 
desde su separación como esposos cada uno ha reencontrado su individualidad y desde allí pueden expresarse como sujetos con deseos propios, sin necesidad de someterse a los roles y rituales que compartían durante el matrimonio.
            
─Se liberan de sus papeles, de esas conocidas frases de «no te sobrepases, me molesta» y revuelven todos sus excesos, todo aquello a lo que antes no se atrevían por temor a incomodar y ser rechazados ─dice la actriz.
            
Paradójicamente, el mejor sexo sobreviene cuando los dos ex amantes pasan a verse como dos desconocidos.

                                                                 *****

Abundan los individuos que viven enamorados del amor: solo del concepto. Son muy parecidos a esos individuos que ligan en cualquier lugar solo para encontrar de quién enamorarse: de cualquiera.
            
─Ciertas personas se juntan más por necesidad en un momento de su vida que por amor ─dice Fabrizio Aguilar─. Al final se enamoran más de la necesidad misma.
            
Porque consideran que ya es hora de una relación estable, un estatus de novios, una familia, hijos: luego el tiempo se encargará de filtrar lo que tenga que filtrar.
            
─Es lo que ocurre con los personajes que se separan ─dice Sandra Bernasconi─. El esposo debía ser abogado, fue abogado, debía casarse, se casó. No lo hizo porque realmente sintiera que quería hacerlo, sino porque viendo a sus amigos le «provocó» pasar por lo mismo.
            
Y se encontró con una chica que pensaba de la misma manera.
            
─Se casan más por la ilusión de lo que es el matrimonio antes que por amor ─dice Vanessa Vizcarra─. Convencidos por la alegría que ven en sus amigos casados, aspiran a lo mismo. Pero no toman en cuenta sus personalidades: ambos son más libres, menos preparados para afrontar los esfuerzos en conjunto.
            
Pronto empiezan a preguntarse si realmente eligieron eso. Luego vienen las decepciones y las culpas y las peleas, y la rabia y la frustración al darse cuenta de que los momentos difíciles son la rutina de su relación.
            
Que apostaron todo a algo que día a día no hace más que caerse a pedazos.
             
«No saben lo difícil que es vivir con una mujer hipercrítica que te hace mierda por cualquier cosa», se lamenta el hombre al filo del divorcio, tratando de explicar ese mecanismo por el cual ciertas personas buscan lo peor de alguien para justificar su desamor. O su desengaño.
             
─Al pasar los años, el esposo llega a la conclusión de que nunca había querido nada de eso ─dice Sandra Bernasconi─. Y es muy válido, porque aún cuando destroce emocionalmente a su mujer, también le está dando otra posibilidad de volver a comenzar. Incluso cuando haya infidelidades de por medio.
            
Estabilidad versus intensidad.
            
El sosiego frente a la posibilidad de la aventura.

                                                                   *****

Los que están del otro lado, los que aún se profesan cariño y ternura y ven crecer juntos a sus hijos, tampoco la pasan muy bien que se diga. La pregunta elemental pero común ─bastante común─ no deja de martillearles en la cabeza: después de diez o quince años de convivencia, ¿podrán volver a encontrar la magia?
            
Sus días transcurren en una serena rutina que, en cierto modo, los incomoda.
            
Más aún cuando notan que sus amigos lucen revitalizados desde que se separaron: nunca antes los habían visto tan radiantes y seguros de sí mismos.
            
Por un instante envidian la suerte de los divorciados.
            
Luego se apenan de sus propias vidas apagadas.
           
─Es en esos momentos cuando los esposos se preguntan qué tiene más peso entre ellos: si el vivir y el ser como sus amigos, o si los deberes y el compromiso ─dice Sandra Bernasconi─. Y es que, claro, el deseo mengua en el tiempo inevitablemente, y lo que parece que queda del amor es más una amistad, una relación de compañía y apoyo, una costumbre cariñosa, una sana dependencia en el otro.
            
Quizá porque los personajes casados se percatan de que su relación no está basado solo en emociones puras y altruistas, sino también en ciertas estrategias para seguir juntos: de pronto ven su amor como una cadena de cálculos y pactos entre dos figuras diferentes para no separarse: una lógica de preguntar, negociar, ceder, entretener, recuperar.
            
Esa es su angustia: sospechan que las responsabilidades y los compromisos han adquirido más peso que la ilusión y el juego seductor.
            
Y que, más allá de evitar la soledad, la finalidad de su amor ─la meta─ es tan difusa como el sentimiento mismo.
            
─Porque la vida no es uno ni dos ni A y B: las posibilidades de relaciones entre las personas son infinitas. Aún así, a veces somos tan esquemáticos que creemos que solo hay un par de formas para querer ─dice Sandra Bernasconi sobre el abismo que de pronto se abre ante el matrimonio.
            
─Si después de tantos años juntos con alguien ya no sientes esas sensaciones en el pecho, ¿no añorarías esos momentos apasionados que, quizá divorciado, podrían repetirse en diferentes momentos y con diferentes personas? ─dice Fabrizio Aguilar.
            
De inmediato agrega:
           
─Pero, finalmente, ¿quieres irte a buscar y tratar de conseguir eso que al final te puede durar solo seis u ocho meses, o quieres algo ya constante, de una relación que existe desde hace mucho y se complementa con tu vida?
           
Intensidad versus estabilidad.
           
Los deseos personales frente a la relación de pareja.

                                                                 *****

            Hoy ya no basta que sea el hombre quien decida quedarse con la mujer.
           
─A diferencia de lo que ocurría en la época de los abuelos donde el hombre era quien mantenía la relación y obligaba a su pareja a quedarse con él, hoy es la mujer quien también la define y decide ─dice Fabrizio Aguilar─. Tal vez eso sea lo que ha generado esa suerte de facilismo en las relaciones actuales de pareja, al estilo de «hoy te tengo y mañana no».
            
Esa suerte de amor flexible promovido en los últimos cincuenta años que lleva a que los compromisos perduren solo lo que perduran las ganas de seguir con alguien.
           
Algo así como a comprometerse solo hasta que las cosas se compliquen.
            Lo más curioso es que e
sa democracia de amor y géneros no ha reducido la inestabilidad y la indecisión por la vida en pareja: solo las ha aumentado en la medida que constantemente renuevan las ilusiones de un futuro mucho mejor aún.
            
Con otra persona.

                                                                  *****

Donald Margulies ganó el premio Pulitzer de Teatro del año 2000 ─y casi recibió un Emmy por la versión cinematográfica─ por esta obra cuyos momentos cruciales se desarrollan en la mesa de una cena.
            
Las cenas: esos instantes donde se comparten las intimidades con la pareja y los amigos y se generan más vínculos: esas situaciones donde los personajes de esta historia se enamoran y se desenamoran.
           
Como en los viejos tiempos.
           
─A veces me pregunto si lo que vivían los abuelos después de medio siglo juntos era amor. Pero una vez escuché comentar a mi abuelo que en una relación había que ser muy paciente, tener perseverancia y querer mucho a la otra persona ─dice Fabrizio Aguilar.
            
El actor piensa que ahora, en cambio, parece imposible seguir ese ejemplo: obsesionados por los estímulos y el placer inmediato, en estos tiempos se nos dificulta enfrentar lo cotidiano y monótono dentro de la vida en pareja.
           
Y sin embargo, todavía existen quienes se aferran a la idea de la unión a la vieja usanza: idealizada y, por tanto, irreal. Y están también aquellos que simplemente toman conciencia de los buenos y malos momentos y las lecciones que dejan para la convivencia.
            
Algunos estarán mejores preparados que otros para entenderlo.
            
─Yo no creo que estemos frente a un viejo y nuevo modelo de matrimonio: por el contrario, creo que siempre fue tal y como lo vemos ahora en escena, solo que en aquel entonces no era público ─dice Vanessa Vizcarra.
           
¿No importa que se note el esfuerzo que hacen las personas por querer y conservar a su pareja dentro del matrimonio, a veces con resultados penosos?
           
─No debería asustarnos ni darnos pena ─dice la actriz─. Finalmente, esa situación es como observar el rostro de un jugador de fútbol que se está matando en el campo: no podrás decir que está radiante sino más bien todo lo contrario, muy agotado. Pero insiste porque sabe que vale la pena.
           
Y agrega:
            
─Mientras creas en ello, el esfuerzo será un paso previo a los momentos felices. Y solo allí entenderás que el amor y el matrimonio tienen sus lados oscuros y brillantes, y es natural que sea así. Como cualquier empresa humana.



            
Cenando entre amigos de Donald Margulies.
            
Dirección: Roberto Ángeles.
            
Producción: Asociación Cultural Artes Unidas (ACAU).
            
Elenco: Sandra Bernasconi, Fabrizio Aguilar, Vanessa Vizcarra y César Ritter.
            
Lugar: Teatro de Lucía (Bellavista 512, Miraflores).
           
Funciones: De jueves a lunes a las 8 p.m., y domingos a las 7 p.m.
           
Entradas: En Teleticket y boletería del teatro (desde las 3 de la tarde en días de función).
           
Temporada: Del 16 de agosto al 22 de octubre de 2012.

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