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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Libertinos

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En un país donde una élite ignora a los más necesitados para mantener su poder y sus privilegios, ¿puede ser un orgasmo lo suficientemente revolucionario para cuestionar a Dios y el orden?

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Follar el culo, follar el coño se promete a sí mismo Claude Le Petit.
           
Follar el cielo, follar la tierra grita el ilustre abogado hijo de un sastre.
           
Follar la paz, follar la guerra se apremia el libertino de veintiún años.
           
Follarse a los criados, follarse a los amos repite recitando su primer y único libro.
            
Follarse a los frailes, follarse a los curas arenga con una ácida sonrisa en los labios.
           
Follarse al Papa, follarse al Rey predica escupiendo cada una de sus palabras.
           
Follarse a todo el mundo susurra el hereje mientras agoniza envuelto en el hedor de su propio cuerpo.
           
Está ardiendo en la hoguera.

                                                             *****

Es el siglo XVII. William Harvey acaba de descubrir que la única función del corazón es bombear sangre. En Norteamérica los colonos ingleses se están encargando de diezmar a los indígenas. Ya Hobbes ha pronunciado eso de que el hombre es el lobo del hombre, y Newton ha formulado las leyes de la atracción universal inspirándose en una manzana de su jardín.
            
Diego Velásquez deambula entre las principales cortes del mundo para retratar a reyes y princesas. Bach, Handel, Mozart y Vivaldi aún no nacen. Descartes ya ha planteado su famoso cogito ergo sum, y Kepler, Pascal y Leibniz juegan con algo que más tarde se llamará ciencias.
            
La Santa Inquisición funciona a todo vapor.
            
Literalmente.
           
Aún falta más de un siglo para que el pueblo decida decapitar a sus monarcas. El reino de Francia acaba de salir victorioso de una guerra contra los imperios de toda Europa. Un cardenal, Mazarino, acaba de morir tras controlar con mano dura a dieciocho millones de franceses. El «Rey Sol», Luis XIV, inaugura su gobierno absolutista con una suerte de autogolpe de Estado.
           
En este contexto, un grupo de jóvenes encuentran en la transgresión una forma de vida: niegan todas las prohibiciones. Aún no llegan a los veinticinco años pero no necesitan más: ya han probado los placeres que todo ser humano debería conocer. Su único requisito es la libertad de cuerpo y mente. Todos giran alrededor del soberbio barón L'Blot, quien los acoge pese a sus orígenes plebeyos.
           
«El mundo es un paquete de regalo que pienso desenvolver», suele decir uno de ellos.
            
No es extraño entonces que algunos de esos mozalbetes hagan eco de lo que ciertos sacrílegos propugnan por las calles de París en los últimos días: que los hombres deberían ser soberanos de las tierras en las que nacen. Claude Le Petit es uno de esos libertinos que empiezan a hablar de derechos.
           
Desde su púlpito, el influyente monseñor Jean-Louis Séguier protesta ante el inconcebible argumento. Dice que eso es alterar el orden. Que los hijos de Dios no pueden reclamar nada a su Padre. Que los hombres no son nadie para exigir derechos.
            
Que los derechos humanos son una sandez.
           
Poco menos que una impertinencia.

                                                               *****

─Más que un libertino, Claude Le Petit es un libertario: un librepensador. En principio, porque no tiene una fe, es ateo en una época donde serlo es terrible, y cree que en algún momento la lógica reemplazará a los dogmas. Se equivoca, claro.
            
Eduardo Adrianzén escribió esta obra que, asegura, se basa en un personaje que realmente existió en los albores de la Revolución Francesa. En ella, Claude Le Petit se enfrenta a un poderoso sistema que no solo busca controlar las acciones del pueblo, sino que también decide lo que este debe ver y pensar.
            
Algo no muy distinto a lo que hoy sucede, por lo demás.
           
─¿Qué encuentran los personajes en la transgresión? Solo ser ─dice la actriz Camila Mac Lennan─. Convertirse en seres pensantes, en existir, en hacerse escuchar: no dejarse manipular.
           
─Claude Le Petit busca transgredir para romper ese statu quo que no conduce a nada a las mayorías ─dice el actor Emanuel Soriano─. Él se pregunta: «¿Por qué siempre debemos bajar la cabeza?».
           
Movilizar. Expresar. Evidenciar.
            
Denunciar el destino.
           
Porque para los personajes, el desenfreno no es meramente sexual: este es solo una posibilidad más de todas las formas posibles de transgresión. Su sensualidad los llevará a cuestionar otras jerarquías impuestas.
           
Solo están asumiendo lo que nunca debería haberse limitado por creencias irracionales.
            
O peor aún, por intereses políticos: de poder.
           
En ese sentido, Libertinos no solo muestra la histórica trayectoria de la iglesia católica sino también la de otros poderes fácticos: por ejemplo, la de esa élite económica muy cómoda con su posición y que, en el fondo, no pretende ayudar a nadie más. Una élite que, para seguir conservando sus privilegios, se ha valido de la censura, la distorsión, la distracción, el silenciamiento, la abjuración y el linchamiento a través de una «opinión pública» durante siglos.
           
Algo no muy distinto a lo que hoy sucede, por lo demás.

                                                                *****

            «En medio del orgasmo nunca pude ver a Dios ni el remolino del infinito: solo distinguí el rostro del placer en este mundo, y me embargó una sabiduría que me permite entenderlo todo. Y aquello que no entiendo, ni me quita el sueño ni me importa. Solo deseo repetir el éxtasis y olvidar que la muerte y la vejez acechan».
             
Así es como el barón L'Blot justifica su hedonismo ante sus seguidores. Aunque por momentos suena tan pretencioso en sus delectaciones como el marqués de Sade, pronto demuestra que no es más que una impostura.
           
Solo es una figura adinerada que necesita algo de público. Alguien que lo quiere todo por aburrimiento. O para demostrar su poder.
            
La otra cara de la moneda.
           
─Quiere gozar ahora y no pensar en el futuro: aprovechar sus atribuciones ─dice Gonzalo Tuesta, el intérprete del barón.
            
Y agrega:
           
─Sabe que los perderá precisamente por vivir de espaldas a la realidad.
           
El problema es que de pronto sus seguidores también asumen su discurso pero, lejos de mantenerlo con discreción dentro de las paredes de la residencia del cortesano, lo proclaman a los cuatro vientos: hasta llegar a oídos de monseñor Jean-Louis Séguier.
            
Los libertinos plebeyos olvidan que, en el mundo real, los «excesos» solo están permitidos para aquellos que tienen dinero.
           
─En aquellos tiempos la religión propugnaba que el dolor era la única forma de alcanzar la gloria ─dice Gonzalo Tuesta─. Pero el barón L'Blot afirma que lo único que importa para olvidar las penurias es el placer sexual.
            
Por eso es que los libertinos empiezan su lucha desde allí: la voluptuosidad destruye lo impuesto: el sexo anula cualquier orden. Conciben el orgasmo para exaltar lo insondable del ser humano: ir más allá de lo necesario y no claudicar en los impulsos, sin importar que esas indagaciones lleven a la propia destrucción. Sobre esto advertiría Sade años después: el sexo como punto medio entre la violencia y la muerte.
           
Y Claude Le Petit no intenta convencer: desafía directamente.
            
Pretende profundizar la libertad pura del orgasmo y llevarla a la vida cotidiana: provocar el desorden en la sociedad en nombre de una justicia denegada.
           
Llega a sentir erotismo por el mundo real. Y se consume en él.

                                                                  *****

            ─Hay ingenuidad en los personajes. Es lo que les hace creer que su mundo cambiará ─dice Eduardo Adrianzén─. Le ocurrió a los hippies, a los subtes, y a las generaciones de jóvenes de siempre: creyeron que con ellos todo había cambiado sin notar que detrás seguía estando el mismo esquema de poderes.
            
Ingenuidad porque la razón nunca reemplazó a la religión. Porque la democracia nunca fue obstáculo para que gobernasen traidores de pueblos enteros. Y porque la censura nunca desapareció: solo se refinó. Se hizo autocensura.
            
El dramaturgo agrega que la diferencia con nuestros tiempos es que, si bien aún existen personas con convicciones muy fuertes, hoy tienen miedo de decirlas.
           
Que ahora es malo tener convicciones. O peor aún, luchar por ellas.
            
─Si lo haces, eres considerado «pesado» o «denso», y nadie quiere ser visto así: como un aguafiestas. Todo tiene que ser light, divertido y simpático.
            
Mientras tanto, en el escenario ocurren dos situaciones en simultáneo: la baronesa hace una felación a un plebeyo que terminará con una descarga de semen sobre sus pechos, y una mujer se confiesa ante el monseñor, todavía creyéndose culpable de la sangre fétida que resbala entre sus piernas. Culpable de su menstruación.

                                                                   *****

            Blasfemia. Impiedad. Herejía. Alteración del orden. Esos son los delitos de Claude Le Petit por publicar El burdel de las musas, su libro sobre follarse al poder.
            
El monseñor le perdona el atrevimiento de su panfleto: al fin y al cabo, son pocos los lectores que decidirán su suerte.
           
Lo que le molesta es que desprecie la ley divina en público.
           
Y que tenga ideas en tiempos donde a muy pocos les interesa tenerlas.
            
«No te motiva el dinero y la lujuria y eso es tu perdición ─dice Jean-Louis Séguier al condenado─. En épocas de guerra y enfermedades, la gente está muy ocupada en sobrevivir y resiste cualquier cosa. Pero en épocas de paz y prosperidad surge el ocio, y el ocio engendra libertinos».
           
O lo que es lo mismo: en instantes de bonanza no conviene descubrir las fallas del sistema político y económico porque son estos quienes, supuestamente, lograron esa bonanza.
            
Se justifican a sí mismos como los creadores de ese bienestar.
           
─Entonces todo aquel que perturbe esa situación es considerado un enemigo ─dice Eduardo Adrianzén─. Si denuncias algo, dirán que estás hablando falacias.
            
O también porque en tiempos de guerra y dolor el pueblo se une, no cuestiona nada, no escucha a nadie más que a sí mismo, elige cualquier cosa, mendiga algunas certezas, y es capaz de asumir cualquier cosa con tal de no seguir sufriendo.
           
Es lo que ocurrió en Perú durante los años ochenta y noventa.
            
─Entonces la «prosperidad» te dice que hay que pensar de una sola manera, que si todo está bien no hay por qué cambiarlo ─agrega el guionista─. Y si no piensas así, estás equivocado: eres un subversivo. O un terrorista.
           
Como si todo marchara sobre ruedas. Como si en el país actual no hubiera pobreza ni desempleo ni hambrunas ni comunidades despojadas de sus tierras.
           
─Cuando veo a ese pueblo medieval pidiendo la hoguera para Claude Le Petit, veo al pueblo peruano versión 2012 ─dice Camila Mac Lennan─. Veo esa «opinión pública», los programas de chismes de la televisión, los titulares de la prensa escrita.
           
Y agrega:
            
─No, los peruanos no hemos cambiado mucho. Y me asusta ese crecimiento del que hablan ahora: porque crece lo bueno, sí, pero también lo malo.
            
Por pueblo medieval se refiere a esas viejas intrigantes, ignorantes, agresivas, burdas, analfabetas y herméticas a cualquier opinión que no sea la suya pero que defienden el orden solo porque los grupos de poder así lo proclaman.
            
Viejas que creen que escribir es fácil: solo colocar «una palabra detrás de otra».

                                                                   *****

Libertinos es una obra para cuestionarlo todo ─dice Eduardo Adrianzén─. Cuestionar lo que nos entregan, lo que nos dicen, lo que nos hacen ver.
            
Es un ajuste de cuentas con todo lo sucedido en los últimos años, explica.
            
─No digo protestar porque en el país eso es sinónimo de rebelión ─dice Gonzalo Tuesta─. Pero sí, la obra propone el cuestionamiento para enfatizar que no todo es blanco y negro: que hay matices.
           
Libertinos nos muestra cómo terminamos siendo esclavos de nosotros mismos por no atrevernos a hablar alto ─dice Camila Mac Lennan─. Y si no podemos enfrentarnos contra un grupo de poder autoritario y represor, al menos podemos defender la libertad de un espacio íntimo: el de nuestros pensamientos.
            
Y agrega:
           
─Eso es lo que finalmente hay que cuidar, porque allí están tus ideas y tus valores. Si se los inculcas a tus hijos, y luego ellos lo transmiten a su propia familia, habrás contribuido a mejorar el mundo.
            
Mientras tanto, en una escena de la obra y a media luz, la baronesa fundamenta en solitario su lascivia:
            
«Algunas noches sueño que todo esto acabará: que un día entrará una turba de hombres sucios y desdentados a pedir mi cabeza, y me sacarán arrastrando, me hincarán de rodillas sobre un tronco y dejarán caer el hacha. Y aunque absurdos, son sueños que inquietan. Por lo mismo, hasta que eso suceda, viviré todo lo que pueda para ahuyentarlos».



           
Libertinos de Eduardo Adrianzén.
            
Dirección: Óscar Carrillo.
           
Producción: Teatro Racional.
           
Elenco: Emanuel Soriano, Omar García, Camila Mac Lennan, Gonzalo Tuesta, Claudio Calmet, Alexa Centurión, Stéfano Salvini y Alejandra Núñez.
           
Lugar: Auditorio del ICPNA de Miraflores (Av. Angamos 860).
           
Funciones: De jueves a lunes a las 8 p.m.
           
Entradas: S/.35 (general) y S/.20 (lunes populares) en Tu Entrada (de Plaza Vea y Vivanda) y boletería del ICPNA.
            
Temporada: Del 12 de julio al 12 de agosto de 2012.
            
Apta para mayores de 16 años.

 

 


1 comentarios

Soy una seguidora de Eduardo Adrianzen desde hace mucho tiempo, eh visto muchas puestas en escena .
Lo que dice nuestra Actriz Camila , es muy cierto el Perú crece , junto con la mediocridad de esa ignorante también a lo que la llamamos gente Medieval , gente que critica al Teatro que dice que eso no tiene valor , que cualquiera puede ser actor , esa gente no tiene ni la más idea de todo el esfuerzo que hace un actor, la lucha constante en la viven , en el trabajo arduos de ensayos , en quemarse las pestañas leyendo una y otra vez un guión , ellos no tienen la más minima idea conseguir un papel importante , por que en este país lamentablemente no ahi mercado para tantos actores, sabiendo que tenemos extraordinarios Actores , esa gente no tiene las más minima idea de cuanta pasión podemos tener por lo que hacemos.

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