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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

La mueca

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Si las víctimas sueñan con ser verdugos algún día, ¿es válido aplicar la violencia para conseguir la verdad y la justicia? ¿O la tortura es solo la justificación de un morbo?

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            Debe significar algo el hecho de que haya que recurrir a la violencia para llegar a ciertas verdades: q
uizá porque la violencia es el último intento entre muchos otros.
           
Es el medio desesperado: el recurso final.
            
Pero además porque la violencia, en el fondo, es una forma pedagógica extrema: te dice que si esto no te perturba, nada más te podrá perturbar.
           
Que ya no eres humano.

                                                                  *****

─Todos somos torturadores. Con nosotros y con los demás ─dice el actor Paul Ramírez.
           
─¿Nunca te ha pasado que has querido saber todo sobre alguien? ¿Ese morbo por llegar a fondo sobre la personalidad de alguien? ¿Una curiosidad malsana que incluso te puede llevar a torturar a la gente? ─dice Jimena del Sante, la directora.
           
─En algún momento somos potencialmente torturadores ─dice el actor Claudio Calmet─. Solo depende de qué es lo que queremos conseguir y qué tan complicado sea para alcanzarlo.
           
En La mueca, cuatro jóvenes armados y disfrazados irrumpen en la casa de una pareja sin hijos para enfrentarla a las verdades que ambos esconden. Para lograr su cometido, no dudan en utilizar el secuestro, la humillación, la agresión física, la tortura psicológica, la violación, las amenazas de muerte, la degradación moral y todas las hostilidades imaginables.
           
En un primer momento la situación hace recordar a la famosa escena de ataque de los «drugos» en La naranja mecánica de Kubrick: la única diferencia con esos personajes es que estos creen estar haciendo justicia a través de la tortura.
           
Y realmente lo creen.
           
─Ejercer un cierto poder sobre alguien provoca un placer: de allí que se diga que el poder enceguece ─dice Claudio Calmet─. Porque a veces no te percatas de que te has convertido en un tirano violento y transgresor: porque solo sientes el goce, el placer puro.
           
─Muchas veces hacemos cosas incorrectas solo por el mero placer de hacerlas, aunque sepamos que a la larga eso nos traerá consecuencias ─dice Paul Ramírez.
            
Y agrega:
           
─A eso súmale el hecho de que solemos torturamos a nosotros mismos muy a menudo. Y de eso sí somos muy conscientes.

                                                               *****

Dos sujetos lideran la banda de desadaptados: «El Sueco» y «El Flaco». Ambos se complementan: uno es más monstruoso que el otro. Los secundan dos confundidos sujetos, «Aníbal» y «El Turco», cuyo nivel de embrutecimiento-lumpen por momentos hace dudar sobre sus capacidades cerebrales.
           
Los cuatro gozan filmando primero el desconcierto, luego el horror y finalmente las súplicas de sus víctimas.
           
No necesitan de drogas para hacer todo lo que hacen: solo ansían la adrenalina de lo que provocan. Se embriagan con la angustia en los rostros de los torturados. Husmean la sangre, la saliva y las lágrimas de los cuerpos martirizados. Es parte de su juego por llevar a la pareja hasta un límite: allí donde todos los seres humanos se sienten desnudados y vulnerables y son capaces de traicionar incluso aquello que más aman y defienden.
            
Y cuando eso sucede, plaf, la verdad absoluta.
            
O al menos, la demostración de esas ficciones a las cuales nos aferramos.

                                                                 *****

«Solo escribo aquello que me es incomunicable. Aquello que siento como una presencia molestia en mi interior, algo que brota de mi soledad, de mi incompatibilidad, lo que se queda enquistado en mi desesperación. Algo que me violenta», anota el dramaturgo argentino Eduardo Pavlovsky sobre esta obra escrita en 1970.
           
Debe significar algo el hecho de que el autor sea psicoanalista en la vida real.
           
─En todas sus historias Pavlovsky siempre mezcla víctimas con verdugos y los somete a todo ese rollo del psicoanálisis ─dice Jimena del Sante─. Quizá porque los argentinos siempre están hablando de las víctimas de su violencia, de los desaparecidos por su dictadura militar.
            
Y luego dice:
           
─¿Curioso, no? Aquí nadie quiere hablar sobre las víctimas del terrorismo. Callamos bastante.
           
La directora dice que propuso La mueca precisamente por eso: para incomodar. Que la sociedad peruana, en líneas generales, busca acomodarse a todo, que no hace mucho para cambiar nada, que siempre actúa de manera pasiva, que todos tratan de defenderse a sí mismos, por su cuenta, y nunca pensando en los demás, como grupo. Que todos fingen interesarse por lo que ocurre en la realidad pero es falso: es solo hipocresía.
           
No se puede esperar una nación de todo eso.
            
─Y la hipocresía, como mentira, también es un acto de violencia indirecta. Una que ocultas y la haces fluir.
           
En el programa de mano de la obra, Pavlovsky anota: «No hay gestos reparadores en mi teatro. Hay odio. Perversión. Resentimiento. Violencia animal. No hay amor por nadie. Es el rencor lo que alimenta mis imágenes. El encierro permanente. Mi claustrofobia de lo cotidiano. Mi ahogo de la vida».

                                                                  *****

─Creo que la hipocresía es cuestionada porque te lleva a establecer vidas ficticias, paralelas, donde tú no eres tú y donde te das cuenta de que quienes te rodean no son los que dicen ser. Eso afecta la confianza básica entre las personas ─dice Paul Ramírez.
           
O lo que es lo mismo: nos acostumbramos a fingir tanto en un solo aspecto de nuestras vidas que empezamos a replicarlo en los demás, hasta en lo más íntimo.
            
Todo se hace traicionable.
            
─Pero con el transcurrir del tiempo te das cuenta de que la hipocresía es un mal necesario. Porque simplemente no se puede ser siempre sincero ─dice el actor─. Habría muchos conflictos, mucha incomprensión e intolerancia, la gente no se soportaría, se sentiría mal.
            
La gente se mataría. O suicidaría.
           
Una verdad dicha a secas puede ser nefasta.
            
─Uno aprende a dosificar sus comentarios, a disfrazarlos un poco. Y aquí volvemos al tema de las formas: hay que pensar siempre en el impacto de las verdades sobre los demás ─dice Claudio Calmet─. Algo que definitivamente no hacen los hijos de puta de los torturadores de la obra. Y por eso son más violentos aún.
            
─A veces pienso que a los seres humanos no nos gustaría saber las verdades. Al menos las dudas nos hacen sentirnos más tranquilos ─dice Paul Ramírez─. Hay mucha gente que teme una certeza sobre sí misma y lo que es la vida. Si las tuviéramos, ya no estaríamos aquí. Preferimos reafirmamos en la relatividad de una verdad: porque en la medida que sea relativa, vamos a apaciguarnos.
            
O en otras palabras: siempre es posible negar lo evidente.

                                                                               *****
            
           
Llega un momento en que las víctimas de la obra lucen ensimismadas: la falta de un control sobre lo que eligen creer expresa el vacío sobre el cual están tratando de vivir. Para ese momento, los esposos ya han sido maniatados, manoseados, golpeados, hasta obligados a rebelarse contra sus propios captores. Y aunque todo se ha hecho insoportable y se siente el clima enrarecido de lo que sucede sobre el escenario, durante todo ese tiempo, los espectadores siguen sentados observando impasibles lo que ocurre. Ni siquiera se mueven cuando son invitados a irse.
            
El público también ha sido secuestrado. A través de su morbo.
            
La escena final ─el gesto, la mueca de los personajes─ se lo revela.
            
Y es en ese momento cuando uno puede entender que nunca es tan difícil ejercer la tortura: que en algún momento de nuestras vidas todos proyectamos un lado oscuro ─un lado verdugo─ que, aparentemente, no conocemos. Y que con él arrastramos a todos los que estén cerca de nosotros.
            
Incluso a quienes nos quieren.
           
O quizá por eso mismo.
            
No es maldad. Pero se le parece mucho.

                                                                  *****

            ─Pavlovsky suele decir que la violencia siempre se debe tratar con violencia para que cause el suficiente impacto y la gente se percate de lo que está viviendo ─finaliza Jimena del Sante.
            
Debe significar algo el hecho de que últimamente haya una estetización de la violencia en prácticamente todo lo que vemos y consumimos: una suerte de naturalización del desenfreno, un éxtasis en la crueldad, una glorificación de la brutalidad y la perturbación, una fe ciega en el potencial de la destrucción: la transgresión permanente.
            
Para forzar una transparencia.
            
Aunque sea por diversión.
            
Como si así uno pudiera despojarse de sus temores y sus debilidades: un método drástico para hallar sus verdades y sus deseos reales: un «sinceramiento» donde no importa lo que ocurra después.
            
Y entonces las preguntas de rigor: ¿Todo esto es lo más parecido a lograr una «buena conciencia» o cierto «conocimiento» en estos días?
            
¿O solo demuestra una desesperación por tratar de ser (algo) incluso a costa de los demás?


            
La mueca de Eduardo Pavlovsky.
           
Dirección: Jimena del Sante.
            
Elenco: Úrsula Kellenberger, Paul Ramírez, Claudio Calmet, Juan Carlos Morón, Ray Álvarez y Jonathan Oliveros.
            
Lugar: Teatro de la Alianza Francesa de Miraflores (Av. Arequipa 4595).
            
Funciones: De jueves a lunes a las 8 p.m.
            
Entradas: Teleticket y boletería del teatro.
            
Temporada: Del 16 de agosto al 10 de setiembre de 2012.

           
Advertencia: La obra puede herir la susceptibilidad del público.

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