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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

La fiaca [o el simple placer de no hacer nada]

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Entrégate al ocio. No muevas un dedo. Rebélate a una vida llena de imposiciones y escapa del productivismo sin fin. Porque el trabajo sin sentido no dignifica: deshumaniza. En esta obra, alguien lo intenta.

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  Coge un papel y anota las cosas que quieres hacer. En otro lado, las que debes hacer.
             
Te sorprenderás.
             
Incluso podrías llegar a sentir angustia.
             
Lo más probable es que ni siquiera necesites comparar las listas. Si la de lo que quieres hacer es demasiado larga, te preguntarás cuándo la podrás cumplir por completo: hasta te podrías cuestionar si algún día lo lograrás. Y si la lista de lo que debes hacer es demasiado larga, te preguntarás por qué es así: quizá no estés ganando lo suficiente o tal vez seas un fracaso en tu vida personal.
             
En ese momento tal vez tomes conciencia de que nunca, bajo ningún motivo, ni en el más ideal de los mundos y con toda la suerte del universo, podrás cumplir a cabalidad lo que figura en las dos listas.
             
Pero también hay una tercera probabilidad. Que a partir de ese instante deje de interesarte el inventario de los debe. Que te percates de que la mayor parte de lo que allí está anotado no surgió de ti, no te representa y, mucho menos, está dirigido hacia ti. Que te condicionaron desde que naciste y te obligaron a lo que nunca habrías aceptado si hubieras podido elegir. Que alguien pensó por ti y te impuso cosas por hacer.
             
Y entonces, lo mandas al diablo.

                                                                *****

              Tener fiaca, en Argentina, es estar sumido en un estado donde tienes muchas cosas por hacer y decides no hacer ninguna ─dice la actriz gaucha Graciela Paola, Grapa─. Es un acto de rebeldía contra todo lo que debes realizar: no vas a ningún lado, haces lo que te venga en gana, mandas todo a volar. No te importa que se derrumbe el mundo.
             
No es pereza. No es desgano. No es ociosidad. No es aburrimiento.
             
─La fiaca es lo más parecido a los «cinco minutitos más». Es tu cama calientita, ese espacio muy tuyo donde haces lo que quieres ─dice Karina Jordán, otra de las actrices de la obra.
             
Tampoco es languidez ni vagancia ni sopor ni molicie ni dejadez ni apatía ni somnolencia.
             
Mucho menos es depresión en el sentido clínico de la palabra.
             
Derivado de un término italiano, la fiaca no tiene un equivalente en Perú que no se preste al equívoco. De allí que Giovanni Ciccia decidiera dejarlo tal como se utiliza en el libreto original argentino.
             
─La fiaca es la necesidad de ser honesto contigo y preguntarte por qué hay que hacer tantas cosas en la vida ─agrega el director de la obra─. Es la reivindicación para atreverse a seguir los impulsos. A jugar, a sonreír, a cantar, a divertirse.
              
La fiaca, entonces, es esa victoriosa sensación de que, siquiera por un breve momento, puedes hacer lo que quieres y no lo que debes. Es ese remoto intento de ejercer una absoluta libertad personal. El efímero enfrentamiento contra el mundo. El hartazgo proclamado contra las ocupaciones aburridas. Es la cancelación simbólica de todos los compromisos y responsabilidades establecidos.
             
Todo eso sin remordimientos.

                                                                 *****

              La prueba definitiva de que todo trabajo es malo es que te pagan por hacerlo, reza el dicho popular.
             
Néstor Vignale, el protagonista principal de La fiaca, lo sabe.
             
Un buen día ─lunes─ decide no ir a la oficina y quedarse un rato más en su dormitorio. Ni siquiera tiene ganas de coger el teléfono y justificar con alguna mentira su inasistencia ante su empleador. ¿Por qué tiene que ser todo lo mismo?, es la pregunta que resuena en su cabeza.
             
─Suena arriesgado hacer algo así porque estarías saltándote las normas: a nadie se le ocurre faltar al empleo y perder un día de sueldo. Si estás enfermo, puede ser, pero solo porque te da la gana, ni hablar, ni lo pienses, no puedes, no seas pincha-globos ─dice Óscar López Arias sobre su personaje.
              
Y entonces Néstor Vignale retoza en la cama, canta en la ducha, mira por la ventana, grita por el patio, hace ejercicios, lee el diario, se mira en el espejo e intenta tener sexo a las ocho de la mañana de un día lunes.
             
No sabe qué hacer ahora que ha quebrado su rutina.
             
La esposa, preocupada, decide llamar a su suegra: a la madre del impredecible oficinista. Y luego, a un compañero de la oficina. Para que lo encarrilen.

                                                                 *****

  En ciertos momentos de la historia universal, la pereza, el ocio y la fiaca fueron estados de dicha. No siempre fueron males ni vicios.
             
Para Sócrates, el tiempo libre era el bien superior de cualquier ser humano.
             
Para Aristóteles, la felicidad misma se hallaba en el ocio.
             
Los filósofos griegos creían que la desocupación podía asegurar el tiempo suficiente para el ejercicio del pensamiento: solo la reflexión te hacía un hombre libre.
             
Por eso eran esclavistas.
             
Los primeros cristianos tampoco cuestionaban la pereza. Al fin y al cabo, Dios también había remoloneado después de la creación. A eso se suma que fue un mandato divino el que condenó a Adán y Eva a trabajar hasta el fin de sus días: hasta ese momento, no-hacer-nada había sido el paraíso. El mundo vivió sin muchas prisas hasta el siglo XIII, cuando Tomás de Aquino decretó que la acedia ─una suerte de flojera mezclada con melancolía que aparecía en los monjes de su congregación después de la hora del almuerzo─ no podía ser más que una incitación demoníaca.
             
Demasiado tiempo libre no solo podía mostrar el vacío de toda existencia, sino también provocar tentaciones e ideas impuras.
             
El ocio pasó a ser un pecado.

                                                                   *****

  En un momento dado, Néstor Vignale juega como un niño con sus viejos soldaditos de plástico: en el piso, agazapado detrás de los muebles.
             
─No encuentra otro tipo de experiencias que le hablen de sí: siente que en algún momento ha dejado de ser él mismo ─dice Karina Jordán.
             
─Está tratando de recuperar esos instantes que le resultaron valiosos, los momentos más felices de su vida ─dice Óscar López Arias─. Por eso regresiona: por añoranza. Porque quiere recuperar esa espontaneidad que ha perdido con los años, al igual que sus sueños y sus juegos.
             
Esas ingenuidades que en el tiempo ha debido reemplazar por asuntos más «serios» en medio de empleos densos, aburridos y monótonos.
             
Intenta ser honesto consigo mismo.
             
─Yo entiendo lo que le pasa, claro que sí ─dice Grapa, la madre del protagonista en la obra─. El ocio es una de las mejores cosas que nos ofrece la vida: es la posibilidad de sentarte a no hacer nada y que tu cabeza vuele hacia donde le dé la gana, sin nada que la controle, sin ningún elemento externo que fuerce su atención.
             
Y agrega:
             
─Lo que pasa es que en la obra temo que mi hijo se transforme en un hippie.
             
Que todas las certezas del viejo modelo de nacer-educarse-trabajar-casarse-reproducirse-morir se derrumben en esos instantes.
             
Que lo estipulado hasta ese momento como la única forma de vivir aparezca como una gran mentira.

                                                                  *****

  ─Hoy se habla de la importancia del ocio y la diversión, pero la verdad es que queda muy poco tiempo para ellos ─dice Giovanni Ciccia.
             
O quizá por lo mismo.
             
Porque aunque suene a paradoja, es obvio que en nuestra época el ocio está demasiado relacionado con cierta productividad: la gente gasta hasta cuando descansa o, teóricamente, se relaja. En el mejor de los casos, uno trabaja para acumular el dinero que luego le servirá para costear sus vacaciones o cualquier forma de entretenimiento.
             
El hombre actual paga por su tiempo libre.
             
─Tal vez haya unas cuantas personas que estén haciendo mucho dinero con esta situación que nos han creado, pero yo no creo que el ser humano sea más feliz ahora ─agrega el director─. Eso es lo que demuestra La fiaca: que hemos entrado a una inmensa vorágine de ocupación.
             
Como dice el ensayista Héctor Abad Faciolince: «Hemos pasado de una clase ociosa a una negociosa. La prisa y la actividad pretenden negar el paso del tiempo. Nos mentimos: con esa ilusión solo matamos la vida».
             
Se trabaja días y semanas enteras pero nadie, en ningún momento, parece hacerse la pregunta: ¿Y todo para qué?
             
No tener tiempo equivale a no tener nada, reza otro viejo dicho.

                                                                  *****

  ─¿Dónde está el éxito? Poseer el último auto, el teléfono móvil de moda, la casa en la playa, eso no es ser exitoso ─dice Grapa─. Creer que la búsqueda desesperada de dinero te ofrece la libertad solo te empuja a conseguir siempre más y más: te esclaviza.
             
La actriz argentina continúa:
             
─El éxito personal no es saber cuántas cosas tienes, sino cuán libre eres para elegir lo que quieres para ti.
             
Se supone que el trabajo ─el trabajo: esa conducta signada por el cálculo─ nos enseñó a sacrificar o postergar nuestros goces inmediatos en nombre de un mejor futuro. Así fue cómo se desarrolló la humanidad entera.
             
El problema es que nadie dijo dónde se detenía todo esto.
             
Sin mencionar, además, que cuando se alcanzan los momentos de ocio, no se sabe qué hacer con ellos: se cree que todo debe ser comprado: existencias incapaces de generar nada para sí mismos. El círculo se cierra.
             
─Salir a caminar por el parque un día lunes por la mañana o sentarse en el malecón cualquier atardecer puede ser muy productivo ─dice Grapa─. No me dará dinero, no será productivo en términos monetarios y económicos, pero sí será muy productivo para mi persona: producirá algo en mi ser.

                                                                    *****

  Llega un momento en que Néstor Vignale es abandonado por abandonar su empleo. No le importa que poco a poco su refrigeradora se vaya quedando vacía. Cuando lo nota, su vida cambia.
             
─No solo hablamos de un sistema deshumanizante que te esclaviza: es también un sistema desigual ─dice Karina Jordán.
             
Porque es muy probable que el ejemplo de los aparentes «exitosos» sirva como la zanahoria delante del caballo: trabaja más, sacrifícate más y quizá ─solo quizá─ puedas permitirte los viajes al exterior que tu jefe se permite con frecuencia.
             
─Partamos de esto: muchos hacen grandes esfuerzos en su trabajo todos los días  ─dice la  actriz─. Y sin embargo, no llegan a poseer los privilegios de unos cuantos. Esto nos demuestra que no todos tenemos las mismas oportunidades en el mundo laboral.
             
─Es una tragicomedia que refleja la miserable condición humana ─dice Giovanni Ciccia─. La fiaca nos habla de la imposibilidad de hacer lo que queremos para nosotros mismos, habla de que siempre habrá algo que nos recuerde que debemos hacer más. Yendo a lo más primario, el hambre: en algún momento sentirás hambre y buscarás con qué alimentarte.
              Y es que
, efectivamente, a lo largo de toda la obra el protagonista bien parece predicar lo que decía Unamuno: «No, yo no soy vago. Los vagos son ellos, los que dicen que trabajan y no hacen más que aturdirse y ahogar el pensamiento».
             
Y sin embargo.


             
La fiaca de Ricardo Talesnik.
             
Dirección: Giovanni Ciccia.
             
Producción: Plan 9.
             
Elenco: Graciela Paola (Grapa), Óscar López Arias, Karina Jordán, Lucho Cáceres y Pedro Olórtegui.
             
Música: Rafo Ráez.
             
Lugar: Teatro Larco (Av. Larco 1036, Miraflores).
             
Funciones: De jueves a lunes a las 8 p.m. y domingos a las 7 p.m.
             
Entradas: S/.40 (general) y S/.20 (estudiantes). Lunes populares (S/.30 y S/.15). De venta en Teleticket y la boletería del teatro.
             
Temporada: De junio a setiembre de 2012.

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