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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Imagen y pudor

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Ernesto Bazán, ganador del World Press Photo 1995, demuestra que el retrato, aún en las situaciones más dramáticas, no tiene por qué ser denigrante: la fotografía documental también puede mostrar fascinación por la vida.

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En 1992, Cuba ingresó a lo que históricamente se conocería como «el periodo especial».
           
Era un eufemismo para reconocer su crisis tras la caída de la Unión Soviética y su justificación para adoptar ciertas medidas económicas impensables unas décadas antes.
            
Ese mismo año, el siciliano Ernesto Bazán llegó a ese país por primera vez en su vida y se deslumbró ante lo que veía: toda una nación aparentemente detenida en el tiempo. «Un lugar que me inspiraba humanidad y, al mismo tiempo, toda la crudeza de ella», recuerda ahora el fotógrafo. Allí encontró a su esposa y allí nacieron sus hijos.
            
Era el nativo de una isla que pisaba otra isla al otro lado del mundo.
           
Y entonces escribió. Envió una carta al régimen de Fidel Castro pidiendo autorización para visitar algunas instituciones simbólicas de Cuba. Ernesto Bazán, ya convertido en corresponsal internacional de prensa, sabía que si quería retratar a Cuba en toda su realidad, debía mostrar todo aquello que nadie nunca había mostrado.
            
Se sentía ingenuo. A ningún extranjero se le había dado antes ese permiso.
           
Unos días después, llegó una misiva donde se le preguntaba cuándo quería empezar.
           
Cuarteles militares, ingenios azucareros, escuelas ideológicas para jóvenes castristas: allí reposaba todo el orgullo nacional de una revolución de medio siglo. Y ahora esas instalaciones ─incluso grises y destartaladas─ estaban abiertas para él y su cámara durante una semana entera.
            
Alguien de mucho poder había notado que en sus retratos en blanco y negro los cubanos siempre aparecían con dignidad. Aún en medio de la decadencia y la ruina.

                                                               *****

─Fernando Pessoa, el poeta portugués, escribió: «Hay poesía en este papel, en este bolígrafo, en esta mesa, en esta silla, en el simple acto de hablarnos». Es decir, resaltaba la importancia de observar a nuestro alrededor y encontrar poesía en situaciones anodinas, en escenas que a veces parecen poco interesantes.
            
Esa es la razón por las que sus fotografías son siempre de personas en su vida cotidiana, prácticamente sin hacer «nada importante» para la cámara...
           
Es que no busco ningún suceso noticioso: voy a lugares donde mis personajes no hacen noticia. Evito lugares donde ocurren guerras, tragedias, desastres naturales: voy a lugares en situaciones «normales», donde no «acontece» nada que no sea lo cotidiano. Dentro de esa cotidianeidad encuentro mundos fantásticos como rituales o fiestas.
           
¿Por qué los rituales del día a día son mundos fantásticos?
            
Porque allí encuentro lo que denomino la quinta esencia de las emociones, de los sentimientos humanos.
           
Pero muchas veces los rituales de la pobreza no son instantes muy felices...
           
Yo fotografío momentos tristes, dramáticos, porque son parte de la realidad. La diferencia es que al mismo tiempo muestro alegría, juegos, momentos de ternura y amor, de sensualidad: no me enfoco solo en lo trágico. De hecho, me parece muy aburrido enfocarme solo en lo trágico y lo violento. Nosotros, como seres humanos, vivimos momentos muy tristes pero también momentos muy felices y placenteros.
            
Al retratar una Cuba en crisis, ¿no retrató también la violencia de su pobreza?
           
En 1992, los cubanos no solo habían perdido su capacidad de adquisición económica sino también su propio yo. Sin embargo, cuando ves las imágenes de un cumpleaños o una mujer ofreciéndole el biberón a su hijo, percibes la vida tal como es. Yo no permanezco insensible a los hechos de violencia, entendida esta no como un estado de guerra, sino también como la de un alcohólico o la explotación del hombre por el hombre. Todo eso está en mis imágenes pero dentro de un marco donde se equilibra.
          
¿Hay situaciones en las que usted mismo, por alguna razón, se censura y se dice «No, esto no lo voy a registrar»?
           
Sí, algunas veces, en escenas demasiado fuertes. Por ejemplo, cuando veo niños con problemas mentales o cuando percibo que estos no reciben atención de sus padres. Fotografiar ese drama me cuesta trabajo: niños perdidos en su soledad, en su mundo, completamente aislados de la sociedad.
           
¿Es una forma de ética personal?
            
Es mi sensibilidad, mi manera de ser. No lo hago adrede ni a nivel consciente. Solo siento que hay cosas que es mejor no fotografiar.

Imagen Thumbnail para bazan - 03_cuba - ED 2.jpg                                                               *****

Los premios comenzaron a llegar. Un año después de haber aterrizado en Cuba, Ernesto Bazán obtuvo el segundo lugar en el Word Press Photo en la categoría Historias Cotidianas. En 1995, el fotógrafo obtuvo el primer lugar en esa misma categoría.
            
Las imágenes eran sobre lo que registraba en la isla.
           
Casi de inmediato se sucedieron otras distinciones mundiales no menos importantes: ganador en Mother Jones Foundation for Photojournalism, el W. Eugene Smith y el Dorotea Lange - Paul Taylor Prize. Las fundaciones Alicia Patterson y Guggenheim se turnaron para becarlo.
           
Todo por imágenes en las que sus personajes parecen flotar en el espacio.
           
Dando el paso inmediato a otro en sus vidas rutinarias.
            
Deteniendo los efectos del tiempo para mostrar su potencia: lo que vendrá después. Exponiendo un dramatismo que es, en simultáneo, un joie de vivre.
           
«Busco lugares donde el tiempo tenga el sabor del tiempo pasado ─dice Ernesto Bazán─. Lugares donde el presente se enlace con el pasado y el pasado con el futuro».
            
Imágenes que sosiegan aún más un lento transcurrir.

                                                               *****

─Conozco fotógrafos que tuvieron una infancia muy dramática, a veces terrible, y cuando fotografían sus imágenes resultan así: dramáticas, dolorosas. Yo soy lo opuesto: considero que tuve una infancia feliz, y eso es lo que reflejan mis imágenes.
           
─Usted suele presentarse como alguien que gusta rememorar el pasado, en especial el pasado que no llegó a conocer...
            
Eso no solo tiene que ver con el hecho de haber nacido en una isla, Sicilia, sino también por haber crecido en Palermo, la ciudad, un lugar donde los habitantes sienten la vida con momentos de profundo desgarro y momentos de gran regocijo. Somos habitantes excesivos, siempre en los polos opuestos. Y eso lo sentí también en la Cuba urbana y rural. Allí encontré algo así como los arquetipos de nuestra existencia: emociones que van desde la muerte hasta la alegría, el amor y el odio.
            
─Pero esa reminiscencia por el pasado habla de una sensibilidad particular. ¿Qué hace usted cuando no fotografía?
           
─Me inspiro mucho a través de la literatura, la música y el cine. Leo muchos libros, compro discos, observo fotografías de otros. Yo conozco fotógrafos que dicen: «No mires el trabajo de nadie», pero no estoy de acuerdo. Uno tiene que saber cómo son las imágenes de los demás.
            
─¿Y por qué viaja tanto a Perú?
           
─Porque Perú tiene algo de ese sabor a pasado que menciono. Es uno de los pocos países en el mundo que ofrece esa experiencia. Todavía encuentro en los peruanos esa espiritualidad que busca una relación con los antepasados. Algo ancestral.
            
─¿Es la razón por la que hace sus talleres en Iquitos, por ejemplo?
           
─Iquitos es un lugar mágico: me hace imaginar cómo debió haber sido mi Sicilia natal hace 150 años. Iquitos es una isla clavada en medio de un país. Nadie te presta una atención que censure, la gente es muy afable. En Cusco, en cambio, la población es arisca e introvertida, siempre cuestiona lo que haces, pretende obtener algo a cambio.

                                                                 *****

Son sus alumnos quienes le ayudan a seleccionar las imágenes de sus publicaciones. Porque ahora Ernesto Bazán no solo dirige una editorial con su nombre: recorre el mundo dictando talleres de fotografía.
           
Sus alumnos, por lo general, viajan con él: eso es también parte de su pedagogía.
           
«Son mi segunda familia», afirma el fotógrafo con una sonrisa de orgullo: gracias a ellos es que ha podido publicar sus libros de manera independiente. Cada vez que reúne una cierta cantidad de imágenes, les pre-vende una edición limitada con fotografías originales, numeradas y firmadas.
            
Esas ediciones que nadie más verá llegan a costar algunos miles de dólares.
           
Y vende cuarenta o cincuenta de esas series.
           
Con lo recaudado se financian las publicaciones que luego saldrán al mercado. Luego sus alumnos lo acompañan no solo durante el proceso de edición final y la secuenciación, sino incluso en la post-producción: en los instantes mismos de la impresión.
            
Con este efectivo sistema es que ha logrado publicar BazánCuba y Al Campo, y por ahora prepara otro libro para el año 2014.
            
Aunque claro, es un sistema efectivo solo si te llamas Ernesto Bazán.

                                                               *****

─Vivimos un mundo saturado de imágenes abrumadoras que nos llegan de todas partes. Creo que el mundo ya se ha acostumbrado a observar cualquier tipo de violencia.
           
─Por un lado hay muchas imágenes violentas, pero también hay mucha violencia de la imagen: nos saturan todo el tiempo con imágenes agresivas...
           
─Es verdad. Incluso en películas «relajadas» e infantiles se muestran escenas gratuitas de violencia: es un estado de violencia que prácticamente pervierte la cultura. Quizá por eso no es raro que uno de estos días te cruces con un loco que dispara a cualquiera. Estamos viviendo tiempos terribles, quizá peores que los que se vivieron durante la Guerra Fría.
           
─¿Y es posible que esa tendencia de la imagen recargada, espectacularizada y basada en una estética de la violencia termine por saturar a la fotografía en sí?
           
─Creo que hay muchas personas con sensibilidad suficiente, que todavía tienen el espíritu dentro de su cuerpo es decir, que pueden sentir la vida, que son capaces de observar de manera distinta. Depende de eso: si eres alguien superficial, verás una imagen de forma pasiva, sin que te diga gran cosa.
            
─¿Y cómo se aprende a observar una imagen fotográfica?
           
─Es que no hay un método específico. En general, uno se cultiva para apreciar las cosas. Es lo mismo que se hace para apreciar un libro o un disco. También depende del fotógrafo: si este ha logrado poner su alma y corazón en la imagen, entonces logrará transmitir algo a los demás. Si no lo ha logrado, la gente permanecerá impasible.
           
─Entonces el fotógrafo siempre debería ser muy honesto con lo que retrata, ¿verdad? De lo contrario se notaría el artificio...
           
─Sí, muy sencillo y honesto: su imagen puede tratar de temas y emociones importantes, pero en realidad es su habilidad para mostrar algo aparentemente sencillo donde está lo difícil: registrar una escena y atrapar la esencia de lo vivido.

bazancubacover - ED 5-1ed.jpg                                                               *****

En el año 2006, Ernesto Bazán recibió otra misiva del gobierno cubano.
           
Esta vez se le prohibía dictar talleres. Alguien en el régimen consideró conveniente publicar un estatuto donde se imposibilitaba a los corresponsales de prensa internacional impartir lecciones de fotografía.
           
La norma parecía haber sido emitida con nombre y apellido: el fotógrafo italiano había sido denunciado por sus mismos vecinos, quienes creyeron ver una supuesta conspiración anti-castrista en las tertulias de sus alumnos extranjeros.
            
«Yo hubiese podido quedarme en Cuba siempre que no diera talleres ─recuerda el fotógrafo─. Pero como afortunadamente nací en un país libre y me convertí en lo que soy por elección propia, no permití que me dijeran lo que tenía que hacer con mi vida».
           
Con dolor y pena, decidió marcharse con toda su familia.
            
Y aún hasta hoy, de vez en cuando, el fotógrafo se las ingenia para conversar con los amigos que dejó atrás: los telefonea desde cualquier parte del mundo.
            
Ernesto Bazán ya no puede volver a la isla.
           
Ahora es considerado persona no grata.
           
Precisamente él.


            *Esta entrevista fue posible gracias al Proyecto NN Fotógrafos que organizó la conferencia de Ernesto Bazán en Lima.

 

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