RSS

Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Naufragios

Compartir:

¿Y si ser normal pasara por aceptar nuestras contradicciones y lados oscuros? En tiempos saturados por el falso discurso de la autoayuda y la superación personal, tres historias de Marguerite Yourcenar replantean la idea común sobre la felicidad.

Imagen Naufragios - ED sepia 1.jpg

  Ingresas a la sala y de pronto notas algo distinto: las sillas ─taburetes de madera─ no están dirigidas hacia un solo escenario: apuntan a varias direcciones. No importa, te dices, y tratas de sentarte hacia el lugar al que ilumina el reflector. De pronto, tres damas vestidas con túnicas semitransparentes bajan las escaleras del segundo piso y se acercan al público disperso. Les susurran algo en medio de la penumbra. Una de ellas se te acerca y te pregunta si alguna vez has tenido un naufragio personal. Claro que sí, respondes. Y entonces te repregunta, siempre en voz muy baja, cómo te sientes ahora. Pues aquí estoy, le dices.
             
Ella baja los ojos y sonríe y cuando lo hace notas que esa dama de pechos en punta y túnica semitransparente es una de las actrices que estás a punto de ver en escena.
             
Y más aún, te das cuenta de que esa voz femenina en realidad le pertenece a un hombre. A un actor-actriz.

                                                               *****

              ─Si pudiéramos despojarnos de todo lo que creemos, ¿qué quedaría? ─reflexiona Franklin Dávalos─. Y si pudiéramos deconstruir cuanto conocemos de quienes somos, ¿qué es lo que tendríamos a la vista?
              
El joven actor y director de Naufragios sigue con las preguntas: ¿qué nos mantiene apegados a la vida pese a todo lo terrible que puede pasar? ¿Por qué nos atrevemos a volver a amar cuando nuevamente podemos salir dañados? ¿Qué es lo que necesitamos en el fondo? ¿Cuál es esa motivación que nos impulsa a hacer cosas cuando las anteriores no salieron como queríamos?
             
¿Qué nos pueden decir todos esos naufragios de nosotros mismos?

                                                                *****

  Un libro publicado en 1938, Cuentos orientales de Marguerite Yourcenar, es el punto de partida para las historias que conforman la obra: El último amor del príncipe Genghi, La viuda Afrodisia y Kali decapitada.
             
En la primera, la «dama del pueblo de las flores que caen» se reinventa todo el tiempo solo por amor: no le importa modificar su identidad una y otra vez con tal de proyectar la imagen que su hombre desea.
             
Así este olvide mencionarla, al final de sus días, al rememorar a las otras mujeres de su vida.
             
En la segunda historia, la viuda Afrodisia, una mujer enamorada de un delincuente sentenciado a muerte, busca rememorar toda la pasión que alguna vez sintieron en una suerte de carrera contra el destino.
             
El clímax llega cuando ella se apodera de la cabeza desmembrada de su hombre.
             
La situación de Kali no es menos dramática: la famosa diosa hindú de pronto es decapitada por envidia de otros dioses que no soportan su felicidad. Cuando el universo empieza a trastocarse a causa de esa injusticia, los dioses se arrepienten y buscan devolverla a la vida. El problema es que de sus restos solo perdura la cabeza. Los dioses, nerviosos y urgidos, deciden unir la cabeza de la diosa al cuerpo de una prostituta terrenal.
             
Cuando Kali vuelve a la vida, siente que su mente no coincide con su cuerpo.
             
Tiene deseos que se enfrentan a la razón: que atentan contra lo que le han enseñado.
             
─Cuando leía las vicisitudes de Kali, yo veía pasar la historia de Robert Sifuentes ─dice el director─. Porque la historia me hablaba de la tragedia y las pulsiones de vida, de los placeres ocultos, del descontrol, de la rabia contra todo, de la insubordinación frente a todo lo que le ha pasado: por esa suerte de decapitación social y emocional a la que se ha visto sometido a lo largo de su vida.
             
Robert Sifuentes es Kali. El actor-actriz. El transexual.
             
La mujer diferente.

                                                                 *****

  ─La decapitación de mi personaje equivale al hecho de sentirnos diferentes a la manera que nos han enseñado ─dice Robert Sifuentes─. Esa falta de concordancia provoca una suerte de caos interior: mi cuerpo pide algo mientras mi cabeza me dice que eso está mal, que no debe ocurrir.
             
Su caso como un enfrentamiento a esa etapa de (de)formación de todo ser humano. Aquella que habla de géneros. De roles. De hombres y mujeres. De sexos.
             
De cuerpos normados y normalizados.
             
En la ficción, Kali es una diosa noble y al mismo tiempo seductora: por tanto, peligrosa. Los dioses que la rodean no dejan de temer su capacidad para despertar la admiración y las «bajas pasiones» de los hombres, y la desprecian. Ella, en rebeldía, solo atina a mostrarse más voluptuosa y convertirse en seductora de niños, incitadora de ancianos y amante de maridos: termina reforzando el rechazo de los demás. Pero quienes la critican nunca se cuestionan el trato que le dieron a la diosa. Siguen creyendo que ella nació así: de naturaleza pervertida.
             
En el mundo real, la perversidad del actor-actriz no radica tanto en mostrar su lado oscuro como sí en mostrar su lado femenino.
             
─Alguna vez creí que podía vivir solo como gay. Me parecía absurdo creerme una mujer ─dice Robert Sifuentes─. Pero tras pasar por muchas experiencias y asumir varias actitudes, encontré que la única forma en la que realmente me sentía bien era mostrándose como mujer. Porque yo me siento mujer. Porque me encanta que me cedan un asiento, que me abran la puerta del auto, que me regalen una rosa. En ese sentido, soy una mujer clásica y conservadora.
             
Y agrega:
             
─Es decir, una mujer súper machista.

                                                               *****

  Franklin Dávalos continúa preguntándose:
             
─¿Cuántas cosas te han construido a ti mismo como persona? ¿Cuántas reglas sociales te han impedido ser lo que eres? ¿Cuántas veces te has frustrado por no poder hacer lo que querías? ¿Cuántas veces dejaste de ser lo que eras o podrías haber dado?
             
Y entonces dice que solemos hablar mucho del reto de cuidar el planeta, de cuidar el agua, de cuidar el medio ambiente, pero nos olvidamos de cuidar la vida misma como personas.
             
Que el reto está en aprender a sentirse bien en medio de una sociedad consumista, homogeneizadora, enajenante y violenta.
             
Naufragios es una reflexión sobre lo que estamos hechos. Porque no solo somos la suma de nuestros momentos felices ni nuestras casas, nuestros títulos universitarios, nuestros automóviles: somos nuestros problemas, nuestras angustias, nuestras debilidades, nuestros errores, nuestras frustraciones, nuestras perversiones, y nos avergonzamos de ello. No queremos ver que todo eso también nos ha hecho individuos: son parte de nuestra huella personal.

                                                                 *****

  Hay situaciones en la que te desdoblas y asumes posturas diferentes: en tu hogar eres alguien y en tu oficina otro. Quizá, sin saberlo, podrías estar naufragando en distintos planos. Esos desdoblamientos podrían estar indicando que no tienes una sola identidad. Que eres una suma de personalidades.
             
─Nos enseñan a usar el cuerpo. Esa es la manera cómo se organiza la sociedad: fija un esquema para situar a los seres humanos y las cosas por igual, para encasillarlos bajo ciertas normas y hacerlos predecibles y poderlos manejar ─dice Robert Sifuentes─. Obviamente las personas que crecen obedeciendo normas desde pequeñas seguirán obedeciendo normas el resto de su vida.
             
Una obediencia que empieza con el cuerpo mismo.
             
El actor-actriz piensa que debido a esa misma normativa ─aquella que predica lo que debe ser visto como «normal» y censura lo que se le opone─ es que existe esa creencia de que un hombre no puede sentirse como una mujer. O de que el amor de un hombre por otro hombre no es el mismo que el de un hombre por una mujer.
             
De que todo se reduce a una cuestión sexual.
              A promiscuidad entre cuatro paredes.
             
─¿Y sabes? Tanto decirlo llega a ser verdad pero por causas distintas. A mí me encantaría tener una pareja estable y estar con él por diez, quince, veinte años, lo que fuera. La pregunta es: ¿con quién lo haría? ¿Quién estaría dispuesto a ser pareja de un transexual?
             
Porque cuando ha salido con hombres le han pedido que nadie se entere: que todo ocurra en el más absoluto anonimato.
             
─Entonces no es que yo no quiera amar sino que acceder a ese tipo de amor romántico es casi un imposible. Un hombre que vaya de la mano conmigo por la calle, ¿cómo será visto por los demás? La gente no va a decir: «Es un hombre al que le gusta una mujer diferente». Dirá: «Allá va ese par de maricones». Solo seríamos un maricón que está con otro maricón.
             
Náufragos.

                                                                *****

  En la obra, cada historia es contada desde un escenario distinto y desde códigos distintos: teatro, danza y performance.
             
De allí que las sillas ─taburetes de madera─ apunten hacia tres direcciones al mismo tiempo. Solo las luces definen las secuencias.
             
─Intuí que mostrar teatro, danza y performance en un mismo espacio luciría demasiado plano ─dice Franklin Dávalos, el director─. Pero además, porque no quería crear un mundo dentro de un escenario convencional: deseaba un mundo muy extraño y personal para cada espectador.
             
Es decir, movilizar al público hasta que se involucre con la obra y deje de ser, precisamente, público: propiciar una lectura más sensorial de Naufragios: un acercamiento más sutil con las historias.
              
Que la obra no se genere sobre un vacío.

                                                                *****

  Fuera de su hogar, Robert Sifuentes, el actor-actriz de rostro anguloso y cuerpo delicado, prefiere que lo llamen Ximena. Y sí, es como una chica cualquiera que algún día podrías cruzarte en el bus o una fiesta.
             
Es Ximena quien se acerca a preguntar por tus naufragios al inicio de la obra.
             
─Al preguntarle a los espectadores por sus naufragios emocionales intento que se percaten de que los naufragios no son barquitos hundiéndose en el agua, sino que nosotros mismos somos esos barquitos y el agua nuestros problemas amorosos, nuestro trabajo, nuestra vida entera, y que siempre estamos buscando alternativas para sobrevivir.
             
Como la historia de la diosa Kali. O de la dama que nunca supo quién era en realidad. O de la mujer enamorada de alguien que ya se sabe cadáver.
             
En un momento de la obra, llegas a escuchar que Marguerite Yourcenar rebate cualquier noción de identidad única: «Todos estamos incompletos. Todos nos hallamos divididos y somos fragmentos, sombras, fantasmas sin consistencia».
             
─En la obra a veces soy yo y a veces Kali. Y es que una puesta en escena en el teatro te permite una manera muy extraña y divertida de ser esquizofrénicos ─dice Robert Ximena Sifuentes─. Pero en el mundo real uno debe aprender a manejar sus identidades: tener en claro quién eres tú y quién es el personaje. Porque si de pronto terminas creyéndote tu personaje, terminas loco. O muerto, o no sé.


              Naufragios de Franklin Dávalos.
             
Producción: Teatro Racional.
             
Co-Producción: Eduardo Adrianzén.
             
Elenco: Irene Eyzaguirre, Inés Jáuregui y Robert Ximena Sifuentes.
             
Música: Gustavo Villegas.
             
Guión: Basado en Cuentos orientales de Marguerite Yourcenar.
             
Lugar: Teatro Racional (Calle Balta 170, Barranco, a media cuadra del óvalo Balta).
             
Funciones: De jueves a sábado a las 8 p.m.
             
Entradas: S/.25 (general) y S/.15 (estudiantes).
             
Temporada: Del 21 de junio al 21 de julio de 2012. 

1 comentarios

Suena espectacular este montaje. Voy a verla de todas formas

Escribir un comentario


Introduzca los caracteres que ve en la imagen de arriba.