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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

El lenguaje de las sirenas

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¿Por qué la historia de una criatura mitológica varada en el Perú es tan creíble y verosímil? Quizá porque, en nuestra realidad, la discriminación racial y el exitismo hacen que las personas vivan como seres improbables: figuras de fantasía. Como una empleada del hogar, por ejemplo. O un empresario.

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─En el Perú, el poder se relaciona con el hombre blanco, y el hombre blanco se relaciona con el dinero, y el dinero se relaciona con el éxito. Entonces, mientras más blanco seas, más dinero tienes, menos cholo eres y más poder consigues. Es como una fórmula imaginaria que retroalimentamos sin darnos cuenta.
            
A sus 26 años, Sergio Gjurinovic resume una buena parte del esquema.
           
La ecuación puede variar a gusto del usuario: el fin es el mismo. Mariana de Althaus intenta otra aproximación.
           
─Aquí el blanco discrimina al cholo, y el cholo discrimina al que es más cholo, y el más cholo discrimina al indio, y el indio discrimina al negro, y el negro discrimina al homosexual, y el homosexual ─y aquí no puede evitar una sonrisa de ironía─ discrimina a la blanca.
           
Y agrega:
            
─Como sea debes ubicarte en algún lugar de la jerarquía de la discriminación.

                                                               *****

            En El lenguaje de las sirenas, una familia nuclear modelo ─padre, madre, hijo, hija: todos blancos─ van a descansar a una playa modelo al sur de Lima ─¿alguna de Asia?─ acompañados de su empleada modelo ─una mujer andina con vestimenta de empleada del hogar─, en un día que se ha anunciado un probable tsunami.
           
El padre es un empresario de clase social alta, muy entusiasta a la hora de dar órdenes y preparar cócteles de pisco. La madre, alguien que sueña con liftings y piensa en castellano y habla en inglés cuando se refiere a los otros. La hija, una señorita de actitud ausente que recibe medicación y tratamiento psicológico por algo que no sabe explicar. Y el hijo, un joven titubeante que cree solo podrá ganarse el respeto de su padre si se interesa en los negocios tal como él.
            
Aparte de la empleada ─una señora silenciosa y cabizbaja que acompaña a la familia desde hace varios años─, a la reunión se suma un altivo trabajador mestizo que aspira a convertirse en gerente de la empresa del padre exitoso: ignora los celos que provocará en el hijo, quien ya se cree heredero del cargo.
           
El tsunami, felizmente, no se desata. La familia salva de ser devorada por el mar.
           
En cambio, las olas arrojan a una confundida sirena a la orilla. Una esbelta joven de torso desnudo, largo cabello negro y, a partir de las caderas, brillante cola de pez. Tiene la piel de color moreno y musita un idioma que, al principio, pocos entienden. Luego, la vida de toda la familia cambia.

                                                               *****

─Según nuestra sociedad, ser cholo no es la descripción de un mestizaje sino, más bien, un insulto ─dice Sergio Gjurinovic, uno de los actores de la obra─. Entonces uno está tratando de blanquearse todo el tiempo: mientras que los cholos tienen la necesidad de sentirse menos cholos, los blancos tienen la necesidad de sentirse más blancos ─más diferentes aún─ para poder seguir sintiéndose superiores.
            
La discriminación como una forma de poder.
            
En un país con una población casi completamente mestiza, no solo los mestizos deben dejar de ser mestizos: los que no lo son deben reforzar su condición de no-mestizos destacando el color de su piel.
            
Los méritos individuales, el talento, no interesan. Solo la piel.
           
Toda una cultura nacional basada solo en la apariencia.
           
En su carrera por parecer menos mestizos, los cholos se enfrentan entre sí: se auto-marginan. Creen que así lograrán más posibilidades económicas y mejoras en el estatus social: privilegios en un país sin ciudadanía.
           
El grado de perversión puede llegar más lejos. Quizá la discriminación exista no solo por prejuicios de raza y clase social ─inculcados, enseñados, aprendidos─ sino también por intereses. Porque a estas alturas también se margina al otro cuando no opina lo mismo que todos nosotros: cuando se piensa diferente.
            
─Es escandaloso que algunos pequeños grupos de poder pretendan encapsularse y negar a los demás, tal como está ocurriendo en estos momentos con las noticias que vemos ─dice Mariana de Althaus, la directora─. Eso nos demuestra nuestra falta de tolerancia y empatía. Nos demuestra que no tenemos la capacidad para ponernos en el lugar del otro ni hacemos el esfuerzo porque resulta incómodo o incierto.
           
Si detrás de todo acto de discriminación existe la intención de reducir al otro y hacer que se sienta inferior, la pregunta es: ¿a quién favorece ese esquema?

                                                               *****

El padre rápidamente supera la impresión ante la sirena: como buen hombre de negocios, empieza a calcular cuánto dinero ganará exponiendo al ser mitológico en una carpa de circo por todo el mundo.
            
Incluso piensa en el nombre que tendrá su espectáculo y ordena traer una camioneta para transportarla.
            
Mientras tanto, la sirena clama por ser devuelta al mar: se asfixia sobre la arena.
           
El resto de la familia no se atreve a contradecir al padre. La hija, más confundida, no sabe qué hacer. La madre se pregunta por qué será la sirena será tan chola y habla de forma extraña. El hijo solo piensa en cómo vencer a su mestizo rival en el cargo de gerente. En la adversidad, todos se muestran tal como son. Solo la empleada se compadece y se preocupa por la vida de la sirena, pero no puede desobedecer: se juega su propio empleo si realiza un acto de humanidad. En un momento dado llega a decir que si se atreve a salvar a la sirena, «trastocaría todo un orden».
            
La empleada sufre: lleva interiorizada una jerarquía que le prohíbe decidir.

                                                                 *****

 ─Con su aparición, la sirena empuja a la familia al borde de sus sentimientos, los muestra en toda su complejidad, los enfrenta a sus verdades y, con eso, afecta sus relaciones entre ellos ─dice la actriz Laura Aramburú─. En cierto modo, eso no es malo: hasta ese momento nadie entendía al otro. De no haber aparecido la sirena, todos habrían continuado su vida en familia sin disensos, sin que nadie haga o dijera nada.
            
Al igual de lo que sucede con los cuervos en Los pájaros de Alfred Hitchcock, la sirena de la obra es el elemento improbable y quimérico que aparentemente nada tiene que ver con la realidad hasta que contribuye a desatar un conflicto ya latente.
            
─El padre no considera a la sirena un ser con emociones, no le interesa lo que ella sienta: pese a que tiene rasgos humanos, no la reconoce como un ser humano ─dice Javier Valdés sobre su personaje─. De hecho, tiene problemas para comprender a las personas: es lo que ocurre con sus hijos, por ejemplo. Pero es que cree no necesita comprender a los demás: él tiene claro cómo deben ser sus relaciones con quienes lo rodean. Solo asume una postura y espera que lo sigan.
           
─Así es. El padre tiene una aproximación muy pragmática de la realidad, una lectura absolutamente práctica de todo lo que pueda ocurrir: no se involucra con las personas y los hechos ─dice Mariana de Althaus.
            
Y luego la directora señala que así vemos a los demás: en función de nuestros intereses y beneficios, y no como personas con deseos e intereses propios.
            
Solo buscamos solucionar las cosas desde su punto útil hacia nosotros mismos: lo que resulte productivo y rinda dinero. Para ello invisibilizamos a los otros y lo justificamos desde la diferencia ─cultural, racial, social─.
           
Que ese es el signo de los tiempos que corren.
            
El origen de todo mercantilismo despiadado.
            
Javier Valdés agrega:
           
─No es que el padre sea malo por naturaleza: simplemente cree tener una certeza de cómo deben ser las cosas en el mundo.
            
El origen de todo autoritarismo.

                                                               *****

Quizá no lo aparente, pero el exitismo también es una forma de discriminación. Forzarte a considerar el dinero y la fama como las claves del desarrollo personal es una mirada reduccionista para cualquier ser humano. Obtener cierto renombre en cualquier cosa no significa que hayas logrado la inmortalidad. Ver en el otro a un enemigo a quien someter no te convierte automáticamente en ganador de algo.
            
Demandarte a perseguir lo que nunca te interesó no es necesariamente un triunfo.
            
El consumismo no te hace más ciudadano si tus derechos no le importan a nadie.
            
─Ya no es el problema de una determinada clase social o raza: es de todos ─dice Javier Valdés─. El sistema nos dice que para llegar al éxito debemos comportarnos de una determinada forma, sin importar lo que en el fondo realmente queremos. Y eso es lo que hacemos también con nuestros hijos: les imponemos modelos de ser y actuar y rechazamos lo que ellos querrían para sí.
           
─Aún recuerdo esa presión inmensa que veía en mis compañeros de colegio para ser los mejores, para obtener los primeros puestos, para ganar dinero ─dice Sergio Gjurinovic─. Y es una tortura que proviene de los padres, los profesores, los amigos y la sociedad en general.
           
Niños a los que nadie pregunta qué es lo que realmente desean para los próximos sesenta años de su vida. Educados bajo un concepto único ─uniforme─ del éxito. Y de la felicidad.
            
No es casual que en la obra la mayoría de los personajes se comporten concentrados en sí mismos: indiferentes a lo que ocurre a su alrededor.  

                                                                  *****

 A lo largo de toda la historia, la empleada parece ser el único personaje capaz de identificarse con lo que sucede y mantener la cordura.
             
─Es verdad, puede parecer ─dice Mariana de Althaus, la directora─. Pero aunque suene cruel, es porque su postura es pasiva: ella nunca decide nada.
             
Porque hay momentos en los que el trato de la familia hacia la empleada del hogar no difiere en nada del que se le otorga a la sirena mitológica: como simples objetos.
             
En un país de marginación a todo nivel, una buena cantidad de personas viven y trabajan como seres improbables.
             
─Aunque yo diría que el trato a la empleada es más disimulado debido a la convivencia con las familias ─dice Laura Aramburú─. Pero también porque quienes las menosprecian en realidad creen que las «educan» y las «forman» para bien.
             
No importa que en esa creencia las humillen y se refieran a ellas como estúpidas o ignorantes.
             
Tampoco importa que la familia sea de blancos, cholos, indios o negros: la relación hacia las empleadas no cambia mucho: casi todos viven en mundos absurdos y fantásticos, alimentando una ficción sobre otra ficción: individuos convertidos en los personajes secundarios de una gran novela humana.
             
─Un día, al finalizar la obra, alguien del público hizo un comentario que me dejó pensando, que hasta ahora no sé cómo interpretar ─agrega la actriz─. Dijo: «Y claro, como siempre, quien sale invicta es la empleada»...


 El lenguaje de las sirenas de Mariana de Althaus.
            
Producción: Colectivo Teatral VíaExpresa.
             Elenco:
Laura Aramburú, Andrea Fernández, Sergio Gjurinovic, Marco Antonio Huachaca, Gabriela Merino, Sofía Rocha y Javier Valdés.
            
Lugar: Museo de Arte de Lima (MALI), en cruce de Av. Paseo Colón y Av. Garcilaso, Cercado.
            
Funciones: De viernes a lunes a las 8 p.m. y domingos a las 7 p.m.
            
Entradas: S/.10 (mezzanine), S/.15 (estudiantes y lunes populares) y S/.30 (general). De venta en Tu Entrada de Plaza Vea y Vivanda y en la boletería del MALI.
            
Temporada: Del 6 de julio al 27 de agosto de 2012.

 

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