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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Yoshitaro Amano

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Hace más de medio siglo un ciudadano japonés recorrió los desiertos de Chancay, al norte de Lima, en busca de una cultura prehispánica de la que nadie sabía nada. Solo lo impulsaba una idea: creer que, pese a la distancia y el tiempo, había encontrado una sociedad que compartía la misma espiritualidad que la suya. Hoy, el C.C. Británico muestra lo que descubrió.

Textiles precolombinos. Museo Amano - ED.jpg

 «Cuando encuentres ceramios o telares, no los destruyas: por aquí viene un japonés loco que paga por ellos».
            
Entre la década de 1950 y 1960, ese era el tipo de recomendaciones que se hacían los saqueadores que desenterraban piezas prehispánicas en el desierto de Chancay, a unas decenas de kilómetros al norte de Lima. Ellos sabían que un cadáver momificado por más de ochocientos años o una pieza labrada en metal podían resultar muy bien cotizados en el mercado negro.
            
Los ceramios, en cambio, eran utilizados por los hijos de hacendados y terratenientes para jugar al tiro al blanco.
            
El «japonés loco» era en realidad un ingeniero naval nacido a fines del siglo XIX que llegó al Perú tras la Segunda Guerra Mundial y que se dedicaba con buena fortuna al negocio pesquero. Su nombre era Yoshitaro Amano y en sus ratos libres se dedicaba a la investigación histórica, la excavación arqueológica, la fotografía, la escultura, la pintura, la caligrafía, la narrativa de cuentos y haikus, y el coleccionismo de arte.
            
Pero el empresario japonés tenía una afición peculiar: viajar por todo el país buscando desapercibidos tesoros preincas. Podía desenterrarlos escrupulosamente o pagar por ellos. De hecho, por una sola pieza de cerámica o un fragmento de tela era capaz de comprar una colección completa. Él sabía que si no lo adquiría en ese momento, esa pequeña joya de siglos de antigüedad ─ese minúsculo registro de desaparecidas civilizaciones─ se perdería para siempre.
            
Lo que el tiempo no había destruido lo destruiría la ignorancia y la indiferencia.
            
Ya en casa y con ayuda de su esposa e hijo, el ingeniero se dedicaba a limpiar y reparar cada pieza con minuciosidad oriental. Por ejemplo, con un trozo de algodón humedecido en agua solía retirar el barro, centímetro a centímetro, de una tela mortuoria que bien podía estar confeccionada en gasa y medir más de dos metros de largo.
            
Esa era su manera de lavar los tejidos precolombinos.
            
Así, por semanas.
            
Luego catalogaba las piezas en un inventario cronológico y lo almacenaba bajo estrictas condiciones de preservación. Por esta saludable dedicación, amigos suyos como Rafael Larco Hoyle, Julio C. Tello y Federico Kauffman Doig solían bromear diciéndole que era «un Inca que había nacido en el país equivocado».
            
Yoshitaro Amano falleció en 1982. Pero algunos años atrás logró edificar una residencia ─él mismo diseñó los planos de la construcción─ que sería la sede de la Fundación Museo Amano. Allí mostraría al mundo una colección privada de cinco mil objetos prehispánicos que el Estado peruano nunca se interesó en reseñar, proteger y promover.
             
Aún más, el ciudadano japonés legó a la posteridad las pistas de una sociedad que existió entre los siglos XII y XV y de la cual ningún historiador peruano se había percatado hasta no hacía mucho: la cultura Chancay.

                                                                *****

 ─Estas son piezas que nunca han estado en exposición: son material de archivo que, desde su descubrimiento, han permanecido en gavetas de conservación. Es decir, son inéditas.
            
Roque Saldías Daly, diseñador de interiores, artista visual y coleccionista de arte, explica la procedencia de los treinta y dos tejidos y los cinco ceramios que componen la muestra de Textiles precolombinos. Una mirada contemporánea. Colección Museo Amano organizado por el Centro Cultural Británico.
            
Su intención como curador de esta exposición también es inédita: no pretende exhibir las piezas desde la convencional mirada histórica-antropológica-iconográfica que suelen plantearse en este tipo de propuestas, sino más bien desde una lectura contemporánea: solo apreciándolas a partir de su belleza plástica.
            
Desde su sentido estético.
            
─Lo que identifica estos tejidos es la síntesis de expresión que poseen, el concepto de abstracción en sus figuras, el predominio de los colores y esa geometría que juega con las dimensiones ─dice Saldías Daly─. Y la paradoja es que este arte antiguo lo podemos entender hoy gracias a su familiaridad con el arte abstracto y el arte moderno.
            
Y agrega:
            
─Hay tejidos que parecen diseñados desde el op-art.
            
En la exposición hay telas de los Paracas, Chimú, Nasca y Chavín que se remontan hasta los dos mil años de antigüedad. Sin embargo, las que más deslumbran son las pertenecientes a la cultura Chancay: aquellas confeccionadas con lana de alpaca y fibra de algodón y teñidas con la técnica del batik.
             
Estamos hablando de tejidos que se preservaron solo porque estuvieron enterrados en la arena, bajo las típicas condiciones climáticas áridas y secas del desierto costero.
             
─Estas telas fueron muy suntuosas: debieron haber sido utilizadas por personajes de alto rango, de elevada jerarquía ─dice el curador─. Por ejemplo, este cinturón Chancay confeccionado en positivo y en negativo, es decir, por los dos lados: por el anverso oscuro y por el revés claro y siempre con las mismas figuras.
             
Y señala un paño elaborado con fibra de algodón cuya etiqueta reza: «Diseñada con una técnica doble con diseño de felinos y aves inscritos en panales cuadrados bordeados con diseños antropomorfos. Siglo XII».
             
Un tejido de casi mil años que, en su momento, fue más importante que el oro y la plata de cualquier imperio.

                                                                 *****

  ─Para Yoshitaro Amano, un fragmento de tela tenía mucha importancia: allí se podía leer todo el conocimiento y la técnica de una sociedad específica, e incluso sus influencias previas ─dice Rosa Watanabe de Amano.
             
La directora de la Fundación Museo Amano piensa que su esposo se aferró al coleccionismo porque sentía que con ello rememoraba su patria perdida: había notado que las costumbres de los campesinos peruanos no diferían en mucho a las de los campesinos japoneses.
             
Por ejemplo, ese principio básico de la reciprocidad andina que dicta que nada existe en vano porque en el universo todo se entrega para volverlo a recibir.
             
Su identificación creció aún más cuando conoció lo prehispánico: en algunos ceramios y tejidos creyó reconocer ciertas escenas comunes con la cultura oriental como la pesca a través de cormoranes ─el ave que atrapa peces en su buche solo para luego devolvérselos al hombre─ o el saru kani gassen, la famosa «batalla entre el mono y el cangrejo», una leyenda ancestral entre los asiáticos.
             
Pero con sus guantes blancos, su sombrero de explorador, su brújula y su cámara fotográfica Rolleicord, el empresario se consagró por años a una cultura en especial: una que no figuraba en ningún texto académico sobre la historia del Antiguo Perú y que nadie parecía conocerla.
             
─Mucho de lo que Amano encontró de la cultura Chancay fue a través de sus cementerios ─dice Rosa Watanabe─. Por el diseño de sus tejidos y la delicadeza de sus confecciones, la consideraba una sociedad muy espiritual y lacónica: como si los pobladores de esos valles hubiesen tenido una lectura filosófica de sí mismos. De allí su afinidad.
             
Y entonces la directora de la organización explica que Amano no solo llegó a encontrar hasta noventa diseños distintos en las telas Chancay, sino que también tropezó con tres principios básicos que siempre se repetían en ellas.
             
Síntesis. Estilización. Compresión.
             
Con esos mismos principios, más de quinientos años después y en plena época de códigos binarios y microprocesadores, se descubrieron los fractales: esas figuras hechas de copias más pequeñas de sí mismas, que se reproducen hasta el infinito ─como reflejadas en innumerables espejos─ y cuya utilidad va más allá de generar la realidad virtual y el cine 3D: comprender el caos y los fenómenos impredecibles de la naturaleza.
             
Desde un terremoto hasta un cáncer, por ejemplo.
             
─Los tejidos de la cultura Chancay lograron dibujos con volúmenes en tercera dimensión porque utilizaron imágenes entrelazadas ─dice Rosa Watanabe─. Las concepciones asimétricas les permitía jugar con las dimensiones: exactamente lo mismo que se practica en Japón desde tiempos ancestrales. Hasta que llegó un momento en que esas imágenes se simplificaron: un ave, por ejemplo, terminaba convertido en un pequeño cuadrado, en un punto sobre la tela.
             
No es casual que esos antiguos pescadores y agricultores de la costa norte también diseñaran dibujos de las olas del mar en sus tejidos.
             
Y que, a su manera, se retrataran practicando el surfing.

                                                                 *****

  No hay nada nuevo bajo el sol, dice Roque Saldías.
             
─Esta coincidencia entre distintas épocas se debe a que no existe nada nuevo en el arte desde hace miles de años.
             
Y explica que en el arte todo está dicho y que lo considerado arte en la actualidad no son más que derivaciones y reinterpretaciones de algo que ya existía.
             
Que la esencia del arte contemporáneo está aquí, en estas fibras coloridas, en estas expresiones atemporales.
             
─Lo más interesante de todos estos tejidos es que, habiendo sido considerados «primitivos» en su momento por sus trazos planos y su aparente falta de perspectiva, luego se demostrarían que no eran simplezas ─dice el curador─. Por el contrario, se logró comprender que eran una forma de sintetizar con menos elementos una mayor expresividad.
             
De menos a más: el fundamento del wabi-sabi, la estética japonesa basada en el budismo y que expresa serenidad, moderación, sencillez y, en especial, transitoriedad: que todo en el universo está sujeto al cambio: que nada permanece.
             
Todo lo contrario a la solemnidad, el narcisismo y el apremio hacia ninguna parte.
             
La misma espiritualidad que, a decir de Rosa Watanabe, su esposo intuyó que compartían los antiguos habitantes del norte de Lima con los japoneses.
             
─Picasso, Matisse, Modigliani, Miró y Klee no habrían podido concebir el arte moderno del siglo XX de no haber sido por imágenes como las que se encuentran en esta exposición ─dice Roque Saldías.
             
Se refiere a que este tipo de piezas de civilizaciones perdidas se conocieron en Europa a partir de las excavaciones arqueológicas y las exposiciones que se realizaron alrededor de 1900.
             
─En esa época, el arte estaba saturado con la ornamentación, el estilo victoriano, la pintura recargada, el manierismo. Pero estos artistas vanguardistas entendieron que el arte podía ser algo más que solo excesos y que podíamos entrar en un proceso de simplificación: de allí nacería el proceso de abstracción: el arte abstracto.
             
Quizá esa sea la razón por la que hoy algunas de estas telas del Antiguo Perú parecen salidas de un catálogo de prendas de vestir de Benetton o Guess.
             
─Deben haber sido muy sabios los pobladores de la cultura Chancay sin necesidad de haber organizado una enorme civilización o haber sido una casta guerrera ─dice el curador─. Porque se dieron cuenta de que no era necesaria la ornamentación, lo artificial, lo poco sincero: que esta se asocia más bien a la falta de profundidad y la inseguridad.
             
Porque  uno quiere adornarse para que lo vean mejor, porque no se siente bien, o simplemente para que lo vean ─al margen de qué esté mejor o no─.
             
─Es como hoy: nos compramos el auto más grande, la cartera más voluminosa, el reloj más llamativo. ¿Para qué? Para llamar la atención, para decir «¡Aquí estoy!».
             
Y agrega:
             
─Como si eso bastara.

                                                                   *****

  Yoshitaro Amano fundó el museo en 1964. Pero nueve años después se vio forzado a convertirlo en fundación. La razón: se enteró que el gobierno militar quería expropiar las piezas de su colección privada.
             
Nacionalizarlas.
             
Quizá como una forma de reparar la intención, el gobierno de Morales Bermúdez le otorgó a Amano la máxima condecoración del Estado por su desinteresada contribución a la cultura del país.
             
Hoy, la Fundación Museo Amano recibe al año casi diez mil visitantes, la gran mayoría de Estados Unidos y Japón. No solo son turistas sino también investigadores y especialistas extranjeros que encuentran en estas piezas prehispánicas ciertas reminiscencias que ni siquiera nosotros mismos somos conscientes.
             
De hecho, una gran mayoría de peruanos ni siquiera sabe que este museo existe.
             
Y mucho menos que en el mundo se le conoce como el «Museo Textil del Antiguo Perú».
             
Tampoco el Estado parece querer enterarse de su existencia: la institución solo se mantiene con los aportes de visitantes extranjeros y las donaciones de algunas empresas.
             
─Por lo mismo, cada vez los recursos son más limitados ─dice Rosa Watanabe de Amano─. Las contribuciones de las personas de alguna forma son para investigación pero no para el mantenimiento y la conservación de las piezas.
              
Como, por ejemplo, solventar los gastos de los necesarios equipos de aire acondicionado, los de iluminación y los filtros de luz, los de preservación de tejidos y fragmentos, e incluso los deshumecedores.
             
─Lo irónico es que la gente piensa que detrás de una colección privada como esta hay mucho dinero y que no se puede visitar ─dice la directora del museo.
             
Y no se trata de proteger solo tejidos precolombinos sino auténticas reliquias: muñecas de ofrendas para los vivos y para los muertos, ceramios con señales para identificar a los orfebres de quienes procedían ─una especie de marca registrada de la época─, andas de madera con grabados de reyes y sacrificios, y delicadas cuentas de tres a cinco micras elaboradas a base de conchas Spondylus y que solo pueden aprehenderse con agujas.

                                                                 *****

  ¿Era posible que los Chancay realizaran estos tejidos sin cálculos matemáticos?
             
─Era posible ─dice el curador─. Porque desarrollas un instinto solo por la experiencia, por repetir y equivocarte tejiendo a lo largo de treinta o cuarenta años. Solo así podías saber que una cantidad determinada de puntos conformaba un solo cuadrado, por ejemplo.
             
Y luego dice:
             
─Ahora imagínate el esfuerzo de hacer uno solo de esos cuadrados durante quince días, y encima que todos sean del mismo tamaño. Y además considera que no solo eran los cuadrados sino también los dibujos y sus cambios de colores. Solo personas que debían vivir en un estado de paz absoluto podían dedicarse a elaborar algo así.
              Lo que más sorprende a
Roque Saldías es que los pobladores de la cultura Chancay llegaran a conocer las bondades de la geometría: la utilizaban como una manera de sintetizar su mundo.
             
─Ese es el rasgo por el que más resalta esta sociedad: su geometría. Y es geometría porque diseñaron fragmentaciones que se van entrelazando solo para formar imágenes de aves y felinos.
             
Esa misma geometría que dicta que todo plano, horizontal o vertical, representa algo ─algo─ al igual que la suma de sus ángulos y diagonales: quizá cierta armonía del universo, la totalidad sagrada de la vida o la búsqueda de un orden más allá de la racionalidad. Esa misma geometría que, en resumen, significa las relaciones entre las partes y el todo: la misma fórmula que se repiten en los fractales.
             
Una especie de código de códigos.
             
─Pero para entender estas formas geométricas es necesaria la abstracción, esa capacidad para expresar lo que no es fácil ver ni decir ─dice Roque Saldías─. Porque mientras dentro de lo realista no hay nada para descubrir dado que todo parece evidente, en la abstracción encuentras todo lo opuesto: ideas e imágenes que nos hacen más profundos, más reflexivos, menos inmediatos: más a largo plazo.
             
Algo que, en palabras del curador, tal vez debiéramos aprender.
             
─Yoshitaro Amano dedicó el tiempo de su vida, su trabajo y su cuerpo para rescatar estas piezas no tanto para vanagloriarse, sino más bien para que perduraran: primero con su familia, luego con el museo y finalmente con las generaciones futuras. Fue su legado. Sin él, todo esto que vemos hoy habría desaparecido.
             
Y agrega:
             
─Sí, quizá haya sido una perspectiva muy oriental. Pero solo porque esto pudo apreciarlo un oriental es que actuó de esa manera.



             
Textiles precolombinos. Una mirada contemporánea. Colección Fundación Museo Amano.
             
Curadoría: Roque Saldías Daly.
             
Lugar: Centro Cultural Británico de Miraflores (Jr. Bellavista 531).
             
Horario: De lunes a sábado de 9 a.m. a 9 p.m. y domingos de 2 p.m. a 8 p.m.
             
Temporada: Del 9 de mayo al 30 de junio de 2012.
              
Ingreso libre.


             
Fundación Museo Amano.
             
Lugar: Calle Retiro 160, Miraflores.
             
Información: A los teléfonos 441-2909 y 442-1007 y al correo museo@fundacionmuseoamano.org.pe
              Agradecimientos:
Rosa Watanabe de Amano, Doris Robles Espinoza y Simón Ricarde.

2 comentarios

Solo puedo decir que todo esto es una maravilla que gracias a la paciencia, dedicacion y desinteres material del Sr Amano podemos tener estas piezas para admirar,
Los apuntes de Roque son puntuales y estan de acuerdo a la manera como se ha montado esta muestra.
Me encanta ese comentario que las personas que han hecho estos textiles deben de haber tenido mucha paz!!
Perfecto!! asi debe de haber sido y eso explica lo perfecto dentro de tanta complejidad.

Estando usted en la eternidad, lo único que puedo decirle como peruano, es:

Muchas gracias señor Amano.

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