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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

La ciudad y los perros

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Debe ser sintomático que en la famosa obra del Premio Nobel los que pretenden decir la verdad y hacer justicia en el Perú terminan siendo acusados, cuando no muertos. Quizá en una sociedad que ha perdido su capacidad de indignación y es esclava de sus prejuicios, solo queda conformarse a lo que queda. O a lo que los otros quieren que seamos.

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─Tenía los huevos de corbata. Cuando le propuse llevar su obra al teatro, Mario Vargas Llosa me dijo que prefería no intervenir, que mejor lo sorprendiese con el montaje, que lo tomaría como su regalo de cumpleaños porque el estreno coincidía con esa fecha. Y voy, hago la obra, y al final se me ocurre agregarle una frase que no estaba en ninguna parte del libro. Me tomé esa libertad. Y ahora estaba con los huevos de corbata.
           
Con esa retórica sensación el director Edgar Saba explica su nerviosismo cuando estrenó su nueva versión teatral de La ciudad y los perros frente al mismo Premio Nobel de Literatura.
           
─Cuando terminó la obra, el escritor se acercó y me susurró: «Formidable. Esa es la esencia de la historia».
            
Con este espaldarazo, el dramaturgo sintió que lejos quedaba aquella primera versión de La ciudad y los perros que alguna vez dirigió en Madrid y que sirvió para que Antonio Banderas debutara profesionalmente como actor. «En el Perú hay un mundo multiracial, una problemática de ese tipo que no se encuentra en España. Eso confundió un tanto la interpretación de la obra aquella vez», dice Edgar Saba en referencia a esa historia en la que un grupo de adolescentes del colegio militar Leoncio Prado se sienten humillados y asfixiados no tanto por su internado como por su propio país.
           
La frase inventada en cuestión era esa que decía que al Esclavo lo había matado todo el Perú.
            
No muy retórica, por cierto.

                                                               *****

En la obra, el «Negro Vallano» se pregunta para qué discutir lo que puede ser justo o injusto: que lo mejor es acomodarse como él suele hacerlo.
           
Es uno de los jóvenes limeños cuyos padres lo enviaron al colegio militar para que no se convierta en delincuente.
           
O peor aún, en marica.
           
─Es que si en el Perú no te acomodas, simplemente te mueres ─dice el cineasta Josué Méndez, director adjunto del montaje─. ¿Y a qué nos acomodamos los peruanos en general? Nos acomodamos a un sistema que, ya por descontado, se asume que no funciona bien. Y es que la premisa de la obra es esa paradoja en la que todos buscamos un mejor lugar para estar pero sin ser nosotros mismos: solo pretendiéndonos algo que no somos.
           
Quizá esa sea la razón por la que casi todos los cadetes llevan siempre un apodo: «El Jaguar», «El Esclavo», «El Poeta», «El Serrano», «El Bruto». Caretas que hacen que alguien sea otra persona y no lo que es.
            
No en vano la novela de Mario Vargas Llosa originalmente iba a titularse Los impostores.
           
Una carta del escritor Julio Cortázar lo disuadió de tan críptico nombre y hasta le dio la pista completa: La ciudad y los perros.
            
─La tragedia que se refleja en esta obra es que en el Perú nadie parece decidir nada: decidir algo implica responsabilidad y nadie quiere tenerla ─dice Edgar Saba─. Y evitamos esa responsabilidad porque no podemos afrontarla. Porque más allá de cualquier autoritarismo o acoso, nos sentimos impedidos por nosotros mismos.
           
Esta carencia se hace más evidente cuando «El Esclavo», tras hacer una denuncia que compromete a sus compañeros y al mismo colegio militar, fallece en un acto confuso: por un disparo que nadie sabe quién hizo.
           
En medio de otros temas como el amor, la adolescencia, la corrupción de la sociedad, la disfuncionalidad de las instituciones, el arribismo tradicional y la indiferencia por el dolor ajeno, la libertad aparece como el eje central de la obra.
            
Porque aún cuando haya razones para elegir, investigar, demostrar y denunciar lo que sucede en el mundo real, nadie quiere hacerlo.
           
Las indecisiones reflejan esa falta de libertad.
           
─Es como si el tiempo no hubiese transcurrido: la historia sigue siendo un reflejo de lo que somos, de cómo vivimos ─dice el actor Mario Velásquez─. Por un lado Vargas Llosa denuncia esos intentos de ocultar lo que acostumbramos hacer, nuestras irresponsabilidades y vacilaciones, pero por el otro también muestra cómo los grupos de poder en el Perú buscan manipular y esconder lo que no favorece a sus intereses o atenta contra su imagen.
           
Los grupos de poder.

                                                               *****

            Como una de las clásicas ironías nacionales, es probable que una buena parte de la población recuerde La ciudad y los perros más por haber visto la película ─en televisión─ que por haberla leído.
           
No faltarán quienes se sorprendan de saber que, originalmente, se trató de un libro.
           
Uno publicado hace medio siglo.
           
─Quiero mucho a Francisco Lombardi, somos muy amigos y no quiero decir nada en contra de su trabajo, pero su película de La ciudad y los perros mejor debió haberse llamado ¿Quién mató al Esclavo? ─dice Edgar Saba entre sonrisas─. Y es que en la cinta no está presente la ciudad: no se la vislumbra nunca.
            
Algo tiene de cierto: en la versión cinematográfica, los personajes de la novela aparecen más oscuros e introvertidos, basados casi en un tipo psicologista. En la obra de teatro, en cambio, hasta los personajes más desagradables muestran su lado más humano.
            
Uno llega a entender por qué «El Jaguar» suele patear gratuitamente a sus compañeros, por ejemplo.
           
O por qué los altos mandos militares buscan siempre la impunidad.
            
─Creo que la diferencia entre el montaje teatral y la película dependerá de aquello que los directores elijan resaltar ─dice Josué Méndez, el director de Días de Santiago y Dioses─. Lombardi quiso centrarse solo en el colegio militar, que es el lado más duro y árido de la historia. La versión de Saba, en cambio, busca la proporcionalidad con la novela escrita: quiso mostrar también la otra cara de la historia, que es la ciudad.
            
En una entrevista radial, a Edgar Saba le hicieron una de las que considera las peores preguntas que le pueden formular los periodistas: que si para ver la obra era necesario haber leído la novela o visto la película.
           
─Y yo respondí que no, que no era necesario. Es más, dije que mejor primero vengan a ver la obra. Y que luego, si lo deseaban, leyesen la novela o vieran la película.

                                                               *****

La imagen de la ciudad en la obra no es gratuita: en el ambiente claustrofóbico de la historia, alguien llega a decir que no se sabe bien si el muro es del colegio o de la ciudad.
           
Porque pese a la división tajante y los códigos particulares del internado y la ciudad, el mundo sigue siendo el mismo. Los alumnos ─los perros─ nunca son libres: nunca saben cuándo entran o salen de un espacio que los sojuzga.
            
Porque cualquiera sea el lugar hacia donde se desplacen, los jóvenes nunca llegan a liberarse del racismo, los prejuicios y los conformismos: siempre son esclavos.
           
De allí la importancia de ciertos personajes disidentes.
           
─Yo pretendía que esta versión de La ciudad y los perros sea una suerte de reivindicación hacia «El Poeta» ─dice Edgar Saba─. Quería darle una mayor voz porque con sus dudas semeja un Hamlet adolescente.
            
Y agrega:
           
─Pero, en especial, porque siempre creí que «El Poeta» era la semilla del famoso Zavalita de Conversación en La Catedral. Todas esas preguntas que Zavalita se hacía sobre en qué momento se jodió el Perú, ese héroe frustrado, está contenido en «El Poeta», en su fragmentado discurso interior.
            
Mario Velásquez no está muy seguro de esto. En todo caso, prefiere pensar que los peruanos en sí tenemos algo de la personalidad desconcertada de «El Poeta», pero a la vez también algo de la de «El Esclavo» y «El Jaguar»: solo así se podría entender que seamos tan contradictorios.
           
─Somos todos ellos al mismo tiempo. Y somos también como los otros personajes que azuzan los líos pero luego prefieren no tener ningún protagonismo y se adaptan como sea a las circunstancias.
           
En La ciudad y los perros, su personaje de «Teniente Gamboa» es el único militar que prefiere desconfiar de la versión oficial. De hecho, intenta realizar una investigación por su cuenta y llega a decir que «la responsabilidad es parte de la disciplina militar».
           
Por su intento es ridiculizado y degradado.
           
Nadie comprende si el teniente es un idealista o si nosotros somos tan cínicos que su idea de la disciplina y la responsabilidad lo convierte, ante nuestros ojos, en un idealista.
           
─En una sociedad donde existiese orden y compromiso con lo que uno hace, las consecuencias de los actos serían vigilados y la actitud de Gamboa sería vista como algo normal ─dice Mario Velásquez─. Su indignación, por tanto, tendría sentido.
            
─El Teniente Gamboa es quizá el personaje más sincero de la obra ─dice Josué Méndez─. Quiere solucionar el problema de la manera correcta pero tiene que enfrentarse a todo el sistema y no lo logra.
            Y entonces
Edgar Saba, abreviando el hilo de escepticismo y sarcasmo que recorre el famoso libro de Mario Vargas Llosa, finaliza:
           
─La verdad es que uno en solitario no puede hacer nada en contra de semejante monstruo de las apariencias. Es más, existe una frase popular que podría resumir esta situación ─dice, y luego baja la voz─: «Coman mierda. Al fin y al cabo, treinta millones de moscas lo hacen».


            La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa.
           
Dirección y adaptación: Edgar Saba.
           
Dirección adjunta: Josué Méndez.
           
Elenco: Gustavo Bueno, Milena Alva, Oscar Beltrán, Carlos Cano, Nidia Bermejo, Gustavo Borjas, Guillermo Castañeda, Emilram Cossío, Carlos Mesta, Sebastián Monteghirfo, Tommy Párraga, Juan Carlos Pastor, André Silva, Mario Velásquez, Ricardo Velásquez, Martín Martínez, Esteban Philipps, Rommel Arellán y Andrés Meza.
            
Lugar: Teatro del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú (Av. Camino Real 1075, San Isidro).
           
Funciones: De jueves a lunes a las 8 p.m.
           
Entradas: Teleticket y boletería del CCPUCP.
           
Temporada: Del 31 de marzo al 16 de julio de 2012.


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