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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Cosas de mimo

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Es peligroso hacer hablar a un mimo, reza el dicho. Pero, ¿qué es la existencia para alguien cuyo mundo se desvanece a cada paso?

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     ─Así como la voz tiene volumen y pausas, así también cada parte del cuerpo humano comparte las mismas cualidades: intensidad, fuerza, modulaciones ─dice el actor.
              Pero para que esto pueda ser percibido, es necesario suspender las palabras: dejar que pierdan su función cotidiana. Olvidar que las palabras significan algo.
             
En el arte de la mímica, el silencio es sinónimo de eficacia.
             
─Existe toda una gramática corporal disponible: inclinaciones de cabeza, rotaciones laterales, traslaciones de cabeza, brazos y piernas, y luego combinaciones de todo eso. La idea es hacer con el cuerpo lo que uno quiere, no lo que puede.
             
Aunque detrás de tanto cálculo, el instinto.
             
Porque de lo que se trata, a lo largo de este espectáculo, es observar cómo el cuerpo se distancia, por primera vez, de aquello que lo aprisiona por siempre: de lo concreto.
             
Con sus inclinaciones imperceptibles y casi involuntarios, el mimo volatiliza nuestra existencia humana: de pronto todo aquello que conocemos como realidad ─las estructuras sólidas, las leyes físicas─ pasa a ser solo un recuerdo: una forma más de ilusionismo.
             
En su lugar, la gestualidad y el desplazamiento ─la acción misma─ representan la vida.
             
Pero para que esto pueda ser percibido, es necesario no escuchar absolutamente nada. Nada, en todo caso, que no sea el roce de sus manos, el golpeteo de sus pies en el piso de madera, la respiración entrecortada de su esfuerzo.
             
El silencio es infinito como el movimiento: no tiene límites solía decir Marcel Marceau. Y luego agregaba: Los límites solo están en las palabras.
            
─Es verdad: el silencio es el punto de partida, el momento de la decisión, la determinación hacia algo, pero también la posibilidad, la potencialidad, la indeterminación: el no saber hacia dónde vas a salir disparado ─dice el actor─. Son los momentos en los que te desarmas para reordenarte.
             
Así es como aparece el mimo sobre el escenario: con un lenguaje hecho de silencios.

 

                                                               *****

 

  ─Yo creo que la gente no está acostumbrada al lenguaje de los mimos: no los entiende o los subestima. Y no los entiende porque no hay propuestas. Y no hay propuestas porque no hay formación: solo improvisación.
             
César Chirinos habla con la autoridad de quien le ha dedicado casi diez años de su vida al teatro mímico corporal. Y ocho a su espectáculo.
             
─Hay personas que empezaron trabajando en las calles, debajo de un semáforo, buscándoselas. Conozco a muchos hombres que por desempleo, por necesidad, terminaron haciendo de mimo. Esos que ahora contratan las municipalidades de Lima para sus campañas viales, por ejemplo.
               Sin embargo,
el actor menciona la honorable excepción: el caso de uno de sus maestros, Jorge Acuña Paredes, pionero del teatro de la calle en Perú. Ese profesor de La Cantuta que un buen día se vio despedido y con cuatro hijos para alimentar en casa. Ese maestro universitario que en 1969 se asentó en la Plaza San Martín, en pleno centro de la capital, y comenzó a hacer teatro unipersonal contando historias y chistes, a la espera de algunas monedas de todo aquel que pasara. Ese docente de entidad pública que al día siguiente de su debut se dio con la sorpresa de que se había quedado sin voz: había gritado mucho para hacerse escuchar. Pero como la función debía continuar, se las ingenió: desde ese momento sería un actor del sigilo. Un mimo.
             
─No digo que exista una mala noción de lo que es un mimo: solo una limitada noción. En la calle ves a alguien con el rostro pintado, la camiseta a rayas, los tirantes y el sombrero, y ya es un mimo. Y en un evento cualquiera ves a alguien con el rostro pintado, la camiseta a rayas, los tirantes y el sombrero, y ya es un mimo. Es un estereotipo que no es gratuito: Marcel Marceau hizo un gran trabajo, creó algo, y ese vestuario le pertenece, pero los que empezaron a imitarle creyeron que esa camiseta a rayas, los tirantes y el sombrero los convertía automáticamente en mimos.
             
Y entonces los guantes blancos de los mimos, ¿acaso no son para proporcionar mayor elegancia a los movimientos?
             
─No, nadie sabe de dónde salieron esos guantes blancos. Pero definitivamente no ayudan: un guante elimina las articulaciones de los dedos de las manos. Y cada articulación posee una cualidad específica. Con ellas podemos mostrar ondulaciones, por ejemplo. Si escondes una mano en un guante, la restringes.

 

                                                                *****

 

  La mímica ofrece algo que el teatro convencional no es capaz: imitar algo que no existe. Una idea, una motivación, una sensación humana, todo eso puede ser trasladado al mundo real.
             
De hecho, en ello radica el encanto de un mimo.
             
─¿Cuántas cosas nos inventamos en el mundo real para seguir viviendo? La esperanza, la fe, el amor, son conceptos que no existen. Pero el mimo los puede materializar ─dice César Chirinos.
             
Y agrega:
             
─Aunque a veces, para transmitir tu alegría al público, necesitas casi quince minutos sobre el escenario. En cambio, para expresar lo contrario, para decir que todo está mal, no necesitas más de cinco segundos.
             
La base de un mimo es la acción: un verdadero actor del silencio no confunde los gestos con las acciones.
             
Porque movimiento, acción y gesto son las tres fórmulas de la expresión corporal de un mimo. El movimiento expresado en el desplazamiento constante, la acción que proviene del actor ─que está en su propio nombre: quien hace la acción─, y el gesto en sí: lo único acordado indirectamente con el público ─aquello que se utiliza con frecuencia en el teatro convencional, un gestuario a veces cliché─.
             
El mimo es otro tipo de actor teatral: él quiere hacer cosas más que decir cosas ─un libreto, un guión─. O más bien dicho: mientras el gesto sirve para decir cosas, la acción sirve para elaborar cosas: imágenes de lo-no-visto.
             
Como en la vida real, se puede mentir con gestos pero no con acciones.
             
─A diferencia de lo que ocurre en el teatro convencional, el mimo, para decir algo, tiene que hacer ese algo ─dice el actor.
             
Quizá por esa razón, la teatralidad ─esa victoria efímera y enfermiza de encarnarse en alguien que no se es─ es neutralizada por el mimo: este aparece como un cuerpo desplegado, laxo pero vital, sereno pero enérgico, despojado de la histeria de todo protagonismo: de su narcisismo.
             
Entonces uno puede ingresar a la función esperando encontrar la típica mecanicidad sin fallas de todo intérprete. Pero es equívoco: el mimo desbarata el estereotipo ─quizá porque no está interesado en la perfección de algo que sabe no existe─ y descubre, por ráfagas, lo inteligible.
             
De paso destruye sin proponérselo la solemnidad grotesca de otras producciones supuestamente más ambiciosas.
             
Al final solo queda un encuentro apasionado con lo sencillo, lo sincero, lo cotidiano y, por eso mismo, con lo imperfecto.
             
Es decir, lo humano.

 

                                                                 *****

 

  ─En el espectáculo no solo está el mimo, el actor, sino también el individuo, el ser humano, con sus vivencias del día a día ─dice César Chirinos─. Aquí no se trata de colocarte una máscara y representar cualquier personaje: sigo siendo yo entre escena y escena, nunca dejo de estar allí: el mimo es una persona con aspiraciones y pasados que se involucra en el escenario.
             
Un viejo adagio del teatro corporal dice que el mimo no representa una historia, sino que la historia lo representa a él.
             
En otras palabras, la historia atraviesa el cuerpo del mimo: circula a través de él.
             
Pero su puesta en escena también cuestiona la idea de un centro. Que todos tenemos un equilibrio pero nadie se pone a pensar desde dónde viene ese equilibrio. Que es aprendido por imitación.
             
─En ensayos hacemos contradicciones en el plano lateral: la cabeza se inclina hacia la derecha pero el tronco la contradice y se va para el otro lado, hacia la izquierda. De pronto el cuerpo contradice el tronco y se inclina hacia el lado de la cabeza, es decir, hacia la derecha: entonces tenemos una triple contradicción. Pero para restablecer el equilibrio necesitamos que todas las partes estén de acuerdo: que el cuerpo dialogue con los miembros y decidan si se inclinan hacia la derecha o la izquierda hasta coincidir.
             
Y el actor agrega:
             
─Si uno se lo piensa, es como la vida misma: tú tienes la voluntad de ir hacia un lugar pero algo te dice que no vayas y te refrenas. Lo peor de todo es que no es solo tu cuerpo y tu voluntad los que te detienen, sino también tus pensamientos, tu manera de ser y hasta tus prejuicios. Todo tu ser participa en los dilemas y complementa respuestas a favor o en contra de tu destino.
             
Quizá por eso Etienne Decroux, el actor y mimo francés, el hombre que se alejó del teatro convencional, el fundador del teatro corporal contemporáneo, el maestro de Marcel Marceau y de miles de actores, bailarines y clowns alrededor de todo el mundo, escribió alguna vez: «Cuando veo un cuerpo levantarse, siento como si la humanidad se pusiera de pie».

 

                                                                           *****

 

  Secuencias del unipersonal de César Chirinos:
             
Ah, el amor, pieza original de Héctor Arnaud, maestro de mimos.
             
El fabricante de máscaras de Alejandro Jodorowski, pieza escrita para Marcel Marceau.
             
La sopa del pobre de Jorge Acuña, con el mismo atuendo con el que este lo representaba en la Plaza San Martín hace más de cuatro décadas.
             
El taxista, una pieza que involucra a un invitado del público y que, aunque nadie sabe su origen, hoy es montado hasta por el Cirque Du Soleil.
             
El microbús de Juan Arcos, otro maestro peruano de mimos desde hace décadas. En tiempos actuales la pieza también es representada en una coaster o una combi.
             
El bebé, también pieza original de Juan Arcos e inspirada en una décima de Nicomedes Santa Cruz. Por su ternura ─por momentos tan impetuosa─ bien podría ser la versión nacional de The kid, de Chaplin.
             
Desplazados, escrita entre Juan Arcos y César Chirinos, sobre una familia de campesinos que sufre a senderistas y militares peruanos por igual. 
             
Viaje de César Chirinos, en la que se representa el trajín en un mundo donde las personas se moldean a tal punto que acaban convertido en monstruos de sí mismos.
             
En algunas piezas, y ante ojos profanos, los movimientos del actor semejan una danza moderna. Más aún cuando se coloca telas en el rostro: es parte de las posibilidades dramáticas que debe mostrar un mimo según los planteamientos de Etienne Decroux. Y todo encaja: las sensaciones y los efectos. Con sus desplazamientos el mimo rompe el orden establecido: lo que normalmente se espera de un cuerpo.
             
Sus movimientos se perciben como pinceladas.
             
Y entre los silencios de cada secuencia: pausas de sonido. El actor no habla pero en los intermedios sus pensamientos resuenan en el ambiente: le devuelve sus privilegios a la voz y la música cuando no está en escena.
             
Sus palabras no contextualizan las historias que vendrán a continuación: solo explican la identidad de un actor que se convierte en mimo que, a su vez, se convierte en actor.
             
«3.
             
¿Que lo que hago desilusiona y hace sentir mal a algunas personas?
             
Seguramente... Pero jamás me preguntaron si podían hacerse expectativas conmigo. Aconsejo no hacerlo sin consultar.
             
Qué lindo sería que alguien preguntara: ¿Puedo esperar de ti...?
             
Pero no, todavía se asume, se tiene fe».

 

                                                               *****

 

  Nada de lo que se mostraba en esta función se podrá apreciar más. Hace unos días, con pudor y algo de confusión, César Chirinos decidió suspender la obra a mitad de temporada: el actor no podía hacerse cargo de los costos de la producción sin una determinada cantidad de espectadores.
              
Y mientras volvemos a la estridencia de nuestra cotidianeidad, los que pudimos verlo solo nos preguntamos por qué tenía que pasar algo así con esta propuesta.
               Quizá f
altó más público que comprendiera los silencios de un mimo.



              Yo mimo soy. Unipersonal de César Chirinos.
             
Lugar: Teatro del Grupo Yuyachkani (Calle Tacna 363, Magdalena).
             
Temporada: Cancelada.

2 comentarios

no entendi pero amo a los mimos

muy buena la informacion

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