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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Volar

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Digresiones sobre el simple acto de coger un avión. Y no estrellarse.

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            Parafraseando a McLuhan: si el medio es el mensaje, entonces el avión es el viaje. Uno muy agobiante.
           
Quizá el mayor éxito comercial de la aviación no sea el haber diseñado los más modernos vehículos para cruzar el cielo a casi mil kilómetros por hora: es el habernos convencido de que los abordemos. De que disimulemos los nervios mientras volamos en la más completa oscuridad sobre el mar o la cordillera, confiando en un aparato del que a duras penas conocemos los principios básicos por los cuales se mantiene flotando sobre las nubes. Y que sigamos viajando pese a las probabilidades casi nulas ─por no decir absolutas─ de que alguien sobreviva a un accidente aéreo.
            
Y sin embargo, parece que de un tiempo a esta parte el avión ya no emocionara mucho. Ahora hasta agota.
           
Pero agota por sus artificios predecibles: porque en la medida de lo posible el avión encierra todas las comodidades de nuestras casas. Películas, videojuegos, música, bebidas, comida, revistas, computadoras ─y, hasta en cierto momento, telefonía─. Porque en el fondo no queremos salir de la seguridad de nuestras salas y no sentir el viaje. Porque quizá queremos sentirnos acompañados ─y distraídos─ para no sentir pánico.
            
El viaje tal como lo relataron los hombres de todas las épocas se ha terminado. La sola idea de volar ya no excita.
           
Ahora nos venden la imagen de un vuelo aséptico, pasteurizado.
           
Un viaje cómodo.
            
Por eso preferimos la música ambiental para reemplazar el rugido del motor, sobre todo al despegar. Por eso caminamos una y otra vez al baño a lavarnos las manos y mirarnos al espejo. Por eso encendemos esas pequeñas pantallitas desplegables con imágenes de paisajes y lugares turísticos. Y por eso cerramos las cortinillas de las ventanas para no ver ese cielo horizontal tan infinito que amenaza con marear.
            
Trucos aburridos para olvidar que en las próximas horas podríamos terminar volatilizados en el aire.

                                                                *****

            «En los aviones no se viaja: solo te transportan. Como si fueras un paquete». Así se lo confesó Isak Dinesen a Truman Capote.
            
Por eso la escritora prefería el barco.

                                                                *****

Teletransportación. Las aerolíneas quieren darnos esta sensación publicitaria: el renacer en otro lugar, en suelo extraño, sin darnos cuenta.
            
Si vas al extranjero casi nunca verás el avión que te llevará. Ni siquiera cuando has llegado a destino. En la sala de espera, una doble hoja de cristal grueso impide ver a la máquina: solo se percibe un borrón platinado con luces rojas y blancas que tintinean.
           
Y al momento de abordar la nave, lo haces a través de un conducto impersonal y frío: una manga hermética suspendida entre la tierra y el avión.
           
Como un pasadizo hacia otro mundo.
            
Una especie de placenta de metal.
           
El avión hecho útero.
                                                                            
*****

            Le pregunto a un ingeniero por qué viajar en avión ─así sea por treinta o cuarenta y cinco minutos─ puede resultar tan agotador. Su explicación es la presión artificial de la cabina: la presurización a la que está sometida. Me dice que si no fuera por esa presión, a la altura y velocidad a la que viajamos ─un promedio de 950 km/h─, nos asfixiaríamos por la presión del aire de la atmósfera. Que si por alguna razón hubiese cambio de presión en algún punto del avión, todo lo que está dentro de la cabina trataría de salir precisamente por ese punto. Que ese cambio tan fuerte de presión podría arrancarte de tu asiento y aspirarte hacia el vacío. Y que no importa qué tan pequeño sea ese agujero: con la fuerza, el agujero puede hacerse enorme y partir el avión en dos.
           
Y luego agrega: eso es lo que normalmente ocurre cuando por accidente se abre un forado en el avión. La cabina se licúa por dentro.
           
Pero por ahora esas máquinas generadoras de presión artificial nos permiten volar sentados o de pie, manteniendo el equilibrio. Aunque nuestro cerebro y corazón perciban el artilugio: se incomodan y lo repercuten en el flujo sanguíneo. Notan que no estamos con la misma presión con la que caminamos en tierra.
            
Por eso nos duelen los oídos. Se saturan. Pitan.
           
Y por eso algunos procesos del organismo ─léase digestión, léase ritmo cardíaco, léase metabolismo─ se hacen más pausados.
            
Entonces lo normal es que, mientras vuelas, te sientas como un insomne a las tres de la mañana.

                                                               *****

Datos: si tu avión comienza a ladearse en un ángulo inapropiado ─digamos, noventa grados como mínimo─, significa que pronto serás un número estadístico de la fatalidad.
           
Con una cantidad inesperada de hielo en la punta de las alas por causa de un desperfecto en la máquina anti-refrigerante ─y hielo es lo primero que se forma alrededor de una aeronave─, el avión irá en picada como si se hubiera quedado sin motores.
            
Según el Sumario estadístico de accidentes de vuelos comerciales 1959-2008 de Boeing, un 30% de accidentes ocurre durante los despegues y un 50% durante los aterrizajes. En el aire solo sucede un 8%.
            
La razón de que los despegues y aterrizajes sean tan delicados: que al estar más cerca del suelo se hace más difícil maniobrar el avión.
           
Causas de un mal despegue o aterrizaje: que los engranajes de las alas no giran o se atascan. O algún pistón defectuoso.
           
Un error del controlador aéreo en la lectura del tráfico aéreo o una intempestiva nube de contaminación y tu vuelo aparecerá mañana en las portadas de los periódicos.
           
Es falso que en el aire tengas menos probabilidades de accidente que en carretera: la relación entre ambas es de doce a uno. La única consideración de las aerolíneas para decir que en el aire estás más seguro es que muy poca gente viaja en avión en comparación con el automóvil.
            
Los ductos de ventilación y las mascarillas de aire no sirven tanto para facilitarte la respiración como sí para equilibrar la dosis de oxígeno en tu cuerpo: así te relajas y evitas contagiar el miedo a los otros pasajeros. Hay rumores ─solo rumores─ de que las mascarillas contienen una pequeñísima dosis de anestésico: como cuando estás a punto de someterte a una operación quirúrgica.
           
Si comparamos la cantidad de accidentes de vuelos comerciales en todo el mundo por errores de piloto entre la última década y los años cincuenta, notaremos que la cifra se redujo a la mitad.
           
En cambio, aumentó más de diez puntos por fallas mecánicas y sabotajes.
            
Solo en el caso hipotético de caer y sobrevivir, uno no debe pensar que caerá precisamente en el centro de una ciudad. Que el próximo lugar habitado podría estar a kilómetros de distancia. Porque puedes terminar clavado en medio de la selva o sobre una montaña con una pierna quebrada y entonces deberás buscar ayuda y enfrentar el dilema alimenticio de ese equipo de rugby que se perdió en los Andes: ¿es válido devorarse a los compañeros de vuelo si estos ya no sienten nada? El frío intenso les sirvió de nevera para conservar los cuerpos: empezaron comiéndose las nalgas, la parte más carnosa de nuestra anatomía.
           
Eso, solo en el caso de que caigas a tierra.
           
Si sobrevuelas el mar al momento del accidente, considera que para la velocidad y la altura ─doce mil metros en promedio─ a la que normalmente va un avión de acero y fibra de vidrio con cientos de toneladas de peso, caer sobre el agua es como caer sobre concreto.
           
Y ahora pregúntate: ¿alguna vez has visto en las noticias que los supervivientes de algún accidente aéreo llevaran puestos los cinturones de seguridad?

                                                                 *****

Mira a tu alrededor.
           
En los asientos encontrarás pasajeros de otros universos.
            
Una pareja de asiáticos con mascarillas antigripe en la boca y que duermen serenos y bien arropados con mantas, sin importar que la cabina se encuentre recalentada porque olvidaron encender el aire acondicionado.
           
Una joven venezolana que, más que hablar, vocifera.
           
Un argentino-hombre-de-negocios de seriedad casi inverosímil y que todo el tiempo se digna ─muy indolente él─ en no mirar a nada que no sea ese puntito en el horizonte abstracto.
            
Una señora española que sigue aferrada a las manos de sus pequeños hijos ─uno a cada lado de los triples asientos─ desde que el avión despegó del suelo. Y reza con los ojos cerrados.
           
Un bronceadísimo norteamericano en shorts y sandalias que lee a Mario Vargas Llosa en inglés.
           
Un grupo de cubanos que no hace más que contar chistes tropicales a causa de los efectos del pisco que bebieron mientras esperaban en la sala de embarque.
           
Un señor peruano que no le importa esa pantallita que indica Apague su teléfono al momento del despegue y que recién deja de conversar por su celular cuando ya estamos en pleno vuelo.

                                                                              *****

            Por instantes observo por la ventana y me pregunto cómo reaccionaríamos si de pronto esa luz roja que parpadea en el extremo del ala dejara de hacerlo: significaría que estamos en problemas. Que uno de los motores ha dejado de funcionar. Que el sistema de control de las alas se ha averiado. Que las turbinas acaban de perder efectividad. Que el mapa de navegación del piloto ha quedado anulado. Que estamos sin radar.
           
O que estamos volando a oscuras y que en esas circunstancias somos, literalmente, un objeto volador no identificado. Y que cualquier cosa que vuele o flote en el aire ─desde un rayo hasta otro avión lleno de pasajeros─ podría estrellarse contra nosotros.
           
Y entonces me duermo.


1 comentarios

Digresiones que dicen mucho y nada lo que me recuerda que eres un marciano. Amé este post!

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