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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Tres cuentos de los hermanos Grimm

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¿Por qué los relatos de hadas, bestias y brujas medievales de estos compiladores alemanes aún seducen doscientos años después de su primera publicación? Jorge Villanueva va más allá de los simbolismos de la ficción y demuestra que si bien estos cuentos infantiles no se basan necesariamente en el horror o el placer, tampoco los ignora ni los descarta.
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            Quizá no sea muy conocido, pero en la historia original de Blancanieves la madrastra muere al ser obligada a bailar con unos zapatos de hierro al rojo vivo.
           
Y en la historia original de Hansel y Gretel, no es la madrastra quien convence al padre de abandonarlos en el bosque: es la propia madre de los niños.
           
En El príncipe encantado, la princesa nunca llega a besar al sapo: por el contrario, lo estrella contra una pared, asqueada de su cercanía.
           
Allí es cuando el príncipe recobra su forma humana.
           
Y la virginal Rapunzel de larga y dorada cabellera, de tanto recibir las visitas nocturnas de su príncipe en el castillo donde estaba recluida, queda embarazada de dos primorosos y rubios gemelos.
            
En los relatos originales de los alemanes Jacob y Wilhem Grimm, la religión no era necesaria y la sexualidad no estaba reñida con el romanticismo. La fantasía se desenvolvía con la misma naturalidad que la realidad y ni siquiera la crueldad era considerada como tal: los actos de justicia y los castigos podían ser tan violentos y dolorosos como los crímenes mismos.
           
En la época medieval en la que se desarrollaban estos cuentos, a nadie le perturbaba que una bruja fuera ahogada en un barril con aceite hirviendo o que un humilde padre de familia regalara a sus hijos a cambio de alimento. Para esos años, que alguien decidiera enmudecer por tres años, tres meses, tres semanas y tres días solo para honrar una promesa no era nada que pudiese llamar la atención.
            
Una mujer podía desgastar tres pares de zapatos de suela de hierro por buscar a su amado por medio mundo y no impresionaba a nadie.
           
De ahí que originalmente estas historias de la tradición oral europea fueran compiladas en una publicación de 1812 titulado Cuentos para la infancia y el hogar: en aquel entonces los niños podían leer sobre situaciones así sin escandalizarse.
            
Sin embargo, un par de siglos después esos cuentos fueron suavizados, aligerados, mitigados y hasta dulcificados. De pronto, fragmentos relevantes ─inclusive los finales mismos─ de La bella durmiente, Pulgarcito, El sastrecillo valiente y El flautista de Hamelin fueron modificados supuestamente para no inquietar a los niños. Con más prejuicios que arte, el protestantismo norteamericano decidió censurar referentes sexuales y prácticas populares consideradas ofensivas dentro de estas fábulas: Walt Disney sería el abanderado de ese reduccionista proceso de «moderación».
           
Ahora Jorge Villanueva, el reconocido director de Las neurosis sexuales de nuestros padres, La noche árabe y El dragón de oro, intenta reivindicar el trabajo de los hermanos Grimm y sus historias colmadas de metáforas y alegorías mágicas. Y lo hace fiel a su estilo.
            
Aunque esta vez desde un espectáculo para toda la familia.

                                                               *****

─Al tratarse de historias populares alemanas, estos cuentos no son tan de ficción: no son de un autor que un buen día decide escribir sobre algo ─dice Jorge Villanueva─. En realidad, los cuentos de los Grimm eran historias medievales que circulaban de boca en boca sabe Dios desde cuándo, desde muchas generaciones atrás.
           
Y agrega:
            
─En ello está la riqueza de estas historias populares: son narraciones que hablan de su propio entorno y su propia identidad a nivel simbólico, y no lo hacen para dejar moralejas o dar sentido a un tema en específico, sino más bien para reflexionar sobre lo que es la vida en sí.
           
La vida con sus ilusiones y agobios, con sus deseos y contradicciones, con sus certezas y sus consuelos, con sus alegrías y desesperanzas.
           
La vida complementada con la muerte.
           
─La conclusión a la que se llega con estos cuentos es que la vida es dura: que lo que nos ocurre en el día y día no son ahora ni han sido antes de color rosa ─dice Marcello Rivera, uno de los actores─. Las historias en realidad narran lo que ocurre a las personas, y aunque por momentos parezcan descarnadas y tristes ─como que alguien sea rechazado por su familia, por ejemplo─, lo que al final se muestra es cómo los protagonistas evolucionan y superan esas situaciones.
            
Lo más importante: sin traicionarse a sí mismos.
            
De los más de doscientos relatos que los hermanos Grimm recogieron de la tradición oral de su pueblo, Villanueva y compañía eligieron los de Juan el erizo, Juan sin miedo y Juana y los tres cuervos.
           
Son historias narradas y teatralizadas al mismo tiempo, con un colorido vestuario y disfraces hechos de cartón y tela y un curioso escenario en el que los niños deben complementar los paisajes bucólicos en los que se mueven los protagonistas ─léase bosques, lagunas, castillos y pueblos medievales─.
           
Por su propia naturaleza cada cuento es distinto: así se garantiza la suficiente variedad, diversión y, sobre todo, el equilibrio necesario para evitar lágrimas y sustos innecesarios.
           
De vez en cuando, de los árboles de papel se descuelgan manzanas de verdad que llegan hasta los pequeños asistentes del público.
           
Y no son manzanas envenenadas.

                                                               *****

Bruno Bettelheim solía decir que los cuentos eran una forma de encontrarse con un mundo simbólico indispensable para la vida de todo ser humano. Que en los niños era la mejor manera para que aprendieran a reconocer las alegrías y los miedos de la realidad: los ayudaba a encauzar sus conflictos inconscientes personales.
            
De hecho, el psicólogo austriaco escribió un ensayo sobre el significado y la importancia de los verdaderos cuentos infantiles, de esos que no se guardaban nada: donde un flautista traicionado ahoga a los hijos de todo un pueblo o en el que unos filudos cuervos arrancan los ojos de las envidiosas hermanas de cierta señorita llamada Cenicienta.
           
─Desde la antigüedad, un cuento era una forma de aconsejarte sin darte consejo ─dice Jorge Villanueva, el director─ Por un lado entretenía, pero por el otro te estaba comunicando algo que no necesariamente conocías. Por eso creo que sin historias nuestras vidas serían inimaginables.
           
─No me parece que los cuentos de los Grimm deban calificarse de crueles: por el contrario, nos hablan de procesos naturales y espontáneos, de impulsos instintivos que nacen del interior de los hombres, que siempre están allí.
           
Luego la actriz Nidia Bermejo dice:
           
─Las referencias a la muerte no tendrían por qué ser ocultadas. Por el contrario, a los niños habría que hablarles de la muerte porque esta es, precisamente, parte de la vida. Callarlo y esconderlo sí sería mentirles: como si nunca fuera a ocurrir. Lo importante es saber prepararlos para las verdades de este mundo, porque al final estas verdades son mucho más crueles: que no todo es felicidad.
           
Es decir, que la verdad no debería ser entendida como un acto de crueldad.
            
Que en algún momento se olvidaron de decirnos que las varitas mágicas, los príncipes azules y las hadas madrinas no son necesarios.
           
Que es muy difícil aprender a reconocer un sapo o un erizo como nuestros similares.
            
─No hay que olvidar el contexto histórico de esos cuentos: en aquellos años la muerte era algo que estaba muy presente en el imaginario de las personas a raíz de las guerras y las epidemias. Un tanto como ahora, en realidad ─dice Claudio Calmet, otro de los actores─. Y aún así encontramos en ellos mensajes muy valiosos.
            
En contraste, en las versiones suavizadas de los cuentos de los Grimm las metáforas se han perdido y se muestra solo lo literal: los hechos dados. De por sí, eso es lo que ocurre con los cuentos infantiles contemporáneos: se preocupan demasiado por el estilo y olvidan el trasfondo: dejan de lado todo subtexto simbólico.
            
Ya no tienen ese interés en rescatar los matices de esta realidad tan incierta y drástica en la que vivimos.
           
Ya no buscan compartir ancestrales experiencias, saberes y aprendizajes colectivos como las que se invocaban en los cuentos orales.
           
Solo son historias pensadas con un fin único: distraer del mundo tal como es. Y por lo general lo hacen con discursos moralistas ─con moralejas─, ideologizados comercialmente y basados en estereotipos simplistas.
            
─Es válido aligerar un cuento solo para hacerlo más inteligible ─dice Nidia Bermejo─. El problema es que Disney nos ha acostumbrado a ello solo para pretender mostrarnos todo como siempre maravilloso, siempre hermoso. Y fijémonos en esa palabra que suele utilizar: siempre.

                                                               *****

Ejemplo de metáforas en estos cuentos.
           
─En el relato de Juan el erizo, el personaje porta una piel falsa ─dice Claudio Calmet─. Esa piel es la coraza que utilizamos no tanto para hacer el mal sino más bien para protegernos de los demás, de no sentirnos indefensos ante ciertas circunstancias. No obstante, muchas veces es esta misma coraza la que nos impide vivir y sentir: genera esas barreras que nos impiden amar y comprender a las otras personas.
            
De por sí, los tres cuentos comparten la importancia de la fidelidad consigo mismo y los demás: realzan el compromiso como algo sagrado. Ese es el punto de partida para tocar otros temas.
           
Como la búsqueda constante de otras alternativas y la necesidad de la fe. Del valor. De la confianza. De la solidaridad. De la piedad.
           
De la alegría.
           
─Creo que es involuntario pero en los cuentos de los hermanos Grimm la idea de la moral y la religión permanecen suspendidos: los cuentos están por encima de ellos ─dice Marcello Rivera─. Y es mejor así porque uno no se predispone ante cualquier creencia o personalidad y la obra cala en lo más hondo de los espectadores. Aprendemos a reconocer que son historias mínimas: historias cotidianas de la gente.
           
─En el cuento de Juan el erizo, el protagonista se va de casa maltratado y golpeado por su propia familia. Y cuando alguien quiebra una promesa que le habían hecho, vuelve a huir y no se recupera hasta que encuentra el verdadero amor ─dice Nidia Bermejo─. Cuando lo leí, me sorprendí y pensé: «Guau, cuántos erizos así deben andar ahora mismo por la vida».


            Tres cuentos de los hermanos Grimm.
            
Dirección: Jorge Villanueva.
           
Producción: Grupo Ópalo.
            
Elenco: Nidia Bermejo, Claudio Calmet y Marcello Rivera.
            Música y efectos de sonido: Magali Luque.
           
Lugar: Centro Cultural El Olivar (Calle La Republica 455, San Isidro).
           
Funciones: Sábados y domingo a las 4 p.m.
            
Entrada: S/.25 (general) y S/.15 (estudiantes y jubilados). De venta en Tu Entrada (de Plaza Vea y Vivanda) y boletería.
           
Temporada: Del 12 de mayo al 1 de julio de 2012.

 

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