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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Puertas comunicantes

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¿Quién no se tortura pensando en lo que debió haber sido el pasado y en lo que deberá ser el futuro? En esta obra Alan Ayckbourn propone un viaje en el tiempo solo para demostrar que la única solución a esa angustia está en el presente. Algo que cobra más sentido cuando se piensa a partir de los demás.

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            Cierra los ojos y trata de recordar cómo era tu vida en los años setenta, en pleno gobierno revolucionario, oyendo por todas partes proclamas socialistas de un mundo mejor y solidario, y con Santana y los Rolling Stones recordándote que los demonios también podían ser divertidos.
           
En aquella época en blanco y negro tus padres todavía hacían el amor.
           
Ahora intenta recordar los años noventa y esa angustia cotidiana que te hacía preguntarte qué era peor: si las bombas terroristas o la hiperinflación económica dejada por Alan García o la televisión y la prensa basura de Fujimori. En esa época-sin-política-de-verdad una computadora era vista con la misma familiaridad que un automóvil, la Internet era una anécdota cyberpunk y uno de los pocos consuelos mediáticos consistía en una MTV que era exactamente todo lo contrario a la actual.
            
En esos años, la cultura de las drogas llegó a convertirse en una opción más que estética: casi un estilo de vida.
           
¿Puedes recordar cómo te sentías en aquellas décadas y qué era lo que pensabas sobre quienes te rodeaban?
           
¿Puedes captar la diferencia sensual e idealista de una y la escéptica e irreverente de la otra?
           
Ahora mezcla esas viejas sensaciones con las que vives en estos instantes y trata de imaginarte cómo será todo para dentro de diez años. O cinco. O apenas dos.
            
Y no te preocupes de lo que puedas llegar a pensar.
           
Es posible que ya no haya nada.
           
Más que un viaje en el tiempo, esta es una historia sobre el vértigo que produce el retroceder décadas enteras y enfrentarte a la posibilidad de volver a comenzar una y otra vez no para cambiar el pasado y el futuro, sino solo el presente.
            
Lo mejor de todo: sin necesidad de máquinas del tiempo.

                                                                *****

            ─Estamos tan apegados a esa filosofía que establece todo de antemano, que con frecuencia ignoramos cierto mecanismo por el cual nosotros mismos podríamos irrumpir en el desenlace de nuestras vidas. Un mecanismo sencillo que cuestionaría cualquier orden prefijado.
            
David Carrillo es el director de Puertas comunicantes, la obra de teatro de Plan 9.
           
En ella, tres mujeres que viven en distintas fechas se cruzan por azar a través de una pequeña puerta en la habitación de un exclusivo hotel. Una es millonaria y superficial. La otra es conservadora y ansiosa. La tercera es una prostituta.
           
Lo único que las vincula es la urgencia por salvar sus vidas de una mente criminal: la del socio de un empresario sin escrúpulos.
           
─A veces el tiempo mismo puede parecer una estructura rígida que define tu destino ─dice Melisa Giorgio, una de las actrices─. Y sin embargo, hay una posibilidad de variar ese esquema y alterarlo a tu favor. Algo que demostraría nuestra opción de actuar y reaccionar.
           
Una simple decisión hoy y tu futuro de mañana podría ser muy distinto al futuro que tenías ayer.
           
Como era de esperar, al principio ninguna de las mujeres se preocupa de lo que le pudiera ocurrir a la otra. Pero cambian de opinión al notar que la existencia de una podría modificar la de las demás.
            
Las mujeres se percatan de que no viven solas en este mundo.
           
─Prácticamente sacrificamos nuestro presente pensando en qué vamos a hacer mañana y en qué vamos a trabajar después ─dice la actriz Anneliese Fiedler─. Pero, ¿por qué mejor no modificar el presente para que tu futuro sea lo que tenga que ser?

                                                                *****

Aquí no hay efectos especiales en 3D ni agujeros negros ni curvas en las leyes de la física.
           
Tampoco es necesario que creas en Dios ni en los sortilegios de algún ilusionista de televisión por cable.
            
Solo basta una pequeña y anodina puerta.
           
La única motivación que tendrías para cruzar su umbral y retroceder un par de décadas en el tiempo es saber que alguien te está persiguiendo. La segunda razón que necesitarías para retroceder el doble de tiempo es saber que la misma persona que ahora te amenaza también estaría a punto de asesinar a alguien en el pasado. Y la puerta es lo único que podría remediarlo: una de esas que ni siquiera te animas a abrir cuando entras a una habitación desconocida.
            
Crees que si el crimen se frustra en el pasado, difícilmente podría haber algún peligro para ti en el futuro.
            
Lo crees pero no estás muy seguro.
           
─Si lográramos retroceder veinte o cuarenta años, nos daríamos cuenta que aunque el tiempo fluyese nosotros seguiríamos siendo los mismos ─dice Melissa Giorgio─. Nos sentimos tan iguales hoy que ayer, y es muy seguro que mañana seguirá así.
           
Aquí no son necesarias esas máquinas negras similares a las de la teletransportación de Cronemberg ni las rigurosas explicaciones científicas de Stephen Hawking. Tampoco es indispensable algún tipo de droga legal que puedas haber adquirido en la farmacia más cercana a tu casa.
           
Es más, ni siquiera tiene sentido preguntarse cómo se logra retroceder en el tiempo: la magia no necesita explicarse.
           
─¿Por qué en cierto momento una puerta en particular puede hacer todo esto? ¡No importa! ─dice David Carrillo─. El día que ocurra algo prodigioso en tu vida no habrá nadie que te lo pueda explicar: solo sucederá. Y en ello radica el encanto: que en un momento dado tu realidad tan conocida y estable se disuelva y te muestre un agujero: un agujero que es un escape y una variación de toda lógica.

                                                               *****

Alan Ayckbourn es el dramaturgo inglés que escribió esta historia que por momentos recuerda el estilo del mejor Hitchcock: ese cineasta intrigante y de extraño humor, aquel que disfrutaba plasmando escenas dramáticas que arrancaran sonrisas de nerviosismo en el espectador. Alguna vez iluminista, escenógrafo, actor y director artístico durante muchos años de la famosa Royal Shakespeare Company de Londres, se dice que no hay año en que cualquiera de sus setenta obras no esté siendo montada en alguna parte del mundo.
           
Optimista a sus ochenta años, Ayckbourn hace un llamado a volver a confiar en la humanidad: en nosotros mismos.
           
«Es real la sensación de impotencia en estos días: construimos cercos invisibles a nuestro alrededor. Y eso porque ya no estamos muy seguros de las amenazas reales y las imaginarias. Cada vez más nos distanciamos de la realidad. Conseguimos nuestra información de los periódicos o la televisión o Internet pero no somos conscientes de que casi siempre es exagerada. Y entonces creemos que la sociedad entera se está desmoronando. En realidad eso ocurre porque mentalmente no podemos procesar tanta información. Muchas veces nuestros temores son una exageración ridícula. Y sí, es verdad que hoy puede resultar arriesgado caminar por ciertas calles, pero eso no significa que la sociedad entera esté a punto de desaparecer».
           
Por más frías, egoístas y decepcionadas que se muestren las protagonistas de Puertas comunicantes, en sus aprietos logran darse cuenta de que la única manera de mejorar su presente es mejorando el futuro de las otras personas.
            
Que no solo importa lo que uno desee sino también lo que los demás desean.
           
─Si bien existe un «yo quiero individual», también debería ser posible cultivar un «yo quiero social» ─dice Anneliese Fiedler.
           
Y agrega:
           
─Es casi como una fórmula: si yo quiero estar mejor, necesito que los otros también lo estén.
           
─Lo que realmente salva a estas mujeres es la empatía que en algún momento llegan a sentir entre ellas ─dice David Carrillo─. Y en esa capacidad humana para ponernos en los zapatos de los demás y ayudarlos está la solución contra cualquier destino predeterminado.

                                                               *****

No es casual que en esta obra sobre viajes en el tiempo no haya una máquina para viajar en el tiempo: una puerta no solo tiene un valor simbólico en todas las culturas e idiomas del planeta: también es algo cotidiano.
            
─La puerta hace que todo tenga más sentido porque está con nosotros desde siempre: refleja nuestra libertad, nuestra condición para poder pasar hacia otro lado y luego regresar y enmendarte ─dice Melissa Giorgio.
           
Todos esos cambios y decisiones importantes que se toman en la vida obedecen a pequeñas puertas hacia dónde conducirse. Ninguna es responsable por sí sola ni posee una intencionalidad maligna: solo son simples conductoras hacia lo que uno elige.
           
Depende de quién las abra.
           
En la obra también los criminales viajan a través del tiempo.
           
─En su cotidianeidad, en su uso tan común dentro de cualquier espacio, la puerta es también una metáfora: no necesitas esperar un milagro para que haya algún cambio ─dice Anneliese Fiedler─. Cualquier situación diaria y simple podría hacerte reflexionar hacia dónde estás yendo. Si lo quisieras, claro.
            
─No soy estúpido. El ser humano tiene aspectos oscuros que son innegables ─dice David Carrillo─. Pero eso no me hace perder la esperanza de que nos percatemos que el destino no se cambia tanto por una máquina o una puerta para retroceder el tiempo sino simplemente por pensar en los demás.
            
Quizá pueda ser muy difícil cambiar nuestro futuro personal: gran parte del tiempo ni siquiera sabemos hacia dónde nos dirigimos. Pero queda la opción de modificar el futuro de quienes nos rodean. 
            
─Al finalizar la obra uno se pregunta: ¿qué es más valioso? ¿Ser lo que uno pretende o hacer lo que uno quiere? ─reflexiona David Carrillo─. Y es que solemos preocuparnos más en ser que hacer. Olvidamos que al final de tus días la gente recordará tus acciones y no lo que decías que eras.



            Puertas Comunicantes de Alan Ayckbourn.
           
Dirección: David Carrillo.
           
Producción: Plan 9.
           
Elenco: Anneliese Fiedler, Melissa Giorgio, Óscar López Arias, Haysen Percovich, Marijú Nuñez y David Carrillo.
           
Lugar: Teatro Larco (Av. Larco 1036, Miraflores).
           
Funciones: De jueves a lunes a las 8 p.m. y domingos a las 7 p.m.
           
Temporada: Del 8 de marzo al 4 de junio de 2012.
           
Entradas: S/.40 (general) y S/.20 (estudiantes). Lunes populares (S/.30 y S/.15). De venta en Teleticket y la boletería del teatro.

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