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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

La huella

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Una mente criminal puede surgir por frustración, venganza, por ansias de una victoria o por negación de una derrota. Pero también por egocentrismo. A partir de una serie de juegos enfermizos, Sleuth, la obra ganadora de los premios Tony y nominada al Oscar en su versión hollywoodense, expone cuándo una humillación llega exactamente a su fin.

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            En esta obra uno de los tres personajes es asesinado.
           
Y no es por amor o poder o dinero: solo por ego. Un ego que aumenta y disminuye conforme la situación en la que está involucrado va modificando sus propias reglas de juego.
            
En ese juego la víctima se convierte en victimario y otra vez en víctima y nuevamente en victimario y luego en víctima y otra vez en victimario y así y así.
           
Cada uno alterna su riesgo de morir de manera constante.
           
Durante los siguientes noventa minutos nadie puede tener certeza alguna: todas las posibilidades se concretan y se quiebran de improviso y el esquema vuelve a reordenarse por completo según la perversa imaginación de cada uno de los protagonistas.
           
Una imaginación que no por perversa es menos lúcida.
           
La cautela y la prudencia aquí no tienen importancia. Ni siquiera las sospechas y la intuición son suficientes. La historia en sí transcurre sobre la eterna suspensión de cualquier evidencia. No hay rastros de nada de lo que está por ocurrir. Todo sucede dentro de una relatividad angustiante que neutraliza cualquier sentido de escapatoria.
            
Solo una bala interrumpe el caprichoso ciclo.
           
Y el único premio ─consuelo─ es el mismo hecho de haber jugado hasta morir.
            
¿Acaso no saber dónde realmente acaba el juego no es más común de lo que parece?

                                                                 *****

─Entrar a un juego siempre es divertido ─dice Manuel Ruiz Pimentel, el director de La huella─. Pero entrar a un juego donde además tú impones las reglas es mucho más divertido aún, y llega un momento en el que te dices: ¿por qué no seguir hasta el final para ver qué ocurre?
            
Porque parte de la seducción del juego consiste en fomentar la voluntad del otro a seguir participando. Y demostrar quién resiste más. A costa de la propia vida. O la libertad.
           
Escrita por Anthony Shaffer y estrenada en Inglaterra en 1970 con el nombre de Sleuth, la obra pronto se convirtió en una de las favoritas de Broadway en muy poco tiempo: en esa década llegó a tener más de mil representaciones en la sala del Music Box Theatre ─el mismo espacio donde se hicieran famosas Las relaciones peligrosas, Amadeus y Condado Osage─.
           
Un año después Sleuth recibiría un premio Tony a mejor guión teatral.
           
Otro año después, Sleuth sería llevado al cine por Laurence Olivier y Michael Caine. La adaptación también dio resultado: la película fue nominada al Oscar. Otra versión saldría de Hollywood en 2007, nuevamente con Michael Caine en los roles protagónicos.
           
En la historia, un joven actor desempleado se dirige hacia la lujosa casa de un reconocido escritor de novelas policiales: es el amante de su esposa y desea pedirle el divorcio para que ambos dejen de estarse viendo a escondidas.
            
Enterado de la situación mucho antes del encuentro y sin perder la compostura, el escritor le propone al amante un peligroso juego que, en caso de salir bien, podría beneficiar a todos. Incluso a la esposa infiel.
           
El problema es que ninguno confía en el otro.
           
Más aún, el juego llevará a los dos personajes a irse involucrando cada vez más en otros juegos que se ramificarán en simultáneo y que en cierto momento provocará la presencia de un inescrupuloso detective que, a su vez, también pretenderá establecer su propio juego.
           
─No hay nada más delicioso que fingir que se tiene todo el poder del mundo: alguien que parece tener la sartén por el mango, alguien que tiene todo bajo control y puede subyugar a todos ─dice el actor Claudio Calmet─. Y eso se hace más evidente en situaciones tan psicológicamente complejas como este: porque solo llegas a conocer a fondo a las personas cuando las colocas en situaciones extremas.
             
Y claro, es en esos precisos instantes cuando las puedes humillar de verdad.

                                                                  *****

            Quizá no sea saludable pensarlo pero, ¿cuánto debe pasar para que el honor y la dignidad se conviertan en estorbos para sobrevivir?
           
«La humillación une a los hombres» le dice el escritor al joven en un momento dado. Para cuando pronuncia la frase, los protagonistas ya saben que en ese mundo no importan el amor ni cualquier clase de recompensa económica: la máxima ambición es la degradación del otro.
           
El objetivo de toda venganza.
            
─Es allí cuando se entiende cómo el escritor, un hombre maduro y sereno, experimentado y con prestigio, se enfrenta a un joven compulsivo y algo delincuencial como el amante: solo porque puede hacerlo ─dice Manuel Ruiz Pimentel─. Porque puede darse el gusto de hacerlo sabiendo ─en teoría─ que tiene todas las de ganar y divertirse con ello.
           
─Son dos figuras que juegan una especie de ajedrez dentro de sus cabezas y miden cada paso que dan. Y esa maquinación se hace pensando con qué cosa más se puede humillar al otro y cómo anticiparse a su próxima jugada ─dice el actor Javier Valdés.
            
Lo que se observa en escena no es el típico oprobio de la televisión magalizada: no es la descalificación falsamente moralista ni la destrucción irresponsable y vacía ─histérica por lo mismo─ de una imagen.
            
La huella es más bien el envilecimiento de unos hombres a quienes se fuerza a mostrar de golpe todos sus lados oscuros. Y los juegos están en función de ello: a desnudar a alguien y hacerlo aparecer en lo que realmente es.
           
─Cada uno de los personajes juega con la psiquis del otro. Uno propone algo y el otro lo acepta solo para luego revertirlo. Eso es lo que hace que el espectador esté en vilo: nunca sabe qué nuevo giro habrá ─dice el director─. Además, en el fondo el tema no es desconocido: ¿qué haría alguien cuando su poder es cuestionado? Tratar a cualquier precio de que el mundo que conoce no cambie.
            
─Hay un punto en la obra en el que ya no importan los fines: solo los medios, el proceso mismo ─dice Claudio Calmet─. Y es que los protagonistas se complementan porque se estimulan: uno ofrece el grado de locura y vitalidad que el otro no tiene.
           
Compiten para ver quién puede hacer algo más sórdido. O más bien dicho: quién puede permitírselo.
           
Quizá no venga al caso ahora mismo pero, ¿cuándo una humillación llega exactamente a su fin?

                                                                 *****

Que un escritor de novelas policiales decida vivir su propia ficción no suena tan descabellado e inverosímil: al fin y al cabo, los seres humanos se inventan sus historias personales todo el tiempo.
           
Y las viven.
           
─Mi padre estuvo aquí el fin de semana ─dice Javier Valdés─. Al terminar la función le pregunté si se había divertido. Me respondió: «No, no me he divertido: me he entretenido». Y claro, hay una diferencia entre divertirse y entretenerse: esta obra está lejos de ser una comedia. La huella es más un ejercicio de suspenso que te mantiene entre la incertidumbre y la sorpresa. Es decir, entre-tenido.
            Es posible
: no se puede estar impasible ante lo que ocurre. Llega un momento en el que el espectador se dice que algo peor tiene que ocurrir. Y ocurre. Y aún así, uno no se acostumbra.
            
Quizá sea el efecto de la mente ligeramente retorcida de quien escribió el guión o tal vez sea lo que exige las mentes de dos maniáticos egocéntricos: el mayor dramatismo posible para poder actuar mejor y engañarse mutuamente.
            
No por azar Anthony Shaffer, tras su fama por Sleuth, se convirtió en el guionista favorito de Alfred Hitchcock y Agatha Christie: la escritora prefirió olvidar las burlas que el mismo Shaffer hacía de sus relatos. En 1997, poco antes de morir, el dramaturgo británico dijo:
          
«Sleuth ha perdurado en el tiempo porque, dado la naturaleza de sus trucos, sabes que conforme transcurre la historia se va volviendo cada vez más cruel. Hay en ella una intención de represalia de parte de uno de los personajes que, en el grado máximo de su perversidad, te invita a compartir el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena. No hace mucho observé una puesta en escena de ella en un teatro de Estados Unidos: la mitad de la audiencia conocía la historia y la otra no. Y sentí que el público que ignoraba el guión entraba en una suerte de shock, mientras que los demás parecían estar complacidos con lo que ocurría».

                                                                  *****

Sleuth no es un término que tenga una traducción literal al castellano: en inglés hace referencia el proceso por el cual un investigador va recogiendo las pistas de un crimen. Para denotar el género, el director prefirió titular la pieza como La huella.
           
Fuera de eso, no hay muchos guiones ─ni de teatro ni de cine─ que hayan planteado un juego sobre otro juego. The Game de David Fincher es la que más rápido podría venir a la cabeza.
           
─No se han escrito muchas historias así no solo porque es muy complejo, sino también porque implica considerar los cambios en la moral de una época ─dice Manuel Ruiz Pimentel─. Tomemos el ejemplo de Batman: el Joker que Tim Burton planteó era muy distinto al Joker de Christopher Nolan. El de este último era un terrible psicópata subversivo y ya no un gángster colorido. Si Burton lo hubiese propuesto de la misma manera, el personaje habría resultado demasiado agresivo y complejo y, por tanto, incomprendido.
           
Algo similar es lo que ocurre en La huella: por momentos los juegos resultan demasiado violentos incluso para las morales más volubles.
           
Algunos espectadores aún se resisten con una sonrisa.
           
El director agrega:
           
─Nosotros, a nuestra manera, también jugamos todo el tiempo: constantemente le hacemos ajustes a nuestras vidas con detalles cotidianos. Sea que subimos a un taxi y decidimos conversar con el conductor, o sea que ignoramos a alguien que nos acaban de presentar en una fiesta, la verdad es que siempre estamos realizando giros. Y es que nunca sabremos hacia dónde en definitiva nos podrían llevar esas decisiones: si realmente podremos estar en casa al final del día.
            
Y entonces, quizá sea un fastidio recordarlo pero, ¿qué es lo que más enfurece? ¿Haber sido humillados o haberse dejado humillar?


           
La huella [Sleuth] de Anthony Shaffer.
            
Dirección: Manuel Ruiz Pimentel.
           
Producción: Asociación Cultural Magno Teatro.
           
Elenco: Javier Valdés, Claudio Calmet y Lucca Demitalo.
           
Lugar: Auditorio del ICPNA de Miraflores (Av. Angamos 860).
           
Funciones: Jueves, viernes, sábado y lunes a las 8 p.m. y domingos a las 7 p.m.
           
Entradas: S/. 40 (general) y S/. 25 (jueves y lunes populares).
            
Temporada: Del 27 de abril al 3 de junio de 2012.

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