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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

La cocina

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De las cocinas peruanas salen platos, se dice, que fortalecen la identidad nacional. Relativo pero válido. Lo que no se dice es que la cocina también puede ser una metáfora de cómo sobrevivir en empleos precarios, mal pagados y con jefes arbitrarios. Es decir, como la mayoría en el Perú.


            Más que nunca, hoy la cocina se ha convertido en un lugar mítico: es ese espacio donde se transforma todo aquello que ─crudo o vivo─ no te llevarías a la boca. Bajo la alquimia del fuego y las especias, casi cualquier elemento inimaginable suelto por la naturaleza se convierte en algo de proporciones tiernas y elevadas: lo sublime.
           
Las hornillas de la madre y el fogón de la abuela así nos lo han demostrado.
           
No en vano es la cocina de mamá lo que ─según curiosa encuesta del chef neoyorquino Anthony Bourdain─ elegiría de manera categórica cada cocinero famoso e internacional si le quedasen pocas horas de vida. 
           
Pero más allá del simple placer de la lengua y las nostalgias del corazón, la cocina también puede ser un acto de fe: de confianza en lo infinito. Porque comer ─y comer bien─ implica una disposición a dejarse llevar: de abandonarse literalmente a las manos de alguien a quien no necesariamente se conoce a conciencia ─la amante, la suegra, el amigo o el chef─. Ser un comensal implica la renuncia individual a sí mismo ─el control, los prejuicios y los temores razonables de salud─ para entregarse de lleno a una nueva experiencia gastronómica o, simplemente, a ese plato casero que nunca sale igual dos veces.
            
Tal vez por todo eso es que día a día creemos con ilusión en la cocina y en lo que de allí saldrá: presentimos que la comida no es solo comida.

                                                                *****

Para Gisela Cárdenas la cocina también es una metáfora.
           
─Se ingresa a una cocina con un ingrediente específico y se sale de ella con un plato: lo mismo ocurre con nosotros cuando ingresamos a un lugar específico con nuestra manera de ser, de pensar, de querer y odiar. Una vez dentro se produce la transformación: o nos peleamos y se acabó todo o negociamos y realizamos el proyecto.
           
Y agrega:
           
─Estoy hablando de una cocina humana donde nos preparamos todos juntos y nos convertimos en un delicioso plato.
           
Socialmente hablando, se entiende.
           
Con esto en mente es que la directora teatral propone el montaje de La cocina, obra original del sir inglés Arnold Wesker. En esta historia, más de una docena de jóvenes y desclasados cocineros y meseras ─cada uno con un pasado diferente─ convive en un pequeño espacio dentro de un concurrido restaurante.
           
No solo tratan de no estorbarse mutuamente: también intentan no comprometerse más de la cuenta a nivel emocional. A veces con resultados fallidos.
           
─La cocina es un universo donde, al margen del calor intenso, hay que convivir incluso con quienes uno no se lleva bien y en el que se exigen resultados inmediatos a un ritmo acelerado ─dice Emanuel Soriano, uno de los dieciséis actores─. En ese contexto llegas a sentir que la cercanía de los demás transgrede tu espacio personal y no sabes cómo asimilarlo: solo queda defenderte a tu manera.
           
Con violencia o con humor.
           
Tal como sucede en cualquier otro centro organizado de trabajo.

                                                               *****

La puesta en escena de La cocina es lo suficientemente arriesgada y lúdica ─con algo de danza, algo de coreografía y música─ como para confundir al espectador acostumbrado a descifrar desde los primeros minutos si está ante una comedia o un drama.
           
Como si una excluyera a la otra.
           
A esto se agrega cierta dosis de realismo extra-teatral que se concreta en la preparación in situ de verdaderos platillos sobre el escenario y actores que se cuelan en el palco. Ese realismo también implica un ruido de voces, ollas y vajillas que rayan en la estridencia para magnificar el vértigo de la cocina.
           
Ante ese espectáculo, es probable que el espectador se pregunte si una cocina funciona de esa manera tan caótica y agresiva.
           
Lo cierto es que Arnold Wesker escribió esta obra en los años cincuenta, durante la posguerra, cuando miles de ciudadanos europeos buscaban empleo de manera desesperada y se encontraban en lóbregas cocinas de restaurantes para ejercer un oficio que en aquel entonces no era muy popular.
           
Porque esas cocinas, por lo general, estaban enclavadas en sótanos de mala muerte y no eran más que cuartuchos asquerosos cuyo piso solía estar cubierto de sangre y basura animal, con escasa ventilación e iluminación, en la que había que sobrevivir encerrados durante doce o dieciséis horas. En esa situación precaria y cuasi-clandestina, no era imposible que inmigrantes ilegales y delincuentes prófugos se convirtieran en improvisados y eficientes cocineros.
           
Wesker lo recuerda bien: antes de ser nombrado sir de la corona británica, fue obrero, gasfitero, lavaplatos, cocinero, actor aficionado y, finalmente, dramaturgo.

                                                               *****

Para su época, esta historia podría haber sido considerada política: contra lo que pudiese parecer ─y lo que se lee en el programa oficial─, el tema principal de la obra no es el racismo y la discriminación.
           
Tampoco lo es el «eterno» problema de la falta de comunicación entre los seres humanos. Algo de lo que el mismo Wesker se desliga: «Suele decirse que uno de los grandes conflictos de la vida es la incomunicación entre las personas. Y la verdad es que creo lo contrario: las personas comunican muy bien su desagrado y odio entre sí. La gente se huele: tiene el instinto para adivinar lo que los otros les trata de decir. No es necesario utilizar palabras para que se sepa. Simplemente uno ya sabe con quién quiere estar o si los demás quieren estar con uno. Lo otro es un mito».
           
La cocina, en resumidas cuentas, habla de esa sujeción y subordinación que el trabajo ─cualquier trabajo─ provoca sobre el hombre.
           
Es decir, la conocida despersonalización y la voluntad sojuzgada a cambio de dinero y cierto estatus. Del aburrimiento atroz que supone tener que esforzarse por algo que, en el mejor de los casos, ya dejó de ser interesante. De las aspiraciones que se disuelven en la rutina y la resignación. De esa tensión constante ante apremios caprichosos y efímeros. Y sobre el cansancio y la frustración ante esa estructura de control ─por momentos perversa y voluble─ que domina una buena parte de la vida del hombre bajo su consentimiento: ese orden que impone obligaciones tan efectivas que el individuo incluso sufre cuando no se siente parte de él.
            
Marx lo llamaría «alienación».
            
Max Weber lo llamaría una «jaula de hierro» deshumanizadora y coactiva solo llevadera con la imaginación y el erotismo.
           
Es posible que algo de idealismo haya en este discurso ─el retorno a la libertad «originaria» del ser humano, por ejemplo─. Pero en la obra también se puede leer una crítica sobre lo que se convirtió el capitalismo en los últimos sesenta años.
           
No en vano, el gerente del restaurante ─obsesionado con la producción de su cocina y despreocupado de la vida del personal─ suele decirles a sus cocineros algo así como Yo les doy todo, tienen un empleo y tienen dinero, ¿qué más pueden pedir?
           
Es decir, lo que la gran mayoría de gerentes se pregunta hoy cuando cree tener motivos.
            
Con cierto tono de amargura, Leonardo Torres Vilar ─el protagonista principal de La cocina─ dice:
            
─Creo que el ser humano es esencialmente un animal: un animal con un cerebro que sofistica un poco más sus instintos básicos. Eso es todo. Pero en el mundo animal existen jerarquías que pueden resultar injustas. Porque hay que pensar: ¿es justo que algunos animales nazcan y estén sometidos toda su vida aún cuando tuviesen el cerebro suficiente para sobreponerse a ese mandato? Suena injusto pero es natural: lo vemos todos los días, es real. Y eso nos lleva a pensar que quizá la injusticia sea natural...

                                                               *****

En un momento de la obra, uno de los personajes dice: «La cocina no es un lugar para soñar».
           
No si se considera que más allá de preparar decenas de platos en un tiempo relativamente corto ─la hora del almuerzo y la cena─ también hay que preocuparse en coordinar con los proveedores, fijarse en que no falte nada en las despensas, planificar lo que se ha de servir en los próximos turnos, controlar el desempeño de los empleados y ayudantes, y adiestrar a los meseros sobre la atención al público. Así, durante doce horas o más, día a día.
           
No es de extrañar entonces que en la cocina de un restaurante se escuchen reproches como Oye, huevón de mierda, ¿por qué no hiciste esto?, y luego saber que se fueron a los golpes solo para que tu plato llegue bien y limpio a tu mesa.
           
Porque quizá lo más paradójico es que ese mundo caótico y complejo casi nunca es percibido por los comensales. Que solo vemos el producto humeante de todo ese sufrimiento y esfuerzo tras bastidores. Que existe un contraste entre el plato armonioso y provocativo y quienes lo preparan.
            
Algo tan irónico como lo que agrega Baldomero Cáceres, el recordado actor que vuelve a escena después de catorce años y con el rol del cocinero-jefe:
           
─Mientras el chef reúne las condiciones y los aplausos para convertirse en alguien reconocido por el público, el resto de su equipo está alejado de esa fama precisamente por estar muy comprometido en sus labores.
            Tal como sucede en cualquier otro centro organizado de trabajo.
            
Aún así, hay quienes creen que es preferible la crudeza de una cocina a la de ─digamos─ una oficina. La directora del montaje, por ejemplo.
            
─En una oficina hay todo un juego de apariencias: en la cocina, en cambio, no hay tiempo para ello. Y es mejor así aunque en un principio inspire miedo ─dice Gisela Cárdenas─. Porque quizá todo se vuelva más salvaje, sí, pero también mucho más humano: al final te percatas de que no es necesario maquillar la realidad todo el tiempo.



           
La cocina, de Arnold Wesker.
           
Dirección: Gisela Cárdenas.
           
Elenco: Baldomero Cáceres, Franklin Dávalos, Omar García, Alberick García, Leslie Guillén, Rocío Limo, Jimena Lindo, Graciela Paola (Grapa), Wendy Pomar, Malena Romero, Claudia Rua, Sebastián Rubio, Stéfano Salvini, Emanuel Soriano, Leonardo Torres Vilar y Christian Ysla.
           
Lugar: Teatro del Centro Cultural Británico (Jr. Bellavista 527, Miraflores).
           
Horario: De jueves a lunes a las 8 p.m.
           
Entradas: Teleticket (de Wong y Metro) y boletería del Teatro Británico.
           
Temporada: Hasta el 18 de junio.

3 comentarios

Otro escritor que quiere tener sus dos días de fama tratando de contaminar la cocina peruana.....plop !!!
Todo totalmente subjetivo........Next!!!

«¿Contaminar la cocina peruana?».
No sabía que la gastronomía nacional tuviese ya sus fundamentalistas.
Igual, el tema del post no era ese. Lástima que no entendieras.
Sí, next...
C.

Contaminar la cocina peruana? plop y replop para Carmen Sagardia Cruz que creo en el cole no aprobo el curso de comprension de lectura y no tuvo la oportuidad de abrir su mente y darse cuenta del objetivo de este escrito. Haciendo punto aparte de este comentario precario, te digo que me encanto el post. Una obra muy interesante que muestra las relaciones humanas en un ambiente donde las emociones estan a flor de piel.

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