Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Rojo

Compartir:

En una época en que cualquiera cree sentirse artista o autor de cualquier cosa, el dramaturgo norteamericano John Logan rememora un hecho real de la historia del arte: el enfrentamiento de Mark Rothko con sus propios ideales. El hombre que rivalizó con Jackson Pollock y Andy Warhol no sobrevivió a la prueba.

AFICHE -ROJO - ED.jpg


             «¿Has leído a Nietzsche, Freud, Byron, Schopenhauer, Shakespeare? ¿No? ¿Y te haces llamar artista? ¡Si no puedes opinar sobre nada! Tienes mucho que aprender: Filosofía, Literatura, Historia, Arqueología, Antropología, Mitología, Música: esas son tus armas, al igual que los pinceles y los pigmentos. Porque no puedes ser un artista hasta que no estés civilizado. Y ser civilizado significa saber a qué lugar perteneces en el flujo constante de tu arte y tu mundo. Recuerda esto: para sostener el presente necesitas conocer el pasado».
            
Con estas palabras el maestro recibe en su taller al discípulo/asistente que aspira a convertirse, algún día, en un artista plástico tan afamado como él: Mark Rothko.
            
Poco más adelante el célebre pintor le dirá ─con soberbia pero no sin algo de razón─ que la nueva generación ─la del discípulo/asistente─ no está a la altura de sus antecesores.
            
«A todos les gusta todo en estos días: les gusta la televisión y la gaseosa y el champú y el popcorn por igual. Yo me pregunto: ¿Dónde está el discernimiento, ese juicio que separa todo aquello que me gusta de lo que respeto? ¿Qué es lo digno de no ser tomado en cuenta y lo que sí podría tener significado para mí? Tal vez esté hablando un dinosaurio que les quita el oxígeno a ustedes, la nueva generación. Pero tu generación no es digna de caminar siquiera a la sombra de quienes han estado antes».
            
Era finales de la década de 1950 ─la época del «sueño americano» proyectado por televisión, de los hippies, de los intentos de Andy Warhol por hacerse conocido con su arte pop, de Vietnam y las primeras manipulaciones de los medios de comunicación masivos─, y el pintor nacionalizado estadounidense no parecía estar muy contento con lo que ofrecía el futuro.
            
De hecho, se suicidó diez años después de esta escena.
            
Y de seguro lo habría repetido una y otra vez de haber sido posible. Porque, más allá de la típica incomprensión entre generaciones, algo resulta claro: el mundo actual parecería haberse vuelto inhabitable para personas que pensaran ─así sea remotamente─ como él.
            
«La televisión hace que todo sea tan feliz y tan gracioso, y nos reímos todo el tiempo: creemos que tenemos el derecho constitucional a estar siempre entretenidos. Vivimos bajo la tiranía de lo bueno: ¿Cómo estás? Bien. ¿Qué te parece la pintura? Bonita. ¿Vamos a tomar algo? Bueno. Pero no todo está bien. Cuando alguien me pregunta cómo estoy, le digo que angustiado, complicado, crónico, condenado. No estamos bien: cualquier cosa menos bien. Fíjate en ese lienzo, en ese cuadro oscuro de su centro: es una abertura que deja escapar un aullido silencioso, algo salvaje y sucio, primitivo. Es un gemido de éxtasis, algo divino y maldito al mismo tiempo, algo inmortal que está más allá de mí mismo. Algo que no es ni bueno ni bonito: solo real».
            
Y entonces, ante esa pasmosa frase y más allá de cualquier consideración estética, no queda más remedio que hacerse un par de preguntas ni buenas ni bonitas: solo reales.
            
Uno: ¿Por qué ahora hay tanta ansiedad por el entretenimiento?
            
Dos: ¿Tan insoportable se nos ha hecho el mundo?

                                                                *****

 ─Aunque solía decir cosas terribles y era un hombre inclemente hasta consigo mismo, la presencia de un discípulo hizo que el artista se sincerase ─dice el actor Alberto Ísola─. Porque uno de los aspectos fundamentales en la vida de todo ser humano ─artista o no─ es que seas consciente de qué es lo que te está ocurriendo como persona, qué estás deseando y en qué te estás transformando.
            
Y agrega:
            
─En ese sentido, lo común es que nos engañemos con frecuencia. Y creo que hoy vivimos tiempos donde es más fácil engañarse.
            
En Rojo, Alberto Ísola interpreta a Mark Rothko, uno de los más conocidos artífices del expresionismo abstracto en la historia del arte.
            
Por expresionismo abstracto entiéndase esa corriente que, a mediados del siglo XX, buscaba presentar lo impresentable: los límites de la conciencia. Jackson Pollock, con su conocida técnica de goteo al azar, fue el abanderado de esa tendencia hasta su fatal accidente. Tras ello, Rothko pasaría a ocupar su lugar.
            
La obra se centra, precisamente, en la oferta real que los propietarios de un exclusivo edificio de Nueva York propusieron al artista plástico: tres millones de dólares ─al cambio actual─ por una serie de murales de libre inspiración que adornasen las paredes del Four Seasons, ese restaurante para multimillonarios que contaba con veinte chefs y cincuenta meseros. Era 1958.
            
El hecho es noticia aún ahora: fue la comisión más alta ofrecida a un artista a lo largo de toda la historia de la humanidad.
            
─Rothko contrató a un joven asistente para que lo ayudase con los murales, pero de pronto, a través de él y los curadores de los museos, se percató de que su trabajo ya no era tan importante para los demás ─dice Juan Carlos Fisher─. Sentía que estaba entrando a otro tiempo y que una nueva generación de artistas amenazaba con hacerle perder piso. Andy Warhol y su pop-art era uno de ellos.
            
Constatar que su arte era incomprendido es el drama de Rojo.
            
El maestro había aceptado pintar doscientos metros del Four Seasons motivado no solo por tan crematístico reconocimiento sino también por una secreta y paradójica aspiración: diseñar los murales más anti-capitalistas que las vanguardias hubiesen podido plasmar. De origen ruso, Mark Rothko seguía convencido en la doctrina socialista de sus padres.
            
Decía que quería pintar algo «que quitase el apetito a cualquier hijo de puta que almorzase en ese salón».
            
─Por instantes la visión crítica de Rothko podría parecer muy destructiva con el propio mundo en el que vivía ─dice Juan Carlos Fisher─. Y sin embargo, su situación encajaría muy bien con lo que nos está pasando ahora: ya no sabemos qué es lo que nos conmueve, ya no sabemos si podemos abrirnos a lo nuevo, y si somos capaces de entender lo que traen las nuevas generaciones o si las desecharemos de inmediato.
             
O lo que es lo mismo: la incertidumbre ante una existencia que solo se conduce en tiempo presente. Un presente puro.

                                                               *****

 Entre 1950 y 1960 algo cambió. Mientras que para artistas como Rothko lo importante era la forma cómo se pintaba para transmitir una sensación, para los que vinieron detrás de Andy Warhol ─minimalistas y performers, por ejemplo─ ya no era necesario preocuparse tanto por la obra sino más bien por el concepto de ella.
            
A veces la obra podía ni siquiera existir.
            
A veces el artista se presentaba como su propia obra.
            
A veces el artista era más importante que la obra misma.
             Eso le pareció
el colmo del cinismo a Rothko: no podía entender que en un museo se colgara un cuadro de Warhol o Roy Lichtenstein que en la práctica no eran más que una serigrafía montada sobre una foto o un cómic de enormes proporciones.
            
─Rothko sentía que el arte debía reflejar la tragedia del hombre e intentaba que cada pincelada de sus pinturas lo mostrara ─dice Rómulo Assereto, el actor que interpreta al discípulo/asistente─. Para él, la tragedia era esa lucha elemental que hay en todo ser humano: tratar de conciliar el lado de la razón con el de la emoción. La búsqueda inconstante y frustrada de ese equilibrio es precisamente lo trágico. Entonces que aparezcan artistas que se muestran más «superficiales» y que expongan un cómic, se le hace absurdo.
             
En palabras de Rothko: «Existimos siempre en un estado de perpetua disonancia: ansiamos la emoción pero al mismo tiempo solo podemos tolerarla por la fría lógica de la razón. Aunque en realidad no es un conflicto sino más bien una simbiosis: porque ambos se necesitan, porque la pasión se hace soportable por el deseo del orden y la inteligencia: de otra forma la emoción nos aplastaría. Así que vamos de atrás hacia delante y al revés».
             
Pero había algo más en la crítica de Mark Rothko. Una mirada visionaria. La razón por la que quizá se atiborró de sedantes y whisky y se cortó las venas de los brazos con una cuchilla de afeitar.
             
Tal vez intuyó que en la avidez de los curadores de arte y los coleccionistas se asomaba un cambio significativo: que el tiempo, pervertido por la tecnología y el mercantilismo, empezaría a existir en un eterno y privilegiado presente. Que ya no habría un antes y un después ni una memoria ni un proyecto de nada. Que en esa mirada sin pasado ni futuro, nos convertiríamos en sociedades saturadas de imágenes ─y noticias─ intrascendentes día a día.
              
Que el mundo estaba a punto de convertirse en un espectáculo digno de un consumismo vacío y mediatizado.
              
Si el tiempo ─aquel que cada espectador entregaba a cada lienzo al observarlo, por ejemplo─ era un espacio de reencuentro personal y ayudaba a comprender el presente mismo, Rothko sentía que las nuevas generaciones ya no lo precisaban en sus obras: no veía que los jóvenes de su momento estuviesen hallando algo más que no sea ligereza y apariencias.
              
Menos que se preocuparan en saber qué y quiénes habían existido antes de que los reemplazaran.
              
Tal como ahora.

                                                                 *****

   Cierta noche del 2006, mientras se filmaba una de sus películas en Londres, John Logan decidió pensar en lo que sería su próximo guión. Casi sin querer entró al Tate Modern, uno de los museos de la famosa galería nacional de arte británico. De pronto, en una de las salas, encontró las pinturas de Mark Rothko.
              
En ese momento Logan estaba grabando Sweeney Todd: La leyenda del jinete sin cabeza de Tim Burton. Para ese entonces el guionista norteamericano ya había colaborado en Gladiador de Ridley Scott y recibido una nominación al Óscar por mejor libreto con El aviador, de Martin Scorsese: el mismo director que luego le encargaría el guión de La invención de Hugo (Cabret), cinta estrenada el 2012.
              
Cuando Logan leyó la reseña al pie de los murales Seagram de Rothko, supo que había encontrado una nueva historia para contar.
              
Durante un año no solo reconstruyó todos los detalles de ese dilema que el pintor había protagonizado en Nueva York, sino que además buscó especializarse en el arte de la época para tratar de comprender el mundo del atormentado artista hasta su muerte. Incluso buscó conocer la relación que había mantenido con sus escasos ayudantes/discípulos y se entrevistó con personas que lo conocieron. Luego de todo eso, John Logan comenzó a escribir lo que sería su primera obra como dramaturgo teatral: la que le significaría el reconocimiento de seis premios Tony.
              
Lo que se ve en Rojo es lo que probablemente sucedió en el estudio de Rothko en 1958.
              
─El título original de la obra es ese: Red, Rojo en inglés ─dice Rómulo Assereto─. Y es que ese color en especial representaba el impulso vital de Mark Rothko. Para él, los colores fuertes y vivos simbolizaban su pasión creativa y su deseo por sobrevivir.
              
─Es curioso: tuve la oportunidad de ver la obra de Rothko en Estados Unidos y no me pareció que plasmara sensaciones interiores de frustración o violencia como se suele decir. Por el contrario, sentí mucha paz ─dice Alberto Ísola─. Y me sorprendí más al saber que un hombre tan duro y exigente podía crear objetos de extraordinaria belleza.
              
Pero así como Rothko acentuaba el rojo en sus pinturas, tampoco escondía su temor frente a otro color: uno que para él evidenciaba la fuerza destructiva, la vorágine devoradora, el ocaso del artista.
              
Solía repetir: «Solo hay una cosa a la que le tengo miedo: que algún día el negro se trague al rojo».
              
Como un presagio, al final de sus días el artista fue degradando los colores de su paleta hasta llegar al gris y luego al negro absoluto. Su defensa de la vida y la pasión por el arte se fue apagando a lo largo de una década hasta 1970: su suicidio casi pareció sincero y coherente con lo que había propuesto en sus obras.
               ─¿Sabes que su muerte es considerada como uno de los más grandes enigmas del arte contemporáneo? Y es que, fiel a su estilo, Mark Rothko no dejó ninguna señal de su decisión, ni siquiera una carta, nada. Vivía aislado de todos ─dice Alberto Ísola─. Pero si me preguntas sobre la probable causa de su suicidio, yo creo que él estaba muy cansado de lo tan apasionado que era. Eso es: simplemente se cansó.


           
            Rojo
, de John Logan.
            
Dirección: Juan Carlos Fisher.
           
Elenco: Alberto Ísola y Rómulo Assereto.
           
Horario: De jueves a martes a las 8 p.m. y domingos a las 7 p.m.
            Lunes y martes populares.
            
Lugar: Teatro La Plaza en Larcomar de Miraflores.
           
Entradas: De venta en Teleticket (de Wong y Metro) y boletería.
            Temporada: Del 16 de febrero al 10 de abril.

 

1 comentarios

Muy buen articulo. Me encanta Rothko, a pesar de que jamas creo alcanzaré la sintesis de su pintura.
Saludos desde Valencia.

Escribir un comentario


Introduzca los caracteres que ve en la imagen de arriba.