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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Sobre la fotografía

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Un viaje a Marruecos sirvió de excusa al belga Daniel Ritiere para cavilar sobre esa realidad que suele representar la imagen fotográfica. Y encontró que en ella, sea tanto periodística como turística, existen muchos mitos. Este es el testimonio que escribió a propósito de su última exposición.

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            Esta no es la reseña de una exposición: es, más bien, una reflexión suscitada a partir del viaje por un país musulmán africano durante casi un mes y que culminó, precisamente, con una breve exposición llamada Luces de Marruecos.
            
Más allá del valor subjetivo que las fotografías de Daniel Ritiere ─belga, nacido hace más de cincuenta años, y veinte de ellos en el Perú─ puedan suscitar en el espectador, la idea es hablar de lo que estas imágenes sugieren en cuanto técnica fotográfica. Porque al verlas en el espacio donde se exponen, se percibe no necesariamente las conocidas imágenes grandilocuentes que suelen aparecer en revistas y postales turísticas.
           
Ritiere, en cierto modo, evita la espectacularidad ─ese artificio tan conocido y agotador de nuestros tiempos─ y hace que sus fotografías luzcan naturales y cotidianas ─aunque las imágenes no provengan de nuestro contexto─. Porque en ellas no se percibe al típico profesional que enmarca algo con urgencia por una cuestión de tiempo sino más bien a alguien fascinado que está disfrutando el mundo con todos sus sentidos.
            Esa sensación s
e nota incluso en sus encuadres y ángulos: corresponden más al hombre sorprendido que camina y tropieza mientras fotografía que al que permanece estático ─y clínico─ por varios segundos frente a la imagen elegida.
            
En esas fotografías, uno no solo observa el paisaje: observa también al fotógrafo detrás de él.
           
Lo que sigue es un ensayo de forma epistolar ─y por tanto, casi confesional─ en el que el mismo fotógrafo trata de explicar su pasión pero también la importancia de la mirada sobre la realidad. Del valor de la sensibilidad para saber sorprenderse y mantener la curiosidad por encima de cualquier tecnología de última generación. De cómo solemos creer que la imagen fotográfica es pura y objetiva cuando nunca lo ha sido. Y de cómo muchas veces se manipula una realidad solo porque uno busca la imagen más clara y emblemática.
           
A partir de ahora, quien escribe es el mismo Daniel Ritiere.

                                                              *****

           «Al ver las fotografías de la exposición, Carlos me dice que siente en ellas una subjetividad ─si cabe la reiteración─ poco común, como la de alguien fascinado por lo que va encontrando, una espontaneidad que no suelen reflejar este tipo de imágenes sobre otros países. Y que parte de su valor está en esa mirada sincera al momento de dirigir el lente.
           
No lo sé. Quizá sea así. Aunque por momentos también siento que no escapo a ciertos clichés. Tal vez su opinión nazca de las distintas concepciones que hay sobre la fotografía. Para mí, la fotografía consiste en ser un ojo viajero que comparte la visión natural de un país, sus atmósferas y su gente. Pero hay quienes creen que la fotografía no puede ser un arte ─como la pintura─ porque aducen que su técnica es simple: solo se hace click y listo. Sin embargo, cuando enfocas algo te sitúas en una encrucijada entre la técnica y la emoción porque el arte no está solo en ver las cosas sino también en transmitirlas. De ello dependerá provocar estremecimiento en los espectadores.
           
No siempre es así, no todo es magia. Hay días que no puedo fotografiar como quiero. Y hay días donde veo algo que me excita y debo someterlo a una máquina con circuitos digitales que garantiza imágenes técnicamente logradas. Con todo, esa tecnología no me asegurará conseguir retratos emocionantes. Eso no lo puede hacer ninguna cámara del mundo. Eso solo depende del fotógrafo.
            
Entonces, de lo que se trata es de ver algo, intentar captarlo y transmitir una sensación. En este punto plagiaré al maestro Cartier-Bresson: "La clave es la disponibilidad". Significa que una parte de tu ser debe estar completamente disponible para lo que sucede. Si logras ese estado, verás mil cosas cada diez segundos. Pero esa disposición está en uno mismo, no la consigues en una escuela de fotografía. Yo nunca estudié en ninguna parte, nunca aprendí una metodología. En mi caso, mi única estrategia ha sido dejarme sorprender por lo que encuentro. Soy instintivo y dejo que sea la vida del mismo lugar la que me transporte».
                                                               
*****

«En la exposición, frente a una de las fotografías que hice al desierto de Marruecos, alguien me preguntó: "¿Cómo es posible que lo árido sea precioso?". Y le respondí que es por los cientos de tonos de amarillo que uno puede encontrar en él, por los matices que la naturaleza nos entrega. Esto me lleva a otro tema: a la luz que nos rodea y que en cierta forma aparece en toda fotografía. Esa luz varía, nunca es igual en todas partes. Supongo que debe ser por la ubicación geográfica de cada lugar. Cada país y región tiene su propia luz.
           
En el Mediterráneo, por ejemplo, la luz es dorada, y en Marruecos es mucho más amarilla y naranja al mismo tiempo: te transmite más calidez. En la sierra del Perú, por ejemplo, existe una luz muy blanca ─y hasta dura y cruda─ que permite una visión nítida, clara y colorida de los paisajes porque el aire es muy cristalino y transparente: nada flota en él, es puro. Pero en la costa peruana, en cambio, hay un aire cargado de partículas de polvo y vapor, y eso provoca una luz de tonos suavizados ─a veces creo que pasteles, a veces demasiado gris, a veces demasiado nubloso─. Y en la selva no hay polvo en el aire pero sí demasiado vapor. Esto provoca una luz que muestra los paisajes siempre brillantes, como si todo estuviera húmedo.
            
¿Por qué hablo de esto? Porque es muy difícil captar esta particularidad de la luz ─su vibración, su temperatura─ con una cámara fotográfica. En detalles así es donde se demuestra la complejidad técnica de la fotografía. Uno puede sentir emoción frente a alguna escena y de inmediato debe reaccionar para atraparla tal como la perciben los ojos. Y para eso no hay que pensar mucho: si lo haces, es que no estás disponible. Por eso es que cuando se fotografía algo, se utilizan los dos hemisferios del cerebro al mismo tiempo: el lado intuitivo ─aquel que te sensibiliza, que te hace reconocer algo único o sublime─ y el lado racional ─que te dice qué técnica usar, con qué velocidad disparar, cuánta nitidez tendrá lo que rodea a tu objeto─.
           
Y aún así, a veces, no lo logras. Si no complementas de inmediato esos dos aspectos ─el intuitivo y el racional─, nunca saldrá la imagen que deseaste. Perdiste esa visión y esa oportunidad para siempre».
                                                               
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«Siento que debo decir algo también sobre la exposición. Las fotografías fueron un encargo, un trabajo. La embajadora de Marruecos en Lima, Oumama Aouad, me encargó que vaya hasta su país y encontrase los posibles lugares en común que existían con Perú. Cuando se las mostré, se alegró y dijo que había captado algo más de lo encomendado: las luces de su país, su alma. Yo también lo disfruté. Marruecos es un país impresionante por su cultura ancestral, por sus paisajes y su arquitectura, y por la tranquilidad y seguridad de sus calles. Es una monarquía con Parlamento. Es el país más democrático de todos los países árabes. Hay pobreza pero no es como la pobreza de acá: no es miseria. Allí no hay barriadas y nadie vive en casas de esteras y techos de bolsas de plástico.
            
Ahora, es verdad que a veces encontré cierta reticencia de los pobladores de algunas ciudades. Al igual de lo que ocurre en los andes peruanos, muchas personas creían que la cámara fotográfica les robaría parte de su alma. Algunas reaccionaban y se tapaban los rostros. Otros se alejaban rápidamente. No faltaron quienes me gritaron "¡No!" con un tono que me obligaba a desistir. Aún así, me las arreglé para realizar mis fotografías. Jugué mucho aunque también respeté la realidad del lugar donde estaba.
           
A lo largo del viaje pude registrar y captar los puntos en común entre Perú y Marruecos. Los caballos de paso marroquíes, por ejemplo. O los anticuchos de corazón y los platos preparados con cordero, y los postres como el arroz con leche y los buñuelos. Sus balcones, piletas y patios interiores de sus casas también recuerdan a Lima. No olvidemos que según los árabes, el patio es el lugar donde se toma el fresco en familia o con amigos, donde se entra en contacto con la naturaleza en medio de lo urbano. Allá encontré esa costumbre que hoy solo se mantiene en ciertos pueblos del Perú: la de sentarse a las puertas de las casas y conversar con sus vecinos.
            
En Marruecos, cada ciudad tiene su casco histórico intacto y se le llama medina. Está habitada y muy bien conservada. Es decir, hay edificios modernos y de pronto uno se cruza con un enorme muro levantado en el siglo XIV. Cuando lo traspasas, efectivamente estás en el siglo XIV: la única diferencia en el tiempo es que encuentras postes de luz y escuchas música de radio. Las casas tienen paredes en las que no hay absolutamente nada ─planas─ pero cuando se abren las puertas de estas casas denominadas riad, son una maravilla: algunos son auténticos palacios con cientos de ornamentos y azulejos que demoraron años en ser colocados. Según me dijeron, la religión musulmana dicta que no se muestren exageradamente las riquezas: deben ser modestos en ese sentido. Solo en las puertas se inscriben detalles que explican el rango de nobleza de la familia que habita esa casa».

                                                               *****

«La subjetividad influye mucho en el fotógrafo. Sus creencias determinarán en gran forma lo que ha de ver y sentir. Se considera que la fotografía es una copia exacta de cierta realidad y eso es falso. En realidad, la fotografía es una manipulación de la realidad. Pongo un ejemplo sencillo: si hay alguien sentado en una sala, y lo enfoco en un plano general, estoy diciendo algo. Pero si a esa misma persona lo enfoco y busco que haya una imagen específica detrás de su asiento ─por ejemplo, la clásica figura del Che Guevara─, estoy dando otro mensaje mucho más puntual. Ya lo situé.
             
Recuerdo cuando tenía once años y mi padre se sorprendía por el encuadre que tenían mis fotografías. Yo intentaba captar el asunto principal y le daba una cierta posición y vestía la imagen, algo que dependía de si daba un medio paso hacia atrás o hacia delante y agregaba un detalle adicional en la composición: con eso me aseguraba de darle algo más de vida a la escena.
            
Lo que quiero decir es que el fotógrafo, con su trabajo, siempre induce a algo. He de confesar que yo mismo lo he hecho en mis imágenes. Trato de no hacerlo, pero lo he hecho. En Marruecos, en el pasaje de una medina, quise fotografiar a una mujer vestida como en la época medieval. Pero cuando la enfoqué, noté que a su lado también aparecía una bolsa negra de plástico. Entonces me acerqué y saqué la bolsa. Ese mero acto implicó ya de por sí una manipulación no solo de la imagen sino también de la realidad ─o entorno─ del personaje que allí aparecía.
            
Ahora bien, la cuestión es que no solo se trata de reproducir algo de la realidad, sino que al mismo tiempo se busca algo estético. Hay una voluntad de encontrar el mejor ángulo y con ello aumentar o disminuir el dramatismo de la imagen. Si enfocas a alguien desde abajo obtendrás una sensación distinta a que si lo enfocas desde arriba. Lo que siempre te impulsa es la búsqueda de una imagen atractiva para los demás, para que así puedas compartirla. Y precisamente en ese punto la fotografía es un arte que te ofrece infinitas posibilidades para mostrar algo».



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Luces de Marruecos, fotografías de Daniel Ritiere.
Lugar: Centro Cultural Ricardo Palma (Av. Larco 770, Miraflores).
Horario: De martes a domingo de 11 a.m. a 10 p.m.
Temporada: Del 10 al 23 de febrero.
Producción: Embajada del Reino de Marruecos y Municipalidad de Miraflores.
Ingreso libre.

 






3 comentarios

Mis saludos a mi entrañable amigo Daniel, un abrazo a la distancia.

realmente sorprendente y muy lindas fotografías, tal cual el perfil del fotografo, muy realistamando muchos abrazos y besos a distancia y mis felicitaciones se que eres todo un exito en fotografías.

¡Felicitaciones al gran fotógrafo Daniel! Muy bellas fotos y siempre puntual con su "disponibilidad" para lograr lo que gusta en la fotografia. Buenas vibras y éxitos.

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