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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

El Dragón de Oro

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Roland Schimmelpfennig, el mismo dramaturgo de La Noche Árabe, escribe esta obra en la que se pregunta si la vida privada está desapareciendo porque se le teme a la soledad o porque, simplemente, al ser humano se le hace cada vez más difícil soportarse a sí mismo. ¿Hasta qué punto somos normales en la intimidad personal?


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La mujer saborea el incisivo arrancado de la boca de un hombre que no conoce. Lo hace circular en su paladar y trata de insertar su lengua en el agujero cariado.
            Cree que el diente aún conserva el gusto de la sangre ajena.
            El cadáver de un joven hace un viaje desde Alemania hasta China, su país natal, a través de los mares más fríos del mundo. Cuando llega a su hogar, saluda emocionado a sus padres.
            Allí se percata de que su cuerpo ya no es un cuerpo: solo despojos sin carne.
            La joven embarazada no sabe qué hacer para que su novio se haga la idea de que tendrá un hijo. Ilusionada, compra juguetes para despertar el lado emocional del padre.
            Al novio solo se le ocurre buscar una niña en la calle y violarla.
            La cigarra cantora se acerca a la hormiga trabajadora de la recordada fábula y le pide un poco de comida. Está desesperada y muerta de frío.
            A cambio, la hormiga la hace su esclava y la prostituye.
            La mujer decide que es hora de sincerarse con su esposo y decirle que ama a otro hombre, sin importar que con esa confesión pierda la vida de lujo que lleva.
            Para hacerlo, se pone el vestido más seductor que encuentra en su ropero.
            Estas escenas son parte de la obra de Roland Schimmelpfennig, el dramaturgo alemán que suele fastidiarse cuando observa que el espectador asiente pasivamente con la cabeza y dice cosas como sí, claro, ya se sabe, la vida siempre es dura: «Quiero que la gente se involucre con lo que sucede en el escenario. Y para que sienta el desgarro, es necesario agregarle una dosis de verdad a las historias. Porque cuando hay verdad, hay dolor».
            Si a su manifiesto personal se agrega el hecho de que en el montaje los roles de las mujeres son interpretadas por hombres y viceversa, y los roles de los adultos son interpretados por jóvenes y viceversa ─como que un actor de más de 60 años personifique a una aeromoza de 28, por ejemplo─, se podrá entender por qué esta historia es considerada de culto en Europa.
            Esta historia es El Dragón de Oro.

 

                                                               *****

 

─Lo que vemos aquí son historias mínimas, de gente común y corriente: el anciano desalentado porque se siente cercano a la muerte o la joven asustada porque está embarazada. Son escenas que todos conocemos de algún modo porque son cotidianas ─dice Jorge Villanueva, el director─. Pero no por ser comunes significan poco: las pequeñas historias entrañan grandes dolores.
            La obra se sitúa en un edificio en cuya planta baja funciona un restaurante chino llamado El Dragón de Oro. Allí, sobre ese restaurante donde inmigrantes ilegales asiáticos preparan los platillos orientales más apetecibles y fragantes que se conoce ─el director no duda en recitar los ingredientes de cada uno─, la vida de los residentes se va desmoronando.
            De a poco y en la intimidad.
            ─Los inmigrantes no la están pasando bien en ese país pero los ciudadanos que son de allí, que viven en ese lugar por mucho tiempo, tampoco ─dice el director─. Y es que hay una frase que se repite en casi todos los personajes: «Si pudiera pedir un deseo». Nadie quiere tener lo que tiene ni estar donde está: todos están buscando algo distinto.
            Personajes, además, que parecen estar siempre al final de algo: de un proceso que se inició con la mejor de las ilusiones ─el amor, el trabajo, la amistad─ y que ahora ha pasado a convertirse en una carga insoportable.
            Quizá sea la tensión implícita en cada situación ─manejada magistralmente por Schimmelpfennig y Villanueva─ que provoca esa sensación de que todos están escapando de sus propias vidas.
            De a poco y en la intimidad.
            ─Los personajes viven experiencias que van fermentando a lo largo de la obra y los lleva a un momento clave: a algunos ese momento los conducirá a actos extremos, tal como ocurre en la vida real ─dice Marcello Rivera, uno de los cinco actores de la obra.
            Luego agrega:
            ─Por eso es que no creo que en esta historia haya buenos y malos, víctimas y victimarios. Comprendo a cada uno de los personajes porque entiendo de dónde vienen sus motivaciones. Incluso prefiero no juzgar al asesino: solo sé que es humano y está respondiendo, en un momento específico, a todo lo que le sucede.

 

                                                               *****

 

Parte del atractivo de El Dragón de Oro está en el hecho de que se revelan detalles de una esfera privada que ─paradoja─ a veces rehuimos.
            Esa intimidad individual que hoy casi parece asustar por la soledad que implica.
            ─El ser humano necesita de dos estados: la soledad y la intimidad ─dice el actor Carlos Victoria─. En la primera ordena sus ideas, y en la segunda busca resolver esas situaciones que no puede zanjar a la luz pública. Esa soledad no hay que confundirla con la que se vive en condiciones extremas de abandono social.
             Si la intimidad era ese espacio personal donde en secreto cada uno podía analizarse en sus logros y sus miserias, donde alguien se autoreconocía y reflexionaba sobre lo que era y quería, ese ámbito en el que se repasaba las experiencias personales y se replanteaba la propia identidad, donde cada ser humano se refugiaba y era capaz de dejar fluir sus deseos y temores, ese lugar en el que se podía percibir el misterio sugerente y tentador de otro tipo de realidad, hoy ese mundo introspectivo parece estarse desvaneciendo.
            Esa vida interior ─que por lo general también nos hacía compañía─ se difumina ahora en la distracción incansable y el exhibicionismo: en la confesión voluntaria de los actos íntimos.
            Todo con tal de sentir que no estamos solos.
            ─La obra está hecha de momentos extraños y singulares tal como ocurre en la vida real, y sobre todo, en nuestra intimidad ─dice Marcello Rivera─. Momentos que, además, nos asustaría si lo pensamos en frío. Porque si reparas en tus instantes de intimidad, notarás que eres capaz de hacer cosas que normalmente no harías o percibir pequeños detalles que luego, seguramente, olvidarás.
            El actor agrega:
            ─Es solo en esas circunstancias íntimas cuando uno presiente un mundo real que a veces, acompañados con alguien, no vemos.
            Por eso quizá evitamos sentirnos solitarios en la intimidad personal: encender la televisión o la radio, utilizar el teléfono celular, conectarnos a las redes virtuales.
            Darnos la sensación de que hay alguien más que no seamos nosotros mismos.

 

                                                               *****

 

Cuando Jorge Villanueva contactó a Roland Schimmelpfennig para solicitarle los derechos de autor de la obra, este le respondió que con ella conocería el cielo y el infierno al mismo tiempo.
            
Para ese entonces, el peruano ya había puesto en escena otra obra suya, La Noche Árabe. El montaje había complacido al alemán.
            ─Luego entendí que el autor se refería a esas escenas alegres y de humor que hay en El Dragón de Oro y que contrastan con las descarnadas y chocantes ─dice el director─. Es su manera de equilibrar las historias.
            Para multiplicar el efecto, Jorge Villanueva decidió dividir el palco del público en dos frentes: así, los espectadores se sitúan frente a otros espectadores. Y en el centro del espacio, la obra: el corazón del lugar.
            Sugiere aún más la intimidad de los personajes, dice el director.
            ─Ves a los actores en todos sus ángulos y sientes que allí está todo disponible, que nada se te esconde ─dice la actriz Laura Aramburú─. Eso es lo rico de esta puesta en escena: que resulta dinámico porque se juegan con las perspectivas.
            Solo una cosa pidió Schimmelpfennig a Villanueva: que la obra debía tener cinco actores: una pareja de más de 60 años, un hombre de edad intermedia, y una pareja de jóvenes.
            Todos debían intercambiar sus roles por edad y género.
            Así es como la esposa que intenta abandonar al marido aparece interpretada por un hombre maduro, y el sorprendido marido es personificado por una joven.
            ─Con esta propuesta, el espectador lo observa todo de manera distinta ─dice Marcello Rivera─. Que escuche al hombre decir lo que en esta situación diría una mujer y que una mujer diga lo que normalmente diría un hombre, hace que repare más en las palabras, que se fije más en esa mujer que llora y en realidad es un hombre: la imagen y la emoción penetran más.
            ─El autor propuso esos cambios de roles para crear una cierta distancia y reflejar la naturaleza humana desde otro punto de vista ─dice Jorge Villanueva─. Pero además, ayuda a aligerar el dramatismo y entrar al juego de las representaciones. Porque eso es, finalmente, el teatro: un juego de representaciones.

 

                                                               *****

 

La incertidumbre en cada una de las pequeñas historias es tal que el espectador llega hasta con cierto alivio a los desenlaces ─por lo general abruptos y definitivos─ solo para terminar con la angustia de su espectáculo.
            A veces hasta te ríes.
            ─Schimmelpfennig pone todas las cartas sobre la mesa, sean muy bonitas o feas. Es como decirnos: «Esto que es bello, sublime, que nos gusta tanto, también tiene su contraparte, que podría ser esto terrible y decadente» ─explica Marcello Rivera─. En eso consiste su estrategia de seducción: reflejar al ser humano en sus lados contradictorios.
            Lo que equivale a decir que alerta sobre las cosas perversas en las que pueden convertirse las buenas intenciones o ciertos valores ─como la honestidad─.
            Es esa ambivalencia ─esa potencialidad del mal incluso dentro de lo que más deseamos─ lo que produce inquietud.
            Abusando del término, por momentos El Dragón de Oro podría llegar a ser hasta lynchiana en el sentido que le dio el suicida cronista/novelista/ensayista David Foster Wallace: «Una particular clase de ironía donde lo muy tenebroso y lo más mundano se combina de tal manera que revela la contención permanente del primero en el segundo».
            ─En la obra asistimos a momentos de excepción de los personajes. Y es así porque han llegado a una etapa en la que su propia cotidianeidad se les hace insoportable. Lo terrorífico de sus actos es una consecuencia de todo esto ─dice Laura Aramburú.
            Mientras, sus vidas transcurren bajo la mirada del tapiz del dragón del restaurante: el mítico animal que, en la simbología china, representa la suerte y la fuerza: precisamente aquello de lo que terminan careciendo los personajes.
            El dragón convertido en una suerte de tótem que ironiza sus destinos.

 

 


El Dragón de Oro,
de Roland Schimmelpfennig.
Producción:
Grupo de Teatro Ópalo y el Goethe Institut.
Elenco: Carlos Victoria, Haydee Cáceres, Marcello Rivera, Laura Aramburú y Carlos Casella.
Lugar: ICPNA de Miraflores (Av. Angamos Oeste 120).
Funciones: De jueves a lunes a las 8:00 p.m. Va hasta el 11 de marzo.
Entradas: En Tu Entrada de Plaza Vea y Vivanda y en la boletería del ICPNA.

 

 

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