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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Talleres de verano [pt. 1]

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Todos los años, para esta temporada, suele abrirse una serie de cursos vacacionales para niños. Y como todos los años, en esta temporada, los padres de familia se quedan con las ganas de saber qué es lo que exactamente ocurre dentro. Comprensivas, una psicóloga y una actriz de teatro abrieron las puertas de sus talleres infantiles. Las consecuencias: que uno desee volver a ser niño.

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            [Alternativa A]

            
El niño parece haber nacido con miedo. Se aferra a la mano de su madre y con los ojos bien abiertos y el rostro rígido observa aterrorizado todo lo que le rodea: un auditorio con pinturas en las paredes, otros niños y otras madres de familia. Ni siquiera parece entender para qué está allí. Solo sabe que no le gusta y no desea que lo dejen solo.
            
Para el caso, llamémosle Joaquín.
           
No es su nombre verdadero.
           
─Tiene casi seis años y lo he traído porque me preocupa ─dice su madre─. Apenas le dices algo se pone a llorar, y siente temor de los otros chicos de su edad. Peor, su nerviosismo no le permite retener nada de lo que se le enseña en clase.
           
Luego dice:
           
─Quiero ver si la psicóloga lo puede ayudar.
            
Mientras tanto, una señora voluptuosa y maquillada en exceso ingresa apresurada al auditorio, presenta a su hijo a la psicóloga, y le comenta que a la salida lo recogerá la empleada. Luego le aprieta la mano al niño y sale. No dice nada más. Luego entra otra señora y el proceso se repite. Todas son madres: ningún padre. Así desfilan varios menores de edad que no parecen haberse visto nunca antes.
           
Son las nueve de la mañana de un día de semana cualquiera y afuera el sol deshace el verdor de los jardines. Una niña con aire de autosuficiencia y ligera soberbia también se pasea por el auditorio. Con sus nueve años es la mayor del grupo y en su rostro no hay otra señal que aburrimiento y pocas ganas de estar allí. Es claro que venir al taller no fue su iniciativa.
            
Para el caso, llamémosle Natalia.
           
─Está aquí porque quiero que se acerque más a los niños ─dice la madre─. Ella es muy independiente y temperamental, y a veces no es muy tolerante. Quiero que canalice sus energías y mejore su convivencia con sus compañeros.
           
La señora debe saber por qué lo dice: más adelante, Natalia comentará en voz alta ─voz de orgullo─ que en su colegio le llaman «la ruda»: es capaz de derribar a chicas y chicos por igual.
            
─Y eso que cuando le conté a su padre que traería a Natalia, me dijo: «¿Al taller de una psicóloga? ¿Para qué? Mi hija no está loca». Pero yo le respondí: «No está loca, pero no le hará daño que le ayuden a reforzar su personalidad. Además, será una ayuda de la que ni siquiera se dará cuenta: la recibirá jugando».
           
Porque lo que se hace en estos talleres es educar con disimulo: jugando.

                                           *****

─Hay padres que no parecen darse cuenta de la importancia emocional que implica el que sus hijos estén en equilibrio: si no estás bien contigo, no lo vas a estar nunca con los demás ─dice Paola Peláez, la psicoterapeuta infantil del taller de Autoestima, Expresión Corporal y Habilidades Sociales del Centro Cultural El Olivar, una clase didáctica que fomenta en los niños una integración más positiva y relajada con su entorno.
           
Un entorno muchas veces poco amigable con los niños.
           
La profesora continúa:
            
─Si el niño es equilibrado, más adelante tendrá mejores posibilidades de interactuar con su realidad. Porque de eso se trata: que se desarrolle con ánimo conforme crezca. Que pueda evitar la frustración, el hacer las cosas de mala gana, el creer que nada le sale bien, que se aburra de sí mismo. El taller apunta a evitar que pensamientos tan comunes como esos influencien su vida.
           
¿Cómo se logra algo así? En principio, mejorando la autoestima de cada niño con su reconocimiento como individuo: es decir, como un ser humano activo con expectativas, deseos y temores.
           
Todo lo contrario a esa perspectiva común que los considera seres ingenuos e incapaces a los cuales hay que proteger todo el tiempo.
           
─La autoestima nunca es lineal: siempre remonta y desciende. Pero hay niños que a los cinco años ya tienen la autoestima demasiado baja: porque siempre reciben críticas, castigos y reproches en casa y el colegio ─dice Peláez, especialista en Psicología Clínica y Educación.
           
Luego agrega:
           
─El esquema es este: si a partir de cómo te ven es cómo tú te construyes, lo que el otro diga de ti te hará re-conocerte y construirás tu identidad en base a ello. Entonces, ¿qué se puede esperar si constantemente recibes una imagen negativa de ti mismo? Y más aún: ¿Qué es lo que los otros ven en ti para tratarte de cierta forma?

                                           *****

Ningún padre puede participar en el taller: podrían cohibir o distraer a sus hijos. Esto no evita que las madres aparezcan con los rostros pegados a los cristales de las puertas o los ventanales tratando de ver en qué consiste la clase. Por eso las cortinas lucen cerradas: la psicóloga intenta generar un espacio aislado de todo: la fantasía de una realidad distinta para luego emerger de ella con más fuerza.
           
Los niños se sientan en círculo. En el centro, una vela. La psicóloga les dice que en cada sesión siempre la encenderán y apagarán cuando se reúnan.
           
«Así sabrán que acá se inicia y se termina algo», les susurra.
           
─Al trabajar conductas es necesario llamar la atención del niño con algo nuevo. Y el ritual de la vela sirve en este sentido. Es una forma de decirle al niño: «Hola, aquí estás, existes, tú eres tal y formas parte de un grupo y estás siendo elegido para encender o extinguir el fuego, y los demás respetarán eso». Pero además, como todo ritual, le estoy diciendo algo más simbólicamente: que todo grupo tiene su inicio y su fin. Que los grupos comienzan, llegan a su clímax, y luego se disuelven. Que nada perdura en el tiempo. El mejor ejemplo es la familia misma.
           
Dentro del círculo, cada niño saluda y repite su nombre cuando una pelota de trapo empujada levemente por algún compañero lo roza: se busca que entre ellos se reconozcan como parte del grupo: el primer paso para mejorar la autoestima.
           
─La segunda parte del taller es que los niños, a partir de ese reconocimiento personal, interactúen entre ellos. Para eso deberán aprender a expresar sus emociones y mejorar sus habilidades sociales ─dirá después la especialista.
            
Pero mientras eso ocurre, Natalia sigue mirándolo todo con escepticismo. Más adelante, cuando en uno de los juegos se le pida dibujar, ella no hará nada: solo cuando sus compañeros hayan terminado sus dibujos, ella garabateará el papel y dirá que ha pintado un arte abstracto.
            
Luciana ─seis años, trenzas de colores y gruesas gafas rosadas, un vestido floreado que le baila en su cuerpo bastante delgado─, apenas se entera de las indicaciones de los juegos: anda tan ensimismada que, en el juego de los nombres, la pelota de trapo pasa por su lado y no la coge.
            
Por su lado, Joaquín rompe la forma perfecta del círculo: está un poco más alejado.
           
De pronto, otro niño irrumpe por la puerta. Se excusa por la tardanza. Camina con desenfado y se sienta en el círculo. Sin importarle mucho la presencia de los demás ─aún en silencio y algo avergonzados de estar frente a frente─, pregunta con desparpajo: ¿Y después de esto podemos jugar ajedrez? ¿O a los congelados? ¿O quizá hacer algo de gimnasia y estirar las piernas así? ─y se echa en el piso y flexiona sus piernas hasta el pecho y sonríe─.
            
Para el caso, llamémosle David.

                                           *****

─¿A qué le tienen miedo los niños?
           
─A muchas cosas: a los perros, al payaso, a la música alta, a hablar en público ─dice Paola Peláez.
            
─¿Los niños tienen más miedos que los adultos?
           
─Los miedos que uno tiene de adulto se los generó de niño ─responde.
           
─Pero los miedos de un adulto son muy distintos a los de un niño...
           
─Lo son, pero tienen una razón, un trasfondo, y hay miedos muy primitivos que podrían estar influenciando en la personalidad de adulto. Por ejemplo, si alguien fue muy inseguro de niño, lo más probable es que de grande continúe así.
           
─La inseguridad es una forma de tener miedo de todo...
           
─Así es, la inseguridad es una forma de no saber qué es lo que quieres ─reafirma la psicóloga.
            
─Porque no quieres elegir nada...
           
─Porque tienes miedo de elegir algo ─dice.

                                           *****

Media hora después de empezada la clase, los niños ya conversan entre sí: se cuentan cosas de casa, de su vida, bromean.
           
Incluso la distante Natalia ya ha hecho una amiga: una pequeña que físicamente se parece a ella misma, solo que con tres años menos.
           
Pero David no puede evitar ser el centro de atención aunque no lo quiera ─y quizá no quiera serlo─. No se contiene. Todo el tiempo dice cosas fuera de contexto: detalles que nadie quiere saber. Por ejemplo, suele interrumpir ─sin maldad─ lo que plantea la psicóloga, pide pausas para tomar agua o ir al baño a cada momento, salta sin control y se arroja al piso, trata de distraer a sus compañeros como sea, finge que sale por la puerta sin permiso.
           
En un juego específico donde cada niño recibe la pelota de trapo al llamado de su nombre, David interfiere y ataja todos los envíos él solo. En otro juego donde todos los niños fingen congelarse cuando la música se detiene, él suele perder el equilibrio. En una actividad donde se les pide a los niños agruparse en parejas de dos, cuatro, siete y once personas, él se queda solo: no sabe a quién juntarse. Prefiere abrazar un extinguidor.
            
Por si fuera poco, es verborreico. Las palabras le salen atropelladas: unas pegadas sobre otras, casi ininteligibles.
            
Los otros niños se ríen de él.
           
─No puedo decir que un niño sea hiperactivo hasta que no haya revisado su historial clínico ─dirá después Paola Peláez─. Pero sí puedo decir que David tiene problemas de conducta que lo pueden llevar a la hiperactividad. Y eso es peligroso porque no se mide el peligro, se actúa de manera impulsiva, y aunque se trate de un niño muy inteligente y comprenda todas las indicaciones, su atención será deficiente: se distraerá por cualquier cosa.
           
Natalia es la que menos paciencia le tiene.
           
En un momento dado, mientras todos los niños están en un juego de explayarse a lo largo de todo el auditorio, el niño no puede evitar soltar un ligero comentario: «Huy, creo que ya me perdí». Natalia le responde con sequedad: «Qué bueno, chau».
           
─Natalia tiene problemas con la autoridad y siempre está dando una respuesta ante algo que no le parece: asume una posición determinada así esté fuera de contexto, y busca la confrontación. En ese sentido, ella también tiene problemas de conducta y habría que ver cómo son sus padres en casa. Algo debe ocurrir allí que la fuerza a actuar de ese modo.
            
Con todo, la psicóloga dice que es natural que estas situaciones ocurran en un taller así: siempre hay un niño que desordena la unidad del grupo y el más grande ─el más maduro─ se da cuenta y se fastidia.
           
Luego agrega:
           
─De eso mismo trata la pertenencia a un grupo: que aprendas a controlar tus impulsos, que el grupo ayude a modular tus actitudes y te percates de que lo que te sucede a ti también le ocurre al otro: no solo te hace darte cuenta de que no estás solo, sino también de que no eres el único frente al mundo.

                                           *****

Los padres siempre cuestionan la ayuda que los psicólogos podrían ofrecer a sus hijos, dice Paola Peláez. Que la primera respuesta ─de defensa, de reacción─ es decir que ellos ─sus hijos─ no están locos y no los necesitan. Y que esta primera respuesta es una creencia irracional que la puede dar tanto un padre de la clase más alta como de la más humilde: la desinformación los une.
           
─Es desinformación porque ese padre, a su vez, nunca estuvo de niño donde un psicólogo que lo escuchara y diera recomendaciones ─dice la psicóloga─. Y uno siempre debería recordar que no existe una escuela para padres donde se te diga cómo actuar con tus hijos: siempre vas improvisando y aprendiendo a educar a tus hijos sobre la marcha. Es inevitable que en esa educación influyan las creencias y los estereotipos de los adultos.
            
Esas creencias y estereotipos que muchas veces no solo provocan confusión sino también dolor en el niño. Cuando no ignorancia.
           
¿Y qué ocurre cuándo son los mismos niños quienes creen que ellos no necesitan de ningún grupo para ser ellos mismos, para expresar su individualidad?
            
─Eso también podría ser una herencia cultural del papá o la mamá. Pero en estos casos suele haber una trampa, un círculo vicioso. Porque estos niños creen que siempre serán rechazados por su forma de ser y al momento de integrarse a algún grupo ─es ley de vida─ lo hacen con los menos indicados, con aquellos que generan desorden y disturbios.
            
Y agrega:
           
─Sin querer, y por hacer estas cosas llamativas, terminan reforzando su imagen de persona indeseable y complicada cuando en realidad pretendían integrarse.

                                           *****

Media hora antes de terminar el taller, los niños ya se encuentran relajados y sonríen entre ellos: en todo este tiempo han jugado a agruparse, a cogerse a partir de un color específico de sus ropas, a caminar y bailar bossa y música de salón ─la música ayuda a analizar el movimiento corporal de cada niño: expresa su ánimo─, se han dibujado jugando fútbol, saltando o frente a su videojuego. Hasta se han aplaudido entre ellos.
           
Incluso David. Incluso Natalia. Incluso Joaquín. Incluso Luciana.
           
─Los aplausos ayudan al reconocimiento ─dice la psicóloga, también especializada en Estimulación Temprana y Neurodesarrollo Infantil─. Imaginemos que es como un beso volado: una caricia ya no física sino también verbal, gestual. El aplauso es una forma de recibir afecto.
           
Lo recibe David, por ejemplo, pese a que su dibujo no es el de un niño de siete años, sino de uno de cuatro: palotes que representan ─con trazos débiles y quebradizos─ a sus padres.
            
─Los dibujos ayudan a mostrar lo que un niño tiene dentro: expresan cómo se reconocen a sí mismos, cómo se ubican en el mundo ─dice la psicóloga─. El caso de David muestra que tiene un problema en su capacidad motora fina, esa que influye en las artes manuales: quizá sufrió un golpe de muy chico o nunca fue estimulado lo suficiente.
            
En cambio Leonardo ─otro nombre falso para un niño gordito, cariacontecido y sigiloso─ sufre mucho cuando muestra su dibujo ante los demás: tiembla de vergüenza ante la posibilidad de que los otros niños ─más pequeños que él, de ocho años─ lo abuchearan. De hecho, prefiere mostrárselo primero a la psicóloga.
           
Cuando lo aplauden, su expresión cambia y deja caer los hombros, tranquilo.
           
─Cada niño es un universo y siempre habría que ver la historia familiar detrás de él ─dice Paola Peláez─. Pero lo cierto es que detrás de un chico como Leonardo hay dos posibilidades para que sea tan inseguro a su corta edad: o sus padres son muy autoritarios o son muy temerosos y sobreprotectores.
           
Cualquiera de esas dos posibilidades hará que al niño no se le permita hacer muchas cosas, provocándole miedo e inseguridad.
           
Una forma muy cariñosa y abnegada de anular al niño.
            
─Suena a paradoja, pero no lo es: mientras más cosas hagan los padres por el niño, más lo obstruirá ─dice la psicóloga─. Si en lugar de ello fomentan su independencia para que el niño haga las cosas por su cuenta, más seguridad y confianza tendrá para resolverlas.
           
Suena a verdad de Perogrullo, pero no lo es.



Taller de Autoestima, Expresión Corporal y Habilidades Sociales.
Dirección: Paola Pélaez.
Horario: Martes y jueves de 9 a.m. a 10:30 a.m.
Edad: De 6 a 10 años.
Tiempo de duración: Dos meses.
Lugar: Centro Cultural El Olivar (Calle La República 455, San Isidro).
Informes: 421-3799 / www.terapiainfantil.blogspot.com



                                                   *****[Continúa]*****

3 comentarios

El titulo de este blog es una copia. Un escritor debería ser más original. CAMBIA DE NOMBRE A TU BLOG.

¿?
¿Escritor?
Solo un humilde periodista peruano del Perú, disculpa la tristeza...

El titulo de este blog es una copia. Un escritor debería ser más original. CAMBIA DE NOMBRE A TU BLOG.

Da gusto leer a la gente informada XD
.
.
.
Ejem, ya, en serio: Vaya que se hace esperar... He de admitir que, al leer el título del post intentaba imaginar qué angulo tomaría para el análisis. La descripción de los padres y sus actitudes al dejar a sus niños, por ejemplo, expresan mucho más que un párrafo dedicado a señalar la influencia del entorno familiar. Interesante.

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