RSS

Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Fantasías animadas de ayer y hoy

Compartir:

Gerardo Chávez funda un museo del juguete porque de niño nunca tuvo los suficientes. Tras reunir cuatro mil piezas, se percata que no es tanto una cuestión de nostalgia como de espiritualidad: que los juguetes no solo son para los niños, sino también para los adultos. Ideal para esta Navidad.

3 - carritoED.jpg


            Preguntas que vas a encontrar aquí:
            
¿Por qué existen los juguetes?
           
¿Por qué los niños necesitan juguetes?
           
¿Por qué los adultos ya no utilizan juguetes?
           
Estas son algunas de las interrogantes que te podrás hacer mientras recorres la muestra del Museo del Juguete Antiguo de Trujillo en Lima, la nueva exposición del Británico de Miraflores.
           
Preguntas que no necesariamente tendrán una sola respuesta salvo una certeza: que hoy cualquier niño acostumbrado a los juguetes sofisticados o electrónicos no sabría qué hacer con las piezas de esta exposición si las tuviera en sus manos: muñecas de biscuit, soldaditos de plomo, jinetes de madera, animales de resina, carruajes de hojalata, ositos de felpa, novias de celuloide, camioncitos de fierro, ferrocarriles de pasajeros, figuras cualquiera en papel y tela.
            
Tal vez ese niño observaría por un buen rato estos juguetes tratando de encontrarles el gusto: ese detalle que hoy los hace tan especial ante los demás. Es posible que incluso reconociera la prehistoria de su juguete favorito. Y quizá hasta llegase a pensar qué tan distinto se concebía la diversión en épocas pasadas.
           
Luego se aburriría.

                                             *****

            El niño jugaba solo, arrodillado ante un montículo de tierra: en sus manos sostenía una cajita de fósforos y una piedra. Pero en su cabeza, la cajita de fósforos y la piedra eran un camión de carga y un automóvil a punto de estrellarse sobre una carretera en las montañas.
            
Era 1945, y mientras Hitler se suicidaba y Japón recibía el bombardeo atómico norteamericano, el niño de ocho años permanecía ajeno en su propio mundo, inventando otras realidades.
           
Para aquel entonces, Gerardo Chávez López ya había recorrido extasiado los escaparates de las tiendas de juguetes de Paiján ─un pueblo de La Libertad: la tierra donde había nacido─ y había observado con incredulidad los enormes nacimientos de Navidad que montaban los más acaudalados de la zona. Para su corta edad, el futuro artista plástico ya había sufrido la imposibilidad de conseguir todos esos juguetes.
           
La humildad de su familia se lo impedía.
            
─Siempre me quedó la nostalgia por los juguetes que yo no podía obtener. Solía consolarme diciéndome que cuando fuera grande me compraría ese carrito de metal que en aquel momento no podía ─dice Gerardo Chávez. 
            
Y agrega:
            
─Más allá de mis trompos, los yo-yo y los run-run, no tenía más juguetes. Quizá por eso es que luego buscaría crear un museo del juguete antiguo aprovechando mis viajes por Europa. Porque en su momento no tuve la alegría de jugar con lo que no podía permitirme.
           
Pero en 1945, lejos estaba el pintor de saber que esa gran guerra de seis años de duración no solo cambiaría la historia de la humanidad, sino también la de los juguetes.
            
Los juguetes nunca más volverían a ser lo que él había conocido.

                                             *****

            Colección total: casi cuatro mil piezas: el 95% adquirido en ferias de anticuarios, tiendas de antigüedades y mercados de pulgas de Europa, Estados Unidos y Latinoamérica. El restante, a través de donaciones y préstamos. Todo conseguido a lo largo de una vida.
           
─Los europeos adoran los juguetes: es por eso que en sus grandes ciudades siempre existe un museo del juguete antiguo ─dice Gerardo Chávez─. Quizá porque al mostrar la evolución del juguete, muestran una parte de su historia como sociedad.
           
Rango promedio de antigüedad de los juguetes: cien años.
           
Fecha límite de la colección: años sesenta del siglo XX.
           
─En París me ocurrió algo curioso: un anticuario me quería vender una muñeca de biscuit a 1,500 dólares. Le ofrecí mil dólares, y el vendedor me dijo que no, que no me la podía vender a ese precio porque esa muñeca venía de muy lejos. Venía desde el Perú.
            
Recién allí el artista se enteró que los coleccionistas extranjeros buscan juguetes en América del Sur: mientras que en Europa se perdieron muchas cosas durante las guerras mundiales, aquí se salvaron de la destrucción gracias al espíritu romántico y cachivachero de los latinoamericanos. A principios del siglo pasado muchos juguetes europeos habían sido comercializados en estas tierras.
           
─Me emocionó que el anticuario me contara de que había encontrado esa muñeca en mi país. Entonces le dije: Mira, yo soy peruano. ¿Por qué no me haces un precio especial para regresar esa muñeca al Perú? ─recuerda Gerardo Chávez─. Al final me la vendió en 1,200 dólares. Ahora la muñeca de biscuit está en Trujillo.
           
Tiempo de funcionamiento del Museo del Juguete Antiguo de Trujillo: diez años.
            
Piezas expuestas en Lima: más de 100 juguetes.

                                             *****

Preguntas que vas a encontrar aquí:
            
¿Los juguetes siempre estuvieron al alcance de los niños?
            
¿Por qué algunos juguetes se dejaron de fabricar en el tiempo?
           
¿Qué significa el juguete en sí mismo? ¿Es una invención absoluta o es una representación del mundo?

                                             *****

─Creo que la idea primigenia detrás de todo juguete es que reduce la monumentalidad del mundo y la pone al alcance de nuestra imaginación y nuestras manos ─dice Gerardo Chávez─. De ese modo jugamos a dominar la realidad hacia lo que quisiéramos que fuera.
           
El juego como una forma simbólica de recrear la realidad y controlarla.
           
El juguete como una manera de soportar la complejidad del mundo y hacerlo maleable: para poder guiarlo, conducirlo.
           
El hombre como el dios de universos distintos.
           
─El juguete no deja de tener parecido con lo que nosotros vemos: es una especulación del todo ─dice el artista─. Y su sentido metafórico está siempre presente: cuando juegas con un pito es porque sientes su sonido en tu cabeza. Y cuando lanzas piedras a un estanque estás formando imágenes del mundo y su caos. El juguete hace representaciones de lo conocido y real, y también de lo desconocido: de los impulsos.
           
Y entonces Gerardo Chávez ─propuesto dos veces al Premio Príncipe de Asturias y fundador, también en Trujillo, del primer Museo de Arte Moderno del Perú─ agrega:
          
─Además, ¿cuántas cosas nacieron en la humanidad como juguetes y como jugando? Es algo innato en nosotros. Igual, ¿cómo calmas a un bebé que llora? Con un juguete, con una sonaja, con un silbato. Y esto se hace desde la prehistoria. ¿Cómo negar esa especie de paz que uno puede encontrar con el juguete?

                                             *****

En la muestra y colocados en formación se yerguen los clásicos soldaditos de plomo. Esos juguetes que conocieron los niños de hace tres generaciones ─por lo menos─ y cuyo mayor placer radicaba en derribarlos ─uno a uno─ con billas de metal.
          
─Los soldaditos de plomo dejaron de jugarse después de la Segunda Guerra Mundial porque el plomo comenzó a utilizarse en otras cosas: en armas, por ejemplo ─dice Gerardo Chávez─. Todos estos juguetes eran muy baratos y a veces el mismo niño los pintaba a su criterio. En aquel entonces no sabíamos que el plomo era venenoso. ¿Cuántos se deben haber envenenado? Por eso es que se vivía menos en esos años ─bromea.
           
En otra vitrina se expone el muñeco Jimmy, un payaso de madera colgado sobre una delgada barra de metal: si presionas un botón realiza una cabriola sobre ella. Un juguete hidráulico de los años cuarenta.
           
Detrás de Jimmy: robots cuadrados de hace cincuenta años, con luces en los ojos y baterías en el pecho.
           
Los juguetes siempre tuvieron visión de futuro.
            Al
otro lado de la sala se despliegan cinco metros circulares de pequeños rieles de metal: los atraviesan distintos tipos de trenes de carga y pasajeros. No faltan las señalizaciones ni la estación: todo aparece ordenado con infantil meticulosidad: obsesiva.
            
Luego hay automóviles de metal ─de lujo y cotidianos hace ocho décadas─, carruseles, pianistas y carruajes de hojalata, caballos sostenidos sobre palos de madera y con una rueda en el extremo ─para que el niño, montado sobre él, pueda correr─, aeroplanos y aviones de metal de todo tipo, animales de celuloide ─el precursor del plástico─ que se usaban en los nacimientos de Navidad, muñecas de papel maché, máquinas de coser, cocinas Disney y comedores japoneses para las niñas ─según el estereotipo de la época─, una banda de músicos checos fabricados con harina de pan y aserrín, y un vehículo rojo de bombero con su campana a cuerda y con capacidad para transportar a un niño de cuatro años, entre otros distintos juguetes.
           
Las estrellas de la muestra: los muñecos de peluche de hace noventa años.
           
Un tanto contrahechos pero con el sentimiento a flor de piel.
           
─¿Te das cuenta de la ternura que irradian estos peluches? ─dice Gerardo Chávez─. Es que antes no solo tenías todo el tiempo del mundo para confeccionarlos, sino que también podías dedicarte a ellos con cariño porque amabas a los animales, te permitías estimarlos y lo demostrabas con estos juguetes: porque querías a los perros era que le dabas vida a tu propio perrito.

                                             *****
           
           
La mayor parte de los juguetes de esta exposición fue fabricada por artesanos y no por obreros de una planta de producción.
            Artesano
s que muchas veces no solo inventaban juguetes, sino que también creaban juguetes que reinventaban lo usual.
           
─En el juguete antiguo todavía encontramos un gesto artístico ─dice Chávez─. Ese gesto te decía cómo se concebía el juguete en otros tiempos, cómo se fabricaban y qué emociones podías encontrar en ellos.
           
Como la satisfacción de hacer algo con tus propias manos, por ejemplo.
           
Una sensación que se fue diluyendo en el tiempo cuando, tras la Segunda Guerra Mundial, las manufactureras artesanales quebraron y fueron reemplazadas por fábricas con plantas de montaje industrializadas.
           
La Barbie apareció en ese momento: la muñeca representó el triunfo del plástico sobre el biscuit, la madera y el metal: un material mucho más fácil y barato de producir.
            
─En esencia, el juguete nos permite reconquistar conscientemente la ternura y la ingenuidad, porque cuando eres niño no te das cuenta de lo que tienes dentro pero de adulto te percatas de lo que fuiste. Así es como el juguete muestra lo mejor de nosotros.
           
Luego Gerardo Chávez dirá que en eso consiste precisamente su museo: de que el adulto valore el niño que aún lleva dentro, que lo invoque y lo recupere. Que él, a sus 74 años, ha sentido que los juguetes mejoraron su vida. Que, como ser humano, ha aprendido a entregar todo lo vivido, soñado y realizado.
           
Que lo importante no es tanto crecer como adulto, sino en hacerlo conservando el niño que alguna vez fuimos.
           
─En eso consiste la muestra: que el hombre adulto reflexione sobre su propio niño interior porque este es sinónimo de amor, inocencia e historia. Es una manera de despertar la conciencia a valores que a veces creemos ya no existen, como la nobleza. Así es como los juguetes nos hacen hombres de bien.

                                             *****

Preguntas que vas a encontrar aquí:
            
¿Los juguetes siempre fueron juguetes o en algún momento fueron dioses?
           
¿Por qué hay juguetes que simulan los contextos de guerra?
           
¿Los juguetes evolucionan?

                                             *****

El Journal de Geneve expuesto dentro de la vitrina tiene por fecha el jueves 21 de julio de 1945: es el periódico suizo en el que vino envuelta la muñeca de biscuit que le fuera regalada al pintor. Otra muñeca, de manufactura alemana, que con seguridad escapó ─junto a su pequeña dueña y la familia de esta─ de la derrota infringida por los aliados.
           
Ginebra, en ese entonces, fue el refugio de alemanes comprometidos con el nazismo.
           
─Esta muñeca es la Gioconda del museo. Fue fabricada antes de la Primera Guerra Mundial, entre los años 1910 y 1912. O sea que fácilmente tiene un siglo ─dice Gerardo Chávez─. Me la regaló un amigo suizo, quien me la entregó en su caja original y con todo su ajuar.
            
El juguete no parece tanto una muñeca como sí una niña de tamaño natural de tres años de edad recostada sobre una almohada: el rostro limpio y sonrosado ─cortesía del biscuit: una cerámica aporcelanada─, ojos cerrados de largas pestañas negras, una barriga abultada ─típico en los niños pequeños─ y, alrededor del cuello, una estola de cachorro de zorrillo.
           
Una estola original: de verdadero cachorro de zorrillo.
           
Alrededor de la muñeca-humana se extienden varios vestidos en miniatura de todos los colores: su ajuar entero. El artista plástico dice que nunca ha lavado esos trajes porque no quiere borrar las huellas de la niña que alguna vez las tocó, que jugó con la muñeca.
          
─Solo esta muñeca debe costar alrededor de veinte o treinta mil dólares ─dice Chávez─. Aunque para mí no tiene precio.

                                             *****

Antes de la Segunda Guerra Mundial, el juguete privilegiaba la creatividad y la fantasía: esa era la especialidad de los artesanos alemanes y franceses. En aquellos años veían el juguete como una forma de humanización del niño: una guía para la vida.
           
Tras la Segunda Guerra Mundial, los japoneses buscaron representar toda la agresión sufrida a través de sus juguetes: de allí su especialización en juguetes bélicos como la ametralladora.
           
Fue un éxito. Casi sin querer, los nuevos juguetes empezaron a instaurar una cultura de la violencia en los niños.
           
Al menos así lo creen Gerardo Chávez y Wilder Vera Murga, coordinador-historiador de arte del Museo del Juguete Antiguo de Trujillo y encargado de hacer las visitas guiadas de esta exposición.
           
─Recordemos que el soldadito de plomo ─prusiano, napoleónico─ no necesariamente representaba la violencia sino más bien el contexto bélico: su discurso iba por el lado del reconocimiento histórico y el heroísmo del soldado ─dice Vera Murga─. Sin embargo, a mediados del siglo XX las armas prácticamente se convirtieron en juguetes: se pasó a incitar el uso de la fuerza.
           
El niño, entonces, pasó a crecer con un arma de plástico que no necesariamente era nocivo pero que, en la práctica, simbolizaba la muerte y la destrucción.
            
Parecía que la energía propia del niño ya no era canalizada hacia la imaginación, sino hacia la agresión.
           
Como ese muñeco de Rambo que en los años ochenta no solo mostraba los músculos marcados y su cuchillo de cazador al cinto, sino también sus cicatrices y una expresión de dolor y angustia en el rostro: el icono de toda una época.
           
─Con frecuencia olvidamos que el juguete es el primer elemento que permite socializar al niño. Que no solo debe verse como algo que entretiene y distrae, sino también como un incentivo para que el niño realice ciertas cosas ─finaliza Vera Murga─. Pero la publicidad suele vendernos que el mejor juguete es el más llamativo, el que más efectos tiene o el más caro, y en realidad no es más que un entrampamiento psicológico para los niños.
            
Como la mayor parte de los juguetes que se regalará esta Navidad.



           
Museo del Juguete Antiguo de Trujillo en Lima en el C.C. Británico.
           
Curaduría: Gerardo Chávez.
            
Lugar: Galería John Harriman del Centro Cultural Británico (Jr. Bellavista 531 / Malecón Balta 740, Miraflores).
            
Horario: De lunes a sábado de 9 a.m. a 9 p.m. y domingos y feriados de 2 a 8 p.m.
           
Visitas Guiadas: Todos los días de 3 p.m. a 7 p.m.
           
Entrada: Ingreso libre.
           
Temporada: Hasta el 30 de diciembre.

1 comentarios

Más allá de propiciar un ambiente plagado de juguetes se debería concientizar sobre las consecuencias del mal uso de los mismos.

Escribir un comentario


Introduzca los caracteres que ve en la imagen de arriba.