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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

La obra del vibrador

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¿Qué ocurre cuando la tecnología reemplaza el contacto humano? O más aún, ¿qué sucede cuando el orgasmo reemplaza al sexo?

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Es la época en la que una mujer era considerada enferma si no gozaba con la sola penetración de su esposo.
           
La época en la que no existía aún la definición de «orgasmo».
           
Una época en la que se creía que los males de una mujer ─cualesquiera─ podían ser calmados por el matrimonio. O, en última instancia, por la mano masajista de una partera sobre su vientre.
           
La época en la que a nadie se le ocurría asociar al vibrador con el placer sexual: solo era un instrumento médico.
           
Un instrumento que también era utilizado en hombres.
           
Nueva York, década de 1880.
           
No hace mucho, en realidad.

                                           *****

─Sarah Ruhl utiliza un contexto histórico del siglo XIX para dar vida a su historia: el paroxismo ─término técnico del orgasmo─ era un método catártico que se utilizaba en las mujeres para poder nivelar algunos fluidos internos y combatir la histeria, considerada como la gran enfermedad de la época ─dice David Carrillo sobre el contexto de En la otra habitación (o la obra del vibrador), la pieza que él dirige.
            
Una comedia dramática de Sarah Ruhl, la dramaturga norteamericana nominada tres veces a los premios Tony y que casi recibe el Premio Pulitzer de teatro el año pasado.
           
Todo por esa historia en la que se narran los encuentros de tres mujeres de distinto temperamento con un vibrador: un aparato de corriente estática que naufraga entre las piernas para calmar las angustias de la vida marital. O para sobrellevar la indiferencia de la pareja o el aburrimiento sexual. O simplemente para sorprenderse ante las maravillas de la electricidad.
            
La fascinación humana ante todo aquello que lo transgrede: la tecnología.
            
─Quizá la obra inquieta más porque, al verla, te das cuenta que muchos temas que estaban vigentes en el siglo XIX, lo siguen siendo hasta ahora, en pleno siglo XXI ─dice David Carrillo.
             
Como que te señalen lo que debe ser una relación sexual y dónde hallar el placer, por ejemplo.
            
Como que, para sentirte realizado, apeles a la masturbación con un aparato de plástico o metal antes que al afecto de tu pareja: el vibrador como un artificio para no relacionarte con las personas.
           
Para no tener que soportarlas.
            
─En esta historia, el vibrador aparece como un placebo, como un sucedáneo del amor que no te garantiza realmente una intimidad personal o la conexión con alguien especial. Que intenta desplazar una relación de carne y hueso que, es cierto, a veces da mucho miedo ─dice Vanessa Saba, una de las actrices de la obra.
           
─Al final te quedas con la sensación de que la tecnología puede avanzar mucho pero la sociedad no tanto, y los paradigmas sociales y mentales demoran más en evolucionar ─dice el director─. Allí está el mérito de Ruhl: que para tocar un tema absolutamente contemporáneo, genera una distancia humorística en el que poco a poco te das cuenta de que no hay distancia, de que todo ocurre a la vuelta de la esquina.

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Porque cuando las calles comenzaron a ser iluminadas por primera vez con energía eléctrica, se generó un proceso insospechado. Porque entre cables, enchufes y voltajes, nunca antes la tecnología había irrumpido tanto en la civilización. A partir de Edison, las personas comenzaron a mostrarse distintas: ante sí mismas y ante los demás. Cambiaron las relaciones humanas. Una situación que perdura hasta hoy.
            
Dejar de verse los rostros a la luz de las velas no fue solo un eufemismo más.
           
Se suponía que con la tecnología y la electricidad los antiguos males humanos podían evitarse: primero los físicos y luego los mentales. Uno debía llevar a lo otro forzosamente. No es casualidad que a mitad del siglo XIX, los aparatos de masajes ya se usaran en los balnearios de lujo de Europa y Estados Unidos. Siguiendo la lógica de las frotaciones relajantes, en 1870 se creó el primer vibrador.
           
La primera demostración de un vibrador electromecánico se realizó en un asilo de ancianos.
           
Cuando los vibradores pudieron accionarse solo con agua o electricidad, dejaron de ser caros y exclusivos de los consultorios médicos. A partir de allí, se les podía encontrar en la sección «aparatos de cuidados personales» de los hipermercados.
           
De hecho, los vibradores aparecieron una década antes que la plancha eléctrica y la aspiradora.
           
Se vendían con la misma naturalidad que una licuadora.

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─Gran parte de la oferta y el atractivo de la tecnología contemporánea es que cada vez nos venden aparatos que supuestamente nos permitirán estar más cerca del otro, y en el fondo, sin embargo, la gente está cada vez más lejos: su cabeza nunca está en el lugar donde está su cuerpo ─dice David Carrillo.
           
Pone el ejemplo del Twitter y el Facebook.
           
─Entonces pareciera que las personas estuviéramos distribuidas en ochenta lugares al mismo tiempo. Y vamos a ver qué produce eso ─dice Carrillo─. Yo creo que así como produce disfrute, también producirá mucha infelicidad. O ansiedad.
           
Y pone el ejemplo de esa gente que observa sus conciertos a través de la pantalla de una cámara fotográfica: ¿Por qué mejor no tratas de empaparte del acto mismo del concierto, de la vivencia en sí, en vez de tratar de registrarlo todo, de pretender extender una experiencia?
           
─En cierta medida, el progreso ha provocado que el ser humano esté más desvinculado el uno del otro ─dice Vanessa Saba─. O en todo caso, implicó la existencia de ciertos aparatos que son pretextos para disfrazar nuestra incapacidad para vincularnos. Y lucir, de paso, como si fueras alguien moderno.
           
Nuevamente aparece el ejemplo del Twitter y Facebook: vibradores virtuales, en cierto modo.
           
─En el Facebook percibo todo esto. Porque yo podría ser una persona muy introvertida y solitaria ─de esas que no pueden relacionarse con nadie y están encerradas en su casa─, y sin embargo tener agregados a 2,500 «amigos», y en verdad no tengo ninguno ─agrega Saba.
            
Por momentos, pareciera que la tecnología terminó siendo el pretexto para llamar la atención sobre cierta sensación de abandono.
           
O que, en el mejor de los casos, los aparatos debían ser ─paradoja─ una forma de acercar a los seres humanos.
           
─¿Por qué la tecnología tiene que cumplir con una función tan humana? Porque creo que es la tendencia del mundo ─dice David Carrillo, el director─. Nosotros, al igual que Ruhl, somos la generación bisagra, porque en nuestros más de treinta años de vida hemos percibido los cambios.
            
Como ver en el colegio el paso de la máquina de escribir a la computadora. O la estupefacción al descubrir el uso ─y las posibilidades─ de Internet. Y luego los teléfonos celulares y su don de la ubicuidad.
           
─Creo que somos una generación en donde algunos entraron muy bien al tema de la tecnología, y otros se quedaron atrás: hay gente de mi edad que es muy hábil porque probablemente siempre estuvo muy pendiente de los avances tecnológicos, y gente que siempre quiso estar un poco al margen ─dice el director. Somos la generación que se pudo percatar de los cambios: del paso de lo analógico a lo digital y todo lo que eso implicó.

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En el principio fue el agua. Un chorro firme de agua focalizado en la zona pélvica femenina podía hacer maravillas, aún cuando no se supiera exactamente por qué gustaba. Luego vino la electricidad.
           
Eso sí: una distensión ejercida solo con fines médicos.
           
Una cura falocéntrica.
            
Rachel P. Maines, historiadora de la ciencia, explicó esto alguna vez: «La masturbación femenina se consideraba peligrosa porque la mujer no podía quedar embarazada. Además, una sexualidad femenina no controlada era una amenaza a las certidumbres masculinas sobre la paternidad. La práctica masturbatoria arrojaba sobre la mujer el estigma de que era apasionada y sexualmente incontinente: un signo de su tendencia al adulterio».
            
Maines es la autora de Las tecnologías del orgasmo, un estudio sobre los inventos diseñados para producir orgasmos en mujeres y hombres. En esa investigación, Maines describe con detalles explícitos los aparatos «terapéuticos» y cómo se utilizaban. Incluso con ilustraciones.
            
Sarah Ruhl se basó precisamente en ese libro para dar forma a su historia.
           
Con los detalles explícitos del libro, David Carrillo reconstruyó las máquinas para su puesta en escena.
           
Allí está, por ejemplo, el Chattanooga Vibrator, un oscilante aparato de metal de casi un metro de longitud que terminaba en una funda de plástico y goma. Su uso rectal era exclusivo para hombres por cuanto estimulaba la próstata.
           
En el libro de Maines se lee lo que anotó un usuario de este equipo en el siglo XIX: «La electricidad es verdaderamente maravillosa sobre todo en los órganos genitales. Desaparece la impotencia, vuelve la fuerza y el deseo de la juventud, y el hombre envejecido prematuramente ─tanto por excesos como por privaciones─ puede volverse quince años más joven con ayuda de la estimulación eléctrica».
            
Para ser un producto científico, el nombre del vibrador encerraba demasiada ironía: en Chattanooga ─Tennesee─ se cruzaba la red de ferrocarriles más larga de Estados Unidos.

                                           *****

Pregunta neurálgica en la obra: ¿Cómo hablar de orgasmos pero no de sexo?
          
─Con el director siempre tuvimos en claro que la actuación debía mantenerse en un terreno que no fuera incómodo ni para los actores ni para el público ─dice Norma Martínez, otra de las actrices en escena─. En un principio sentí vergüenza porque pensaba que era muy íntimo fingir un orgasmo, pero luego asumí que la actuación está ya en ese territorio: para que todo sea verosímil, uno siempre está revelando una intimidad que va mucho más allá de la historia.
           
─Lo que en su momento debieron haber sentido esos pacientes era miedo, vergüenza e incomodidad ─dice David Carrillo─. Estamos hablando de algo que no se sabe cómo catalogar ni qué está generando dentro del propio cuerpo. Y esa conmoción era lo que había de transmitir en la obra.
           
Porque no es poca cosa sentir que algo te calienta y te hace estallar por dentro.
           
Sobre este punto, Sarah Ruhl escribió una acotación en el libreto. Decía: «Consideren que en el siglo XIX las personas no sabían qué era un orgasmo y no sabían qué podía sentirse: simplemente les sucedía algo en el cuerpo ante lo cual no sabían cómo reaccionar. Por favor, aléjense del cliché del orgasmo pornográfico, de los gemiditos y todo eso, porque no se trata de un tema sexual».
            
El director finaliza:
           
─Nosotros respetamos esa sugerencia y tratamos de evitar que el tema sexual sea el eje de la obra. Porque en realidad, la pieza habla sobre estar lo suficientemente conectado contigo mismo como para poder conectar con tu pareja, sea a nivel corporal y mental. Es como decía Freud: «Para hacer el bien, tú tienes que estar bien». Y ese es el primer paso.



            En la otra habitación (o la obra del vibrador),
de Sarah Ruhl.
           
Dirección: David Carrillo.
           
Producción: Plan 9.
           
Elenco: Leonardo Torres Vilar, Norma Martínez, Vanessa Saba, Graciela Paola, Claudio Calmet, Malena Romero y Nicolás Fantinato.
            
Lugar: Teatro Larco (Av. Larco 1036, Miraflores).
           
Horario: De jueves a lunes a las 8 pm (salvo domingo, a las 7 pm).
           
Entrada: Teleticket y boletería. Lunes populares.

6 comentarios

Vale ir a verla, lamento que mi ex jefa ( Doña Rina ) siga pensando que los males femeninos se arreglan casándose, esa tía piensa como si viviera en 1880. Ja jajaja.

¿Vibrador? ¿ Había pilas o corriente eléctrica en esas épocas? ¿No se referirá mas bien al consolador o dildo como lo llaman en USA?

Marcelo, en el Perú se inauguró el alumbrado público (Lima) en 1886, pero ya desde antes existían usos de la electricidad mediante generadores. Por ejemplo los buques de guerra, usaban electricidad en algunas funciones...

Buena revisión del tema a raíz de la obra.
La sexualidad de la mujer siempre fue una amenaza para el hombre, incapaz de entender el placer lejos del falo. Dado lo anterior es curioso que ese tipo de hombres primitivos, básicos y de poco mundo no entiendan la homosexualidad masculina (ya que es ahí donde tendríamos dos falos) y la homosexualidad femenina (por ausencia del falo). El placer, la sexualidad y la penetración no han sido nunca conceptos inseparables, sólo que fueron negados y los siguen siendo.
http://schaeffers30.blogspot.com/

El mejor consolador es el preámbulo antes de la penetración los juegos las caricias, dibujar el cuerpo de la mujer con las manos y con la boca y díganme quien se resiste a tan deliciosa velada, la magia del pene está en como lo uses, como realices la penetración con suavidad y ternura en una posición especial, el problema es que una mujer no ha sido preparada por su pareja por eso es que hoy se promociona el sexo por el sexo, vacio por cierto pero no instintivo, es una tarea para saber usar correctamente la cabesita que llevamos abajo.

Muy buena reseña histórica, una Historiadora peruana Maria Emma Manarelli, explica muy bien -también- la mentalidad masculina en siglos xviii y xix, en el Perú, acerca de la "virtud" femenina en relación directa al "Honor masculino", un gusto leer esta Cronica Marciana.


Pigmalion, nada tiene que ver una cosa con otra, un consolador, es un consolador, la estimulación a tu pareja no tienen por que ser opuesto o antagónico a un vibrador, es más sería interesante y divertido agregarlo a la sesiones amatorias entre hombre y mujer felices y activos sexualmente.

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