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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Kevin Johansen vs. Liniers

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Dos argentinos se encuentran sobre un escenario y deciden unir talentos en vivo y en directo. Uno desde la música y el otro desde las ilustraciones. Ninguno pierde protagonismo. Entre risas, solo demuestran que los géneros no existen. Solo se complementan. Y que en eso está el arte.

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A estas alturas, la historia ya es muy conocida y se remonta al año 2001: un ilustrador argentino le escribe a un solista argentino diciéndole que le gusta su trabajo y que le ha dedicado unas historietas a partir de uno de sus discos. El solista se divierte con las historietas del fan y lo invita a uno de sus recitales. Luego ilustrador y solista comparten almuerzos y tragos, se hacen muy amigos y terminan tocando/cantando/dibujando juntos en conciertos por todo Latinoamérica.
            El fan era Liniers y el intérprete era Kevin Johansen.
            Un historietista inclasificable y un músico inclasificable.
            ¿Qué puede salir entonces de artistas que mezclan géneros y se divierten con ellos? Un concierto híbrido, por supuesto. Un no-concierto. En todo caso, no solo un simple concierto. O más bien dicho, lo más parecido a lo que siempre debió haber sido un concierto y cuya esencia hoy se ha perdido entre egos estridentes y lucecitas de cámaras fotográficas: una fiesta colectiva.
            Ha
blamos de la des-generación como propuesta. Y de sus conciertos-experiencia. Algo tan ambiguo como ellos.

                                           *****

Si uno nace en un país aislado y frío que en su bandera incluye la Estrella Polar ─Alaska─ y de pronto aparece en una de las regiones más pobladas y cálidas de Estados Unidos ─California─, y de allí se muda a Buenos Aires y Montevideo y luego da el salto a Nueva York, entonces algo se puede entender de esos cinco discos en los que el tango se atraviesa con el hip hop, el son cubano con el rap, el soul con la sirtaki griega, el indie pop con la cumbia colombiana, el techno con el blues, la cumbia villera con la bossa, el funk con el flamenco, la chanson francesa con el bolero, y así y así.
           Cinco discos que sin aspavientos ha llevado a Kevin Johansen de gira por casi todo Latinoamérica, Europa y Estados Unidos. Y a los que pronto se sumará el sexto como solista. Para inicios del 2012.
           Por ahora estamos sentados en una cómoda habitación del piso quince de uno de los hoteles más lujosos y elegantes de Lima ─suelos alfombrados, techos altos y luces indirectas, espejos por todas partes, ventanales amplios─, pero algo no encaja bien con la exclusividad del lugar. Debe ser esa temperatura que hace que camisa y jeans se te adhieran a la piel. Alguien olvidó encender el aire acondicionado.
            ─Kevin, ¿qué es lo que te enganchó del trabajo de Liniers? ─pregunto.
            ─Su gusto por sorprender. Liniers nunca se repite, tiene personajes que van rotando muchísimo, siempre crea uno con algo nuevo para decir, y por momentos es muy anti-chiste, muy anti-historietas. Eso me gusta porque en algún punto yo también soy anti-cancionista: es agradable ir contra el formato, contra el estereotipo de músico.
            A su lado, Liniers lo escucha y rasga una guitarra.
            Toca los únicos tres acordes que conoce.
            ─Con Liniers encuentro una afinidad estética fuerte porque juega mucho con una supuesta ingenuidad para luego ponerte la zancadilla y hacer que te tropieces. Todo eso nace de una observación social y crítica, y es lo mismo que yo intento hacer con la letra de mis canciones. Por eso es que hay mucho de dónde agarrarnos. Creo que eso se nota en nuestros espectáculos.
            ─Y tú, Liniers, ¿en qué coincides con Johansen?
            ─Me parece que a Kevin le gusta la música de verdad, y que esto hacía precisamente que no fuera el-músico-de-un-solo-tipo-de-música. Quiero decir, a mí siempre me ha parecido muy extraño que alguien quiera hacer solo música como los Rolling Stones o Bob Dylan, cuando en realidad si te gusta la música puedes encontrar que en ella cabe de todo. Y en Johansen encontré que había un viaje por todos esos mundos.
            Luego Liniers me dirá que es exactamente lo mismo que hace con su historieta Macanudo: que allí mete todo lo que conoce. Y que si hubiese sido músico, también habría agarrado el delirio de ese pibe ─y mira a Johansen con una sonrisa─ y fusionado el tango, la bossa y otras mezclas que supuestamente no habría que hacer. Que esa idea tan desacralizadora de las cosas es lo que más le interesa.
            ─Johansen le entrega a la música el suficiente cariño y la suficiente falta de respeto con los que hay que tratar a lo que se quiere para poder hacer algo nuevo ─dice Liniers─. Pero para eso primero tienes que conocer las reglas: para saber qué es lo que vas a romper y cómo. Y Kevin lo sabe. Esas reglas supuestamente lógicas que te ordenan «No pongas a un tipo dibujando cosas en un concierto tuyo», por ejemplo.

                                           *****

 

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                                                         *****
            ─Por ahí me preguntan siempre si no tengo miedo de que con Liniers la música pierda protagonismo en el concierto, y yo les respondo que no ─dice Kevin Johansen─. Lo visual de Liniers complementa lo que entra por tus oídos.
            Y viceversa, le digo. Y viceversa, me responde. 

                                                        *****

             Sentado detrás de su escritorio, el editor le explicó en perfecto inglés norteamericano a Liniers que no podía publicar sus historietas en el país donde todo era posible: porque no las entendía. Porque Macanudo no tenía un personaje central. Porque allí nadie era un héroe o villano reconocible.
             Lo mismo le habían dicho algunos editores argentinos algunos años antes, a principios del 2000.
             Creían que una historieta con pingüinos extraviados en el Polo Sur, con un gato y una niña que no saben qué hacer con su tiempo libre, con una aceituna que aún no comprende su lugar en la mesa, con un señor que siempre está explicando por qué cambia los títulos originales de las películas a frases simplonas, con seres solitarios que solo ansían ser queridos sin mucho compromiso, con un robot sensible que lagrimea frente a un crepúsculo y un árbol deshojado, y con duendes que vigilan los sueños humanos y enredan sus cables de audífonos, casi todos esos editores creían que una historieta así estaba destinada al fracaso. 
             Por el contrario, parecían preguntarse por qué ese ilustrador argentino con nombre de prócer nacional y casi treinta años de edad había abandonado su carrera de Derecho para ponerse a dibujar cosas sin aparente sentido. 
            ─Con Mafalda, Quino siempre estaba hablando de un presente y de un futuro: de una niña que crece y observa todo lo que pasa a su alrededor ─le comento a Liniers─. En contraposición, tu trabajo parece siempre evocar una cierta nostalgia por el pasado. ¿Eso es deliberado? 
           ─Creo que todo está en la medida de la personalidad de cada uno ─responde Liniers─. Quino es un pesimista y yo soy un optimista. Él tiene una mirada muy oscura sobre el presente y el futuro, y eso uno lo disfruta. Con sus chistes te ocurre eso de que primero te ríes y luego dices «Jajaja... ¡Pero esto es espantoso!». 
           ─Bueno, un pesimista es un optimista con experiencia ─agrega Johansen en tono burlón: arrastrando las palabras. 
           ─Sí, pero lo de mi nostalgia no es una estrategia que haya buscado. Hay momentos en que estoy algo más oscuro en mis historietas, pero en líneas generales tengo una vida muy linda: trabajo en lo que me gusta y tengo una familia que quiero. No me parecería honesto estar todo el tiempo diciendo que la vida es una mierda, como suelen hacer esos rockstars torturados y deprimidos a los que nunca he comprendido del todo.
            Y agrega:
           ─Y mira que yo soy muy fan de Radiohead, pero Thom Yorke ya debería levantar un poco el ánimo porque sino...

                                                         *****
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─Se habla mucho de los géneros que fusionas pero, ¿acaso la música contemporánea no es también un híbrido a su manera? ─le pregunto a Johansen.
            ─Pero claro que la música contemporánea es un híbrido. Ahora, si esta suena bien o mal no es culpa de los géneros: los géneros simplemente son bien interpretados o mal interpretados, ya sea bossa nova, son cubano, tango, cumbia o reguetón. Es más, existe un buen reguetón y un mal reguetón, y eso está más allá de si te gusta el género o no.
           ─En una entrevista te preguntaron si te sentías humorista y tú respondías que más bien melancólico. ¿Cómo es posible que esa melancolía te permita romper las reglas de los géneros y lograr fusiones tan alegres? ─pregunto.
           ─Siempre digo que la ironía es tristeza disfrazada, y que lo que aparece divertido tiene también un trasfondo de desconsuelo respecto a algo. Con todo, uno elige reírse hasta de su propia tristeza.
           Como en aquella canción en la que habla del final de todo. O todas las demás.
           ─Y es que con la ironía y el humor hay una posibilidad de no sentirse el único, de no caer en el melodrama telenovelesco de la vida ─dice Johansen─. Es como lo que ocurre con las buenas canciones de Leonard Cohen: en una línea de su canción te carcajeas por su ironía y a los tres minutos te aparece una lágrima en el rostro y solo queda preguntarte por qué has llorado si al principio estabas riendo. Es como vulnerarte de una forma que no esperabas.
           ─Hay algo que solía decir Chaplin: «Si generas la pulsión de la tristeza y la felicidad al mismo tiempo en el espectador, te va a querer el resto de su vida» ─cita Liniers─. Y es que esas emociones tan contradictorias y al mismo tiempo tan naturales te conmueven.
           ─Tú no estás muy lejos de todo esto, Liniers. Alguna vez dijiste que tu ensimismamiento era una cualidad. ¿Sigues pensando así? ─suelto.
           ─Me refería a ensimismado por una cuestión de timidez, porque yo he sido muy tímido de adolescente. Y creo que el dibujo fue la única manera que encontré para conectar con el planeta. Por el lado de la charla, del diálogo, simplemente no la hacía: no podía conectar con nadie.
           ─En cambio ahora eres un poco charlatán, Liniers ─le corta Johansen.
           ─Es que tú sacaste el charlatán en mí, Kevin. Para mí siempre fue un misterio el ligar con una chica en una discoteca, cosas así. ¿Cómo se hace, Kevin, dime cómo?
           ─¿Bailando quizá? ─le responde.
           ─¡Pero claro, Kevin la tiene clara! ─se entusiasma Liniers─. No le cuesta mucho: él se mueve frente a cuatro chicas que lo miran y no lo soportan, pero va donde la quinta y listo, ya está, con ella liga. Eso significa que Johansen es también un optimista. Por su insistencia.

                                                             *****

             Es algo atípico que un espectáculo de tantas expectativas se realice en un recinto rectangular de techo de metal y vidrios y entre tableros recogidos de básquet, redes de vóley y piso de madera. Como el Polideportivo de la Universidad Católica la noche del concierto, por ejemplo.
             Tan atípico como cuando Kevin Johansen toca Barry White meets Nirvana, y la gente se pregunta cuál es la relación, si lo de Cobain es una cosa y White otra.
             O tan atípico como que Liniers proclame una timidez casi pedestre pero que en el concierto se la pase bromeando con el público y Johansen y coja una guitarra y se ponga a cantar Knockin' on Heaven's Door de Dylan con la esperanza de que la banda detrás de él haga su trabajo y nadie note que solo conoce unos cuantos acordes de la canción ─como él mismo confesara la tarde de la entrevista─.
             Con el dato agregado, además, de que esa canción será el epitafio de su tumba.
             Tan atípico, también, como la versión de Hotel California que Johansen reversiona esa noche con el nombre de Hotel Patagonia y nuevas letras. O como ese cover de Take on Me de A─Ha que Johansen toca en acústico mientras Liniers se coloca una casaca de cuero y danza ─danza, no baila─ a ritmo ochentero sobre el escenario.
             Tan atípico como ver al hombre ceñudo de la voz grave y nominado a los Premios Grammy utilizando una guitarra eléctrica rosada con un adhesivo de Hello Kitty.
             Atípico como ver al ilustrador saltar como sea del tabladillo, correr hacia la mitad del Polideportivo, y lanzar sus dibujos doblados en puntiagudos avioncitos de papel sobre el público solo para que este tenga más probabilidades de cogerlos.
             Firmando además los avioncitos porque sin su firma ─asegura─ no valdrán nada.
             O tan atípico como que en ese concierto organizado por Sonidos del Mundo y en el que asistieron más de dos mil personas, los que no pagaron para ubicarse en la zona VIP terminaron bailando en la zona VIP. Incluso subidos sobre las sillas. Felizmente.
                                                    
                                                           *****

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 Porque los conciertos de la dupla Johansen + Liniers no son solo esos conciertos en los que se contempla a sujetos ensimismados con sus guitarras y se escucha los típicos discursos de agradecimiento al público peruano.
            Esto es distinto: interacción.
            Viéndolos, uno sabe lo banal que es sacar la cámara de fotos o video y contemplarlos a través de esa pantalla. Como si los conciertos de hoy solo fuesen otro modo de ver la televisión. Una televisión en directo donde a veces te retratas con el grupo de fondo.
            Lo que ambos plantean en vivo no es solo una propuesta musical ecléctica que busca confundir lenguajes: es un concierto-experiencia. Uno donde se profana el supuesto valor de todo ─tanto del arte en sí como de los egos de los artistas─ para hacerlo así más que digerible: conocido. Uno donde importa lo que se muestra pero también la forma en la que se muestra. No solo lo que se narra sino también cómo.
            Porque mientras Johansen entretiene con sus letras calculadamente irónicas y reflexivas y esa voz de autoridad de quien dice aquí-nadie-se-equivoca, Liniers rompe la gravedad del espectáculo del solista y lo hace más popular y chacotero. Aunque siempre desde el ingenio y el buen humor.
            Porque a ninguno de los dos le importa eclipsar al otro: lo suyo es jugar un tanto con la complejidad. Que el músico pierda solemnidad y el ilustrador también. Ambos celebran las contradicciones de sí mismos. Y a la vez, de lo oral y lo visual. Es su forma de complementarse.
            En el medio de todo eso: el público que se los agradece.
            Sus conciertos, entonces, son como las ilustraciones hechas avioncitos de papel de Liniers: una obra momentánea y fugaz que se construye y se destruye de inmediato, en lo que dura el espectáculo. Efímeras como las experiencias mismas. De allí la sensación de fiesta interrumpida cuando el concierto termina. De lo irrepetible. La sensación de que en ese Polideportivo ocurrió algo que no se puede definir muy bien pero de lo que uno quisiera más sin saber hasta cuándo.

                                           *****

«Quizá la música sea el ámbito en que más veloz y radicalmente están reformulándose las nociones de lo local, nacional y global. Escuchamos música en radio, televisión, discos, videos, teléfonos celulares, iPods, restaurantes, centros comerciales, ascensores, aviones, teatros, estadios y bares: es la articulación entre lectores, espectadores, oyentes e internautas».
                Néstor García Canclini. Antropólogo. Filósofo. También argentino.

                                            *****

Una vez más todo se complementa.
            ─¿También fuiste muy tímido de adolescente? ─le pregunto a Johansen.
            ─Lo fui. Digamos que tantos viajes de joven me hicieron así, además de generarme una sensación de aislamiento. Como yo andaba mudándome de un lugar a otro y cambiándome siempre de colegios, fui volviéndome un voyeurista que observaba todo desde afuera aunque luego, ya aclimatado con los códigos de una cultura, me zambullía por entero. Por un lado yo podía interactuar bastante bien con los amigos, pero por el otro tantas mudanzas provocaron una gran soledad. El aferrarse a la guitarra y la música tiene que ver con ciertas cosas que uno va dejando atrás ─o va perdiendo─, y es ahí donde uno encuentra la conexión consigo mismo.
            ─¿Instrucción Cívica ayudó entonces a ese joven viajero y melancólico?
            ─No, casi lo destruye ─y se ríe─. Instrucción Cívica fue un tropezón que no significó caída. Fue una experiencia pop-ochentera de un joven que aún no estaba preparado para sostener una carrera musical pero que a la vez componía temas bastante ocurrentes, algunos deformes y otros más logrados, y siempre con una esencia des-generada respecto a los géneros, algo que todavía mantengo hasta hoy y del cual no voy a renegar nunca.
            ─¿Por qué dices tropezón? ─repregunto.
            ─Por diferentes motivos. Porque aún no estaba listo, porque dejamos que apareciera un productor medio trucho ─el típico sujeto que te ofrece espejitos de colores cuando recién estás comenzando─, y porque nos rodeamos de gente que quizá no era la mejor compañía...
            ─¿Pero te avergüenzas de Instrucción Cívica?
            ─No, para nada, Instrucción Cívica fue un proyecto realizado con mucha ternura. Hoy soy gran amigo de Julián Benjamín ─el otro de la banda que ahora vive en España─, y también sigo el rastro de todos los que participaron en el primer disco, y me enorgullezco del camino que hemos recorrido desde aquel entonces. Instrucción Cívica era un súper grupo pero todos éramos demasiado jóvenes.
            ─Una ternura que se notaba además en sus letras, algo que muy pocos grupos muestran hoy en día ─suelto. Y agrego:─ Una ternura que quizá ya no se comprendería hoy en día...
            ─Completamente de acuerdo ─dice Johansen─. En ese disco había un juego de ternura poética mezclada con observación social, porque el disco se llamaba Obediencia Debida, nombre de una canción que era una crítica a la desaparición de personas en Argentina: la historia de un hombre que asesina a su mejor amigo y le pide disculpas por haberlo hecho.
            Y luego Johansen explicará que todo eso lo recuerda con mucho cariño, porque además fue con esa banda de jóvenes casi adolescentes y ese primer disco con los que él llegó al Perú: el primer país que le prestó atención fuera de Argentina.
            Al día siguiente, en la noche del concierto, Johansen inicia una canción y la mezcla con otra que creó cuando tenía poco más de veinte años: de El Palomo pasa a Obediencia Debida.
            De Instrucción Cívica, claro.

                                                        *****

 

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            ─Johansen siempre está hablando de su propuesta des-generada y su mezcla de estilos. ¿Tú también te consideras así de híbrido? ─le pregunto a Liniers.
            ─
Macanudo es una mescolanza, es una historieta casi esquizofrénica: una mezcla de tiras muy distintas entre sí de las que no seguí las reglas. En Estados Unidos no supieron cómo interpretarlas siquiera. 
             Y sigue: 
             ─¿Macanudo es una tira de personajes? Sí. ¿Macanudo es una tira tierna? Sí. ¿Macanudo es una tira de humor? Sí ¿Macanudo es una tira que no se entiende a veces? Sí. ¿Macanudo es una tira donde cambian los personajes? Sí. ¿Y Macanudo es una tira de humor negro? Sí. Es decir, cambio mucho el registro todo el tiempo y supuestamente eso no debería hacerse. Pero a la vez, esa es la razón por la que Macanudo funcionó. 
            ─Claro, esa desventaja se convirtió en ventaja. Es un poco lo que me pasó a mí con la música ─agrega Johansen. 
            Entonces le pregunto a Johansen si no es un acto de nacionalismo argentino el incluir tangos y milongas en la propuesta híbrida que maneja. 
            ─No, ni siquiera. Creo que obedece más bien a mis vivencias: fui criado por una madre que tenía las boleadoras argentinas colgando en el living de la casa en Alaska ─aparte del mate y el charango─. Había una presencia muy fuerte del folklore latinoamericano mientras vivía allá, el tango y la milonga era lo que ella escuchaba cuando yo era niño. Mi propuesta se debe más a eso y no porque siempre esté pensando en plantar la bandera argentina en cada disco. 
            ─En mi caso la cosa sí fue algo más suicida ─dice Liniers─. Porque al menos Kevin tuvo la decencia de decirle a su madre que él no quería dedicarse a otra cosa que no fuera la música, mientras que yo ilusioné a mis padres al venderles una carrera de abogado de la que luego me arrepentiría. 
            Liniers, también pintor pop-art y admirador de Andy Warhol ─el artista plástico que detestaba orinar─, dice que sabía era muy difícil conseguir un trabajo de historietista en Argentina ─como en cualquier parte─, y que aún así se obsesionó con hacerlo. 
            Y Liniers, el hombre que dibujó a mano cada una de las cinco mil portadas de un libro suyo y que se disculpa con sus personajes cuando se equivoca al ilustrarlos, dice que no llegan a diez los que viven de la historieta en su país. Que solo están Quino, Caloi, Fontanarrosa, Maitena y algunos cuantos más. Y que pretender entrar a ese pequeño grupo de privilegiados es estar un tanto psicótico. Un poquito como él.

                                                      *****

           
            Tiene su lado bueno y su lado malo ser el último de una fila de periodistas dispuestos a entrevistar a un par de figuras durante casi cinco horas seguidas.
            El malo, obviamente, es que las figuras están cansadas y quieren irse cuanto antes. Sobre todo si ya es la hora del almuerzo.
            El bueno es que, en medio de esas ganas de terminar cuanto antes, las figuras te responden lo más sinceramente posible, con pocas ganas de alardear y resultar excesivamente imaginativos o soltar respuestas clichés. A estas alturas, las figuras están lo suficientemente relajadas y con ganas de ser ellos mismos. Sin la presión de caer bien solo porque son ─precisamente─ figuras.
            La entrevista ya debe terminar y entonces les pregunto si así como existen afinidades que enriquecen su concierto, también existe riesgos entre ellos.
            Kevin Johansen piensa un poco y haciendo vibrar las palabras responde que el solo hecho de que estén sobre un escenario ya es un peligro. Para cualquiera de los dos.
           Y entonces, Johansen empieza a firmar sus discos.
            Los míos.
            Liniers enfoca la pregunta de otra manera.
            ─En los conciertos suelo hacer avioncitos de papel con mis ilustraciones y estas siempre quedan con una punta considerable. Cuando arrojo los avioncitos en dirección al público, a veces son traicioneros y sobrevuelan peligrosamente: mi mayor terror es ensartar a alguien en el corazón. Ese es el riesgo de un concierto nuestro. Que alguien fallezca a causa de un dibujo convertido en avioncito de papel.
            Y agrega:
            ─Por eso siempre trato de doblarles la puntita.

   

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Crédito de fotografías: César Fajardo.


Agradecimientos a Mamacha Productions.

 

 

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