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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Emma, un dibujo en el mundo real

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 ¿Y si la ficción no fuera mejor que la realidad? Esa es la pregunta inicial que la obra infantil de Plan 9 resuelve con humor y originalidad. Pero al final uno se queda con otra más: ¿hasta qué punto los padres desean que sus hijos nunca crezcan y cambien?

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Es posible que aún recuerdes esa época en la que querías introducirte en la pantalla de televisión y jugar con esos personajes animados que hacían que tu vida escolar fuera más divertida. Esos años en los que visitabas mundos surrealistas donde todo ocurría y en los que solías aparecer como un héroe. 
            Estamos hablando de esa época de tu vida en la que creías de verdad que detrás de todo aparato de televisión se escondían esos dibujos, como actores de un pequeño teatro que hacían su vida allí dentro, encerrados. 
            De cuando no entendías cómo cabían tantos universos en una pequeña máquina. 
            Si ya lograste recordar algo de esos años, ¿alguna vez pensaste que podía ser al revés? ¿Que el anhelo de tus dibujos animados favoritos podía ser abandonar la pantalla y salir al mundo real? ¿Que deseaban visitar ese mundo donde tú te mueves todos los días? ¿Que quizá la realidad les resultaba tan apetecible como la ficción para ti. 
            De eso trata Emma, un dibujo en el mundo real, la obra para niños ─y adultos─ de Plan 9.

                                           *****

─Desde el principio me propuse no tratar a los niños como tontos o bebitos, como hasta hace poco se hacía en este tipo de teatro ─dice Camila Zavala, la directora de 24 años─. Lo mismo: tampoco quería que los adultos se sintieran como tontos. O bebitos. 
            La estrategia: no creerse una niña al momento de escribir la obra, sino más bien una adulta que piensa cómo hubiese debido ser una obra infantil para que le gustase cuando ella era niña. 
            Aunque esta vez con técnicas contemporáneas. Animación en 3D, por ejemplo. O música en vivo. O escenas casi performáticas que llevan a los personajes a rozar a los mismos niños: a su público. 
            El resultado: una obra familiar. 
            ─Quería que hubiese contacto, algo que la televisión ─la pantalla en sí─ no permite ─dice Zavala─. Mi idea era que los niños se percataran de la diferencia de la televisión ─siempre tan plana─ frente al teatro: que este último no solo es tridimensional en su sentido literal, sino que además es un espacio donde los personajes interactúan contigo y hace que utilices tu imaginación para trabajar los espacios vacíos. 
            Como imaginar que una tela azul que pasa sobre tu cabeza se convierte en el mar o que el techo del teatro está compuesto de estrellas fosforescentes o que te ahogas con las gotitas de una lluvia virtual ─y por momentos, real─: jugar a que la realidad es otra ficción. Una más.

                                           ***** 

No todo es alegría en esta obra. Hay escenas que pueden sugerir también la tristeza o el desamparo. Que no las evita por muy ficción que sea. 
           ─Me han dicho que hay situaciones que podrían provocar un poco de pena ─dice la directora─. Pero a mí me parece que no hay nada de malo en ello: que no está mal imaginar situaciones fuertes si esas cosas también nos ocurre a los seres humanos. ¿Por qué uno no se puede equivocar? ¿Por qué en las historias de niños todo tiene que ser tan lindo? Mis personajes sí lloran, sí se asustan, sí se equivocan: porque así es la vida. Porque así somos en la realidad. 
            Es decir, la realidad utilizada también como parte de la atracción ─y pedagogía─ del teatro. O la certeza de que la ficción no debería estar tan reñida con la realidad: verlos más bien como mundos complementarios. 
            Luego Zavala ─quien confiesa haber estudiado las películas de Pixar para entender por qué gustan tanto a niños como adultos─ agrega: 
            ─La idea principal de Emma... es salir del cascarón y vivir a fondo. Y eso implica salir al mundo real, no como te lo retratan tus padres o los cuentos de hadas, sino al mundo tal cual es. Yo misma lo he interiorizado así porque de niña me protegieron mucho, porque me tuvieron muy resguardada en casa. Y aunque hoy agradezco eso, salir al mundo real fue todo un acontecimiento ─¡un cataplum!─ en el que tuve que aprender mucho.

                                           *****

En la historia, Emma ─el personaje central─ es quien mete en problemas a todos sus amigos. Ella es un dibujo animado que siempre está investigando para encontrar cosas nuevas. Un día descubre que hay una pantalla que divide su mundo ficticio del mundo real, y decide salir y recorrerlo. 
           Su curiosidad aumenta más cuando su padre ─el dibujante, un hombre solitario encarnado por el maestro Enrique Victoria─ le dice que no lo haga: que este mundo es malo. 
           Camila Zavala dice que se inspiró en la historia del paraíso perdido de Adán y Eva. Que Dios era ese padre que les dio una prohibición bajo pena de conocer el mundo real. Y que, sin embargo, aún cuando salieron del Edén y sufrieron miles de tormentos en un mundo defectuoso y cruel, también pudieron conocer la felicidad. Y el placer. 
           ─Es indescriptible la sensación que siente Emma cuando se corporeiza en el mundo real ─dice Jely Reátegui, la protagonista─. Por primera vez siente su cuerpo entero: siente latir su corazón, siente cómo el aire llena sus pulmones, siento su propia piel en contacto con algo ─algo─ que la rodea. Todo eso la fascina, porque en el mundo de fantasía ella no tenía sentidos. Y así es como termina sintiéndose una persona real que vive, siente, se equivoca y se corrige. Crece.

                                           *****

Emma, un dibujo en el mundo real se inicia con nueve minutos de animación: allí se presentan los personajes que luego veremos en carne y hueso. Pero no es la típica producción en 3D compuesta de figuras computarizadas y frías: son ilustraciones infantiles con movimiento. De hecho, para familiarizar a los niños con los personajes primero se registraron los desplazamientos de los actores en video y luego se les dibujó. 
            La intención era que coincidan las figuras ficticias con las reales cuando estas deciden cambiar de mundo: que se sintiera un proceso natural y continuo. 
            A esto se suma la música tocada en vivo y cuyas voces ─masculinas y femeninas─ responden en directo a los actos de fantasía del espectáculo: no se percibe como un soundtrack impuesto. Los niños ─más atentos a los sonidos que los adultos y más puros de oído, en especial aquellos que aún no saben hablar─ lo agradecen: se concentran más con la música. 
           Quizá por eso la obra se deja disfrutar incluso por adolescentes, ese público tan difícil de satisfacer. Como esos jóvenes de trece y catorce años que en uno de los días de presentación no dejaron de aplaudir y reír a carcajadas, mientras que sus amigas de la misma edad suspiraban ─ruidosamente─ en los momentos más románticos de la obra. 
            Esos momentos donde los niños también se enamoran.

                                           *****

Actuar para un público de corta edad puede resultar agobiante. Por naturaleza los niños son impredecibles y volubles. Y pueden ser terriblemente sinceros. Elaborar una obra para ellos exige tacto y la suficiente versatilidad para no aburrirlos. 
           ─Los niños son muy perceptivos con todo lo que les rodea. Es un error creer que no saben nada de nada ─dice Reátegui─. Por eso mismo son capaces de reaccionar sin reparos para decirte si algo les gustó o no. Y por eso mismo tratamos a los niños con el mismo respeto y sensibilidad que con los adultos. 
           Quizá por eso el adulto tampoco se siente tonto cuando ve la obra. Al contrario, se divierte y lo disfruta. 
           Se puede dar fe de ello en cualquier presentación. 
           ─Aunque no quisiera encasillarme solo en obras infantiles, hay algo que me motiva a seguir haciéndolas: que deben estar bien hechas ─dice Camila Zavala─. Porque los niños son el futuro público del teatro. Porque mañana, esos mismos niños sabrán entretenerse con el teatro.


Emma, un dibujo en el mundo real. 
Dirección: Camila Zavala. 
Elenco: Enrique Victoria, Jely Reátegui, Manuel Gold, Daniela Baertl y Micky Moreno. 
Lugar: Teatro Larco (Av. Larco 1036, Miraflores). 
Horario: Sábados y domingos a las 4 p.m. 
Entradas: De venta en Teleticket (de Wong y Metro) y boletería.


2 comentarios

Historias. Para todos los gustos tienen que existir, buen post.
http://schaeffers30.blogspot.com/

Parece interesante, gracias por el post.
.
http://periodistayenparo.blogspot.com/

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