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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Entonces Alicia cayó

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Tres mujeres se enfrentan al dilema de la maternidad en una época en que se les exige autosuficiencia. Una es madre, otra quiere serlo, y la tercera no podrá serlo nunca. Inspirada en Alicia en el País de las Maravillas, la obra muestra cómo a veces tomamos las grandes decisiones como adultos. Y otras como niños.

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«Al principio, la madriguera del conejo blanco se extendió en línea recta como un túnel y después torció bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo siquiera tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un agujero muy profundo.
           
O el agujero era en verdad profundo o ella caía muy despacio, porque Alicia, mientras descendía, tuvo tiempo suficiente para mirar a su alrededor y preguntarse qué iba a suceder después».

                                                          *****

             Rara vez una obra considerada infantil sirve de trasfondo para contar historias de adultos. Más aún si se trata de tres situaciones ligadas a la maternidad en las que A. una mujer no puede tener hijos por su avanzada edad, B. otra sí puede y se desespera por tenerlos, y C. la que los tiene no sabe qué hacer con ellos.
            
Tres generaciones de mujeres que deben sufrir por su probable condición de madres.
           
Desde el deseo de serlo hasta el hastío por serlo.
           
Ese es el caso de Entonces Alicia cayó, una lúdica ─y vertiginosa─ adaptación del clásico de Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas.
            
Aquí, el conejo blanco es la fertilidad femenina. En el tiempo.

                                                       *****

─Son tres situaciones de crisis, definitivamente ─dice Mariana de Althaus, la directora de la obra─. ¿Por qué en el contexto de un clásico de la literatura? Porque quería utilizar la metáfora de la caída de Alicia por el agujero para hablar de los distintos problemas que puede atravesar la mujer contemporánea.
            
Por ejemplo, cómo se vive la maternidad en momentos en que la mujer también se convierte en una profesional: cómo ser una buena trabajadora en la oficina y al mismo tiempo ser una buena madre en casa.
           
Sin dejar de ser una buena amante, además.
           
─Es una situación obligada en la vida de toda mujer: en algún momento te planteas la decisión de tener o no hijos ─dice Ana Cecilia Natteri, quien interpreta a una artista que no ha tenido descendencia por dedicarse al espectáculo y cuyo esposo la reemplaza por otra mujer mucho más joven.
           
Una más joven que le dará un hijo, además.
           
─Entonces vives el drama de esa mujer que no entiende que la abandonan en los momentos más difíciles de su vida, en momentos donde es más vulnerable porque su carrera está en declive y se siente superada por la edad. La sola idea de sacar fuerzas para volver a empezar ya se le convierte en algo terrible ─dice Natteri.
           
Y agrega:
           
─Aunque la verdad, esa es la de todos los días.

                                           *****

 Las tres historias transcurren en el mismo ambiente: un claustrofóbico hotel en el que todos los personajes coinciden y se van alternando sin salir nunca de escena.
            
Es decir, Ana Cecilia Natteri vive su drama delante de Sofía Rocha y esta a su vez delante de Vanesa Saba, y esta a su vez delante de Carlos Mesta y él a su vez delante de Paul Martin y este a su vez delante de Patricia Barreto.
           
Como si cada historia contagiara a la otra.
           
Nadie parece darse cuenta de lo que sucede en esos espacios que resultan extraños y familiares a la vez: allí donde las paredes se derriten como cera: la metáfora de una realidad que se difumina ante las decisiones que cambiarán el futuro.
           
En el fondo, un cuadro con el retrato de un conejo blanco los observa.

                                             *****

 ─Creo que se trata de desmitificar el tema de la maternidad, un concepto tan sobrevalorado. Es decir, esa absurda idea de que una mujer tiene un hijo y automáticamente pasa a convertirse en una madre.
            
Sofía Rocha, la actriz que interpreta a una profesional que debe soportar las rabietas de una hija adolescente, dice que ser madre implica algo más que simplemente concebir.
            
Que la maternidad es un proceso biológico potencialmente casual y que, en ese sentido, cualquier mujer siempre es una candidata a ser madre.
            
Que no por eso una madre debe ser siempre considerada algo sagrado e incuestionable.
            
Que no por eso una madre nunca se va a equivocar.
            
Que no por eso una madre nunca va a desear no haberlo querido ser nunca.
            
─Al igual que el personaje que interpreto, me ha ocurrido que en ciertas circunstancias he deseado poder desaparecer a mi hija. O más aún: cuestionarme y preguntarme en qué momento la tuve ─dice Rocha─. Esas son preguntas absolutamente cotidianas y normales de todas las madres del mundo, y no por eso se va a pensar que son perversas por hacerlo.

                                            *****
            
«¡Cómo me gustaría poderme encoger como un telescopio! Creo que podría hacerlo solo con saber por dónde empezar».

                                                        *****

 En el ambiente de encierro del hotel, uno de los personajes masculinos escapa a la idea de los hijos: su pareja lo acusa de que no le gusta que su paternidad sea puesta a prueba.
            
El problema es que ella lo cohíbe con la idea de su maternidad.
            
─La verdad es que las mujeres siempre tienen la suficiente habilidad para conseguir mucho de nosotros: una mujer inteligente puede hacer que un hombre haga cosas que este nunca hubiese pensado hacer ─dice Paul Martin sobre su apremiado personaje─. En ese sentido, para tener un hijo ellas despliegan una táctica y una estrategia deslumbrantes.
            
En la obra, ante el apresuramiento de una novia que se siente en el límite de la fertilidad y busca embarazarse a como dé lugar, al hombre no le queda otra alternativa que utilizar recursos también desesperados: reírse, distraerse a la primera que suena el teléfono, buscar comida, entrar al baño, burlarse de ella y hasta enojarse y salir dando el portazo.
           
La indiferencia a los deseos femeninos aparece como un viejo truco que no funciona.

                                            *****

─Al principio me pregunté: ¿Y en esta obra dónde quedamos los hombres? ─dice Carlos Mesta, quien encarna al catedrático que abandona a su pareja por otra mujer─. Luego me percaté de que no era un manifiesto feminista, sino el reflejo de algo muy actual: las acciones de las mujeres lo llenan todo al punto de que terminan anulando al hombre.
            
El condicionamiento ─esa orientación, ese formateo─ hacia sus deseos forzaría al hombre a decidir algo que ellas ansían.
           
Por eso el hombre escapa, dice el actor.
           
Y por eso la paternidad ausente en muchos casos de la vida real y el precario rol de los padres dentro de muchas familias: en su afán de adaptarse a la exigencia de estos tiempos, la mujer-madre provoca que el hombre no cumpla con sus funciones.
            
Para la mujer de hoy, el hombre habría dejado de ser un complemento para convertirse en un enemigo a derrotar. Cuando no en un peligro.
           
─Tiene que ver con la maternidad de una mujer que ha sufrido, a su vez, al padre ausente dentro de su propia familia ─dice Mesta─. Es un círculo vicioso: si ese hombre que fue su padre le hubiese dado el suficiente cobijo y confianza cuando ella era niña, hoy esa mujer-madre nunca recelaría de su compañero. 

                                          *****
             
Entonces Alicia cayó fue la obra que el año pasado ganó el primer lugar en el III Concurso de Dramaturgia del Centro Cultural Británico. El veredicto: la habilidad de la directora para hilar la ingenua ficción de Lewis Carroll con una realidad muy conocida por todos nosotros.
           
El premio es ahora su puesta en escena.
           
Y al igual que en el clásico de la literatura universal, el conejo blanco nunca deja de aparecer entre escenas del montaje, siempre con su neurótica idea de que se le acaba el tiempo.
           
Aunque por un momento, el conejo también parece ser el único personaje capaz de sacar del agujero a los demás.

                                          *****

«¡Dios mío! ¡Qué cosas tan extrañas ocurren hoy! Y ayer todo pasaba como de costumbre. Me pregunto si habré cambiado durante la noche. Veamos: ¿era yo la misma al levantarme esta mañana? Me parece que puedo recordar que me sentía un poco distinta. Pero si no soy la misma, la siguiente pregunta es: ¿Quién demonios soy? ¡Ah, ese es el gran enigma!».


Entonces Alicia cayó, de Mariana de Althaus.
Elenco: Ana Cecilia Natteri, Sofía Rocha, Vanessa Saba, Carlos Mesta, Paul Martin y Patricia Barreto.
Horario: De jueves a lunes a las 8 p.m.
Lugar: Teatro Británico (Jr. Bellavista 527, Miraflores).
Entradas: De venta en Teleticket (de Wong y Metro) y boletería.

 

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