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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

La señorita Julia

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Una mujer utiliza el amor para escapar de sí misma. Sin embargo, no puede escapar de los prejuicios de su entorno. Algo nada fácil cuando una aristócrata se convierte en la amante de su sirviente. En esta (real) historia de La Plaza Isil, August Strindberg se pregunta hasta qué punto la sociedad define una relación.

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─¿Usted no ha querido nunca a su padre, señorita Julia?
           
─Sí, con todo mi corazón. Pero también he debido de odiarlo mucho, he tenido que hacerlo sin darme cuenta. Porque fue él quien me educó en el desprecio a mi propio sexo, el que hizo de mí un híbrido de hombre y mujer. ¿Quién tiene la culpa de lo que ha pasado? ¿Mi padre? ¿Mi madre? ¿Yo? ¡Pero si ni siquiera tengo un yo propio!
           
Para el momento en que Fiorella De Ferrari ha recitado este parlamento, ya ha dicho en la entrevista que su personaje es una joven que necesita sentirse amada pero que no sabe cómo construir el amor. Que quizá la educación de un padre acaudalado e inflexible y una madre plebeya y liberal la confundió más de la cuenta. Que es una señorita que crece con la obstinada idea de buscar los límites de todo porque ella misma fue criada desde los extremos.
           
Que solo puede sentirse bien cuando trasgrede lo que se espera de ella.
           
Y que su represión es lo que la hace buscar el amor donde pocas personas de su estatus social se atreverían: en la cocina de su residencia, en medio de los fogones y la mesa de la servidumbre.
           
─Esas son las formas que la señorita Julia tiene para conocer a la gente: con muchos cuestionamientos y confrontaciones, viviendo situaciones extremas donde ella pueda sentirse viva, sentirse una mujer y sentirse intensa a nivel sensorial ─dice De Ferrari─. Sin importarle que esto la lleve a confrontar incluso la muerte.
           
La actriz continúa con voz susurrante:
           
─Porque la señorita Julia es un producto de sus genes. Y su ambiente.

                                           *****

En 1889, August Strindberg escuchó hablar de una historia real en la que una condesa sedujo y fue seducida por un criado.
            
Al dramaturgo sueco le fascinó la noticia: como hijo de una sirvienta y un conde empobrecido, algo sabía de lo que esos devaneos podían provocar. Una maldición social, por ejemplo.
           
─Son cosas que hoy nos resultarían difíciles de creer, pero las limitaciones de una mujer como Julia son naturales y normales para la sociedad de su época ─dice Marian Gubbins, la directora de la obra─. Ellas estaban sometidas a los hombres en forma de esposos o padres, y al mismo tiempo a la sanción de la gente por el «qué dirán».
           
En un contexto así, la libertad de la mujer era impensable: si alguien se atrevía a ir más allá podía pasar de ser una respetable condesa a ser una cualquiera: alguien que ha perdido su dignidad solo por besar a quien no debía. Así de fácil y rápido. Automático.
           
En el prólogo de La señorita Julia, el autor anotó:
           
«El problema del ascenso o la caída social del conflicto entre superior e inferior, del mejor y el peor, del hombre y la mujer es, ha sido y será siempre de interés. Porque la vida no es tan matemáticamente idiota como para que solo los grandes se coman a los pequeños, sino también para que la abeja mate al león o, al menos, lo enloquezca».

                                           *****

 En la historia hay un personaje que intenta equilibrar la situación: la novia del sirviente, una cocinera, Cristina.
            
Método de equilibrio: la religión mezclada con la moral. Una religión sumida en la idea del pecado original y una moral prohibitiva obstinada en ver la vida en blanco y negro: el dúo perfecto para la represión.
            
Eso fue en la Suecia de hace 122 años.
            
─Lo que creemos por moral no es más que moralina: solo la ética vale la pena ─dice la actriz Camila Mac Lennan, el alter ego de Cristina─. La moral tiene que ver con los prejuicios que nos han inculcado, con la religión, con lo que supuestamente hay y no hay que hacer. Por eso mismo es que la moral muchas veces encierra un doble discurso.
           
Es ese doble discurso lo que influencia el mundo de los sirvientes: de allí el conflicto con el liberalismo de la señorita Julia, nacida en una familia de la nobleza pero educada con pensamientos en contra de esa nobleza y los hombres.
          
─Son dos extremos: el criado que quiere salir de la miseria porque los pobres le parecen miserables, y Julia que quiere salir de la rigidez de su aristocracia para ser algo más natural ─dice Mac Lennan─. Es una puja de clases igual a lo que sucede ahora, cuando no queremos que nos saquen de cierto lugar aún cuando esté cubierto de basura: crees que al menos conoces ese lugar. Y esa comodidad ─ese miedo a lo nuevo─ hace que no nos queramos mover, que sigamos estáticos y aparezcan todas esas moralinas tan dañinas.

                                           *****

A simple vista, la señorita Julia es la típica joven engreída que parece tenerlo todo: belleza, dinero y gracia.
           
Pero su desfachatez es la que no encaja: esa que delante de su pueblo le hace bailar del brazo de su sirviente, o la que la lleva a pasar la noche con él, o a planificar juntos una fuga. No es lo que se espera de una condesa. Más aún cuando compite con su criada.
            
Aunque la lectura también puede darse a la inversa: a veces los empleados son más conservadores que sus patrones.
            
─Creo que no hay una sola respuesta para entender a su personaje: hay deseo, hay frustración, hay una educación contradictoria en una personalidad frágil, y hay actitudes a contracorriente de una época ─dice Gubbins, la directora─. Pero también existe ese lado no definible que nos empuja a hacer cosas que muchas veces no entendemos por qué lo hicimos.
           
La señorita Julia nos habla del problema de las relaciones humanas, de cómo al ser distintos unos de otros estamos buscando todo el tiempo dónde podamos coincidir y sentirnos bien juntos ─dice Fiorella De Ferrari─. Esa lucha interminable es muy hermosa: la manera cómo la realices será lo que te permitirá seguir trascendiendo.

                                                        *****

La crítica fue despiadada con Strindberg en su tiempo y hasta pretendió censurarlo. No entendía por qué el dramaturgo insistía en presentar a sus personajes de manera tan realista y natural: solo porque este insistía en mostrar a sus personajes describiendo sueños nocturnos que en el fondo no eran más que anhelos.
            
Un descubrimiento que Freud haría muchos años después.
           
En su famoso prólogo a La señorita Julia ─casi otra obra maestra por sí misma─, Strindberg apuntó:
            
«Mis personajes viven en una época más vertiginosamente histérica que, al menos, la precedente. Por eso los he plasmado vacilantes y desgarrados. Su carácter es una suma de civilizaciones pasadas y actuales, de retazos de libros y periódicos, de trozos de gente y de jirones de vestidos de fiesta convertidos ya en harapos, tal como está formada el alma».
           
Luego se justifica:
           
«Para mí, la alegría de vivir reside en las duras y crueles batallas de la vida. Y mi placer, en aprender y saber algo».



La señorita Julia, de August Strindberg.
Dirección: Marian Gubbins.
Elenco: Fiorella De Ferrari, Bruno Odar, Camila Mac Lennan, Stéfano Salvini, Rosella Roggero y Lucía La Rosa.
Horario: De jueves a martes a las 8 p.m., y domingos a las 7 p.m.
Entradas: De venta en Teleticket (de Wong y Metro) y boletería.

 

8 comentarios

" pero las limitaciones de una mujer como Julia son naturales y normales para la sociedad de su época" de su epoca? si en la Lima, sobretodo en la clase alta se tiene todo ese complejo de racismo y clasismo no solo para escoger la pareja sino hasta las amistades. Siguen en el siglo 19 y aun no se dan cuenta!

Yo fui a ver esta obra ayer, bastante buena la verdada unque ciertamente algunos detalles no fueron de mi total agrado, el papel de Cristina fue demasiado sobreactuado, demasiado forzada la voz de la actris, no se si habria sido a propósito, yo lo dudo no era necesario para lograr un impacto y hacia versele como digo sobreactuado.

La escena en que le plantea Julia a Cristina la huída de a 3 tampoco me convenció del todo, aparentaba la actriz un colpaso nervioso, pero va hacia la mucama con una manera que se confunde entre un intento de seducción (con ideas) o la de un simple desvario mental, creo que fue la segunda y le falto un poco expresar la mania alli.

Pero en general Bruno y Fiorella hicieron un genial trabajo, bastante bueno la verdad y vale la pena ir a ver la obra.

Muy mala actuación, la chica es bonita y ese es todo su mérito, que tú hables más de lo que escribe Strindberg que de lo que ella actúa es la mejor demostración de que te pareció tan sosa como a mí.

Estimado Diego: mi reseña de las obras no pasa por criticar para bien o mal a los actores -algo muy subjetivo y que se lo dejo a otros "adjetivadores"-.
Creo que en el post hay temas interesantes que van más allá de la performance. ¿El argumento, quizá, tú que tuviste la suerte de verla?
Saludos,
C.

Si tu tema es el libro y no la puesta, ¿qué haces entrevistando a la gente que la pone en el escenario?
Y eso de que hay temas intereantes en tu post... lo dudo. No identifico en el texto, además de los pedacitos del multi-cherry-entrevista a los protagonistas y las directora, ninguna idea tuya para copiar y pegar acá. Nada tuyo (al menos en este post) es "entrecomillable". Gracias igual por la apertura.

Estimado lector: quizá no haya frases entrecomillables -no las busco- pero sí hicieron que te manifestaras un par de veces -lo que sí me interesa-.
Lo que quiero decir -y lo dije antes- es que no me importa calificar una obra como buena o mala o si la directora se equivocó o si los actores convencen y tal. Creo que eso es un periodismo simplón, tan simplón como poner estrellitas de "Me gustó" o "No me gustó" en el facebook sin decir realmente por qué.
Hablar de una obra y rescatar el valor de sus argumentos no es un 'cherry'. Los cherrys se generan más bien cuando día a día lees esas columnas repletas de calificativos y adjetivos sobre cualquier cosa.
Lo que realmente me interesa es provocar un cierto interés en el posible espectador.
Una curiosidad chiquitita, si quieres.
Entonces en el post propongo los temas que se entrecruzan en la obra: si le parecen interesantes al lector, la irá a ver. Si no es lo que busca por ahora, simplemente la dejará pasar y perfecto, nadie se morirá por eso. Al menos sabrá qué tipos de obras hay como alternativas para un fin de semana. De paso, se promueve la realización de más espectáculos de este tipo. ¿Justo, no te parece?
Y ya en el plano específico: el texto que cito de Strindberg es parte del prólogo que la directora quiso incluir en el programa. Lo único que hice -con un poquito de curiosidad- fue buscar el prólogo y complementar en algo la visión general del montaje. Por otro lado, lo que dicen los actores es tan valioso como la misma obra en sí: te abre la cabeza a otras perspectivas. ¿Cómo no citarlos?
Ahora, si los temas no te parecen interesantes, supongo que es una cuestión de sensibilidad tuya. Y claro, de tu subjetividad. Quizá te equivocaste al elegir una obra con la que no sintonizarías. Para otras personas -en las que me incluyo- nos pareció simplemente genial (pero eso te lo digo por acá).
Saludos cordiales,
C.

Perdóname que yo sí me permita entrecomillar una frase tuya que extraje de tu respuesta a Diego: “(…) no me importa calificar una obra como buena o mala o si la directora se equivocó o si los actores convencen y tal. Creo que eso es un periodismo simplón, tan simplón como poner estrellitas de "Me gustó" o "No me gustó" en el facebook sin decir realmente por qué”.
Calificar, comentar y recomendar una obra no es propio del “periodismo simplón”, sino de la “crítica teatral”, que es algo que falta en nuestro país. Y hacer crítica no es una labor muy simple; más bien yo diría todo lo contrario, pues conlleva un riesgo, una actitud comprometida, un deseo de vincularse estrechamente con el arte y los artistas, un afán por promover el teatro y motivar a las personas a que acudan a las salas.
En tus últimos posts te estás refiriendo a obras de teatro como “La señorita Julia”, “Annabella y Zina”, “La madonnita” y “Demasiado poco tiempo”, y aunque tu intención, como dices, sea exclusivamente la de despertar curiosidad por algunos temas, a mí me parece que estás entrando en cierta forma en el terreno de la crítica teatral. Quién sabe si es por eso que el lector del comentario que me antecede te ha reclamado una opinión más comprometida.
Hacer referencia a esas obras es tu manera de recomendarlas. Creo que esa es la intención. Entonces, ¿por qué no hacerlo abiertamente y, luego de reunir información y entrevistar a actores, directores, productores y dramaturgos, expresar si la puesta en escena te gustó?
Pienso que los espectadores no van al teatro a recibir información sobre ciertos temas que les puedan resultar interesantes, sino a experimentar sensaciones (creo que a esa experiencia tú mismo la has llamado “sintonizar”). Por eso importa muchísimo saber si les gustó o no les gustó lo que vieron.
Me pareció interesante la opinión de Diego Muñoz y quise dejarte la mía.

Hola, Rafael, entiendo tu posición y tu interés en que yo me involucre más sobre las reseñas teatrales que publico. Te agradezco eso.
Sin embargo, me parece que la respuesta la has dado tú mismo: mi apreciación personal y mi recomendación están en el mismo hecho que reseño una obra específica. Créeme que si la veo y no me (con)mueve, pues simplemente no la tocaré (y se han dado casos). Considero que eso ya implica una suficiente dosis de subjetividad como para encima estarla matizando con calificaciones o críticas adicionales.
Como le mencioné antes al buen Diego, estos textos habría que tomarlos como lo que son: reseñas de obras/reportajes de obras. Sui generis quizá, pero bueno, allí están.
Además, creo que hay que arriesgarse más allá de las predecibles recomendaciones: no esperemos siempre que nuestro dinero por una obra de teatro sea remunerado como si estuviéramos comprando un par de zapatos o un celular: estar abierto a otras posibilidades es también una manera de afinar la sintonización. Y claro, la sensibilidad.
Un abrazo,
C.


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