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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Annabella y Zina

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Dos mujeres buscan la felicidad: una desde la vida familiar y la otra desde la vida disipada. En el trayecto, ambas solo logran sufrir más. ¿Acaso no existe una fórmula?

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Annabella y Zina podría titularse también La mujer que siempre odió a su familia y la mujer que siempre quiso una familia.
           
Según Annabella, por familia entendamos a aquella con hijo y esposo: un esposo del que la mujer, el día de su accidentada muerte, solo sintió que al fin podría respirar. Y un hijo del que la madre, al darlo a luz, solo se preguntaba por qué le estaba pasando eso.
           
Según Zina, por familia entendamos a aquella que nunca se pudo concretar en medio de amantes casados, tíos incestuosos y abortos clandestinos.
            
Esta es la historia de Christian Rullier, el dramaturgo europeo a quien se considera uno de los célebres exponentes del nuevo teatro francés: aquel que no necesita «ficcionar» mucho para encontrar un clima saturado de cansancio, esterilidad y desazón. Un clima bastante inspirado en la realidad: uno donde las fantasías consoladoras ya no bastan.

                                           *****

─La verdad es que no sé bien por qué se le llama «nuevo teatro francés», pero creo se refiere al que va más allá del teatro recubierto de celofán: ese teatro basado en mentiras ─dice Gonzalo Molina, director de la obra─. Yo comulgo con esa idea: prefiero un teatro de la verdad, que en cierto modo te permita redescubrirte y reencontrarte. Uno que te exponga, que te interese a nivel íntimo, que por ratos te haga reír y por ratos te haga pensar.
           
Rullier es más escueto en su definición:
           
«El teatro que me gusta dice cosas que no tenemos la costumbre de escuchar. En él, la ficción es una búsqueda de la autenticidad que nos hace falta».
            
La ficción entonces ya no como mundo de escape, sino como un complemento al que todos conocemos.
           
Y un teatro que se hace más interesante cuando la realidad toma otra forma: una que muestra las oposiciones y contradicciones de estilos de vida que consideramos normales.
           
─Lo que me gusta del teatro contemporáneo es que muchas veces lo que está dicho en palabras no es necesariamente aquello que los personajes desearían o quisieran ─explica Molina, también comunicador y actor egresado de Artes Escénicas de la PUCP─. Es como lo que nos ocurre hoy en día: pretendes o sientes algo pero cada vez resulta más difícil definirlo. Annabella y Zina va por ese camino: intenta completar esos discursos que precisamente no se dicen.

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Dos mujeres de más de treinta años se encuentran para hablar de un accidente que ocurrió hace cinco.
           
Al principio de su diálogo uno no puede entender las referencias sueltas que hacen del accidente, aunque queda en claro una situación: son mujeres completamente solas, cada una con vivencias y formas de pensar opuestas.
           
Una viuda y una vampiresa que se han quedado ancladas en sus vidas y se perciben incompletas.
           
Anabella como la que apostó por ser una esposa y madre ejemplar, y termina sintiéndose la mujer más infeliz del mundo. Y Zina como la que apostó por seducir a todo aquel que se cruzara en su camino sin vincularse con nadie, y termina sintiéndose la mujer más vacía del mundo. Dos damas que en sus remembranzas se preguntan cuál es la fórmula de la felicidad.
            
Mientras conversan, cada una va desempolvando esa parte de la mujer que ha ido abandonando en el camino.
           
Lo más atractivo: la obra se va construyendo como un rompecabezas donde la última pieza es la que te dice cómo ocurrió el hecho del cual están hablando. Los diálogos van soltando las piezas de ese juego y poco a poco uno va comprendiendo cuál es la relación entre las dos personas, de qué están hablando y qué es lo que han estado sintiendo en ese tiempo.
           
Lo más inquietante: si te distraes perderás una pequeña pieza del rompecabezas.

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─Me ha pasado. Alguien se acerca y me dice: «Me encantó la obra, Gonzalito, pero ay, es muy triste» ─explica el director─. Y es como si en esta época el dolor hubiese perdido su valor. Como que hay una creciente tendencia a despreciar los dramas, como si fueran algo malo. ¿Y por qué ocurre esto? Porque el drama duele. Pero es importante que duela: así nos humaniza. Solo de este modo nos percatamos de lo que hemos vivido y pasado ─lo que nos ha dolido─ para poder cambiar de situación: para no repetirla.
           
Tal vez sea la influencia de una época de cinismo corrosivo que no soporta el drama y lo desvaloriza.
           
Un cinismo que no es más que un velado disimulo de la impotencia.
            
─No es que esté mal ver comedias para reír un rato, pero es bien difícil que hoy en día la gente se conecte con aquello que le ocurre ─dice Gonzalo Molina─. Pongo un ejemplo: yo enseño teatro en un colegio, y advierto que los adolescentes cada vez se rodean de más elementos de dispersión y distracción porque lo que menos quieren es pensar. Y no es que dejen de pensar porque sean brutos, sino porque no quieren conectarse consigo mismos. Porque claro, si te conectas con tus soledades y tus dolores, te asustarás mucho. Pero si no lo haces, tampoco te llegarás a conocer realmente.

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Estrenada en Francia en 1991, Annabella y Zina ha sido representada en cinco versiones distintas en varios países, desde Argentina hasta Bélgica pasando por Nueva York. A Christian Rullier ─cuyas obras de radio, televisión y cine se caracterizan por sus personajes de la vida cotidiana─ le demoró un año y medio escribir esta intensa historia de solo dos personajes.
           
Gonzalo Molina lo contactó vía Internet y le propuso traer esta obra a Lima. El dramaturgo aceptó, un tanto fascinado por la petición de una obra suya desde esta parte del mundo.
            
La historia se complementa no solo con los caóticos sonidos electrónicos de Pauchi Sasaki, sino también con oscuros videos que se proyectan en intervalos por encima de los actores: la idea es que el espectador tuviese una mayor cantidad de impresiones que lo acercaran sensorialmente a la historia. Así, las imágenes y la música completan aquello que los personajes han sido incapaces de decir: la parte inconsciente, lo que todo el tiempo está a punto de aflorar pero se frustra por algún motivo.
           
Con esta performance en el escenario, el director se confiesa: Esta obra me emociona y me aterra: solo así pude hacerla.

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Más allá de todo esto, una digresión: ¿Por qué cuando los directores de teatro montan una obra se empecinan en verla todos los días?
           
─Creo que es un afán un tanto morboso de convertirte en perfeccionista de tu propio trabajo ─responde Molina─. Me ha ocurrido que a los tres minutos de empezado el montaje comienzo a hacer notas y pensar en detalles para mejorarlo. Esa es la razón por la que una obra recién estrenada es completamente diferente a cuando ya está en mitad de temporada.
           
Y agrega:
           
─Pero una obra de teatro es como un hijo al que no puedes estar cogiéndole todo el tiempo la bicicleta: en algún momento tienes que soltarlo.

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Annabella y Zina, de Christian Rullier.
            Dirección: Gonzalo Molina.
           
Actuación: Elizabeth Muñoz y Pierina Carcelén.
           
Lugar: Teatro de la Alianza Francesa de Miraflores (Av. Arequipa 4595).
            
Horario: De jueves a lunes a las 8 p.m.
           
Entrada: Desde S/.30 en boletería y Teleticket (de Wong y Metro). 

 

 

 

2 comentarios

"Tal vez sea la influencia de una época de cinismo corrosivo que no soporta el drama y lo desvaloriza."
Solo hay que ver los porcentajes del voto de Keiko en algunos distritos A/B de Lima para darse cuenta que el cinismo y la falta de valores es lo que prima.

Fui a ver la obra y la verdad es que es muy intensa.
Las dos actrices se lucen y se nota la mano de Gonzalo Molina.
Es un gusto ver a Pierina Carcelen despojarse de los papeles de miniserie juvenil y verla como ha crecido como actriz.
Vayan a verlaaaaaa. Altamente recomendable.

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