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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

La rebelión de los lápices

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Autoritarismos, corrupción, egocentrismos: una exposición de caricaturas políticas de la Biblioteca Nacional del Perú nos demuestra que no estamos muy lejos de las vivencias históricas del siglo XIX 

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Alguna vez los diarios fueron sinceros: no pretendían hacer pasar sus favoritismos y opiniones como información objetiva.
            Alguna vez los diarios fueron muy críticos con los gobernantes antes, durante y después de que lo fueran.
            Alguna vez los diarios no fueron diarios: salían cuando podían ─cada tres días, tres semanas o tres meses─, y cuando sus directores tenían algo de dinero, y cuando no los censuraba el presidente de turno.
            Alguna vez los diarios no dependieron de las inversiones estatales.
            Pero de eso hace mucho.
            Un par de siglos, digamos.
            En esa época no todo el mundo sabía leer. Y por tanto, no todo el mundo podía enterarse al detalle de los laberintos del poder. En un ambiente en el que el único noticiero era el boca-a-boca ─con su natural dosis de chismes y rumores─, una caricatura en la portada de uno de esos diarios era un instrumento crítico fácil de entender: con apenas unos cuantos trazos, denunciaban con humor lo que se estaba viviendo a una buena parte de la población.
            Egocentrismos, corrupción, autoritarismos, mentiras, censuras, nepotismos, desvaríos mentales, violencia: todos los posibles males de los políticos terminaban expuestos ante las mayorías. Porque bastaba una simple idea sintetizada en un dibujo, y sus grandilocuentes discursos se disolvían en carcajadas masivas. Además, el ridículo en público estaba asegurado: por un buen momento, la palabra de los políticos ─como su honor─ no valía nada. Terminaban como simples mortales desinflados de su poder.
            Pero de eso hace mucho: un par de siglos atrás.
            Una época en la que los políticos aún sentían vergüenza.

                                           *****

─Queremos reivindicar a la caricatura: que se deseche la idea de que es un arte menor. Y que se revalore la función social y política del caricaturista como alguien que trasgrede una norma estética por una práctica ideológica ─dice Ramón Mujica Pinilla, director de la Biblioteca Nacional del Perú (BNP)─. Pero más allá de eso, que se vea que los caricaturistas son profundamente moralistas, porque siempre apelan a valores muy amplios como la justicia o la libertad.
            Y agrega:
            ─Porque la caricatura es un argumento político.
            O un acto ciudadano.
            La rebelión de los lápices es la exposición que ha organizado la BNP para mostrar todos los fondos antiguos ─léase tesoros─ que alberga en sus bóvedas: más de 1,500 frágiles manuscritos y publicaciones con dos, tres y cuatro centurias. En la muestra ─curada por Mujica─ solo se ha considerado una selecta parte de esa herencia: caricaturas políticas que van de inicios de la república hasta el año 1900.
            Es decir, un trayecto histórico dividido en categorías temporales, cada una más rica y absurda que la otra: Independencia, Castillismo, Civilismo, Guerra del Pacífico y Reconstrucción Nacional.
            Movimientos, situaciones y fenómenos que los peruanos sufrimos en el pasado y que parece no nos molesta repetir cada tanto.
            Escenarios contados mil veces mejor que en un libro escolar de historia del Perú, siempre tan asépticos.
            Allí están, por ejemplo, las caricaturas anti-independentistas dedicadas a José de San Martín y que circularon antes de su paso por el Perú, en 1818: en ellas, el Libertador aparece con orejas de burro y cabalga sobre O'Higgins, quien también es representado como un jumento.
            O esas caricaturas publicadas durante la Guerra del Pacífico en las que el gallinazo limeño picotea hasta morir al cóndor chileno.
            O esas caricaturas publicadas en un diario pierolista en las que Manuel Gonzales Prada ─lúcido librepensador anarquista─ aparece como un asno que patea la cruz cristiana mientras a su lado una banderola reza: «Abajo la religión. Abajo el gobierno. Abajo los obreros. Viva el diablo».
            O esas caricaturas donde un mefistofélico Ramón Castilla pisa la Constitución con su bota de militar y le da la espalda al sillón presidencial, mientras pronuncia «El Estado soy yo, yo y siempre yo».
            Mujica dice:
            ─La caricatura siempre ofrece una perspectiva distinta de la historia del Perú: definitivamente no es la mirada del gobernante, sino la mirada marginal y subjetiva de quien observa desde las afueras del poder.
            Miradas del siglo XIX que aún ahora nos suenan muy conocidas.

                                           *****

La caricatura es irónica incluso con su etimología: el término proviene del verbo latino caricare que significa «cargar». La caricatura es, por tanto, un retrato recargado y distorsionado que pretende neutralizar a un oponente a través de un golpe simbólico.
            Lo simbólico tiene sentido: el poder político siempre se expresa a través de un lenguaje visual.
            La bandera nacional, el escudo patrio y la banda presidencial son prácticamente emblemas del poder, el orden y la autoridad. Y si uno los resalta o ataca en quien los utiliza, termina embistiendo toda su representación: deslegitima a quien ─se cree─ no merece ostentarlos.
            En la Revolución Francesa se usaron. Y también en la invasión de Napoleón. Gustavo Adolfo Becquer hizo retratos risibles de los reyes de España. Lo mismo Francisco de Goya contra el clero. Y mucho antes, los reformistas luteranos se sirvieron de las caricaturas para burlarse de los Papas católicos.
            ─La caricatura implica la subversión de los cánones renacentistas italianos que representaba al cuerpo humano como la medida de todas las cosas. Al invertir ese discurso esteticista, muestra la naturaleza irracional y salvaje del hombre ─dice Ramón Mujica─. De allí que los caricaturistas le atribuyeran rasgos animales a sus gobernantes: pretenden demostrar la naturaleza depredadora de sus gobiernos.
            Algo de esto intuían ─y lo intuyen─ los políticos desde que la caricatura es usada como arma ideológica.
            No en vano en la época virreinal las caricaturas fueron prohibidas por la Inquisición. Y no en vano eximios presidentes peruanos ─entre dictadores y «demócratas»─ como Ramón Castilla, José Balta, Nicolás de Piérola y Andrés Avelino Cáceres clausuraron imprentas y diarios y mandaron a prisión a directores de prensa y caricaturistas por igual.
            ─Sus ilustraciones nos hablan precisamente de la contradicción de la república peruana: si bien se supone que existía libertad de expresión, en la práctica muchas veces los gobernantes se confundían y mimetizaban con el Estado ─dice el director de la BNP─. En ese sentido, estos caricaturistas denunciaban las fisuras del modelo democrático que tenemos en Perú desde su fundación como país.
             Al denunciar estas fisuras, invocaban a las mayorías a que defendieran sus derechos. Y a que participasen más en las decisiones políticas.
             Las caricaturas como un arte de combate diario.

                                           *****

 Como expresiones del pueblo, las caricaturas también pueden considerarse sortilegios.
             En 1870 se publicó en Barcelona una caricatura donde se veía al por entonces presidente Juan Prim y Prats ataviado como Julio César y a punto de entrar al Senado Romano donde lo asesinarían. Una semana después, el presidente sufrió un atentado y, días después, murió.
             De inmediato, la policía española ordenó la clausura del diario y la persecución de los caricaturistas responsables de esa broma subversiva: la caricatura se había convertido en un imperdonable código visual para eliminar al mandatario. Los dibujantes fugaron en barco y se vinieron a Sudamérica. Se les perdió el rastro.
             Ocho años más tarde, la misma caricatura apareció en un diario peruano. La única diferencia: que Julio César esta vez era el presidente Manuel Pardo y Lavalle. El Congreso de la República era el Senado, a su lado lo seguía su séquito de ministros y Piérola, su conspirador, lo observaba receloso.
             Según el historiador Jorge Basadre, ese día los canillitas anunciaron la edición matutina del diario como «¡¡Asesinan a Pardo!!», «¡¡Lean el asesinato de Pardo!!».
             Una semana después, Pardo fue asesinado en el Congreso.
             La caricatura se titulaba El último día del César.

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La rebelión de los lápices: El Perú del siglo XIX en caricaturas.
Dónde: Biblioteca Nacional del Perú (Av. De la Poesía 160, San Borja - Cruce de Av. Javier Prado y Aviación).
Horario: De lunes a sábado, de 9 a.m. a 7 p.m.
Ingreso libre.


2 comentarios

Me parece fantástica esta iniciativa de la Biblioteca Nacional, y es necesario destacar que es un polo cultural muy poderoso con fantásticas iniciativas desde hace años. Cambian los directores, pero su labor de difusión se mantiene. ¡Bien!
Sin embargo, todavía pueden mejorar. Por ejemplo, si hicieran una versión Web de sus exposiciones para quienes no podemos ir hasta la Av. Abancay o a Javier Prado, en horario de oficina, para ver las exposiciones en vivo.
¡Felicitaciones bibliotecarios!

Alejandro, creo ke lo que sugieres no se puede realizar por un tema de Derechos de Autor. Ademas se pierde la naturaleza de una exposición..
Felicitaciones a la BNP.

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