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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Una peruana en la China [pt. 2]

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                                  ***** [continúa] *****

 [Tránsito].

            
Si bien las bicicletas se mantienen como medio de transporte, los autos han invadido la ciudad dice Sofía. El tránsito es impresionante pero no por desordenado sino por la cantidad de vehículos que ya no se puede controlar. Te sofocan.
            
Precisamente por esa densidad es que existe el tren subterráneo, interconectado al detalle con cualquier rincón de Beijing y con paradas calculadas casi con cronómetro.
           
Además, nadie sube al subte sin ser vigilado: pasas por scanners que revisan que no lleves armas, alcohol ni objetos peligrosos. Los taxis, en cambio, te demoran y salen más caros. Peor aún: los taxistas son tan desconfiados que si vas con bultos grandes no te dejan subir. Por ejemplo, cada vez que llevo una torta a casa debo hacer malabares para explicarles que dentro de ese paquete hay algo comestible y no una bomba. Hasta se bajan del auto para ver qué es lo que tengo.
           
Entonces le pregunto a Sofía si la policía china es tan visiblemente corrupta como la peruana: ¿acaso el conductor le ofrece dinero a cambio de la multa?
           
Aquí la policía de tránsito está no habida. No hay. Los únicos policías que he visto en toda la capital caminaban tranquilos en la plaza Tiananmén, que es donde están los edificios de gobierno. Por extensión se puede entender que la coima al menos en el tránsito no existe.
           
La policía no existe en Beijing quizá porque las reglas de tránsito son completamente diferentes a las de este lado del mundo.
           
Por ejemplo, para un conductor chino el peatón simplemente es una abstracción: los autos tienen la preferencia y así uno vaya en silla de ruedas deberá esperar a que circulen el auto, la bicicleta y hasta el mototaxi. Por tanto, los conductores ni siquiera se preocupan en mirar si alguien está a punto de cruzar en las esquinas: lo que pueda ocurrir es responsabilidad del peatón.
            
Nadie cuestiona ese orden.
           
Con todo, los chinos manejan despacio y cada uno sabe qué pieza del rompecabezas es: de lo contrario la situación sería imposible explica Sofía. Suelen cometer imprudencias que para ellos no son tales: hablan por celular mientras conducen y se adelantan sin problemas. Pero hasta ahora no he visto ni un solo accidente.
           
Sus autos tampoco son como los de este lado del mundo: a decir de la actriz, los sedanes y deportivos de Audi en Beijing son tan comunes y masivos como la versión Yaris de Toyota en Lima. Eso, sin contar la cantidad de Lamborghini, Ferrari, Mini Cooper y Alfa Romeo que uno va encontrando a su paso.
           
La idiosincrasia del ciudadano chino dicta que no se escatimen gastos a la hora de adquirir un auto, así luego tenga que vivir en un lugar incómodo o pequeño.
           
Por eso el chino pierde toda su tranquilidad si de alguna forma tocas su auto. Hace unos días vimos cómo un turista norteamericano de casi dos metros, a punto de ser atropellado por un taxista, le palmoteó el techo del vehículo para reclamarle. Hecho un loco, el chino se bajó del auto y empezó a gritarle con furia. El gringo gigantón se puso rojo de cólera y vergüenza pero no dijo nada. Parecía asustado. Y en otra ocasión vi a dos conductores chinos discutiendo en medio del tráfico, y de pronto uno de ellos sacó un palo: amenazó al otro solo por rozar su auto.
            
Para la mentalidad capitalista oriental, el automóvil es ahora un fetiche.

                                            *****

[Vida social].

            En Beijing, una profesora mucho más joven intenta enseñarle a Sofía el idioma chino: lo único que ha entendido hasta ahora son las diferencias estructurales con el lenguaje occidental sea castellano, inglés, francés o alemán.
           
El pinyin es un sistema de escritura basado en la transcripción fonética de los sonidos chinos al alfabeto occidental. Es un sistema para que Occidente pueda comunicarse mejor con China y también para poder aprender su idioma y leerlo dice Su Fei. En cualquier lugar público las indicaciones están escritas en pinyin. Y los niños chinos lo usan en los dos primeros años de la escuela: después aprenden a leer solo en caracteres.
            
Caracteres: esos ideogramas que para nosotros suenan a jeroglíficos pero que a los chinos les permite leer dos veces: leer el texto y leer la figura del texto aparte de las imágenes fotográficas e ilustraciones.
            
Lo más complicado del idioma es la pronunciación: una misma palabra puede significar varias cosas: si no la pronuncias bien sonará a otra cosa. Además, cada letra y cada palabra poseen un acento particular. Por eso es que el idioma chino suena gutural: porque funciona a base de tonos.
            
Pero si bien la comunicación es difícil, la convivencia con los ciudadanos chinos se hace fácil: bastante pacífica. A diferencia de los peruanos, los asiáticos no hacen fiestas en su casa ni beben alcohol en exceso. De hecho, los únicos que hacen escándalos en la calle y se lucen beodos son los extranjeros. Para la mirada de un occidental, los chinos sufren de un comportamiento pasivo.
            
Tal vez esta calma sea lo más aconsejable en una ciudad con millones de habitantes.
           
Sobre todo cuando poco a poco Beijing también empieza a poblarse de habitantes de otras partes del mundo: muchos jóvenes europeos estudiando en universidades chinas quizá porque son más baratas o quizá porque ya comprendieron la importancia de aprender a pensar en chino, y muchos hindués, pakistaníes e israelitas que buscan hacer negocios. Los sudamericanos son pocos pero también están.
          
Ves gente todo el tiempo, en todos lados. Beijing no es una ciudad de casas sino de edificios, y a diferencia de Lima, son edificios en formato grande dice la actriz. Y aún así, nunca te sientes asfixiado por sus habitantes porque la ciudad es enorme en todo: en sus calles, autopistas, shoppings, restaurantes, teatros, baños públicos, en todo. Más aún, la gente camina confiada y te sientes segura: sabes que nadie te va a hacer daño.
           
Sofía prefiere pensar que las razones de esa serena convivencia son culturales: no quiere creer que se deba a las cámaras de seguridad.
           
Porque Beijing está saturada de cámaras de seguridad.
           
En los postes de cada calle, en lo alto de los edificios, dentro y fuera de los centros comerciales, en las estaciones de subte, en las residencias de los habitantes: en cada lugar adonde uno pueda ir, trabajar, comer y dormir, hay siempre instaladas cámaras de seguridad, esperando la presencia de un posible enemigo: un terrorista o un criminal o un delincuente.
           
O un ciudadano inconforme con el sistema.
           
Como en 1984 la famosa novela de George Orwell, nadie sabe si detrás de cada una de esas miles de cámaras existe un ojo avizor, pero el mensaje es claro y directo y la gente prefiere no poner a prueba esa voluntad de omnipresencia.
            
Tampoco son chismosos ni les gusta llamar la atención siquiera en sus programas de televisión. Simplemente es otra cultura: si ya en la calle los chinos son pacientes, no te agreden y se muestran sobrios, queda claro que no están pendientes de los detalles de la vida del otro finaliza Sofía, reconociendo otro punto incomprendido de esa civilización asiática: la discreción.
            
Una discreción que Occidente hace tiempo perdió.

                                           *****

           
Sofía aún no entiende el idioma, y por ello se le hace complicado hablar con otros ciudadanos chinos sobre su cultura y la manera de razonar: sabe que se le escapan cosas, pero reconoce que aún no está en capacidad de entenderlas. Según le ha dicho su profesora, para que pueda comunicarse a un nivel decente tendría que estudiar el idioma un par de años como mínimo: ella recién tiene cuatro meses.
           
De allí que todo lo que va anotando en su blog http://china-in-china.blogspot.com/ son básicamente descripciones y anécdotas a manera de ensayos de lo que observa en su cotidianeidad.
            
No comprende, por ejemplo, por qué en el país asiático de las cinco mil islas se respeta tanto a los ancianos al punto de no hacer nada que ellos no ordenen, o por qué es considerado un privilegio el hecho de que en una sola casa los padres vivan con sus hijos, nietos y tataranietos, o por qué toda China tiene la misma hora cuando por su enorme extensión abarca varias franjas horarias mundiales, o por qué la parte turística de la famosa Muralla China solo es una ínfima parte de lo que realmente es.
             
No lo comprende aún, pero ya tendrá tiempo de escribirlo.


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3 comentarios

Me encantó estos comentarios,ojalá podamos de alguna manera practicarlas, especialmente en lo referente al respeto a las personas mayores.

mi hija por negocios esta en canton en este momento y nos cuenta que la comida es incomible(no tiene nada que ver con los platos que hacen los chinos en sudamerica)el aseo especialmente de los baños es deplorable.no recomendabe como paseo.

QUE LINDO, QUEDÉ FACINADA CON TODO LO QUE CUENTA ESTA COMPATRIOTA EN LA CHINA. MUCHAS GRACIAS,

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