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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

¿A qué responde la opinión pública?

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Decidir el voto a partir de lo que cree la mayoría es el pensamiento recurrente en estos días electorales. ¿Pero realmente se puede establecer un clima de votación considerando las encuestas políticas?

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            Pierre Bourdieu (1930-2002) fue uno de los ensayistas franceses más agudos de la época contemporánea. En los años setenta ofreció una conferencia donde desnudó el sistema de
la opinión pública: la consideró una maquinaria al servicio de los grupos de poder ─entendiendo como grupos de poder tanto a empresarios y medios de comunicación como partidos políticos y asociaciones civiles─.
Esta es una versión editada de aquella observación.

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            Mi propósito no es denunciar de manera mecánica las encuestas de opinión, sino proceder a un análisis de su funcionamiento, lo que implica que se cuestionen los tres postulados que suponen. Las encuestas de opinión presumen que todo el mundo puede tener una opinión o, como mínimo, que la producción de una opinión está al alcance de todos. Aún a riesgo de contrariar un sentimiento ingenuamente democrático, pondré en duda este primer postulado.
            Segundo postulado: se supone que todas las opiniones tienen el mismo peso. Pero se puede demostrar que no hay nada de esto y que el hecho de acumular opiniones que no tienen en absoluto la misma fuerza real lleva a producir artefactos desprovistos de sentido. Tercer postulado implícito: en el simple hecho de plantearle la misma pregunta a todo el mundo se halla implicada la hipótesis de que hay un consenso sobre los problemas, es decir, existe un acuerdo sobre las preguntas que vale la pena plantear.
             Estos tres postulados crean toda una serie de distorsiones que se observan incluso cuando se cumplen todas las condiciones del rigor metodológico en la recogida y análisis de los datos.
             A menudo se hacen reproches técnicos a las encuestas de opinión. Por ejemplo, se cuestiona la representatividad de las muestras. Pero también se les reprocha el hacer preguntas sesgadas o, más bien, el sesgar las preguntas en su formulación: esto es más cierto y muchas veces se condiciona la respuesta mediante la forma de hacer la pregunta. Así, por ejemplo, transgrediendo la idea elemental de la elaboración de un cuestionario que exige se les "ofrezca sus oportunidades" a todas las respuestas posibles, suele omitirse una de las opciones posibles en las preguntas o respuestas. Es más, incluso se propone varias veces la misma opción bajo formulaciones diferentes. 
             Hay toda clase de sesgos de este tipo y sería interesante preguntarse por su aparición. A veces se debe a las condiciones en las que trabajan las personas que producen los cuestionarios. Pero, sobre todo, porque las problemáticas que fabrican los institutos de opinión están subordinadas a una demanda de tipo particular».

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             Las problemáticas que proponen las encuestas de opinión están subordinadas a intereses políticos, y esto influye tanto en el significado de las respuestas como en el significado que se le confiere a la publicación de los resultados. La encuesta de opinión es, en el estado actual, un instrumento de acción política: su función consiste en imponer la ilusión de que existe una opinión pública como sumatoria de opiniones individuales. Es decir, impone la idea de que existe algo que sería como el promedio de las opiniones o la opinión media. 
              La opinión pública que aparece en las primeras páginas de los periódicos ─el 60% de los franceses está a favor de...─ es un simple artefacto cuya función es disimular que el estado de la opinión en un momento dado es un sistema de fuerzas y tensiones, y que no hay nada más inadecuado para representar el estado de la opinión que un porcentaje.
              Sabemos que todo ejercicio de la fuerza va acompañado por un discurso cuyo fin es legitimar la fuerza del que la ejerce. Incluso lo propio de toda relación de fuerza es el hecho de que solo ejerce su poder en la medida que se disimula como tal. Es decir, el hombre político es el que dice "Dios está de nuestra parte". Y el equivalente de "Dios está de nuestra parte" es hoy en día "La opinión pública está de nuestra parte". 
He aquí el efecto fundamental de la encuesta de opinión: constituir la idea de que existe una opinión pública unánime, y así legitimar una política y reforzar las relaciones de fuerza que la sostienen o hacen posible».

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            Dentro de las encuestas de opinión no existe un problema-ómnibus ni pregunta que no sea reinterpretada en función de los intereses a quienes se plantea, por lo que el primer imperativo es preguntarse a qué pregunta creyeron responder las distintas categorías de encuestados. Uno de los efectos más perniciosos de la encuesta de opinión consiste en conminar a las personas a responder a preguntas que no se han planteado.
            Por ejemplo: las preguntas que giran en torno a problemas de moral ─ya se trate de preguntas sobre la severidad de los padres o las relaciones entre profesores y alumnos─, dependerán de su percepción como problemas éticos: las encuestas transforman respuestas éticas en respuestas políticas por el simple efecto de imposición de la problemática.
            Hay varios principios a partir de los cuales se puede generar una respuesta. En primer lugar está lo que se puede llamar la competencia política en referencia a una definición a la vez arbitraria y legítima ─es decir, dominante y disimulada como tal─ de la política. Esta competencia política no está universalmente distribuida. Varía grosso modo como el nivel de instrucción. En otras palabras, la probabilidad de tener una opinión sobre todas las cuestiones que suponen un saber político es comparable con la probabilidad de ir al museo.
             Al final, una elección es la agregación de espacios completamente distintos: se suma a personas que miden en centímetros con personas que miden en kilómetros o más bien, a personas que puntúan de cero a veinte con personas que puntúan entre nueve y once. La competencia se aprecia por su grado de percepción ─ocurre lo mismo en estética: algunas personas pueden distinguir los cinco o seis estilos sucesivos de un solo pintor─.
             Por tanto, la primera condición para responder de forma adecuada a una cuestión política es ser capaz de construirla como política. La segunda, tras haberla construido como política, es ser capaz de aplicarle categorías específicamente políticas, que pueden ser más o menos adecuadas, más o menos refinadas, etcétera. Así se producen las opiniones, las que la encuesta de opinión supone que se generan de forma universal y uniforme».

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             Segundo principio a partir del cual las personas pueden producir una opinión: lo que llamo el ethos de clase ─por no decir ética de clase─, es decir, un sistema de valores implícito que las personas han interiorizado desde la infancia y a partir del cual generan respuestas a problemas distintos. Las opiniones que las personas pueden intercambiar luego de un partido de fútbol entre el Roubaix y el Valenciennes le deben una buena parte de su lógica al ethos de clase.
             Una multitud de respuestas a las que se considera respuestas políticas se produce a partir del ethos de clase y puede asumir, a la vez, un significado muy distinto cuando se las interpreta en el terreno político. Lo que está en cuestión es el significado de las respuestas a determinadas preguntas. Supongamos un conjunto de preguntas de este tipo: ¿Está usted a favor de la igualdad entre los sexos? ¿Está usted a favor de una educación no represiva? ¿Está usted a favor de la nueva sociedad? Ahora supongamos otro conjunto de preguntas: ¿Deben hacer huelga los profesores cuando ven amenazada su situación? ¿Deben ser solidarios los docentes con el resto de funcionarios en los períodos de conflicto social?
              El efecto de imposición de problemática ─efecto ejercido por toda encuesta de opinión─ deriva del hecho de que las preguntas planteadas en una encuesta no son preguntas que se les planteen realmente a todas las personas interrogadas, así como las respuestas no son interpretadas en función de los niveles socioeconómicos de los encuestados. La problemática dominante ─la problemática que les interesa a las personas que detentan el poder y quieren estar informadas sobre los modos de organizar su accionar político─ es asumida de manera muy desigual por las diferentes clases sociales».

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«Si las encuestas de opinión captan muy mal los estados virtuales de la opinión, se debe a que las circunstancias en la que toman las opiniones es completamente artificial. En las situaciones en que se forma la opinión ─en particular las situaciones de crisis─, las personas se hallan ante opiniones sostenidas por grupos, de manera que elegir entre opiniones es, claramente, elegir entre grupos.
             Este es el principio del efecto de politización que produce la crisis: hay que elegir entre grupos que se definen políticamente y definir cada vez más tomas de posición en función de principios explícitamente políticos. Lo importante es que la encuesta de opinión trata a la opinión pública como una simple suma de opiniones individuales, recogidas en una situación que, en el fondo, es la de la cabina electoral, donde el individuo va furtivamente a expresar en el aislamiento una opinión aislada.
             Otra ley se desprende de este análisis: se tienen más opiniones sobre un problema cuanto más interesado se está por el problema. Por ejemplo, en relación al sistema de enseñanza, la tasa de respuestas está íntimamente ligada al grado de proximidad con ese sistema de enseñanza, y la probabilidad de tener una opinión varía en función de la posibilidad de tener poder sobre aquello de lo que se opina. Si un ministro de educación actuase en función de una encuesta de opinión no haría lo que hace cuando actúa realmente como político, es decir, a partir de las llamadas de teléfono que recibe, o de la visita de algún dirigente o decano».


 Conferencia ofrecida en Noroit en 1972, y  publicada en Les temps modernes en 1973. Traducida por Enrique Martín Criado para la revista Cuestiones de Sociología.

 

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