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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

En la mitad de la vida

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Si eres de los chicos que se fijaron la meta de ser famosos y obtener su primer millón a los treinta años, debes ver La tercera edad de la juventud. Y si eres de las chicas que a los treinta años ya se veían estables y felizmente casadas, debes ver La tercera edad de la juventud, la comedia de Eduardo Adrianzén y Giovanni Ciccia.

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─Cuando estrenamos La tercera edad de la juventud, los actores recién se percataron de que era una obra para reír. Me preguntaban: ¿En verdad esto era una comedia, no? ─me dice Giovanni Ciccia, director de esta obra originalmente escrita por el dramaturgo peruano Eduardo Adrianzén─. Y es que los actores no me creían al leer el libreto. Pensaban que quizá estábamos exagerando el registro.
            Porque no es muy común que una historia aparentemente angustiosa en el papel resulte ser una historia para divertir a carcajadas a la hora del montaje.
            Y porque la obra no es la clásica comedia sin argumentos y de risa fácil: en realidad, podría tratarse de un drama que ha sido convertido a comedia. Una historia en la que encontramos el verdadero sentido de la comedia: celebrar la vida con sus virtudes y defectos ─con sus alegrías y pesares─ a partir del humor. No es la típica comedia ─de televisión, de teatro─ que te vende un mundo surreal en el que todos están felices sin razones visibles: aquí cada uno sabe su lugar en el espacio y lo que se espera de ellos: algo muy parecido a lo que ocurre en la realidad. Y en el arte con el que se movilizan en ese espacio reside precisamente el humor.
            Robert Luis Stevenson escribió alguna vez: «En el fondo, lo que celebramos no es la vida, sino el vivir».
            Y La tercera edad de la juventud te habla de eso. De la joie de vivre. La alegría de vivir.
            Sobre todo cuando estás a la mitad de todo.

                                           *****

─Cuando uno tiene veinte o veinticinco años es muy difícil establecer el paso del tiempo, pero a los treinta y cinco o cuarenta años ya te percatas de todo lo que ha pasado, y es allí cuando marcas distancia y evalúas. En especial, evalúas las ausencias ─explica Ciccia─. Entonces te preguntas: ¿Y si hace quince años yo hubiera hecho esto? Ese mismo cuestionamiento no golpea tanto como si te lo hicieras a los veintidós, por ejemplo, porque a esa edad aún tienes posibilidades de hacer giros en tu vida y no pasa nada...
            ─Claro, quizá allí todavía no tienes responsabilidades con terceros como una esposa o hijos o padres ancianos ─le comento.
            ─Exacto. Y fíjate que los jóvenes son totalmente impunes: pueden hacer cualquier huevada y se los perdonas precisamente porque son jóvenes y no tienen experiencia. Pero a un viejo no le perdonas nada. Ni siquiera el ridículo.
            En La tercera edad de la juventud, tres parejas cuyas edades oscilan entre las tres y cuatro décadas se encuentran celebrando un cumpleaños en la playa durante un fin de semana. Cada uno de ellos, a estas alturas, ya ha construido la imagen propia con la que vivirá el resto de los días: uno es el ejecutivo exitoso y soberbio, el otro es el yuppie escéptico y banal, y el tercero un artista solitario que ha asumido su homosexualidad. Las mujeres no se quedan atrás: una es la abnegada esposa y candorosa escritora de novelas, la otra es la divorciada insatisfecha que actúa como una vampiresa, y la tercera es la chica engreída que siente que se le está pasando el tren y aún no consigue formar familia.
           Sin embargo, la aparición de un muchacho de veintitrés años ─notoriamente más joven y vital e ingenuo─ les desequilibra la fiesta: les hace recordar cuando ellos tenían esa misma edad.
           Y entonces empiezan a cuestionarse y surgen frases como estas: «A nuestra edad, el amor se esquiva o se guarda».
            O:
             «¿Habremos mejorado en el tiempo? ¿Cumplimos nuestros sueños o los fuimos adaptando a lo que pudimos conseguir?».
             La tercera edad del título hace referencia a eso: al verano de las vidas, esa estación previa al otoño ─la madurez─ de donde ya no se podrá salir. La última oportunidad para revisar rápidamente si todo está marchando bien.
             Porque además, el verano dura poco.

                                           *****

             Decir que una comedia es inteligente es condenarla ante cierto público que prefiere reír sin tener que reflexionar mucho: al fin y al cabo, suele creerse que las comedias están hechas para salir de la realidad y no seguir pensando.
             Por supuesto, una idea así reduce al humor a un simple efecto terapéutico donde la risa es una catarsis-de-cualquier-cosa.
             Pero si una obra te hace reír solo a partir de la seducción con la que te atrapa ─sin necesidad de bullicios ni escándalos─, entonces estamos hablando de las ligas mayores.
            En ese camino sutil las carcajadas te llevan a encontrar atisbos de una condición humana inquietantemente confusa.

                                           *****

─Te digo algo: el tema de la obra y los diálogos son muy fuertes y presentan conflictos de verdad, pero son tan bien manejados por la dupla Adrianzén/Ciccia que solo te ríes y ríes y el mensaje se te queda de manera subliminal.
            Así es cómo Óscar López Arias considera esta obra en la que inicialmente tuvo muchos problemas para identificarse con su rol: no se siente tan yuppie ni indiferente como su personaje teatral, ni tan preocupado por lo que hizo y no hizo en su vida.
            ─¿Y sabes por qué subliminal? Porque te diviertes y aplaudes y te vas del teatro sin percatarte de que te estás llevando tarea a tu casa, y quizá cuando te eches a dormir inevitablemente vas a repasar ciertos pasajes de tu historia personal: tal vez alguna antigua novia, tal vez algún fin de semana, tal vez alguna borrachera. Lo que sea.
            Y entonces le pregunto si no le molesta que el público se ría de frases o situaciones que contados de otro modo sonarían tristes, y él me dice que no, que por el contrario, que sabe que hacer comedia es un trabajo bien serio.
            ─Yo puedo actuar con un texto sin la intención de hacerte reír pero es en el contexto que se hace divertido explica López Arias. Porque el gran dilema de hacer comedia radica en esto: ¿Me hago el payaso como cómico ambulante y suelto chistes de lo que sea a ver cuál pega o actúo de manera trabajada con la entonación y la velocidad correcta de voz para que las palabras tengan el efecto divertido en el momento preciso?

                                           *****

Uno de los problemas de una obra extranjera adaptada a nuestro idioma es, precisamente, su traducción: el guión está compuesto por palabras que no usaríamos en nuestra vida cotidiana. Y eso le resta efecto a la obra por muy atractiva que esta sea, porque ante un libreto así los actores no parecen estar conversando sino recitando ─en el sentido de discursear─.
            Felizmente ese no es el caso de La tercera edad de la juventud.
            ─Adrianzén llama a su obra una 'comedia emocional'. Y sí, es verdad, no necesitas tener treinta o cuarenta años para entenderla y divertirte, porque está escrita con un lenguaje ─diálogos, modismos, jergas─ muy limeño, con estereotipos muy marcados ─explica Ciccia.
            Y luego agrega:
            ─Si a esto sumamos el talento de los actores, las risas están aseguradas. Porque ellos conocen los códigos y la forma de hablar del limeño, y al mismo tiempo saben los ritmos y las cadencias y las inflexiones en la voz: el timing necesario para comprometerte.
            ─También está la manera cómo se ha trabajado los personajes, basados en una serie de estereotipos que conocemos bien ─le digo.
            ─Sí. En la obra tú puedes encontrar a la chica regia y corrosiva ─la que cree que está de vuelta de todo y es dueña de la verdad─, la otra que se cree la mamá de los pollitos ─la cuidadosa, la preocupada─, y la tercera que se niega a crecer ─la infantil, la Hello Kitty─. Yo creo que si juntas a las tres jóvenes tienes una limeña completa.
            La ambivalente atmósfera de la obra ─tierna y jocosa, sensible y divertida a la vez─ se completa con la participación de Rafo Ráez, el inclasificable compositor que propone una canción específica para las distintas situaciones que viven los personajes: algunos son temas de discos anteriores que han sido regrabados para la ocasión ─como el Siempre se te extraña aquí del Chasqui Changes versionado en clave disco setentero─ y otros son inéditos, como Atardecer y Tiempos viejos que nos corresponden.
            Ráez se reunió con Ciccia y fueron plasmando las canciones en sensaciones particulares para hablar de una época que pudiera ser el pasado de todos: de cualquier persona de cualquier edad.
            ─Me gusta llevar las historias por el lado fresco y ágil, y La tercera edad de la juventud no es una comedia solo porque esté llena de chistes fáciles por todas partes, sino porque hay situaciones que son extremas y te impulsan a reír ─dice Ciccia─. Porque incluso en las situaciones más extremas la gente ama, sonríe, se ilusiona y llora. Y eso, finalmente, te ofrece una dimensión más completa y humana del espacio teatral.

 

La tercera edad de la juventud, de Eduardo Adrianzén.
            Elenco: Gustavo Mayer, Melissa Giorgio, Andrés Wiese, Paloma Yerovi, Gonzalo Molina, Óscar López Arias y Karina Jordán.
            Dónde: Teatro Mario Vargas Llosa de la Biblioteca Nacional del Perú (Calle de la Poesía 160, cruce de Av. Javier Prado Este y Aviación, San Borja).
            Cuándo: De jueves a domingo, a las 8 p.m.
            Cuánto: Desde S/.25 en Teleticket.


3 comentarios

El director es Alberto Isola y el dramaturgo es Eduardo Adrianze.

Muy interesantisimo, este fin de semana ire a ver la obra

Hola, Adrián, ambos nos equivocamos: el director sí es Ciccia, pero quien se confundió con Adrianzén soy yo. Ya lo corregí. Gracias por la aclaración.

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