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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

La vida a cuadritos

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Se dedican al cómic desde siempre, juntos han publicado libros y revistas cada uno con un estilo propio, y comparten un mismo objetivo: denunciar la estupidez humana. Jesús Cossío inicia taller de historietas y Luis Rossell acaba de inaugurar muestra de caricaturas políticas.

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 Nunca los vas a encontrar en las calles al lado de un fotocopiado libro de Mario Vargas Llosa o de Deepak Chopra. Pero eso sí: por lo general cuestan como un texto pirata: diez o quince soles máximo. Mínimo: un sol. A veces nada. O lo que sea la voluntad del futuro lector.
            
─¿Piratearnos? Es casi imposible que pirateen los cómics, por una cuestión del tóner de la fotocopiadora ─explica Jesús Cossío, uno de los ilustradores más imaginativos, ácidos y vehementes dentro del cómic de los últimos veinte años: vehemente porque insiste en publicar cómics aunque para ello tenga que quedarse desempleado─. Además, el facsímil que se hace de una edición pirata siempre es precario: en texto los encuadres no importan, pero sí cuando se trata de solo imágenes.
            
Y agrega:
           
─Y claro, ja, tampoco es que haya mucho interés por los cómics. No tanto como por  los libros de autoayuda y literatura.
            
Aunque el cómic sea una forma de literatura: quizá la más completa por esa mezcla de texto e imagen: guión y dibujo: fondo y forma.
           
Barbarie: cómics sobre la violencia política en el Perú (1985-1990), por ejemplo, le significó meses de trabajo arduo, entre investigación en bibliotecas y composición de ilustraciones. Tantos ─catorce─ que tuvo que renunciar a la posibilidad de trabajar en lo que hace normalmente: labores independientes de diseño gráfico.
           
Pero valió la pena: Barbarie es un cómic documental en el que se narra la guerra civil entre Sendero Luminoso y el Ejército durante el crítico primer gobierno de Alan García. Y el libro valió la pena porque provoca indignación al saber que hay tantos puntos por resolver ─y juzgar─ entre personajes que hoy continúan en la vida política.
           
Porque indignación es lo que uno siente por la historia del Perú. La historia contemporánea ─la que se acaba de vivir no hace más de quince, veinte años─ contada en viñetas.
            
La historia que ahora quieren hacernos olvidar.
           
─En el Perú no se puede vivir de los cómics, es cierto ─me dice Cossío─. Pero tampoco hay que apuntar a vivir de ellos: solo hay que apuntar a realizar buenos cómics. Lo demás dependerá de tus circunstancias de vida. Por ejemplo, conozco ilustradores muy hábiles que son obreros en fábricas, y otros que están desempleados y viven de préstamos.
           
─¿Y por qué hiciste un libro como Barbarie si sabías que en el país aún no existe una cultura sólida por el cómic documental? ─le pregunto, pensando en cuántos podrían haber leído Maus, ese retrato de la persecución judía durante la Segunda Guerra Mundial y que le valió un premio Pulitzer a su autor, Art Spiegelman.
          
─Quizá la situación esté cambiando: la gente se interesa cada vez más por el cómic documental ─responde─. Pero más allá de eso, hice mi libro pensando en que hay algo que debe ser dicho sin que uno termine creyéndose que es el único que lo dice: darse cuenta de que somos parte de un grupo de personas que quiere que esto se haga más conocido.
            
Denunciar podría ser la palabra.
           
─Creo que el cómic y el fanzine expresan muchas cosas que nadie más puede decir libremente, sea desde el humor o la crítica. Y Barbarie no es sátira política, sino una extensa documentación sobre hechos reales narrados hasta con vocación pedagógica.
           
Porque una de las metas de este ilustrador era recurrir a información que estuviera al alcance de la mano de cualquiera ─niño, adulto, escolar, universitario, hombre, mujer, profesional, no profesional─ en bibliotecas y archivos de Lima: como para que nadie diga que se ha inventado la historia.
            
─¿Y por qué el cómic ─por lo general─ se presta para este tipo de miradas muy críticas contra el orden de las cosas?
           
Con voz serena y casi apagada, Cossío responde:
           
─Porque el cómic implica una perspectiva individual muy comprometida con lo que se vive día a día. De allí que, en sus páginas, las grietas de la realidad se luzcan mucho más escandalosas.

 

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                                                   *****

─Por la acidez de tus caricaturas ciertos personajes políticos han intentado censurarte. ¿Pero alguna vez has sentido un intento de censura por parte de los mismos medios de comunicación?
           
─Sí, por supuesto, en todo medio existe esa política porque al final de cuentas se trata de un negocio y tiene intereses ─me dice Luis Rossell en la inauguración de su muestra Viles Historias en La Casona de San Marcos─. ¿Y cómo lo manejo? Me vuelvo más inteligente que ellos, pues: uso el surrealismo, le doy la vuelta al hecho, prescindo del texto, refuerzo la imagen, y listo, entra suavecito. Y mira, como propuesta es peor para ellos, porque la ilustración sale más fuerte, más impactante.
           
Y agrega:
           
─De lo que sí me cuido es de la autocensura. Porque si yo me autocensurara, el público se daría cuenta del engaño. Y mi trabajo no valdría nada.
           
El ochenta por ciento de esta muestra es lo que ha ido publicando en El Otorongo ─el suplemento de humor de Perú.21 a lo largo de los últimos cinco años─ y en la revista Ideele. Lo demás son ilustraciones esporádicas de colaboraciones en otros diarios o publicadas en fanzines en fechas que se remontan hasta 1986.
            
Atrás quedaron los días en que Rossell postuló hasta tres veces a la Escuela de Bellas Artes: quería ser pintor, pero apenas ingresaba se aburría y lo volvía a abandonar ─hasta que le prohibieron el paso en definitiva─. Atrás también quedaron los días en que se hizo manager de grupos punk y vendedor de alfajores que él mismo preparaba en su casa. Atrás quedaron los días en que se metió a cursos libres de filosofía y literatura en la Universidad de San Marcos: desde allí ─y con dinero de su bolsillo─ editó ese mítico fanzine conocido crípticamente como ¿Tiene Dientes? y se hizo colaborador de la legendaria revista Pánico. Y atrás también quedaron los días en que junto a Jesús Cossío publicaron Entre cuadernos y barrotes, un original libro en el que denunciaban ─en términos foucaltianos─ la manera represora y poco lúdica de la enseñanza en los colegios peruanos, y luego Rupay ─el antecesor de Barbarie─, un libro de cómic documental donde ambos retratan lo ocurrido en el país durante la guerra contra el terrorismo a inicios de los años ochenta.
            
Rossell prefirió hacerse a sí mismo. Un autodidacta subte y algo anárquico.
           
Porque en sus propias palabras, el espíritu crítico no se estudia.
           
Ahora su público decidirá si esa formación personal ─de más de cuarenta años─ valió la pena.
           
─La verdad es que no sé hacia dónde voy y no sé qué haré en el futuro. Considero las ilustraciones como algo temporal: quiero explorar más cosas. Porque después de cinco años ilustrando sobre política, me he vuelto un especialista. Y esa situación de especialista-en-algo es lo que no me gusta. Uno se vuelve sintético. Porque más que me encasillen, lo que detesto es encasillarme yo mismo ─me dice Rossell con evidente aliento cervecero: ya está celebrando su primera exposición individual por todo lo alto.
            
La muestra, por lo demás, está dividida por temáticas: una sección de política actual ─donde Alan García es la estrella─, otra sobre derechos humanos ─Fujimori y Cipriani la encabezan─, una más sobre política internacional ─con Bush y EE.UU. como personajes principales─, otra sobre pobreza e indiferencia estatal ─donde las poblaciones de la sierra y la selva peruana son los tristes protagonistas─, otra sobre policías corruptos y represivos ─para variar─, una más sobre transnacionales y degradación del medio ambiente ─temas siempre tan relacionados─, otra de religión y métodos anticonceptivos ─con Cipriani y Alan García, nuevamente─, y otra también sobre la feria taurina ─en contra, por supuesto─.
           
Le tomó dos meses preparar esta muestra. Y ahora Rossell dice que no le queda ganas para otra. Pero la sala luce impactante. Y más aún con las citas célebres que la salpican por aquí y por allá.
            
Ejemplo #1: «No quiero ser feliz con permiso de la policía». (Martín Adán).
           
Ejemplo #2: «Si los hombres se embarazaran, el aborto sería un sacramento». (Florynce Kennedy).
            
Y entonces Rossell me aclara:
            
─Me gusta la política en el sentido más amplio. Porque la política en realidad es el ejercicio cotidiano de la condición humana, de tu relación con los demás, de tu actitud ante la vida. Lo último que quiero es que se piense mi obra como solo de políticos ─politiqueros─: eso sería una triste reducción.

 

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                                  *****

 Su padre ─militar de toda una vida─ se lo dijo bien claro: los cómics no son nada. Y como no eran nada, no valía la pena perder el tiempo en dibujarlos. Mejor prepararse para postular a la universidad y estudiar Medicina o Derecho: una profesión de verdad.
            
Jesús Cossío no aceptó. Estudió Historia del Arte hasta que se aburrió. Prefirió ─al igual que Rossell─ no terminar ninguna carrera: solo auto-educarse con lo necesario. Pero siguió todo el tiempo con los cómics: una fascinación que había comenzado en la adolescencia y que hasta ahora no sabe definir si es un hobby o una carrera.
           
O quizá ninguno de los dos.
           
Empezó a editar fanzines sencillos, de unas cuantas páginas, fotocopiados en cualquier parte. El Cerdo Volador, A-Cultura y ContraNatura fueron algunos. En medio de esa producción conoció a Rossell cuando este preparaba ¿Tiene Dientes?
            
─Luis Rossell, Miguel Det y tú poseen una mirada algo ochentera de las cosas ─le comento─. Ustedes tienen un escepticismo que no parece de esta época ─una época superficial en la que la apariencia de las cosas importa mucho: fingirlas, simularlas─. Aparte está el hecho de que antes tus trabajos lucían muy intimistas ─como una suerte de poesía introvertida─, y ahora se ven preocupados por temas colectivos como el poder y el Estado y los derechos humanos.
           
Cossío me mira fijamente detrás de sus pequeños anteojos y sonríe: sabe a qué me refiero: a esas primeras ilustraciones donde aparece como un ornitorrinco o un conejo con una zanahoria clavada en el corazón o un personaje contrahecho salido de las pesadillas más psicodélicas de Burroughs o H. Thompson.
            
─Quizá siempre estuve explorando ideas para llegar al cómic documental, pero este implica un proceso de aprendizaje mucho más largo que el solo hecho de sentarte a dibujar cualquier ocurrencia ─me responde.
           
Luego agrega:
           
─Y sí, creo que hay algo de escepticismo hacia algunas cosas, pero es un escepticismo sano, uno que sirve para descorrer el velo y encontrar cosas en las cuales sí vale la pena afirmarse. Porque uno no puede ir por la vida escéptico porque sí. Hace mucho pasé por la necesaria fase existencialista, y ahora estoy en una etapa de sustentar muchas cosas: toda afirmación es una lucha cuando se establece en contra de poderes establecidos. Y creo que es la vida la que tiene que encontrarse: la conciencia de uno mismo.
            
De eso es lo que quiere hablar en su taller de dos meses que se inicia este sábado doce de marzo. De cómo crear un guión a partir de una idea ─desde la más inocente hasta la más terrorífica─ sin sonar grave o pedante. De cómo aterrizar esa volátil imagen mental sobre papel y convertirla en una historieta de autor.
           
En cómo dibujar cómics de autor.
           
─¿Por qué un taller de autor? ─le digo.
           
─Porque a diferencia de otros periodos del cómic en el Perú, ahora se ven obras mucho más maduras y audaces y ambiciosas: sus ilustradores buscan en el cómic no solo una salida estética sino también respuestas vitales: tienen que decir lo que tienen que decir o de lo contrario explotan.
            
Y me explica que quizá esto se debe a que ahora hay más facilidad para conseguir material del extranjero ─que es siempre una fuente de inspiración para todo ilustrador─, y por el hecho de que existe una editorial como Contracultura que promueve este tipo de trabajos, y también porque hay más gente interesada en comprar cómics.
            
O quizá porque no hay otro medio dónde denunciar la sociedad disfuncional.
            
Entonces me fijo en sus dibujos: en ellos Cossío siempre se retrata a sí mismo como un personaje anónimo o como un animal ─la idea griega de la fábula para educar a los hombres─. En sus secuencias nunca gana nada: lo pierde todo o está en proceso de. Entonces le pregunto: ¿Existe el ridículo en el cómic?
            
─Sí, por supuesto, el ridículo existe tanto en el cómic como en la vida real ─me responde─. Pero también existe la redención: sea para el hombre como para el papel.

   

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                                                    *****

 Rossell participó en dos objetos de culto: fue colaborador en la revista Pánico, que solo tuvo tres números y no alcanzó un tiraje de más de quinientas ediciones por cada uno. El otro fue su proyecto personal, ¿Tiene Dientes?: editó mil ejemplares, y ahora no queda ninguno.
           
─Aunque hay que precisar que este último tuvo veinte años de tiempo para venderse todos ─bromea el ilustrador.
           
─¿Y por qué la revista Pánico no siguió saliendo?
           
─Porque la vida te lleva a otros lados, y como se trata de proyectos personales, basta que uno solo del grupo se enfrasque en otra cosa para que todo se estanque. O porque hay que hacer dinero ─y el fanzine no lo da─ o tienes que ponerte a trabajar en serio.
            
─¿Es difícil publicar un fanzine?
           
─No, es facilísimo. Lo difícil es publicarlo sin quejarte.
           
Pero lo valioso no está en solo editar algo ─cualquier cosa─: lo es también pensando en la reacción del lector sin importar las consecuencias.
           
O a propósito de las consecuencias.
           
Entonces recuerdo el caso del terremoto-tsunami que ocurrió en Chile a principios del 2010, meses después del desastroso sismo que asoló el sur de Lima. Rossell dibujó un mapa de la región y anotó: Chile ahora tiene su Pisco.
           
Los mensajes por Facebook no se hicieron esperar: la mayoría condenando la supuesta falta de «misericordia» con el vecino país.
            
Rossell me dijo en aquel entonces: Los 365 días del año vivimos pensando en los chilenos como la peor escoria que existe en la región, y solo en estos casos, justito, nos dan pena y los defendemos. Somos hipócritas.
           
─Hay gente que se queja del nivel de crueldad en tu humor ─le digo ahora.
           
─Lo mío es el humor ácido, negro, de sátira. ¿Y sabes por qué? Porque siento que estamos adormilados y hay que desahuevarnos. Una imagen chocante genera debate rápidamente, y eso es lo que busco: la confrontación. Por lo general ocurre con temas como la homosexualidad, el racismo, el aborto, el antichilenismo, la religión, el terrorismo mundial.
           
─¿Así tengas que llegar a la crueldad?
           
─Es que lo cruel es no conversar de esas cosas. Y en el fondo, soy menos cruel de lo que se piensa, porque soy un facilitador de temas indiscutibles que deben discutirse. Quizá sea una forma de pedagogía.
           
O quizá sea la inspiración de sus dos pensadores favoritos: Nietzsche y Cioran.
           
─Sí, sí, la visión escéptica de esos autores la encuentras en mis dibujos. Porque yo soy así: no creo que nada pueda cambiar tal como están las cosas. ¿Y sabes por qué es difícil? ─pregunta Rossell─. Porque la gente no cambia. Aquel que más se rasga las vestiduras es el mismo que golpea a su esposa o que hace trampas en el trabajo.
           
Y finaliza: Es el ser humano en sí quien tendría que cambiar.

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Taller de Historieta de Autor.
Inicio:
12 de marzo.
Horario: Sábados de 3 a 6 p.m.
Profesores y temas: Jesús Cossío (guión y secuencia narrativa), Miguel Det (rostro y figura humana) y Avril Filomeno (técnicas de la ilustración).
Informes e inscripciones: EPAH (Escuela Peruana de Animación e Historieta), Av. Larco 986, Miraflores, y en el 242-8985 y  graficos777@hotmail.com
Auspicia: Librería Contracultura.
Contacto de Jesús Cossío: http://publicacioneslibres.blogspot.com/


Viles Historias de Luis Rossell.
Dónde:
Casona de San Marcos (Av. Nicolás de Piérola 1222, Parque Universitario, Cercado).
Cuándo: De L a S, de 9 a.m. a 6 p.m.
Ingreso libre.
Contacto de Luis Rossell:
http://tienedientes.blogspot.com/

  

***** Bonus [solo para los que llegaron hasta acá] *****

 

 

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2 comentarios

Acusaciones de caviar, proterruco y neohippie llegando en 3... 2... 1...
(ah, me olvidaba, tambien acusaciones de favorecer a tus amigos, claro)
.
.
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ah!... tanto que decir, y yo aquí, con un empleo que mantener. Volveré!

Excelente !

Todo claro, su forma de expresarse mediante los dibujos (y hacerse entender) es algo dificil de lograr.

Me quedo con la última tira, la de Gastón.

Y tmb tengo un empleo por mantener...

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