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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Cómo leer la propaganda electoral

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Los candidatos a la Presidencia y el Congreso saben que la victoria está hecha de pequeños detalles: su apariencia en los afiches de la calle, por ejemplo. Porque un buen cartel puede borrar tu pasado político.
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Estás caminando por la calle y de pronto lo ves. Tu reacción instintiva es fruncir las cejas y hacer una mueca con la nariz: ese mismo sujeto que en los últimos cinco años se la pasó haciendo exactamente nada, ahora está volviendo a postular al Congreso o Palacio. Al poder, en realidad.
            
No hay que ser injustos: si no hizo gran cosa en los cinco años que estuvo de parlamentario, al menos provocó pequeños escándalos. Quizá asesinó a un perro a balazos, por ejemplo. O justificó boletas de consumo en pollerías a las que nunca fue. O contrató a empleados fantasmas para luego cobrar su sueldo. O colocó a su amante en un cargo público. O le pegó a su esposa. O no le quiso pagar el colegio a sus hijos: a los reconocidos, siquiera.
           
Ahora se lucen en carteles propagandísticos de metal y tela. Y la mayoría no son nuevos candidatos. Son los mismos personajes de siempre. Los que tienen para pagarse una campaña de estas.
           
Por ejemplo, ¿el que aparece en ese enorme cartel de la esquina no es Rafael Rey? Dice Parlamento Andino: allí postula. Ya no ministro ni congresista. Porque la consigna es mantenerse activo en la política. No importa si una buena cantidad de veces haya aparecido intransigente y retador ante los cuestionamientos de una prensa casi atemorizada por sus respuestas.
           
Ahora su rostro te dice otra cosa: no te olvides de mí.
           
Y apenas unos metros más adelante, se levanta el cartel naranjísimo de Keiko Fujimori. Uno de sus lemas: Nosotros combatiremos la delincuencia. Un momento: ¿su padre ─nuestro ex presidente de la república─ no está en la cárcel ahora mismo por asuntos como su frase de campaña? ¿Influyó ella en algo sobre el destino de su padre? No que se sepa: al contrario, aboga por el indulto ─al menos, hasta no hace mucho─. ¿Será creíble entonces? ¿O se refiere a la delincuencia menor, la de los asaltantes callejeros? ¿Y los de saco y corbata?
           
Sigues tu camino y asoma otro cartel de Fujimori hija. Esta vez su lema es austero: Sí cumple. Y te remontas a esas épocas con frases de apenas dos o tres palabras pintadas de blanco ─el color de la pureza─ sobre los grises cerros de Lima en los años noventa.
            
Te recuerda la propaganda de los gobiernos de su padre.
           
Más carteles y encuentras a Lourdes Alcorta al lado de Pedro Pablo Kuczynski. Pero no es la Alcorta que estás acostumbrado a ver: es una señora candorosa, que bien podría ser la madre de tu novia o la vecina de pasitos cortos que pasea a su lanudo perro cuando compra el pan. Nada que te dijera que esa señora puede discutir con la misma severidad de un militar ─sea donde sea y de lo que sea─ y que no oculta su intolerancia por aquellos que no comulgan ─en pensamiento y obra─ con ella: los homosexuales, por ejemplo.
           
Por su parte PPK, sonriente y rubio, casi parece un misionero extranjero.
            
Tal vez no sea casualidad.
           
Es curioso, pero el rostro de Luis Castañeda lo reconoces casi conceptualmente: congelado en el tiempo, como una figura que se difumina en el tiempo. Quizá el no haberse presentado tanto ante la prensa cuando más se le requería ─para aclarar una posible corrupción en su gestión como alcalde, por ejemplo─ le da ese aspecto fantasmal, poco nítido, de recorte sacado de un periódico antiguo.
           
Eso sí: está a mil años luz de semejarse a un Che Guevara.
           
Con los párpados algo caídos y el mentón apuntando hacia abajo ─en evidente símbolo de humildad─ aparece Alex Kouri: su expresión en ciertos afiches es como el de un veterano galán de telenovela que pide perdón. ¿Será por algunos detalles de su pasado político como sus reuniones con Vladimiro Montesinos ─registrados en video por fina cortesía de este último─ o las supuestas irregularidades cometidas con las concesiones viales del Callao durante su gestión?
           
Mauricio Mulder también está en algunos sitios, aunque su postura es un tanto aguerrida: como la del tribuno romano a punto de decir algo que no necesariamente va a gustar: le creemos.
            
De Alejandro Toledo se ven poquísimos carteles: tal vez sea mejor así. [*] En algunos sale abrazado con algunos viejos escuderos de su anterior gobierno ─¿el abrazo para la foto también puede verse como sinónimo de confianza?─, pero uno se queda con la duda: ¿Y qué es de Eliane Karp?
            
Pero si de Toledo hay poca propaganda, la campaña de Ollanta Humala debe ser mínima. ¿Será que no cree mucho en las elecciones?
            
Y así y así con todos los que aparecen: candidatos políticos conocidos y desconocidos. Como ese hombre de gafas y bata de médico que nos insulta con solo poner su nombre de pila y no su apellido ─y no saber quién es realmente─. ¿Quién te defenderá para que seas atendido?, reza su lema. Al menos alguien a quien puedas llamar por su nombre completo, piensas.
            
Y por ahí aparece el cartel de un inválido que expone con teatralidad el garfio que lleva en el extremo de su brazo mientras dice: A mí nadie me rompe la mano. Y ese humor negro resulta chocante.
            
No estamos acostumbrados a que alguien sea tan escatológico con su propia minusvalía.
           
Pero si algo llama demasiado la atención es la cara de nobleza y desinterés que muestran estos candidatos. Casi no los reconocemos. Estamos tan acostumbrados a verlos por los noticieros con el rostro desencajado y la mirada irónica ─dirigida a quienes los escuchan─, a veces vociferando, a veces cortantes, o por último sin tener visiblemente nada qué decir pero hablando igual, que te asustas al pensar según la vieja y absurda consigna del más-vale-el-mal-conocido: ¿Y si voto por ellos?
            
La aureola que tienen sobre la cabeza.
           
La expresión beatífica del rostro vivificado: sin arrugas de preocupación y sin gestos de soberbia. Ningún ápice de mezquindad asoma por sus labios. Si no los conocieras, te darían ganas de abrazarlos como a tus amigos de la infancia.
            
Es el sortilegio del photoshop.
            
Y un calculado encuadre fotográfico.

                                          *****

 Todo esto ha sido la introducción del verdadero tema de fondo: cómo leer la propaganda electoral. Los carteles políticos de la calle.
            
Datos del Wikipedia: Roland Barthes nació en 1915 y murió en 1980: la época de los últimos grandes pensadores. Francés y escritor y filósofo y ensayista y semiólogo, para más señas. Era una especie de Sherlock Holmes con cada cosa que veía, sea en la pantalla como en la prensa escrita como en la calle.
            
Incluso escribió un diario a la muerte de su madre: deseaba explicarse el proceso de duelo. En una de sus páginas anotó: «Molesto y casi culpabilizado porque por momentos creo que mi duelo se reduce a una emotividad. ¿Pero no ha sido toda mi vida sino eso: emoción?». Y en otra fecha subrayó: «Muchos seres me aman todavía, pero desde ahora mi muerte no matará a ninguno: ahí está lo nuevo».
           
Para Barthes todo tenía un significado oculto: fragmentaba un universo específico para analizar cada una de sus partes.
            
De-construía.
           
Él tenía una idea central: que los seres humanos tenemos una tendencia a mitificarlo todo. Que lo hacemos así para poder sobrellevarnos. Y para hacer más soportable la realidad.
           
¿Cómo se consagran esos mitos? A través de los medios de comunicación, por supuesto. Basta con prender la televisión u hojear cualquier diario: cada noticia es la eterna lucha del bien y el mal, por ejemplo.
            
Barthes decía que el mito es todo un lenguaje. Un lenguaje que a partir de sus reglas y palabras nos dicen forzosamente cómo debemos pensar y asumir lo que nos rodea.
            
Lo resumía así: «Reflexionar sobre las mitologías es sentir impaciencia ante la forma 'natural' con que la prensa, el arte y el sentido común encubren permanentemente un mundo que no por ser la que vivimos deja de ser absolutamente histórica. Un mundo donde se confunde constantemente naturaleza e historia en el relato de nuestra actualidad y del que es necesario poner de manifiesto el abuso ideológico que se encuentra oculto en la exposición decorativa de lo evidente por-sí-mismo».
           
Precisamente en 1957 publicó Mitologías (Siglo XXI). Y allí incluyó un ensayo sobre la propaganda de los candidatos a un cargo público: Fotogenia electoral.
            
Cinco fragmentos de ese artículo es lo que se anotan a continuación. Y eso será todo. 

[1]. «La efigie del candidato establece un nexo personal entre él y los electores: no solo da a juzgar un programa, sino que propone un clima físico, un conjunto de opciones cotidianas expresadas en una morfología, un modo de vestirse, una pose. Lo que la mayoría de nuestros candidatos da a leer en su efigie es su posición social, la comodidad espectacular de normas familiares, jurídicas, religiosas: la propiedad infusa de esos bienes».

[2]. «El uso de la fotografía electoral supone, naturalmente, una complicidad: la foto es espejo, ofrece en lectura lo familiar, lo conocido, propone al lector su propia efigie, clarificada, magnificada, orgullosamente trasladada al estado de tipo».

[3]. «La iconografía pretende significar la extraña conjunción de pensamiento y voluntad, de reflexión y de acción: el párpado algo plegado deja filtrar una mirada aguda que parece extraer de un bello sueño interior, sin que por eso deje de fijarse en los obstáculos reales, como si el candidato ejemplar debiese unir en la imagen, magníficamente, el idealismo social con el empirismo».

[4]. «La fotografía de frente acentúa el realismo del candidato, sobre todo si está provisto de anteojos escrutadores. En esa actitud todo expresa penetración, gravedad, franqueza: el futuro parlamentario dirige la mirada al enemigo o al obstáculo».

[5]. «La exposición de tres cuartos, más frecuente, sugiere la tiranía de un ideal: la mirada se pierde noblemente en el porvenir: no enfrenta, sino que domina y siembra un 'más allá' púdicamente indefinido. Casi todos los rostros son ascensionales: el rostro aparece elevado hacia una luz sobrenatural que lo aspira, lo transporta a las regiones de una humanidad superior. El candidato alcanza el olimpo de los sentimientos elevados, donde cualquier contradicción política está resuelta».

            Ahora sí, decide tu voto.


[*] Nota: Una semana después de publicarse esta nota, el candidato Toledo rebalsaba la ciudad con sus carteles. Por tanto, cabe hacer la corrección.

 

6 comentarios

De Alejandro Toledo hay poquísimos carteles???!!!
Disculpa, pero creo que tu estás hablando de otra ciudad...la cara de Toledo junto a la de Bruce ya me dan naúseas porque las veo en todas partes! no hay avenida en la que no aparezca Toledo con su tremendo photoshop para borrarle las arrugas!...después de López Aliaga de Solidaridad Nacional que aparece hasta en la sopa...el que sigue es Bruce y en el 90% de sus carteles aparece junto a Toledo...
Estaba bonito el blog, pero, creo que tiene cierto corte subjetivo...quizá tu corazoncito tiene forma de chakana, y está bien, tienes todo el derecho, pero deberías ser un poco más honesto con tus lectores y ponerlo al inicio o al final del blog no?

Hola, Sebastián, quizá ocurra lo siguiente.
1. Es probable que los candidatos distribuyan la cantidad de sus propagandas entre zonas específicas de la capital. Yo vivo en el lado oeste de la ciudad, y allí no encuentras tanta publicidad toledista como sí de Fujimori o Kouri: quizá porque en esa parte no se encuentre su público objetivo o tal vez porque considera no necesita reforzar su candidatura por esos lares. En cambio sé que en otros distritos -o conos- la figura puede variar.
2. En la prensa uno llega a conocer tanto a los políticos que, si por uno fuera, no votaría por nadie. Así que no tengo predilección por ninguno de los candidatos. Si te parece que soy proselitista de Toledo por dedicarle pocas líneas -en comparación a otros-, alguien también podría decirme lo mismo por Ollanta o PPK o Rafael Rey -y nada que ver, pues-. Ahora bien, sobre Fujimori o Kouri no estoy diciendo nada nuevo -su pasado está allí, en los archivos y la memoria, al alcance de la mano de cualquiera que quisiera rememorar un poquito-. Y ahora que lo recuerdo, sobre Toledo sí hay -también- algo que me preocupa y lo menciono en el texto.
3. De hecho, es difícil escribir sobre política tratando de evitar la subjetividad. Pero mucho más lo es leer algo político sin teñirlo de su propia subjetividad. En ese sentido -y en muchos más- me siento honesto.
Saludos,
C.

Carteles de Toledo estan por todos lados, junto con Bruce que adicionalmente, esta en todos los postes.

Bullard escribio hace unas semanas, porque la publicidad politica no tiene la misma regulacion que la publicidad comercial?. Osea si, digamos, Brahma pegara su afiche en todos los postes de la ciudad y si Cocacola coloca afiches clavados en todas las bermas le saltarian a la yugular. Lo que hacen no es, como minimo, un toque ilegal?

Por cierto, el cirujano-photoshop de Renzo Reggiardo debe ser el mismo de Masias en la campaña municipal pasada...

Temo que los comentarios se queden en denunciar las posibles inexactitudes de los primeros párrafos:

"Pero aquí en La Molina estamos inundados con carteles de Toledo!"

o posibles filiaciones políticas:

"Te pones a criticar más a Keiko! caviar tenias que ser!"

o distintos pareceres:

"a mi PPK me parece más un tio sam resaqueado"

o buscarán algún motivo para desviar la atención:

"Intolerante! estás llamando minusválido a un respetable señor!"
(no que lo uno contradiga lo otro, claro)

Pero luego de todo esto:

"Semiologo, para más señas"
(me alegró el juego de palabras)

Lo bacán es que propone un análisis del poder de la publicidad. "Por qué gastan tanto en carteles que ni siquiera voy a leer?" porque en realidad sí los vas a leer. ¿Crees que los que gastan en publicidad gastan por las puras? si la publicidad no sirviera, entonces no habría sobrevivido al siglo anterior.
"Por qué se ponen de esos colores, con esa ropa, abrazando a gente o mirando a la cámara con esa sonrisa que trata de imitar a la de una persona decente?" (vaya uno a saber cual es la apariencia de una persona decente) porque en realidad, todas esas ideas llegan a tí, saltándose olímpicamente el filtro de la razón, sencíllamente porque te niegas a pensar en ellas. Cuando quieres creer que no haces caso es cuando estás escuchando más atentamente a los mensajes: "soy honrado", "soy tu pata", "en mí, sí puedes confiar".

Estamos bajo ataque, un ataque que nos hace creer que solo existen los buenos y los malos. Y la parte más facil ha sido hacernos creer que nosotros somos los buenos.
(y si, la frase anterior fue con la intención de ironizar sobre los "bandos"). se nos dá todo ya "analizado" por "gente que sabe", que aparece opinando en la televisión y en los diarios, y esos análisis curiosamente no toman en cuenta la historia reciente de cada candidato. Nos dan una opinión lista para llevar puesta.

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Como es costumbre, divago. Pero creo que la idea de este post está expresada claramente en el nuevo título: COMO LEER LA PROPAGANDA ELECTORAL

Edit: Todo este chamullo lo escribí un par de horas después de leer el artículo, anteayer, solo que, por temor de que los lectores no se animaran a participar con sus comentarios, decidí esperar un poco. Me llama la atención el hecho de que se comente tan poco, y tan alejado del tema de fondo. Quizás peco de arrogancia. Ahora, a buscar info de ese tal Roland Barthes.

Estimado Grammar, estás en lo cierto: quizá a estas alturas no cabe ya hablar de ideologías -una sola nos domina- pero sí de discursos que se repiten día a día: vota por tal, la política es así, obedece de este modo, esto es lo normal y eso lo anormal, ser críticos es ser negativos, dejemos el curso natural de la economía, trabaja más y no esperes mucho -proactividad, le dicen-: detalles que aunque no nos demos cuenta, atraviesan nuestras maneras de pensar y hacer. Discursos que nos venden de manera indirecta y nosotros solo reproducimos.
Ahora, me pregunto si esto guarda relación con la manera cómo leemos -es decir, cómo procesamos la información-. Un ejemplo: desde hace un tiempo percibo que una buena parte de quienes comentan algunos de estos post no se fijan en el tema de fondo, sino en las formas. Leen líneas y no el todo. Es más, se preocupan en buscar los errores -o ya, los posibles errores-. Por supuesto que muchas veces uno se equivoca -lo he aceptado y corregido cuando ha sido necesario-, pero esto va más allá: es una voluntad de leer de determinada forma.
Una voluntad que busca ver dónde te equivocaste o dónde se te puede corregir -casi de manera profesoral: discurso autoritario y de verdades sagradas-. No es una voluntad para aportar nuevas ideas o complementar la información o mucho mejor aún: proponer más dudas y preguntas para tratar de resolverlos entre todos.
No quiero pensar que es mala leche: quizá es una manera de ver el mundo sin comprometerse demasiado, pero es una visión bastante limitada, porque deja entrever que no se hizo una síntesis final de lo que se leyó. ¿Así será con todo lo que llega a nuestras manos? Quizá por eso los medios se atribuyen el derecho a ilustrarnos -a su manera y de acuerdo a sus intereses-, con los consiguientes resultados que luego lamentamos.
Tal vez se trata de gente muy perfeccionista, o que está acostumbrada a que el periodista les diga lo que tienen que asumir como el A-B-C de la noticia, o cree que porque este texto se encuentra en Internet no está escrito con la suficiente seriedad, o porque desconfía mucho de lo que se le informa -aunque si esto último fuera verdad, entonces la mayor parte de los medios quebrarían-.
¿O quizá estamos ante una deliberada cultura de la ingravidez en la que todo debe ser chistes y simpatía? Yo no escribo para hacerme de un millón de amigos ni hago humor de manera calculada -prefiero que la realidad sea la graciosa-, y me pregunto si eso también tiene que ver con esta manera de leer mis post: que creemos que toda información, para ser consumida, circula más facilmente con guiños y sonrisitas de messenger.
Un abrazo, y como siempre, gracias por tus valiosos comentarios.
C.

Para que no parezca sesgada la opinión quizás mejor indicar a qué zonas específicas te refieres porque al menos en las avenidas Tacna, Abancay, Salaverry, Javier Prado (Este y Oeste) los paneles de Toledo y compañía son hostigantes -por decir lo menos- y de Castañeda, Keiko, Humala y PPK, aunque menor, de la misma forma (pese a que voy a votar por éste último y algunos consideren el voto como 'perdido') . Mejor darse una vuelta por el inicio de JPrado desde San Isidro y quizás tu comentario hubiera estado sesgado hacia el otro extremo.

En general, es aberrante el abuso que hacen de la publicidad visual la mayoría de candidatos -basta ver el tramo Jockey Plaza-Camacho postretiro de los paneles del óvalo Monitor- y en la radio, ni se diga. Pero esos costos no se reflejan en los gastos presentados a la entidad competente, pues fue un olvido involuntario y no algo premeditado con alevosía y cuando no para tapar financiamientos nada malintencionados, no, ¡ni hablar! Pero esa es pelota de otra cancha... En fin.

La política apesta... Una pregunta final. Si pusiéramos el Sueldo de un congresista en una RMV ¿cuántos postularían? Hummm....

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