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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Al otro lado de la ciudad

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Una buena noticia: todavía hay lugares naturales por conocer en Lima. La mala noticia: que están un poquito lejos, en el Océano Pacífico.

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En estos momentos Lima se derrite a casi treinta grados de calor y noventa por ciento de humedad. Pero también en este mismo instante, frente a su costa y a bordo de un catamarán, sopla un viento frío que contrasta de manera ambigua con los rayos de sol: la sensación que deja sobre tu piel es extraña, equívoca.
            Y ni hablar de su mar, cuya temperatura es de ocho grados como máximo incluso en verano: lo suficiente para asegurarte una hipotermia en cualquier momento del día.
            Pero sentir que eres acunado de un lado a otro como en una mecedora gigante es impagable. Más aún si vas a una velocidad relativa de ochenta kilómetros por hora ─versión tierra─ sobre unas aguas que, a medida que te adentras en altamar, se van tornando cada vez más verdes hasta llegar al esmeralda más puro que te puedas imaginar.
           Eso, y el hecho de que a solo media hora de esta caótica ciudad puedes encontrar un refugio silencioso ─solo interrumpido ocasionalmente por el siseo del motor y el grito de las aves marinas y los lobos de mar─, y respirar una brisa tan cargada de oxígeno que terminas pensando que hasta ahora todo lo que has respirado no es aire.
            Estamos a bordo del catamarán Spondyllus, y acabamos de enrumbar hacia las islas San Lorenzo, El Frontón, Cabinzas y Palomino.
            Islas que aun estando tan cerca a la ciudad desconocemos por completo.

                                           *****

En el año de 1746, La Punta era mucho más larga. Pero el terremoto y maremoto de esa fecha se tragó esa franja adicional llamada El Camotal: de los diez mil habitantes que vivían en esa zona, se salvaron solo doscientos. Y aún ahora, cuando la marea está baja, se puede apreciar ─al ras del agua─ las construcciones hundidas.
            Algunas noches los pescadores afirman ver luces debajo del mar. Y fantasmas de los antiguos pobladores.
            Justo a metros de donde ahora estamos.
            El Camotal es lo primero que uno observa por la borda, y las embarcaciones evitan pasar encima para no encallar en los restos. No está muy lejos del puerto: a solo diez minutos.
            Un poco más allá se eleva diecisiete kilómetros cuadrados de territorio eriazo a pesar de todo el ansiado abono ─guano de aves─ que lo recubre. Un pequeño monte que sobresale del mar sin ninguna forma de vida conocida sobre su superficie, y que supuestamente alberga restos de chilenos de la Guerra del Pacífico.
            San Lorenzo es su nombre. La isla más grande del Perú. Una continuación del árido desierto limeño.
            Casi llegando a la isla se puede divisar Playa Casino, el balneario donde están las residencias de playa de los últimos presidentes de la república: tres casitas blancas rodeadas de palmeras. Dato curioso: en una de estas residencias también se alojó un famoso homicida mientras se aseguraba su prisión en la Base Naval: Abimael Guzmán.
            Pero antes de que el líder senderista pisara esta isla ─digamos, unos cuatrocientos años atrás─, otro criminal estuvo por estos lares: un corsario holandés que algunos creen fue L'Hermitage. Se dice que el capitán murió en uno de los combates que realizó en el Callao y, fiel a su código de honor, fue sepultado en la isla.
            Ese mismo código dictaba que el capitán fuese enterrado con su botín allí donde cayese. Un tesoro que ahora mismo podría estar aquí, en alguna parte.
            La otra riqueza de la isla estéril.

                                           *****

            En mi vida he viajado en barco un par de veces. Y en ninguno me he sentido tan fácilmente mareado como ahora, a bordo de este catamarán de más de veinte metros de largo: un yate de dos pisos que tiene doble quilla para que el agua circule por el centro: con eso se supone que la nave obtiene menos resistencia a las ondas marinas y puede circular más rápida sobre el agua.
            Y con eso se supone que la nave se ladea menos en el agua. Por ende, debería marear menos.
            Pero la sensación de tener los pies en la cabeza y la cabeza en los pies desmienten eso. Ya no te sientes tan acunado como sí zarandeado. Los primeros síntomas del mareo se sienten en la boca del estómago y pasan rápidamente a convertirse en náuseas: en contraste, la cabeza no duele tanto como la humillación de sentirte tan mal delante de otras personas. Entonces me fijo alrededor, y veo que los otros periodistas ─hombres y mujeres─ no la están pasando mejor que yo: tienen el rostro pálido y la mayoría ha preferido sentarse y mirar al frente con estoicismo.
             Eso me tranquiliza.

                                           *****

 Supongo que ya hemos navegado más de veinte minutos ─en el mar el tiempo no se siente: quizá porque no tienes un punto de referencia en la inmensidad azul que te rodea─ y estamos casi frente a la isla El Frontón, viéndole la cara que oculta a Lima. El catamarán desacelera un poco y el guía empieza a recitar el libreto de su oficio.
             ─Aquí existió la única cárcel en el mundo en la que los presos podían caminar libremente, a sus anchas, de seis de la mañana a seis de la tarde ─nos explica, y me pregunto si desde allí Lima no se vería también como una prisión─. Los reos no podían escaparse por dos razones: porque el agua es muy fría, y porque las corrientes son demasiado fuertes y podían arrastrarlos mar adentro.
            Le creo lo de las corrientes: el yate se bambolea sin remedio.
            Pero no es tan cierto lo otro. Alguien sí pudo fugarse de El Frontón, y se llamaba Guillermo Portugal Delgado. Un delincuente que un buen día decidió embadurnarse con la grasa de un lobo de mar para soportar la temperatura del agua y se colocó un pelícano muerto sobre la cabeza para despistar a los guardias que lo buscarían por aire y mar.
            Con ese método se fugó dos veces.
            Y cada vez que llegaba al Callao, el fugitivo tenía una extraña inclinación: travestirse para aparentar ser mujer. Pero no cualquier mujer: parte de su ajuar era una peluca rubia, lo cual le valió su famoso apelativo de presentación.
            Guillermo Portugal Delgado, alias La Gringa.

                                           *****

Mientras el guía habla, la isla yergue ante nosotros su imponente desolación: no es más que un arenoso cerro cualquiera que la naturaleza varó en el mar. Es idéntico que San Lorenzo: tiene uno de los mejores fertilizantes del planeta y sin embargo luce seco como un cadáver. Uno lo ve y se pregunta si otras islas en el mundo podrán tener una presencia tan anodina como esta.
            Pero hay algo que me preocupa más: la resaca. Permanezco apoyado en la baranda y para olvidarme del mareo empiezo a entrevistar a una de las guías. Le pregunto si alguna vez han visto otros animales aparte de pájaros y lobos de mar. Quizá una ballena o algo así.
            ─Sí, una vez nos dirigíamos en tour y de pronto el catamarán tuvo que frenar de improviso: habían aparecido inexplicablemente dos nuevas islas frente a nosotros ─me responde la guía: tez morena, veinte o veinticinco años, ojos claros y jean al cuete─. Luego nos dimos cuenta: se trataba de un cachalote con su cría que de pronto habían emergido.
            Craso error. Ella me habla pero yo sigo sintiendo cómo mi estómago se ha transformado en una boya flotante cada vez que saltamos una ola. Y las saltamos miles de veces a cada minuto. Me pregunto si los guías se han percatado de lo maltrechos que estamos. La sondeo.
            ─Muy interesante lo que me cuentas pero dime, ¿qué produce los mareos?
            ─Para evitar los mareos siempre se pide estar con el estómago ligeramente vacío: no haber comido nada muy denso ─me responde.
            Para mis adentros pienso en el atiborrado desayuno que ahora baila en mi esófago: alguien se olvidó de advertirnos.
            ─¿Y qué es lo que suelen recomendar cuando la gente se marea? ¿Ocurre con mucha frecuencia?
            ─No, la verdad es que no. Pero si se sienten mal, humedecemos bolitas de algodón en alcohol y se las damos para que las huelan. Y es normal: con decirte que hasta los marinos se marean. Pero claro, ellos no usan algodón: se frotan las manos en alcohol y luego se las huelen ─y me mira fijamente y agrega:─. Las bolitas de algodón les parecen vergonzosas.
            ─Ya, pero algo más se debe hacer cuando estás mareado ─insisto.
            ─Ah, sí ─me responde con una voz que empiezo a odiar─. Trata de encontrar un punto fijo en el paisaje. Y sobre todo, trata de no mirar hacia abajo, hacia el mar. Las olas te hipnotizan y te podrían hacer caer.
            Demasiado tarde para decirlo. Todo el tiempo he estado haciendo precisamente eso. Busco un lugar estático hacia dónde mirar y no lo encuentro: es como tratar de buscar un punto fijo en una película en el cine. No me queda otra: me concentro en la bandera roja y blanca que ondea en lo más alto del catamarán. Más bien dicho, me concentro en su mástil.
            Me sigo sintiendo mareado.

                                           *****

El señor cumple con la imagen del buen náufrago: está con el torso desnudo y un short arremangado y los pies descalzos. Desde una plataforma de madera podrida baja un balde a través de una soga de más de dos metros y lo echa al agua espumosa. Detrás de él se erige un cuartucho ─eso no puede ser una casa─ hecho con tablones. A un lado cuelga tristemente una amarillenta bandera nacional ─otra bandera─.
            El señor nos mira y saluda como avergonzándose de saludar.
            ─Es el guardián de las islas Cabinzas ─nos explica uno de los guías─. Y es que estas islas están consideradas como reservas naturales de guano y de las especies animales que buscan esconderse de los depredadores. Aquí viven bancos enteros de peces, en especial en lugares como este ─dice, y nos señala una caprichosa caverna que atraviesa a la isla de cabo a rabo.
            El guía sigue hablando. Nos explica que el vigilante está recogiendo agua para lavarse, que el agua de mar lava perfectamente como el potable cuando usas jabón sobre la piel, pero que si lo mezclas con champú los minerales se te apelmazan en todo el cuerpo. Y sigue contando que el guardián debe pasar la noche allí, y que diariamente recibe su ración de comida, y que a veces es relegado por otro guardián, y que está siempre atento a los cazadores furtivos y los ladrones de guano, y que por la noche debe soportar el viento más intenso y frío que existe: el que proviene del fondo del mar.
            Es decir, un verdadero héroe del Perú. Un personaje anónimo y valeroso que nunca verás en los medios de comunicación.
            Porque lo suyo es una especie de robinsoncrusionismo voluntario.

                                           *****

A estas alturas ya no pregunto. Han pasado casi dos horas desde que partimos del puerto. Dejo que mi grabadora registre todo lo que pueda. Si graba, bien. Si no, también. Aún si cayese al agua me daría igual.
            Ahora estamos navegando por detrás de San Lorenzo y El Frontón. El sol quema más, el agua se mueve aún más, y las islas Cabinzas en realidad son cuatro pequeñas puntas rocosas que sobresalen del mar. Lo sobrevuelan pájaros chillones y a lo lejos se escucha un griterío infrahumano: como de hinchas de fútbol en el estadio.
            Un par de lobos de mar aparecen navegando a nuestro alrededor, compitiendo en velocidad con el catamarán, y lo hacen muy bien. La gente cree que nos están saludando por los ruidos que emiten a todo pulmón y se emociona y casi aplaude. Todo muy Disney. Pero en realidad los lobos están alertando a su colonia de que se acercan invasores.
            Nosotros.
            De pronto un olor nauseabundo nos invade. Y allí está: el santuario de los lobos marinos, unos rechonchos y resbaladizos mamíferos cuyo original estilo de vida consiste en pelear los unos contra otros para defender apenas un palmo de dos metros de espacio en esa isla de piedra.
            El guía nos dice que los lobos son muy territoriales y que fácilmente llegan a pesar media tonelada: lo que pesa un Tico. Y que nunca salen a cazar y que quien se encarga de conseguir el alimento para las crías son las hembras: los machos se quedan a defender su isla.
            Una isla que, cuando cae la tarde, se atiborra de lobos hasta la cima. Literalmente. Porque se calcula que allí viven cinco mil de esos bichos ruidosos que por momentos parecen ladrar.
             En el mar, un pedazo de tierra es el paraíso.

                                           *****

 El faro luce abandonado y despintado en lo alto de una pendiente: desde altamar anuncia a los barcos la proximidad de la bahía del Callao. Ya estamos en las islas Palomino, que no son más que islotes rocosos desperdigados como trozos de pastel cortados a mano por un niño travieso.
            Exactamente al frente de nosotros una comitiva de silenciosos pingüinos nos da la bienvenida. O al menos eso parece. Son decenas de especímenes y están parados en fila india sobre los farallones: no dejan de mirarnos fijamente, con curiosidad y sin moverse.
            Ellos permanecen estáticos y nosotros permanecemos estáticos.
            No se sabe quién es el espectáculo de quién.

                                           *****

El regreso lo hago con los ojos cerrados: acabo de descubrir que es la mejor manera de soportar los mareos. Con suerte, hasta te puedes quedar dormido.
            Tras casi cinco horas en altamar, al llegar al puerto casi no veo cuando una chalana de pescadores llamada Mar y Carmen se cruza en nuestro camino y satura la cabina del catamarán con el denso humo de su motor diésel.
            Solo me queda sonreír ante el idílico nombre. Mar y Carmen.

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                                           Crédito de fotografías:
Carlos Tamashiro Kanashiro http://ojituslindus.blogspot.com/)


Informes para paseos: Programa Lobos del Callao de Cochamama Tours, a los teléfonos 628-1469 y 109*2268.
Salidas: Muelle de Guerra de La Plaza Grau del Callao o de Larcomar de Miraflores.
Horarios: De jueves a domingo a las 10:30 a.m. y 2.30 p.m.

 

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