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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Tu opinión no importa

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¿Qué pasaría si de pronto todo el mundo tuviera razón en lo que cree? O más aún: ¿Qué pasaría si los que tienen el poder estuviesen equivocados? La respuesta está en Oleanna, la obra del dramaturgo norteamericano David Mamet.

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 Tú tienes la palabra. Pero da igual. Porque te equivocas. No importa a cuántos argumentos apeles: lo que sea que digas ─así suene lógico─ no es verdad. La verdad no se ha hecho para ti. Y nunca podrás tenerla. Porque siempre habrá alguien más que te demostrará que no tienes la razón.
            
Que toda tu vida podría estar basada en un monumental error.
           
Que desde el principio elegiste el camino que no debías.
            Q
ue, en resumidas cuentas, esas son las únicas certeza que tendrás.
            Precisamente
Oleanna, la obra del Centro Cultural El Olivar interpretada por Leonardo Torres Vilar y Alejandra Saba, deja estas sensaciones. Considerada por la crítica internacional como una 'obra paradigmática del siglo XX', el guión es de David Mamet, un dramaturgo norteamericano ganador del premio Pulitzer y nominado a los Tony, aparte de ser el autor de los diálogos de películas como Los Intocables y Hoffa.
           
La historia narra el encuentro entre un profesor y una alumna en la típica situación incómoda: ella pretende saber, ofuscada, por qué ha sido desaprobada. El problema no es tanto la respuesta del profesor como la manera de entender que tiene la joven. O viceversa. A partir de allí se desencadena una situación en la que el poder ─ese poder que se oculta más en las palabras que en las acciones─ se va desplazando constantemente entre uno y otro personaje.
            
Una situación incómoda cualquiera en la que bien podrías estar con tu jefe. O con tu empleado. O con tu pareja. O con tu hijo.
            
Lo más inquietante de la obra: que cada uno, en apariencia, tiene razón desde su perspectiva.
           
Aunque eso implique anularle la vida al otro.
           
Lo que nos lleva a otra premisa igual de perturbadora: sea cual sea el lado que escojamos, podríamos estar siempre equivocados.
           
O que la verdad ─o más bien lo que creemos como cierto─ se relativiza al punto de convertirse en un estorbo.
            
El éxito de Oleanna ha causado tal impacto en los Estados Unidos que continúa su representación teatral en Broadway a veinte años de haber sido escrita y presentada por primera vez. Más aún, no solo tiene una versión cinematográfica que aquí pasó desapercibida, sino que incluso en ciertas salas de Manhattan se ha organizado una mesa de debate: los que están a favor del profesor y los que están a favor de la alumna.
           
Y los panelistas no vienen de cualquier lado: críticos del New York Post, guionistas ganadores del Emmy, analistas del departamento legal de la Fox, actores de varias series televisivas con temáticas similares ─como Law & Order─, y autores de libros sobre acoso, violencia y derechos humanos, por no mencionar a dramaturgos y directores de teatro, abogados y consultores, investigadores y representantes de importantes ONG's, y hasta funcionarios del Estado norteamericano especializados en temas de educación, arte y ciudadanía.
           
Y el público paga por participar en estos debates.
            
Esa es la reacción provocada por una obra de solo dos personajes y hora y media de duración.

                                           *****

Oleanna es una obra en la que se entrecruzan muchos temas: el poder, el feminismo, la educación, el sexo, la justicia, los derechos ciudadanos, la incomunicación, el fracaso de las relaciones humanas. Y algunos de ellos te impactan sobremanera: por eso atrae tanto. Uno de sus puntos fuertes es que está tan bien escrita que uno puede entenderla en cualquier parte del mundo y no solo desde la sociedad norteamericana. No te puede dejar indiferente ─explica Frank Pérez Garland, el director de esta obra quien, en co-autoría con la Asociación Cultural Manos de Tijera, se tomó más de cinco meses en preparar este montaje.
           
Y Oleanna es también el debut de Pérez Garland en el teatro luego de haber grabado Un día sin sexo y Cu4tro para el cine y la serie Mi problema con las mujeres para la televisión.
           
Pero como él mismo dice, esto no tiene nada que ver con lo hecho detrás de una cámara.
           
─Son planetas distintos. En el cine y la televisión el director tiene mucho más dictamen sobre lo que ocurre en el rodaje: te puede decir dónde te sitúas, cómo debes hablar, cuándo debes callar. Y no se le cuestiona. Pero en el teatro, los actores sí te preguntan por qué esos cambios dado que ellos también aportan con su creatividad, y mi explicación debe ser lo suficientemente convincente como para que ellos lo asuman. Ese por qué tiene que llegarles a la médula.
            
Y agrega:
           
─En otras palabras, el director de teatro está más al servicio de los actores.
           
Eso sin contar que, al ser Oleanna un montaje en vivo, nadie puede olvidarse del libreto, detenerse y empezar de nuevo: si te equivocas, improvisas ─con la suficiente destreza como para que nadie lo note─ y sigues adelante. Y debes ser lo suficiente hábil para mantener la atención del público todo el tiempo con solo dos actores: basta que uno de ellos empiece a decaer en medio de la actuación para que la obra se vaya al tacho. Todo esto considerando, además, que los mismos actores de esta obra nunca podrán ver su propia performance: las cámaras no captan la intensidad del momento: solo la imagen desnuda. Ni siquiera un audio grabado podría acercarse al mínimo respetable de cómo se escucharon las voces y la música en el escenario.
           
Todo director de teatro sabe que su obra es efímera: que al final de la temporada no quedará registro fidedigno de esa magia que ayudó a desplegar sobre las tablas. Y Oleanna no es la excepción.
           
─En cierto modo me motiva la idea de que te comprometas con algo que definitivamente morirá ─dice Pérez Garland─. El veintisiete de febrero a las nueve y cuarenta y cinco de la noche morirá Oleanna, y todos los que trabajaron en ella se sentirán tristes, porque nunca más podrá sentirse todo lo que se vivió aquí. Nadie la podrá ver más. No habrá un DVD de la obra que se pueda conseguir en cualquier parte.

                                           *****

David Mamet es un dramaturgo y cineasta polémico en su país. Fue él quien dijo que la famosa cinta de Spielberg, La lista de Schindler, era «un retorno a los antiguos cultos místicos» por la persistencia hollywoodense en mostrar a los judíos en el rol de víctimas.
            
Lo explicitó así: «Judíos explotados como personas muertas».
           
Y él mismo es judío.
            
De Mamet es también esta frase: «El futuro no existe. Si te mantienes diciendo que tenemos que hacer algo ahora en nombre del futuro, es porque solo quieres que te hagan caso de alguna manera. El futuro es una construcción mítica en la que no existen conflictos. Por eso los políticos te dicen que hagas X, Y y Z ahora mismo: te venden la idea de un hermoso futuro sin conflictos. Suena tan inverosímil como cuando nos dicen que si no hubiese negros, judíos o gays, los problemas del mundo se terminarían. Solo es una estafa velada para obtener poder».
            
Precisamente el poder es uno de los referentes fundamentales de Oleanna.
           
Ese poder que ni siquiera es discutido: ese que pasa a ser asumido desde el momento en que ejerces un cargo o profesión. Ese que te permite resolver una situación sin necesidad de preocuparte mucho. O ese que te hace adoptar una postura de la que ni siquiera estás seguro.
            
El tipo de poder del que Foucault diría que sirve para establecer más relaciones de dominación que de soberanía: esas que se disimulan en esos mandatos de que no llegues tarde a la oficina y prestes atención a lo que haces.
            
Todos esos detallitos que se permiten no hacer precisamente los que tienen el poder.
            
O tal vez ese poder que algunas veces, durante pequeños instantes, sentimos poseer para luego perderlo en otras manos.
            
─Todo el tiempo estamos ganando y perdiendo poder en nuestra vida cotidiana. Y quizá el secreto está en no hacer explícito que tienes el poder, o en todo caso manejar tu poder de manera que parezca que no lo tienes. El verdadero profesor o director o líder es aquel que te enseña o rige sin que realmente te des cuenta: es el que se sale con la suya sin destacar demasiado. Eso es lo que la gente respeta en el fondo ─explica Leonardo Torres Vilar, el comprometido profesor de la obra.
            
Pero en Oleanna el tema del poder también sirve de engranaje para otros.
           
Porque luego de su estreno en Estados Unidos, varios grupos de feministas alzaron su voz en protesta por la historia. Pero también varios grupos de anti-feministas polemizaron con esta historia. Y a la vez, varios grupos de derechos humanos se manifestaron a favor y en contra de la obra, y también varios grupos en contra del sistema educativo aportaron con sus protestas, y lo mismo con varios grupos a favor de la reforma judicial, y así varios grupos más con objetivos cada vez más remotos que encontraban nuevas interpretaciones de fondo en Oleanna.
            
Lo cierto es que al final nadie sabía bien de qué se estaban quejando o quién podía tener la razón: o todos o ninguno.
            
Porque Mamet parece pensar precisamente en la inutilidad de los argumentos frente a personas que ni siquiera necesitan argumentos. O más todavía: de que en el fondo, ningún argumento es más importante que otro.
           
Quizá es solo por eso que aún estamos aquí.

                                           *****

─No lo sé, no estoy seguro. Más allá de todos esos temas que se han mencionado en Oleanna y de quién pueda estar en lo correcto, veo también a dos personas que están tratando de existir en momentos críticos, que tienen una necesidad ─muy primaria─ de no pasar desapercibidos, de llamar la atención. Con ganas de ser ─explica el director de la obra─. Y creo que ese es el ancla: que cada uno de los personajes le dice al otro: «Acá estoy, no me borres que me ha costado mucho llegar aquí».
           
─A mí me ha ocurrido situaciones como las que se ven en Oleanna: intentas comunicarte con alguien y terminas malentendido por completo, cuando no tergiversado en tus intenciones. Eso es muy común y trágico ─dice Alejandra Saba, quien interpreta al personaje decisivo en la trama─. Pero claro, lo más complejo es que por algo así acabes en la cárcel o muerto.
          
─Creo que efectivamente ambos personajes están equivocados, pero solo hay una persona culpable. Podemos confundirnos en nuestra apreciación pero en la medida en que uno de ellos tenga más culpa que el otro se determinará la perspectiva sobre quién actuó bien o mal al final ─dice Leonardo Torres Vilar.
            
Luego se pregunta:
            
─¿Qué es lo que se castiga exactamente en Oleanna? ¿Qué cosas debe tener un crimen para dejar de serlo? ¿O qué pasa cuando yo te doy una pena mayor al delito que tú has cometido?
            
Conclusión: ni Frank Pérez Garland ni Leonardo Torres Vilar ni Alejandra Saba tampoco están muy seguros sobre a cuál de los personajes de Oleanna le darían la razón.
           
En todo caso lo deciden a partir del rechazo que les puede suscitar uno de ellos.
           
Un poco como solemos decidir también nosotros.


Oleanna, de David Mamet.
Dónde: Centro Cultural El Olivar (Calle La República 455, San Isidro, a espaldas de El Olivar).
Cuándo: De jueves a domingo, a las 8 p.m. Va hasta el 27 de febrero.
Cuánto: Desde S/.15 (entradas en boletería y Teleticket).

3 comentarios

no se porque pero desde que entre me esta interezando esto

Yo sabía de la obra desde hace varios años atras, por la seductora crítica de Mario Vargas Llosa en su colección de artículos compilados en el libro "En alas de la libertad".
Cuando regresé a casa luego de ver la obra, de inmediato busqué el libro para releerlo (a propósito había diferido ese momento) y sorprende cuan distintas pueden resultar las apreciaciones sobre Oleanna.
Tengo la impresión que si bien es difícil descubrir cuál de los personajes "está en lo correcto" (aunque la frase final de la chica parece incriminarla definitivamente) en este juego de poderes, es más relevante la posición que uno toma respecto de los personajes.
David Mamet logra algo extraordinario: impedirte que te abstengas de tener una opinión. No puedes abandonar tu asiento, sin tomar partido (en algun modo) por uno de los dos personajes.
Particularmente quedo asombrado como la verdad puede ser oscurecida por nuestros prejuicios y egos, presentes en el profesor y la alumna (en dosis distintas, pero presentes al fin y al cabo).

Al final discrepo con el título de la nota "TU OPINIÓN SI IMPORTA". Es más, es lo que persigue el autor.

¿Se dan cuenta cuán difícil es penetrar en el laberinto de Oleanna, si ni siquiera en el título de este artículo podemos coincidir?

Vayan a verla sin demora, y gracias por el artículo que es muy ilustrativo.... aunque no comparta lo dicho (si, me estoy muriendo de risa cuando escribo esto).

Escribí mi comentario hace unos dias en mi blog "Perú es una provincia de Narnia"

Estimado Amílcar, gracias por el comentario. Leí la reseña que hiciste en tu blog y me pareció muy ilustrativo lo de Vargas Llosa.
Ahora, sobre si el título es el adecuado o no, te explico que es precisamente para provocar la curiosidad en el posible lector/espectador: ¿qué clase de obra te dejaría sumido en la incertidumbre luego de verla?
Ya viste que ni siquiera los actores y el director se sienten seguros de qué pensar. Ambigüedades van, ambigüedades vienen, las opiniones se relativizan y hasta parecen no importar (que es lo que ocurrió en EEUU con los activistas y que también comento).
Y en esa posible angustia de no poder tomar partido por lo visto es que radica precisamente el encanto de la obra.
Un abrazo,
C.

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