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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Memorias del subsuelo

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Un anciano repasa su vida de minero con inusual maestría a través de una serie de historietas. Ahora busca quién se las publique.

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             Allá abajo no hay nada de lo que conoces: ni sonidos ni olores ni mucho que ver y tocar. Salvo la oscuridad más profunda que te puedas imaginar, y rocas, corrientes de agua fría y minerales en estado puro. Porque si eres minero y pasas la mitad de tus días encerrado en estrechas bóvedas construidas a mil metros bajo tierra -mil metros: el Centro Cívico repetido varias veces hacia abajo-, entonces tienes que acostumbrarte a los fenómenos más curiosos que hayas oído.
            
Como por ejemplo, no sentir nunca los sismos y terremotos: estos solo se amplifican sobre la superficie. Donde está tu casa.
           
O no observar nunca ninguna otra forma de vida que no sea la tuya, la humana: ni animales ni insectos ni vegetación: la naturaleza en su estado primigenio, donde tu existencia es solo una casualidad.
           
O ver morir a tus compañeros cuando se resbalan por las bocatomas o se desprende un pequeño pero pesado trozo de metal -roca más mineral- sobre sus cabezas o se electrocutan con algún grueso cable de luz o son atropellados por los pequeños vagones de carga que se desplazan a velocidad para vencer la gravedad.
           
Y luego de haberlos visto morir, escuchar sus suspiros y sentirlos pasar a tu lado.
           
O escuchar este tipo de frases sentenciosas ante la posibilidad de agonizar en el fondo del subsuelo: «¿Para qué molestarnos en rescatar su cuerpo si al diablo lo que le interesa es su alma?».
            
Si te acostumbras a este tipo de situaciones y tus pulmones pueden soportar el polvo tóxico de los minerales y la falta de suficiente oxígeno y la neumoconosis típica de este tipo de trabajo -enfermedad que consiste en que los metales formen parte del tejido de tus bronquios-, entonces quizá puedas vivir más allá de los 45 años, el promedio de vida de los mineros.
           
Como don Elías Teodosio Zenteno Galgo quien ahora, jubilado, se emplea en jardinería, gasfitería y albañilería luego de haber sido criador de chanchos, heladero y electricista. Y quien ahora, en sus ratos libres, también se dedica a los cómics con oscuras historias de esas minas de cobre y cromo donde él trabajó por casi una década.
           
Todo, a sus 65 años.

                                           *****

«Yo creo que nací para esto: siempre estuve dibujando cómics, desde niño. Hacía historias de vaqueros, de soldados de la Segunda Guerra Mundial, de conflictos religiosos de la Biblia. Pero nunca se publicaron. Todo se iba a la basura», explica Zenteno, quien trabajó por más de nueve años en la Cerro de Pasco Corporation y en Centromin Perú en lo que él considera fue su época dorada: los años setenta.
           
Porque nunca más volvería a tener dinero como en aquel entonces. Porque dentro de la empresa minera alguien lo animó a presentar sus dibujos. Porque se decidió llevar al teatro una de sus historietas, El muqui -'el dueño de los metales', un duende que solo se aparece ante los mineros para ofrecerles yacimientos enteros a cambio de su alma-. Y porque cuando se estrenó la obra lo felicitaron y le dijeron que tenía el futuro por delante: era un artista.
          
«Un día me dijeron que si yo sabía leer, escribir, y tenía la habilidad para dibujar, entonces no debía estar en este trabajo. Que las minas eran solo para gente ignorante. Entonces renuncié y me fui a buscar la vida a la capital. Me engañaron. No encontré nada», explica don Elías con voz apagada.
            
Porque a partir de allí nadie se volvió a fijar en sus historias sobre el centro de la tierra.

                                           *****

Escenas que uno puede encontrar en los cómics de Zenteno:
           
Del enorme terror que produce el bajar por primera vez hacia miles y miles de metros de profundidad a través de un ascensor jalado por cadenas oxidadas y motores balbuceantes: nunca antes tu instinto de supervivencia te ha insistido de que estás en el lugar equivocado.
           
De las auténticas ciudades que se construyen allá abajo y de cómo la gente puede acostumbrarse a vivir bajo tierra. Y de las formas de amistad y explotación que uno puede encontrar entre los obreros y los ingenieros: ambiciones, rivalidades y traiciones se incluyen en la lista.
            
De la fascinación que produce una explosión de 35 cargas de dinamita y su resultado: una caverna de metales brillantes y de todos los colores que la imaginación apenas puede comparar con la catedral más vistosa que haya visto.
           
De cómo tomar leche se convierte, literalmente, en una cuestión de vida o muerte para no enfermar. Y de cómo algunos compañeros, en su afán de seguir trabajando y hacer algo más de dinero, chacchan coca para no sentir el hambre y cómo poco a poco se van poniendo amarillentos por la desnutrición y la absorción de metales a través de su piel hasta que los internan en algún hospital y los desahucian.
           
De la posibilidad de que algún día tropieces con conejos o perros o gallos donde se supone no podrían existir: es el 'encanto de los minerales' anunciándote dónde están los yacimientos más grandes.
           
Y de la satisfacción que sientes cuando emerges del subsuelo después de una jornada de trabajo y tras muchas horas alumbrado con una luz sombría: dependiendo de tu turno rotativo, el paisaje iluminado por el sol o la luna te llegan a parecer milagros de la naturaleza.
           
Don Elías piensa: «Si en la literatura y el cine actual se cuentan historias de ficción de lo que ocurre bajo la tierra, ¿por qué yo no puedo ilustrar vivencias reales de lo que puedes ver y sentir en este trabajo?».

                                           *****

Huérfano de padre, Zenteno nació en Yauyos -la sierra de Lima, a la altura de Cañete- y apenas estudió la secundaria: tuvo que ponerse a trabajar. Al cumplir la mayoría de edad se empleó en las minas: en su condición, la mina era la forma más rápida de acceder a ciertas comodidades: a una pequeña riqueza a cambio de su vitalidad.
           
«En esa época quienes trabajaban en las minas eran vistos como ricos, de tan pobre que era nuestra comunidad -explica sobre esa gente que encontró su futuro escarbando en la tierra-. Eran los que tenían un televisor, una radio, los que podían viajar hasta Lima. Con decirle que había personas sin instrucción que en los días de paga no sabían contar su dinero y otros tenían que hacerlo por ellos».
           
Y luego agrega: «Pero también estaba el atractivo de la vida dentro de las minas, tan apasionante como riesgosa, y en la que obligado necesitas la disciplina de militar, porque de lo contrario te mueres. Por eso me planteé los cómics». Y entonces se hizo traer un manual español: un curso por correspondencia de dibujo y guión. Y aprendió no solo las técnicas en tinta china y témpera, sino la secuenciación: la destreza de contar una historia en cierta cantidad de viñetas.
           
Una habilidad que hace que sus cómics parezcan esos antiguos de la mexicana editorial Novaro, la de los años sesenta: ilustraciones de corte clásico, en blanco y negro, a color y en tono sepia.
           
Pero hoy vive de cortar el césped a los vecinos de Ñaña, donde tiene su casa. Y solo una vez a la semana recorre Lima, con sus ilustraciones de las minas bajo el brazo: busca un editor. Porque a estas alturas de su vida, don Elías no necesita reconocimientos ni pasar al Salón-de-la-Fama-del-Cómic-Peruano. Lo suyo es más urgente: necesita dinero y seguir dibujando. Porque si alguien lo puede ayudar a publicar y conseguirle más encargos, sería lo mejor que le pudiera pasar.
           
A sus 65 años.
           
Y para sentir que no ha perdido el tiempo.
             
            
Contacto: Al 3091-937 y el 97555-0477 o también al correo eliaszentenog@hotmail.com
            
Crédito de la fotografía: Roberto Cáceres Zeballos.

 

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6 comentarios

¡Que grata sorpresa! No es que yo sea un gran fan de los comics, pero de hecho he disfrutado alguna vez de su lectura. El trabajo de Zenteno es muy bueno, ojala encuentre a alguien interesado en publicar sus historias.

Un gran talento, esperemos q con el ministerio de cultura se pueda impulsar las artes visuales, en especial el comic gran artista nuestro Don Elias, talento desbordante, autentico y visceral

Qué personaje, Carlos. Ojalá el tío consiga editor.

Él no perdió el tiempo.

Muy lindo post. Ojalá don Elias consiga el editor y el reconocimiento que merece. Necesita llamar más la atención, podría iniciar un blog para darle mas énfasis aún a "Todo, a los 65 años".

Hola Carlos:

Interesantísimo artículo historietístico, mucho más interesante que los que suelen publicar en el blog especializado en cómics de éste mismo diario, donde solo ponen cosas relacionadas a Hulk o a Spiderman.

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