RSS

Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Maldita ternura

Compartir:

Un vigilante de seguridad que trabaja de madrugada y pinta de día acaba de inaugurar exposición en el ICPNA, además de recibir un premio de cinco mil dólares. Pero sigue sin dormir.

HUGO_SALAZAR_CHUQUIMANGOAA - ED.JPG

            
            
Prueba a trabajar de madrugada seis días a la semana. Prueba a caminar de noche cuidando edificios o barcos anclados en el puerto del Callao. Prueba a dormir solo cuatro horas, todos los días, sobre un colchón de espuma arrojado en el piso. Prueba a estudiar en un internado por las mañanas y tardes y luego volverte a amanecer. Prueba a pintar en una pequeña tienda de algunos cuantos metros cuadrados en un abandonado centro comercial del Cercado. Prueba a llevar este ritmo de vida por más de diez años.
           
Y prueba a ganar un premio de cinco mil dólares en un concurso nacional de pintura.
            
Con un cuadro dedicado a tu madre.
           
Hugo Elmer Salazar Chuquimango logró esto a sus treinta años. Su obra, La máquina de mi madre, ganó hace algunos meses el primer puesto del XII Salón de Pintura ICPNA 2010: se trata de un enorme lienzo donde retrata a su progenitora frente a la vieja máquina de coser en la que aún trabaja.
            
Una pintura de dos metros por dos metros cuyo título fue puesto precisamente por ella -su madre- y que, si no hubiera ganado, ahora mismo estaría adornando una de las paredes de la casa de sus padres cajamarquinos en Ventanilla.
            
Esa misma obra que hoy se luce en una exposición recién inaugurada y que se incluye en un catálogo costeado por Prosegur, la empresa de seguridad para la que Hugo Salazar trabaja.
            
Porque él sigue trabajando como vigilante.

                                           *****

«Cuando participó no sabíamos a qué se dedicaba Salazar: no podíamos saber nada de los más de cien concursantes. Todo se hacía bajo anonimato -dice Juan Peralta Berríos, parte del jurado que distinguió al artista-. Pero lo distinguimos por cómo innovaba a partir de la plástica contemporánea y por cómo jugaba con las referencias del arte tradicional».
            
Venancio Shinki, Mariella Agois y Peralta -el jurado para la convocatoria 2010- recibieron trabajos libres de artistas de todas las edades y estilos: desde los más experimentados hasta aquellos estudiantes que aún no terminan su carrera en las facultades de arte.
            
Pero a Hugo Salazar lo revisaron una y otra vez hasta convencerse de que él debía ser el ganador. Peralta, ahora subdirector cultural del ICPNA, continúa: «En su obra encontramos varios discursos: su procedencia como migrante, la relación con sus padres, su entorno laboral y la violencia y el erotismo del mundo en el que se mueve».
            
Esa realidad cotidiana que Salazar prefiere apreciar a través del surrealismo.
           
Mientras habla, revisa el catálogo del artista: uno de los cuadros muestra a un vigilante recostado en una pared y rodeado de monstruos de todo tipo. Le comento que esa debe ser la sensación que sufre todo vigilante en la mitad de la noche: que no se encuentra solo, que lo rodean seres incomprensibles.
           
¿Cómo puede alguien cuidar algo si él mismo se encuentra proclive a que lo cuiden?
           
Peralta sonríe y contesta: «Eso mismo me pregunto yo. Pero solo lo podría responder el mismo Hugo».

                                           *****

Hugo Salazar Chuquimango deambula con aire extraviado por la sala de arte en pleno Centro de Lima: nunca se hubiera imaginado que algún día una exposición individual llevaría su nombre.
           
Mucho menos que alguna institución pagaría diez mil dólares por la producción de esta muestra, entre curaduría, logística de transporte, iluminación, diseño, montaje y catering: el doble del valor de su premio para exhibir casi treinta lienzos de su producción.
            
Su trabajo, plasmado en el quinto piso de una fantasmal galería comercial a un paso de Palacio de Gobierno, se luce ahora ante un centenar de personas, entre amigos de Bellas Artes, familiares, curadores y artistas. Incluso sus jefes y sus esposas se encuentran aquí, felicitándolo.
           
Hugo Salazar -vestido con botas de cuero lustroso, un pantalón de drill, una camisa de color entero- ahora ya casi no puede caminar: conocidos y desconocidos lo retienen para tomarse una foto. Le piden que les obsequie su catálogo y hasta que se los autografíe. Un gestor se le acerca y le invita a participar en una muestra colectiva. Otro promotor le invita a ser expositor como parte de un grupo de jóvenes pintores latinoamericanos que visitará Europa en los próximos meses. Salazar casi no habla: solo se sonroja.
           
Entonces recuerda: «Ver el mar cuando trabajaba en Enace vigilando barcos -ver toda la línea azul del horizonte a mi alrededor en trescientos sesenta grados- me hizo meditar un día sobre mi vida caótica y lo que yo quería de ella. Y decidí meterme de lleno al arte. Y de Ventanilla me mudé solo al centro de Lima para estar cerca de la escuela».
            
Fue su madre -su musa inspiradora- quien le dio la noticia cuando ganó el premio del ICPNA: él no usa celular. No lo necesita, dice. Tanto ella como sus hermanas siempre le apoyaron -cuenta- en su deseo de ser artista.
           
Él sabía que debía corresponderlos. Siquiera con algo simbólico.
           
Y fue a su casa y le tomó una fotografía a su madre trabajando sobre su máquina. Luego la mandó ampliar, la fijó en el centro de un lienzo y la montó sobre su caballete: allí se puso a pintar lo que meses después sería el retrato de los cinco mil dólares.
            
Porque alguna vez, hace años, su madre intentó poner un taller en su casa con su máquina de coser y una remalladora: los hijos -sus hermanos, él mismo- la ayudaban apenas salían del colegio.
           
«Esa pintura de La máquina de mi madre es eso: una metáfora sobre aquella época, aquellos años en que todos los hermanos estábamos alrededor de ella. Es un doble sentido de la madre-máquina: la madre que produce y la madre que reproduce», me explica Salazar con su voz apagada y sosegada.
           
Su musa, su padre, sus hermanas, ahora están aquí apreciando el homenaje familiar y se fotografían a su lado: en la pantalla de la cámara todos dibujan otro nuevo cuadro.

                                           *****

 Cuatro meses antes de que ganara el premio ICPNA, Hugo Salazar recorrió algunas redacciones de diarios limeños para mostrar su portafolio de trabajo: una muestra espeluznante de pinturas barrocas y surrealistas que él mismo había fotografiado y editado a su manera sobre cartón prensado, el mismo material desechado que encontraba en las oficinas de los edificios que cuidaba.
            
En el grueso portafolio se apreciaban lienzos que reflejaban la mente de alguien que no duerme: allí estaban plasmados sus sueños -o pesadillas- de manera surrealista, inspirados en Dalí y El Bosco al mismo tiempo. Eran alegorías de sexualidad y sufrimiento, con cuerpos mortecinos que se revolvían entre ellos hasta formar figuras más inquietantes: una forma de pintar no muy comercial.
           
Como lo resume el psiquiatra Mariano Querol, autor del texto curatorial de Entumecido por la vigilia: «La pintura es el lenguaje de lo no dicho. Y en el caso de Salazar, puedo decir que él tiene la libertad para crear y jugar con la realidad y con esas pulsiones que hasta podrían resultar ofensivas e incómodas para la sociedad».
           
Y agrega: «Aquello que la gente prefiere esconder y no pensar, eso es mostrado por él».
            
Pero en aquel entonces su obra era desconocida y Salazar iba a los diarios con algún otro amigo vigilante que se ofrecía para hacer de intermediario. Tímido y reservado -retraído es la palabra-, el artista no sabía cómo acercarse a los periodistas.
            
Por supuesto, nadie le hizo caso: cuando los editores escuchaban su historia de cómo insistía en el arte y ojeaban su portafolio, daban respuestas del tipo lo siento, no somos una institución de ayuda social, gracias por venir.
           
Y allí quedaba todo.
            
Porque su vestimenta usual -botas de cuero lustroso, un pantalón de drill suelto, una camisa de color entero desgastada- no inspiraba glamour, y porque no venía auspiciado por alguna institución cultural o galería de arte.
            
Porque su pobreza no sonaba a bohemia.
           
En aquel momento lo conocí. No pude ayudarlo.

                                           *****

«No sé lo que va a pasar cuando acabe mis estudios en Bellas Artes. Muchos de mis compañeros que salen de allí terminan de profesores. Y yo no quiero eso. Se gana lo mismo siendo profesor que siendo vigilante» explica Salazar, quien este año se gradúa.
            
Por el momento, confiesa, seguirá siendo vigilante. «No sería ético que después de todo lo que me ha ayudado la empresa, yo me fuera», dice.
           
Más aún, le ofrecieron un cargo donde él monitorease, a través de pantallas, el trabajo de sus colegas. Era como un ascenso a su condición de vigilante. 
            Lo rechazó.
           
En su puesto de vigilancia en una fábrica de muebles de Santa Anita tiene más tiempo para el proceso creativo, explica.
           
Venancio Shinki, el reconocido artista ganador de este premio en 1964 y miembro del jurado que votó a favor de Hugo Salazar, dice: «¿Que si su trabajo influye en su obra? Eso es secundario. Lo importante es lo que él intuye y cómo lo plasma. Y hasta ahora ha mostrado osadía y locura para arriesgarse. Cuando logre refinarse y abandonar sus influencias, habrá llegado a su esencia».
           
Y agrega: «Su pintura es muy honesta consigo mismo. Eso es lo valioso».
           
Ya en su exposición, y casi sin darse cuenta, Salazar Chuquimango explica la clave de su pintura: «Este trabajo como personal de seguridad me ha servido de inspiración, no lo puedo negar. Esos momentos en los que estás a medio camino entre el sueño y la realidad, esas situaciones en las que sabes que no te puedes dormir o fallarás, eso es lo que intento plasmar en mis obras».
           
¿Y alguna vez te has sentido inseguro en tu condición de vigilante?, le planteo. «Me he llegado a sentir vulnerable. Y más aún cuando tienes que manejar armas. Pero es lo normal. El riesgo es parte de este oficio», responde. Y vuelve a caer en su mutismo habitual.
           
Mientras tanto, adivinen con quién compartirá su premio.
            
Con su madre.


                                                       Crédito de fotografía: Rafael Cornejo Vilela.


Exposición: Entumecido por la vigilia, de Hugo Salazar Chuquimango.
Dónde: Galería Juan Pardo Heeren (Cusco 446, Cercado).
Fecha: Del 20 de enero al 27 de febrero del 2011.
Ingreso libre.


 

en_que_nave_estamos_,_de_que_puerto_venimos_y_donde_anclaremos ED.JPG la_gran_pesca ED.JPG

vigilandote ED.JPG Hugo salazar Maquina.jpg 

10 comentarios

Que historia tan interesante de alguien que sigue su vocación por encima de todo. ¿No podrian mostrar la pintura ganadora y otras de él?. Por favor!

Pues sí, tienes razón, las pondré ahora mismo. De todos modos, no dejes de ir a la exposición: es otro efecto ver los cuadros en tamaño natural. Gracias por la sugerencia.

Me gustó mucho como describiste la historia y todo lo demás. Por algún motivo al soñár despierto durante la noche uno tiene más pesadillas que de día. Debe ser la oscuridad que le da valor a la noche.

Espero que este muchacho logre mucho éxito.

éxitos para ti también.

Llegué a este post por casualidad. Es una historia conmovedora que te hace ver lo dificil que es la vida para muchos, pero a la vez te llena de emoción por la fuerza que tiene este artista para seguir sus sueños.

Muy interesante, historias como ésta nos hace pensar que con muchas ganas se puede lograr muchísimo!!!!
Iré con mis hijos a ver la exposición sin duda alguna.
Exitos para Hugo! y que pronto se dedique de lleno al arte.

Una historia realmente conmovedora y a la vez inspiradora.
En su mundo de limitaciones económicas no fue óbice para que deje de proyectarse y lograr su objetivo.
Muchos éxitos

Fui el sabado a la exposicion de Hugo Salazar y yo también quedé entumecido por el eximio arte de Hugo, llegué a las 7.30 y media hora me quedó corto por lo que les recomiendo dediquen 1 hora o facil 2 para los mas apasionados y críticos. Desde aqui una felicitación mas para el artista puro; felicitacione!!!!.... Aprovecho tambien para quejarme de la necedad, la falta de ética y profesionalismo, la malcriadez y atrevimiento del personal de seguridad del ICPNA del turno de las 7.30pm del día sábado 29, quién en primera instancia nos dijo que ya estaba cerrado, por lo que yo repuse que tenia entendido que cerraban a las 8pm. Le pregunté por donde era la entrada, ya que era la primera vez que asisitía, a lo que me respondió: "por la puerta pes, qué tambien quieres que te abra la puerta?" esta poca educación me enfureció le recriminé y dicho oligofrénico me retaba insolentemente. Por lo que este altercado puede malograrte una bella exposicion y la grata compañia de una hermosa dama por lo que les recomiendo que tomen sus precacuciones... Es irónico: justo cuando admiro a un polifacético agente de seguridad y pintor, me dan ganas de sacarle la m... a otro.

Querido Carlos, es un vigilante que pinta de día o un pintor que (para sobrevivir) trabaja de noche.

Por lo demás, te sigo siempre.
Capitán de Prosegur,

Interesante perspectiva. ¿Y si lo mismo ocurriera con nosotros de acuerdo a lo que nos dedicamos? Gracias por escribir. C.

Linda nota Carlos, linda nota, imaginate que si tu editor te hubiese hecho caso ustedes hubiesen dado a conoccer a Hugo antes de ganar el premio inclusive. Pero al final el tiempo dio la razon a quienes lo promovían.

saludos

Escribir un comentario


Introduzca los caracteres que ve en la imagen de arriba.