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Crónicas Marcianas

Carlos Chávarry

Carlos Chávarry

Aunque no solo serán pequeñas crónicas: también se publicarán reportajes y entrevistas sobre personajes y lugares que pasan desapercibidos. Donde lo que importa no es lo más miserable o lo más sensacionalista, sino lo que no necesariamente llama la atención. Sobre lo que hacemos y soñamos: lo que somos.

En otras palabras, lo que ocurre desde lo cotidiano: precisamente lo que casi nunca es noticiable. Pero que cuando se dice, sin embargo, resulta extraño, complejo. Por eso, si tienes alguna historia qué contar –por inactual o banal que parezca–, hazlo aquí. Porque hay cosas que si no se cuentan, nunca las entenderemos.

Con el puñal en la espalda

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'Los treinta y nueve escalones' de Alfred Hitchcock se repone en el teatro de la Biblioteca Nacional solo hasta fin de mes. Sepa por qué no se puede perder la adaptación de este clásico. De paso, va un homenaje al cineasta a tres décadas de su muerte.

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            -Cuando se estrenan sus películas en el cine usted nunca las ve con los demás espectadores. ¿Es que no le interesa escucharlos gritar?
           
-No. Yo puedo oírlos gritar cuando filmo la película.
           
Para cuando diera esta respuesta, Alfred Hitchcock ya había grabado Psicosis, Vértigo, Los pájaros, Crimen perfecto y Asesinato.
            
Y claro, Los treinta y nueve escalones (1935), esa sarcástica historia de espionaje escrita por John Buchan -un político escocés que trabajó para el servicio secreto británico- y en la que se relata la sistemática persecución de un hombre inocente.
            
Para ese momento, Hitchcock ya era toda una personalidad en Hollywood y prefería trabajar solo con actrices rubias por considerarlas «más misteriosas», la reina de Inglaterra pensaba seriamente en nombrarlo sir de la Corona mientras que Walt Disney le impedía el paso a su parque de atracciones, su programa de televisión musicalizado con La marcha fúnebre de una marioneta de Gounod se transmitía en cadena por todo Estados Unidos, cenaba en restaurantes de millonarios siempre acompañado de un plato de papas fritas, afirmaba poder crear una buena cinta a partir de solo dos frases iniciales, escogía pasar las tardes encerrado en su residencia antes que en alguna reunión o fiesta de Bel Air, esposaba a sus actores entre ellos para que tuvieran problemas a la hora de ir al baño, vestía con traje de gala de manera obsesiva, boceteaba con ilustradores profesionales lo que serían los fotogramas de sus filmes, odiaba los huevos de gallina porque le recordaban el negocio de sus padres, admiraba el oscuro cine alemán de principios del siglo XX -en especial a Fritz Lang-, argumentaba que la razón de su éxito consistía en que «a todo el mundo le gusta tener miedo cuando se sabe a salvo», prefería grabar en estudios antes que en locaciones naturales porque allí podía controlarlo todo -sonido y luces incluidos-, y solía preguntar por las fobias de los demás para luego regalarles cajas llenas de ratones o arañas.
            
Ya era el ingeniero inglés nacionalizado norteamericano que, según un estudio estadístico, había logrado que los cinéfilos de todo el planeta asociaran situaciones escalofriantes con el ruido de la sirena de la policía, el estrépito de vidrios de un accidente de auto, el crepitar de un incendio, los aullidos de perros, los gritos adoloridos de una mujer y los pasos de una persona solitaria en la oscuridad: era el hombre que se había metido en la cabeza de miles de personas y jugueteaba a voluntad con sus temores.
            
Y ya era, además, el productor casado solo una vez en toda su vida -y nunca divorciado- que solía afirmar: «La televisión ha vuelto a traer el crimen al hogar. Es decir, al lugar donde pertenece».
            
Para ese entonces Hitchcock ya no podía morirse: su sombra opacaría a los directores que aparecerían tras él.

                                            *****

 «A Hitchcock le encantaba romper mitos: cogía relatos clásicos en su país y los convertía en una suerte de burla de sí mismas. Así fue cómo adaptó novelas y guiones con giros muy particulares. Y Los treinta y nueve escalones, más que una farsa anecdótica, es una historia mordaz con una visión bastante oscura sobre la verdadera naturaleza del ser humano y la política».
           
Así explica David Carrillo la razón que lo llevó a ponerse detrás de este montaje que se estrena por primera vez en Lima.
            
Luego agrega que la popularidad de Hitchcock siempre se deberá a haber sido un director con el suficiente coraje para no tomarse en serio: de hecho, en sus películas él mismo aparecía como un señor ridículo que se paseaba caprichosamente entre escenas.
           
Ya sea fingiendo dormir en un bus o caminando con unos globitos. Paseando perros o esperando el bus o corriendo como reportero gráfico o conversando dentro de una cabina telefónica. O jugando a las cartas en un tren. O sentado en algún bar o haciendo cola en la sala de embarque de un aeropuerto. O dejando ver su perfil a trasluz en una ventana: la imagen que se hizo universal.
           
Es cierto que su obesidad de 140 kilos lo acomplejaba. Pero aún así se las arregló para inmortalizarse él mismo dentro de sus cintas.

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            Guillermo Cabrera Infante, el escritor que admiraba pero no simpatizaba mucho con el cineasta inglés, anotó en su libro Cine o sardina: «Chesterton afirmó: "La moral es la más oscura y atrevida de las conspiraciones". Hitchcock siempre se sintió tirado por una oreja por la moral y al otro oído le susurraban conspiraciones mil. Todo su cine es pura paranoia y la conspiración es la paranoia de las actividades humanas».
            
Y parece que la paranoia justificó el máximo placer de Hitchcock: su sadismo. Porque gustaba de enriquecer las escenas de muerte de sus películas hasta en los detalles mínimos. Más aún, le complacía que los crímenes se realizaran a cuchillo o a mano limpia: muy pocas veces con disparos, esa muerte rápida y distante: impersonal y sin honor.
           
En La ventana indiscreta, en El chantaje, en El hombre que sabía demasiado, en Los treinta y nueve escalones, en Cortina rasgada, en Con la muerte en los talones y, en especial, en Psicosis, alguien muere por obra y gracia de una certera puñalada.
           
Aún así, Hitchcock solía quejarse: «Una de las cosas más difíciles de filmar es la muerte de un hombre. Es un lío espantoso que bien podría disuadirme de hacerlo. Por lo general los cineastas lo resuelven en pantalla con un rifle y ¡bang!, ya estás muerto. Pero si no tienes un arma, te das cuenta de lo terrible y difícil que es matar a alguien con tus propias manos».

                                           *****

La adaptación teatral de Los treinta y nueve escalones producido por Plan 9 es de Patrick Barlow, un importante dramaturgo inglés que quiso hacer un homenaje al legado del famoso cineasta y por el cual recibió el premio Tony -el equivalente del Oscar en las tablas- en el 2005.
           
«Lo más complicado de esta versión fue precisamente su montaje, porque está pensado para que solo cuatro actores interpreten a todos los personajes que aparecen en la película dentro de un ambiente con pocos elementos: escaleras, baúles, efectos de sonido, música y luces», explica David Carrillo sobre esta obra que hace de su minimalismo y complejidad su mayor atractivo.
            
Porque todas las escenas clásicas de la cinta como el salto del tren o la persecución en avión fueron estudiadas con tal minuciosidad que las pruebas incluso siguieron haciéndose ya con público durante su estreno, en octubre del año pasado: las tres horas diarias de ensayos por más de seis meses les resultó insuficiente.
           
«Es una historia vertiginosa porque el guión es como el del cine -explica Carrillo-. Los saltos de una escena a otra son rápidos, hay muchos cambios de escenarios, y tienes que construir un puente a partir de una escalera o recrear un tren a partir de las luces y el sonido, y a esto sumarle la capacidad de transformación de los actores con su cuerpo, con sus voces, con su vestuario, con sus prótesis y pelucas. Es decir, se trata de la recreación de una obra cinematográfica con todos los recursos teatrales que te puedas imaginar».
            
Incluso con muñecos y teatro de sombras.
            
Y el director me dice: «Es como si te dijera: "Hey, Carlos, vamos a juntarnos con otros dos amigos y recrear Los diez mandamientos escena por escena"».
            
El resultado: un espectáculo muy lúdico donde el público nunca se pierde sino que, por el contrario, se involucra. Doble gozo del espectador.

                                           *****

«Más que 'maestro del suspenso' como se le conoce, yo creo que Hitchcock estaba en el terreno de lo macabro. Lo macabro entendido como una situación terrible que incluye una cierta joda, una mirada burlona porque te está pasando algo malo y feo», dice David Carrillo.
            
El cineasta confirmó esto cuando alguna vez se sinceró: «Es porque me fascinaron los cuentos de Poe que luego hice películas de suspenso. Ahora creo que si Poe hubiera escrito La bella durmiente, todo el mundo buscaría al asesino. Pero si yo hiciera La cenicienta en película, todo el mundo buscaría el cadáver».
           
Su gusto por lo macabro no se agotaba en sus películas: exigía que los actores -materia prima de su trabajo- también sufrieran su perversión. Es sabido el caso de la actriz a quien acusó insistentemente de robo durante un rodaje. Cuando ella, inocente, empezó a desencajarse, Hitchcock comentó muy suelto de huesos: «Perfecto, ese es el rostro que quiero. Vamos a grabar».
           
«Solo un espíritu macabro puede hacer esas cosas -reconoce Carrillo ante este hecho-. Era un auténtico hijo de puta».
           
Quizá podría creerse que este espíritu le nació cuando, siendo niño, su padre lo envió a la policía con una nota para su amigo comisario donde pedía que lo pusiera tras las rejas durante diez minutos. Cuando lo soltó, el oficial le dijo muy serio: «Esto es lo que le hacemos a la gente que se porta mal».
            
Hitchcock nunca entendió la broma-advertencia de su progenitor, más aún a sabiendas de que no había hecho nada malo: a partir de allí su máximo terror fue la policía, al punto que un día comentó: «¿Qué es lo que más me asusta? Bueno, pues los guardianes de la ley. Nunca conduzco un auto por miedo a que me detengan y multen. Me horroriza a muerte todo lo que tenga que ver con la ley: me fascina su poder, pero odio verme envuelto en ella».
          
Un miedo enfermizo cultivado por su propio padre, un ultra católico criador de aves de corral: otro sádico como lo sería él.


Actúan: Giovanni Ciccia, Emilia Drago, Manuel Gold y Christian Ysla.
Dónde: Teatro Mario Vargas Llosa de la Biblioteca Nacional del Perú (Av. de la Poesía 160, San Borja, a la altura del cruce de Javier Prado y Aviación).
Cuándo: Los días 15, 16, 22, 23, 27, 28, 29, y 30 de enero.
Cuánto: Desde S/.15 (popular) en Teleticket de Wong y Metro.

 

2 comentarios

Felicitaciones por la puesta en escena de Alfred Hitchcok, personaje al que admiro por su maravillso trabajo cinematografico, creo hasta ahora nadie ha podido superar el talento para hacer cine mas que de suspenso, en una leccion sobre los problemas personales que desencajan en una sociedad tan civilizada como la nuestra.

Sigan adelante, espero verlos actuar.

Victor Prudencio.

¡Esta semana voy, definitivamente!

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