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Cómics.21

César Santivañez

César Santivañez

Soy el cómic. Laureado, a veces prohibido y otras molido a palos pero siempre con una sola consigna: entretener a millones. Yo puedo transportarlos entre mundos y hacer que pasen grandes aventuras con sus personajes favoritos.

Algunos seguidores de mi magno reino serán los encargados de transmitirles la palabra escrita, así como de digerir y responder todas sus inquietudes acerca de mí en este blog. Digan conmigo: Larga vida al cómic. ¡Larga vida al cómic!

El amor duro del antihéroe

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Hubo un tiempo en que, al menos en el cómic, el mundo estaba dividido entre bien y mal. Así, sin medias tintas. Quizás tuvo que ver el hecho de que el nacimiento del cómic como fenómeno cultural coincidió con el estallido de uno de los períodos más aciagos de la humanidad, o con el hecho de que el mundo, por aquel entonces, estaba desprovisto de héroes. Lo cierto es que, sea como fuere, el hombre necesitaba ver esa línea claramente trazada en alguna parte, y decidió trazarla ahí donde todo podía suceder, donde salvar el mundo no requería de sangre derramada, sino de un poco de papel e imaginación.

Fueron buenas épocas para quienes aún podían darse el lujo de practicar el arte de la ingenuidad. Bastaba con que Superman se colocara entre las vías del tren para que todo lo bueno del mundo se restableciera, para que todo lo que una colectividad considera bello y justo se reafirmara ante el punto de vista ajeno, siempre vil y destructivo. Todos los héroes actuaban en nombre de un sistema. Eran soldados comportándose como soldados.

Llegó el momento, sin embargo, en que el cómic pasó de ser un medio panfletario y de celebración del ideal común a uno de exploración narrativa, de experimentación. El bien y el mal perdieron sentido cuando alguien cayó en cuenta de que ambos son conceptos relativos, y que la justicia se presenta en infinitas versiones. Nacieron así los héroes con motivaciones oscuras y costumbres opuestas a las de los buenos chicos americanos. De pronto, los soldados empezaron a cuestionar las órdenes, y aquel dilema ya equivalía a una dulce sedición.

Aquel instante marcó la llegada de los antihéroes.

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Si bien sus orígenes datan de algunos años antes (Judge Dredd, Ghost Rider, Punisher y toda la lumpenesca ola de supercriminales italianos como Kriminal y Diabolik) fue en la década del ochenta cuando se establecieron por doquier. Los imagino ocupando las viñetas como quien derriba un régimen, desfilando orgullosísimos y desordenados ante la mirada rabiosa de los más conservadores. Probablemente Alan Moore hubiera encabezado el desfile, con su gran contingente de personajes ambiguos y con motivaciones decididamente distintas: ahí estaba Rorschach y su resentimiento hacia un sistema voraz y desconsiderado, V y su terror romántico y La Cosa del Pantano con su crisis de identidad, todos ellos encarnaciones de una búsqueda egoísta que nada tiene que ver con el "nosotros" ni con la salvaguarda de una gran pirámide moral.

A estos desadaptados les siguieron otros tantos. Pienso en Lobo y Guy Gardner, y los recuerdo como el lado divertido de la violencia, el impúdico aprovechamiento de la superioridad física. Spawn, o la representación simbólica de un hombre que intenta reivindicar su propio pasado. John Constantine. The Maxx. Deadpool. Jesse Custer. El arte de la ingenuidad había quedado atrás. Nadie volvería a colocarse entre las vías del tren. Al menos, no sin un trato interesante de por medio.

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Hoy en día, incluso los convictos pueden estar al mando de una serie y atraer el genuino interés de una nueva generación de lectores. Me refiero, cómo no, al Escuadrón Suicida. Rencillas aparte acerca de la adaptación cinematográfica, la verdad es que Deathstroke y compañía representan un paso más allá en el concepto de antihéroe. No se trata solo de personajes con motivaciones cuestionables, sino de delincuentes reconocidos como tales, con comportamientos psicopáticos y condenas que pesan sobre sus cabezas.

Me pregunto cuál será el futuro del cómic, ahora que el hombre se ha dado cuenta de que los héroes de algunos son los villanos de otros. Por un lado imagino las vías rotas y el tren a punto de descarrilarse, de caer al vacío incluso hacia fuera de la viñeta, fuera de la página, fuera del cómic como medio de expresión cultural. Pero, mientras lo imagino, me pregunto quiénes serán los ocupantes de ese mismo tren, aquellos que están por desaparecer. Y una voz me dice: quizás se lo merezcan. Uno nunca sabe.

1 comentarios

Buenos días amigos de Perú 21.
¿Publicarán todos los número de Preacher?
SI es así, cuándo lo harán.

Muchas gracias.

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